46. Una bala duele menos. Nate Miller #2
Empiezo a mover una pierna y después la otra, de manera inquieta. Es algo que siempre había sospechado, pero nunca había tenido pruebas de ello.
—Cuando nos conocimos todo era perfecto.
Ella, de familia humilde, había conocido al hombre que toda chica quería: con talento, con dinero y con buena reputación.
Empecé a consentirla porque ella me hacía sentir la persona más especial del mundo, pero todo cambió el día que me ofrecieron un gran contrato en la NBA.
Tu madre, Nate, empezó a corromperse con el dinero.
No sabía cómo organizarlo, qué hacer con él, y terminó convirtiéndose en una persona llena de veneno y avaricia.
Bobby limpia las comisuras de Theo, que está babeando de la concentración mientras ve sus dibujos.
—Empezó a pasar cada vez más tiempo fuera de casa, y, cuando yo estaba entrenando, ella descansaba, así que nos veíamos bastante poco.
—Bebe un poco para continuar—. Un día me lesioné antes de un partido, nada grave, pero me fui a descansar para poder dar la talla.
—Se ríe con ironía—. Cuando llegué a casa estaba con ese… tío, en nuestra cama.
Él guarda silencio con los ojos clavados en la mesa, dándome tiempo para poder asimilar lo que me está contando.
Samuel. El hombre que Charlotte siempre me vendió como el «sustituto respetable», el que llegó para «salvarnos» del padre drogadicto.
En cuanto lo dice, siento una mezcla de alivio y culpa. Lo primero, porque me da paz saber una verdad que lleva demasiado tiempo en mi cabeza, y, lo segundo, porque, aunque mi madre no haya sido una madre ejemplar, es la que se quedó conmigo y de alguna manera siento que la estoy traicionando.
—¿En vuestra cama? —Es lo único que me sale decir.
—Sí. Y es un recuerdo que me ha perseguido años. Tú eras apenas un bebé, Nate. No podía tomar una decisión a la ligera, así que para ocultar mi dolor fui probando métodos que ojalá nunca lleguen a estar ni a un centímetro de ti.
—Otra cosa para la que llegas tarde, pero igual estabas demasiado drogado para recordarlo —suelto con desprecio.
Me duele. Odio tratarlo así, pero todavía siento más rechazo hacia la parte de mí que siente un deseo incontrolable de abrazarlo y de pedirle que nunca más se vuelva a ir.
Theo golpea la mesa con la mano abierta, riéndose por algo que ha visto. El contraste entre su realidad y la mía hace que empiece a costarme respirar.
Miro al niño, sus manos pegajosas, sus ojos verdes. Su inocencia.
Lo diferente que habría sido mi vida si ese hombre hubiese sido este hombre cuando yo era él.
—Ese fue el principio del fin —continúa—.
No supe gestionar el dolor. Me refugié en la mierda para no sentir.
Y Charlotte usó cada uno de mis errores para levantar un muro entre nosotros.
Llamé, Nate. Dios sabe que llamé mil veces desde el centro de rehabilitación, pero ella siempre me decía lo mismo: que me odiabas, que ya tenías un padre de verdad y que, si me acercaba, arruinaría tu futuro.
No sé si quiero abrazarlo.
No sé si quiero desaparecer.
No sé si quiero romper algo.
No sé si quiero llorar.
—Me sentía humillado y tenía una vida que cuidar, pero no quería dejarte sin una madre. Solo quería dejar de sentir mientras lo hacía, hacértelo un poco más fácil.
—¿Más fácil? Me jodisteis la vida entre los dos, papá.
—Pensé que ibas a estar mejor sin mí. Tenías ropa, comida, estudios, una casa preciosa… Pensé que… —traga saliva— que lo más sano era hacerle caso a tu madre y alejarme antes de arrastrarte al barro conmigo.
Cierro los ojos un segundo para entrar dentro de mi cabeza.
Sal de ahí.
Cierro los ojos un segundo para adentrarme en el corazón.
Vas por buen camino.
Una parte de mí lo cree, es cierto, pero la otra quiere partirle la cara.
—No hay excusa para que no vinieses a recuperarme. Si sabías que mi madre era una mala persona, ¿de verdad creías que estaría mejor sin mi padre?
—Yo no servía para cuidar a nadie en ese estado, Nate. Mejor con tu madre que con un drogadicto.
Una recopilación de los momentos más jodidos de mi vida aparece en mi cabeza, uno tras otro.
Recuerdo al niño que fui, llorando por sus padres.
Las noches en vela contando las estrellas del techo de mi habitación para poder dormir, ya que no conciliaba el sueño.
Las veces que le pedía a mamá que durmiese conmigo esa noche, solo esa noche, pero en las que ella prefería dejarme con la niñera de turno en vez de estar conmigo.
Me froto la cara, dejando que el sudor que cae por mi frente empape mis manos.
—¿Por qué no viniste cuando te recuperaste? —insisto, porque realmente eso es lo que me duele—. ¿Por qué no lo hiciste bien, aunque fuese una vez?
—Cada día que pasaba tenía la sangre más limpia, pero el corazón más sucio. Los remordimientos empezaron a envenenarme y necesité tomar algunas decisiones para poder ser mejor persona.
—Habrías sido mejor persona si te hubieses preguntado si a tu hijo le hacía falta abrazar a su padre, joder.
—Tenía miedo de estropearlo otra vez, así que me mudé a Boston y empecé una nueva vida. Seguí yendo allí a un centro de recordatorio para exadictos y abrí una asociación que me permitiese no olvidar jamás el motivo por el que había invertido en ella.
—¿Una asociación?
—Sí, para ayudar a gente como yo. Me fue bastante bien y, junto con mi nueva vida y la terapia psicológica, pude…, simplemente mejoré, pero nunca me perdoné por haberte dejado.
—Te habría perdonado, papá. Ni siquiera me diste la oportunidad de decidirlo por mi cuenta.
—Nate, sé que te hice daño, y lo siento muchísimo.
Crecer sin un padre y con una madre como Charlotte ha tenido que ser algo durísimo.
No tengo una vida lo suficientemente larga para disculparme contigo y saldar mi deuda, pero sí me gustaría que me dieses la oportunidad de estar un poco más cerca de ti.
Es injusto. Me pican los ojos y empieza a dolerme todo el cuerpo como si me hubiesen pegado la paliza de mi vida.
¿Cómo habría sido todo si él hubiese vuelto a por ti?
No lo sé, pero seguramente estaría menos jodido.
—Charlotte también hizo que estuvieses fuera de ella —murmuro, encajando algunas piezas más—. Te lo puso difícil, ¿verdad?
—Llamaba cada día desde el centro de rehabilitación y nunca me cogía el teléfono, así que después de seis meses dejé de llamar por orden de mi terapeuta. Cada vez que la llamaba y no conseguía hablar contigo tenía… más ganas de drogarme, por lo que tuve que dejar de hacerlo.
Él aprieta los labios, como si estuviese aguantándose las ganas de llorar mientras que yo, por una vez en la vida, tengo delante de mí la otra cara de la verdad que nadie quiso contarme, ni siquiera la abuela.
—Pelear por ti siempre fue mi opción, Nate, pero nunca tuve la valentía para hacerlo. Cuando por fin contacté con tu madre, ella se encargó de recordarme que estarías mejor sin mí, un deportista acabado y sin futuro.
Destroza un azucarillo con las manos, fruto de los nervios.
—Así que la creí sin pararme a pensar en quién era la persona que me lo estaba diciendo.
Me hierve la sangre porque precisamente ella, la madre que me dejaba llorando por las noches, no es la mejor persona para dar ese tipo de consejos a nadie.
—Puedo decirte con toda la honestidad que tengo que jamás deseé abandonarte. No dejé de quererte ni un solo día.
Bajo la mirada con el labio superior temblando mientras mis brazos lo acompañan.
Theo pone su mano sobre la mía y empieza a jugar con los pellejos de mis uñas. Arranca uno y se echa a reír.
—¿Quién es él?
—Theo es mi hijo, y si tú quisieras aceptarlo, podría ser un hermano para ti.
—Una sonrisa comedida se dibuja en su cara, soñando a lo grande—.
Conocí a Ruby trabajando en el centro. Ella era voluntaria, por pura vocación.
Lo cierto es que fue un rayo de luz para mí.
Me ayudó muchísimo a entenderte, a entenderme a mí y a perdonarme, aunque siempre habrá una parte que solo tú puedes arreglar.
Siento dolor.
Vergüenza.
Amor.
Traición.
Ilusión.
—No pretendo que me perdones, pero sí quiero que sepas que no me fui porque no te quisiera, sino porque era un hombre roto que no sabía quererte bien. Y ahora solo quiero la oportunidad de demostrarte que ya no soy ese hombre.
—Te he odiado y echado de menos a partes iguales, así que lo siento, pero no puedes llegar y pretender tenerme a tus pies como un perro al que han abandonado.
—No tienes que decirlo ahora, ni en un mes. Tómate el tiempo que necesites porque yo esperaré por ti, aunque pasen los años.
Me levanto antes de tomar una decisión precipitada. Cojo mi mochila y sin mirar atrás doy la espalda a la oportunidad que llevaba esperando toda la vida, pero que llegó cuando ya había llenado ese hueco con otras cosas.
Hay decisiones que no esperan a que estés preparado, pero yo ya había sido la persona que vivía aferrada a lo que pudo ser, cuando por experiencia propia sabía que lo que llega tarde nunca compensa lo que costó la espera.