48. Memorias. Keyla Blake
Keyla Blake
Me incorporo de golpe, como si alguien me hubiera arrancado de un tirón desde la mismísima oscuridad.
Por un momento no sé dónde estoy porque el aire todavía está entrando como puede a mis pulmones. Tardo unos segundos de más en entender que estoy aquí, que ya no tengo cuatro años y que nadie me está pidiendo que sonría.
Intento dominar mi respiración para poder ayudarme a mí misma, pero el pecho está bloqueado. Me llevo las manos al cuello, a los brazos y a la boca, mientras espero que el mundo pare de dar vueltas.
Busco con las manos a tientas la lámpara del escritorio para darme algo de luz. Estoy temblando y la habitación parece más pequeña que nunca.
Doy vueltas alrededor de la estancia, como válvula de escape a los pensamientos que amenazan con salir, pero no consigo distraerme. La imagen de esa niña pequeña sacude mi cabeza.
Siento su mano en mi brazo.
Huelo el humo de su cigarro.
Veo el reflejo de la cámara de fotos.
Escucho el clic.
Y empiezo a contar: uno, dos y tres.
El corazón me va demasiado rápido mientras siento que la habitación gira a mi alrededor. Una sensación de neblina me acompaña, haciendo que esté viviendo este momento como si estuviera en una película.
Estás disociando, Keyla.
Como no cojas aire, te vas a desmayar.
Me dejo caer al suelo, acurrucada contra la pared. Me abrazo a mí misma mientras me muevo hacia delante y hacia atrás, intentando pensar con claridad, pero no lo consigo. Con las manos temblando, intento llamar a Nate, pero no coge el teléfono.
Llevo dos días sin saber nada de él, preocupada por si habré hecho algo mal. No tenía pensado insistir, pero lo llamo una vez más.
KEYLA Hace días que no sé nada de ti, y no me importa si lo necesitas, pero ahora mismo me haces mucha falta. No me encuentro bien.
KEYLA Por favor, llámame.
KEYLA ¿Para esto querías que confiase en ti?
Espero cinco minutos antes de vomitar por primera vez.
Diez antes de soltar la primera lágrima desesperada.
Treinta hasta empezar a hacer la maleta.
Abro el armario sin prestar atención a lo que estoy haciendo. Me limito a tirar todo lo que he traído dentro de la maleta que tengo abierta en el suelo, metiendo la ropa de cualquier forma.
Cuando estoy abriendo los cajones para ponerme la ropa que me voy a llevar, escucho un ruido en el pasillo. La puerta de Avery.
Intento quedarme quieta durante unos segundos, no quiero despedirme de nadie, pero ya es tarde.
—¿Key? —dice limpiándose las legañas—. ¿Qué estás haciendo?
No puedo contestar porque en cuanto la veo me echo a llorar. Ella se acerca rápidamente para abrazarme.
—Keyla…, mi niña, ven aquí.
Me rodea con los brazos y lloro abrazada a ella no sé por cuánto tiempo. Cuando me doy cuenta, tiene el pelo mojado, pero sus brazos me siguen envolviendo.
—Ay…, cariño, ¿qué ha pasado?
—Mi padre… —susurro con la garganta casi cerrada—. Me he acordado de todo, Avery. De las cosas horribles que me ha hecho.
—¡¿Will?!
—Él nunca me haría algo así…, pero mi padre biológico sí.
—No me habías contado nada, Keyla. Lo siento muchísimo, no tenía ni idea…
—¿Te acuerdas de las marcas de nacimiento de mi brazo?
Avery asiente y recuerdo con claridad cuando estuvimos mirando láseres para poder quitármelas algún día.
—Él me las hizo, Avery. Me sacaba fotos, me ponía vestidos de lo más raros…
—Respira, cariño. —Me sujeta la cabeza con las manos—. Continúa si quieres, pero respira.
—No sé quién es él ni si volverá algún día a hacerme daño. Estoy asustada.
—Seguro que la justicia se ha hecho cargo de él, mi niña. No te merecías algo así, pero eso ya lo sabes.
—Tengo miedo de sus ojos —susurro—. De que vuelvan a mirarme.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé. Solo sé que siempre parecía… ido.
—¿Te hizo más cosas?
—No recuerdo nada más. Creo que nunca llegó a… —Me trago la palabra—. A eso.
No quiero decirla. Porque si la digo, se vuelve real. Me miro las manos y, por un segundo, no son mías; son las de esa muñeca que él movía a su antojo. Siento que la piel me quema, que el rastro de su tabaco sigue ahí, marcándome como si fuera un animal maltratado.
—Me siento sucia, Avery. Como si el cristal de la cámara me hubiera robado algo que nunca voy a poder recuperar. Siempre he sabido que me habían rescatado de una mala familia, pero recordar esto solo me ha confirmado lo desgraciada que soy.
Avery me aprieta más fuerte mientras mezcla, ahora en mi pelo, mis lágrimas con las suyas.
—Keyla, mírame. —Se separa un poco—. No eres una desgraciada. Eres alguien increíble a quien le pasaron cosas horribles. Y aun así sigues aquí, luchando. Eso te hace valiente, no desgraciada.
—Todos me abandonan, Avery. Tú también lo harás —logro decir entre sollozos.
—Jamás. Esta amistad ya es para siempre. —Me sonríe con tristeza—. Y Nate tampoco te ha abandonado.
—No me responde desde hace días —murmuro—. Ha desaparecido después de estar conmigo. Después de acostarnos. Después de pedirme que confiara en él.
Avery abre la boca, sorprendida.
—Key…, seguro que hay una explicación. Te lo prometo.
—¿Qué explicación puede haber? Se ha cansado de mí y ya está.
—Él contigo es diferente. Ayer lo vi en el entrenamiento y tenía cara de cansado, así que algo le pasa. Estoy segura.
Pienso en ello, pero solo duele más.
—Aunque fuese así, tendría que haberme dado una explicación, y más sabiendo mi situación. No hay justificación para desaparecer durante días.
—No la hay —admite—. Pero él es humano. Y los humanos fallamos. Vamos a darle el beneficio de la duda hasta que te llame, ¿vale?
Niego con la cabeza.
—No puedo con esto. No puedo con este tipo de relaciones en las que ves durante meses a una persona y de la nada desaparece. Ni puedo con lo que acabo de recordar.
Avery me toma de las muñecas para obligarme a mirarla.
—Sí puedes porque no estás sola. Me tienes aquí. Siempre.
—¿Puedes llamar a mi tía? —digo entrecortadamente—. Necesito hacer la maleta y coger el primer vuelo. Dile que me lo compre, por favor. —Respiro con dificultad, otra vez—. Dile… dile que necesito volver a casa, que necesito explicaciones y que ahora mismo no puedo hablar con ella.
Las lágrimas caen sin control de su cara y de la mía, indistintamente. Avery asiente, dándose por vencida.
—Vamos a salir de esto juntas, ¿vale? Aunque sea a distancia.
Coge mi teléfono móvil y sale por la puerta.
Mientras Avery habla con Maggie, cierro la maleta con las manos temblorosas y me quedo mirando el suelo, repitiéndome que todo se arreglará cuando esté encerrada entre las paredes de mi habitación.
Antes de apagar la luz, envío un último mensaje.
Uno que él verá demasiado tarde.
KEYLA Me vuelvo a Portland, Nate.
KEYLA Gracias por este tiempo juntos.
Después meto mi móvil en el bolsillo y salgo con Avery hacia el aeropuerto.