La chica invisible
Cinco años
¡Clic!
Él me dijo que sonriera, como cuando en el cole teníamos que decir «patata».
Yo lo estaba intentando, pero la cara no me funcionó y él frunció el ceño, enfadado. Escuché cómo encendía el palito que echa humo y me quedé muy quieta porque, si de algo estaba segura, era de que yo tenía superpoderes.
Me gustaba pedirle a Dios que me hiciese transparente como el agua. Hablaba con él, como hacía mamá por las noches.
¿A Dios también le gustará jugar con muñecas?
El humo hacía que me picase la nariz. No me gustaba esa sensación porque entonces tenía que rascarme y mi superpoder dejaría de funcionar.
Me acordé de los dibujos animados que había visto esa mañana. En el capítulo, una gatita rosa buscaba a su mamá por toda la ciudad. Me gustaba cuando cantaba. Cantaba así: «Lalalá, miaumiaumiau, juntas vamos a jugar…».
Pero él tocó mi bracito y se me olvidó la canción. Me dolía mucho. Esta vez dibujó un puntito pequeñito, pero ardía como si dentro hubiese un trocito de sol.
Miré hacia otro lado, hacia la pared azul, y pensé en mi vecina Polly. Esta mañana la escuché decir «Qué frescas están las naranjas». Me gustaba la voz de Polly. Me agarré a su voz y también al color de las naranjas.
¿Por qué se llamarían así?
Él me dijo que levantara el mentón. Yo no quería, pero si tardaba mucho en hacerlo dolía más. Así que lo hice.
¡Clic!
Volví a pensar en la gatita rosa.
En que al final encontró a su mamá en el puente.
Escuchaba el sonido de la lluvia en el cristal: plip plip plip.
Me gustaba el color brillante de las naranjas, y, si pensaba muy fuerte en Polly, no me acordaba de mi bracito.
Él me agarró otra vez, antes de llevarse el palito de humo a la boca. Volvió a acercarse, con los ojos rojos, muy rojos, como un monstruito.
Yo cerré los ojos y conté hasta tres: uno, dos y tres. Ojalá me supiera todos los números del mundo, pero como no me los sabía, empecé otra vez.
Uno.
Dos.
Tres.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuando terminó me dijo que estaba hecha una muñeca, pero no entendía por qué. Las muñecas no hablan y yo sé decir muchas palabras.
Miré mis bracitos que tenían marquitas rojas como sus ojos. No me gustaba mirarlos, así que pensé en la canción de la gatita rosa.
Lalalá, miaumiaumiau, juntas vamos a jugar…
La canté en mi cabeza hasta quedarme sola y, cuando cerró la puerta, yo seguí cantando.