47. Lo que siempre fue mío. Nate Miller
Nate Miller
—¿Durante cuántos años estuviste engañando a mi padre?
Mi voz rebota en las paredes de la cocina mientras Charlotte está de espaldas a mí. El vaso que sostiene entre las manos cae y estalla contra el suelo.
—Nathaniel, ¿de qué estás hablando?
Se acerca hacia mí con intención de disimular, pero lo veo en su cara. La conozco demasiado bien.
—¡De papá! —Golpeo la isla de la cocina con los dos puños y apoyo mi peso en ella—. Sabes bien de qué te hablo.
—Tu padre era un drogadicto y lo sabes perfectamente.
—Más bien lo convertiste en uno.
—¿Qué quieres decir? Retira eso ahora mismo.
—¿Eres tan lista y ahora no sabes sumar dos y dos? ¿Te piensas que solo porque te permito vivir aquí soy imbécil?
Charlotte da un paso hacia atrás según avanzo por la cocina. Tiene una expresión como si hubiese visto un fantasma y no la culpo, ya que es la primera vez que le planto cara.
—¿Qué coño esperabas? ¿Que pasara el resto de mi vida creyendo que mi padre era un cabrón sin corazón? ¿Que te agradeciera haberme convertido en esto? ¿En alguien que lleva un montón de años sin confiar en nadie?
Ella aprieta los dientes.
—Yo te protegí, Nathaniel.
—Y te olvidaste de protegernos a todos de ti, mamá. Eres un puto veneno.
—¿Cómo me hablas así? ¿Estás drogado?
Su pecho sube y baja como si el aire que está insuflando no fuese suficiente.
—¡Él destruyó nuestra familia! —responde con ese tono de mártir que utiliza cuando pretende convencerme de algo—. No te imaginas lo que me hizo pasar.
—¿Por qué no me cuentas lo que le hiciste tú a él para que terminase así, eh? ¿Por qué no me dices que le pusiste los cuernos?
Se queda callada, cubriéndose la boca con las manos.
—Eso es mentira.
—¿De verdad vas a negármelo? —grito, fruto de la rabia.
—Sabía que este día llegaría. ¡Lo sabía! —escupe—. Sabía que te metería cosas en la cabeza. Siempre has sido demasiado impresionable. Te manipulan como quieren.
—Es curioso porque llevas haciendo eso mismo prácticamente desde que nací.
Silencio.
—Yo he hecho lo que he tenido que hacer para asegurar tu futuro. Todo lo que eres —saca los dientes—, todo, es gracias a mí.
Doy una vuelta alrededor de la isla y, mientras muevo la cabeza, empiezo a reírme de manera intensa.
—Tienes razón. Todo lo que soy es gracias a ti, mamá. —Me inclino hacia ella y echo los brazos hacia atrás—. Una persona insegura, que siente que no se merece que la quieran a menos que haga las cosas de manera perfecta. Soy alguien que siente que no merece nada bueno a menos que se lo gane.
—Así es como son las personas de éxito.
—No, mamá —le digo ahora, con calma—. El éxito llegó a mi vida hace unos meses, cuando conseguí ser lo que soy a pesar de ti.
Charlotte abre los ojos como si la hubiese golpeado y, con un movimiento de cuello, se ajusta el bajo de la camisa.
—¿Éxito? Supongo que te refieres a la niña huérfana con la que andas, ¿no? Menudo partido.
Me quedo tan quieto que por un instante dejo de escuchar mi propia respiración y lo único que me mantiene cuerdo es contar los tictacs del reloj de la cocina.
—¿Puedes repetirlo?
Charlotte ladea la cabeza, divertida, como si hubiese encontrado el punto exacto en el que hacerme daño.
—¿Acaso no lo sabes? Keyla no tiene ningún futuro, Nate. Eso es lo que te habría esperado a ti si no hubieses seguido mis consejos.
—¡Keyla ha hecho lo que ha podido con la mierda de vida que ha tenido! ¡No se te ocurra hablar así de ella! ¡No en mi casa!
—¿Y qué vas a hacer, eh? —Charlotte se adelanta un paso—. Dime, cobarde. Eres tan cobarde como tu padre.
Cojo uno de los platos de la encimera y lo rompo contra la pared mientras un rugido sale de mi garganta. Charlotte se lleva las manos a la cabeza mientras grita, posicionándose en una de las esquinas.
—¿Qué está pasando aquí? —Samuel entra por la puerta de la cocina, con ropa de deporte y una botella de agua en las manos—. Pero ¿qué…?
Mirando los cristales rotos del suelo, se lleva las manos a la cabeza y nos mira simultáneamente.
—¿Te has vuelto loco?
Samuel frena en seco, con la respiración acelerada por el entrenamiento y la tensión del momento. El temblor de sus manos no tiene que ver con el cansancio.
—¿Qué cojones está pasando aquí? —vuelve a preguntar, más despacio.
No le aparto la mirada ni un centímetro cuando voy hacia él y lo cojo por el cuello. Charlotte deja escapar un sonido de pánico, pero no me echo para atrás.
—¡Tú!
Intenta zafarse como puede, pero, aunque él entrena de manera amateur, yo soy un deportista de élite que le saca dos cabezas, por lo que sus posibilidades de algún tipo de defensa contra mí se ven bastante reducidas.
Charlotte tiembla de rabia mientras aprieta los puños.
—No lo metas en esto, Nathaniel.
Lo suelto porque realmente la que tiene culpa de no haberme cuidado ni de haberme explicado las cosas es ella.
—Lo sé, Samuel. —Me río con ironía—. ¿Cómo pudiste hacerle eso a tu mejor amigo?
La expresión de Samuel no se parece a ninguna que haya visto anteriormente. Está enfadado, pero creo que se siente avergonzado.
—Siento que hayas tenido que enterarte así. —Baja la cabeza—. Siempre quise contártelo porque me sentía muy mal, Nate. Me enamoré de tu madre y…
—¡Cállate! No quiero saberlo.
—Nathaniel —mi madre se acerca a mí—, sé que no lo he hecho bien contigo, y debería habértelo dicho, pero eras muy pequeño y consideré que el pasado estaba mejor enterrado.
—Me privaste de poder elegir bando, mamá. Me obligaste a estar a tu lado sin saber la otra versión.
—La otra versión no cambia que tu padre se drogaba, hijo.
—¡Porque lo hundisteis entre los dos! —Las lágrimas empiezan a caer descontroladas por mis mejillas—. Lo convertisteis en lo que acabó siendo y lo he odiado toda la puta vida por ello.
—No lo hice bien con tu padre, pero no es excusa para caer en las drogas. Había soluciones mejores, Nate, y optó por la más fácil porque era una persona débil.
—Hostia puta. —Me llevo las manos a la frente—. O sea que para ti toda la culpa la tiene él. Eres increíble.
—¡Yo no lo obligué a consumir cocaína!
—Pero le hiciste un daño irreparable. ¿Te crees que era algo fácil? Tu mujer, la persona que debe amarte por encima de todo, no solo se aprovecha de ti, sino que te engaña con tu puto mejor amigo, te humilla, ¿y esperas que sea sencillo?
—Él no era un santo. Era inestable, dramático y con tendencia a victimizarse.
—Me encanta que esa frase forme parte de tu repertorio habitual.
—Hacía mucho que no me hacía sentir como una mujer debe sentirse, pero no te pido que entiendas algo así cuando todavía eres un crío.
—¡Porque estaba todo el día trabajando para que no nos faltase de nada y pudieses tener todos los lujos que tanto te gustan!
Abre la boca, pero Samuel toca su mano para frenarla.
—Charlotte…, para. Nathaniel tiene razón. No lo hemos hecho bien con Bobby, y tampoco con él.
Ella se gira, como si no pudiera creerse que él pueda tener una opinión así.
—¿Te pones de su parte?
—Siempre he estado de la tuya, pero ya sabes lo que pienso. Nos equivocamos con Bobby, y es algo que yo nunca me perdonaré.
La respiración me arde. Me quema la garganta. Siento el pulso en las sienes, en los dientes, en el pecho. Me he tirado toda mi vida sin entender nada. Años odiando a un fantasma que solo buscaba sobrevivir a una mujer que sabía exactamente cómo había condenado a muerte a un hombre.
Mi padre no tomó buenas decisiones. Claro que no. Pero si hubiese podido pedirle ayuda a alguien…, si mi madre lo hubiese ayudado, si se hubiese disculpado…, quizá todo habría sido más fácil para él.
Nunca he querido tanto que alguien me diga la verdad. Nunca he sido tan huérfano como me siento ahora.
—¿Por qué nunca me lo contaste? —susurro—. ¿Por qué me hiciste odiarlo tanto?
Ella me mira extrañada, sorprendida por mi cambio de tono, como si no entendiera por qué un hijo quiere, por primera vez en su vida, una verdad.
—Porque tenía miedo de que te llevase con él. Estaba asustada. Llevaba años fuera de sí mismo y sé que te habría arrastrado con él.
—¿Y por qué no lo ayudaste, joder?
—No me tocaba a mí hacerlo.
Nunca en mi vida la he visto ayudar a nadie, ni siquiera a mí. No sabe querer como las madres quieren a los hijos, y es algo que siempre me ha hecho sentir que yo no valía la pena.
—Eres una egoísta de mierda, ¿me oyes? Aunque fuese por mí, ¡tendrías que haberlo ayudado para que yo pudiese tener un padre!
Samuel baja la mirada, dolido. Charlotte traga saliva mientras coge su mano.
—No te atrevas a juzgarme, Nathaniel. No tienes ni idea de lo que es tener que elegir entre tu futuro y la estabilidad —dice ella con tono frío—. Y mírate, funcionó, ¿no? Estás a punto de conseguir tu sueño.
—Tú sueño, no el mío.
—¿Acaso no amas el baloncesto?
—Me encantaba, mamá, y también me quitaste eso con tu exigencia.
—Bueno, supongo que no tiene que gustarte, sino dársete bien. —Cambia el tono de voz—. Tienes talento, hijo, no dejes que una chica te aparte del camino.
Empiezo a sentirme mareado.
—No estás bien de la cabeza, Charlotte. No has entendido ni una mierda de lo que te estoy diciendo.
—Algún día me lo agradecerás.
—No, pero tú sí que entenderás por qué perdiste a tu hijo.
—¿A qué te refieres?
Me aclaro la garganta sin creerme capaz de pronunciar lo que voy a soltar por la boca.
—Escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez. Quiero que recojáis vuestras cosas y os vayáis de mi casa.
—¡Nathaniel!
—No quiero volver a verte, mamá. Y, como se te ocurra venir a alguno de mis partidos, hablaré con los de seguridad para que te echen. ¿Crees que he sido lo suficientemente claro?
—¡No puedes hacerme eso!
—Oh, créeme. Claro que puedo.
—Pero, Nate… —interviene Samuel.
—Ni Nate ni hostias. Esa es mi decisión ahora. Si en unos años reflexionas, tratas los problemas que tienes en la cabeza, que, por cierto, son muchos, y te arrepientes de cómo te has comportado conmigo, entonces hablaremos —sentencio señalando a Charlotte.
Charlotte da un paso hacia mí, pero Samuel la frena agarrándola del brazo. Me sujeto al borde de la encimera sin que puedan notar que no me encuentro bien, intentando que algo me sujete.
—Déjalo que se vaya —dice Samuel, frenando a mi madre que venía hacia mí.
—Tenéis un día para recoger vuestras cosas, pero, si preferís iros ya y hacerme un favor, lo cual sería todo un detalle, puedo enviarlas a la dirección que me digáis.
—Nos iremos ahora mismo.
—Envíame la dirección de vuestro hotel o de vuestra futura casa y os enviaré todo.
Samuel se pasa una mano por la cara, derrotado.
—Dile a tu padre que lo siento, Nate.