Breathe Out (Silver Springs 1) 46. Una bala duele menos. Nate Miller
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46. Una bala duele menos. Nate Miller

Nate Miller

—¿Cómo coño te atreves a aparecer por aquí?

Voy directo hacia él gracias a la rabia que calienta mis venas.

Mis mejillas se encienden cuando detrás de él aparece un niño pequeño, de unos dos o tres años, escondiéndose detrás de la manga de su jersey como aquel que busca el refugio de un padre —mi padre.

Está asustado por mi culpa, como si yo fuese el monstruo que vive debajo de su cama. Su pelo, del color del oro, cae en mechones rebeldes; el jersey verde combina con sus ojos, dos esmeraldas que destacan en su expresión tímida.

Bobby me mira cauteloso, como si no reconociese a su propio hijo, pero es difícil recordar cómo es la persona a la que abandonaste cuando tan solo era un crío y pretender saber cómo es en la que se ha convertido.

Como si me hubiesen clavado un puñal en el centro del estómago para retorcerlo hasta desangrarme, el mundo se me cae encima.

Da un paso hacia mí, pero levanto una mano, marcando distancia.

—No te acerques.

Él se detiene en seco mientras el niño se rasca los ojos sin dejar de observarme.

—Nate, me gustaría ir a un sitio más tranquilo para… explicarte algunas cosas. No vengo a molestarte.

—Me habría gustado que me las explicases cuando tocaba, Bobby.

—Soy tu padre, Nate. Sé que estás dolido conmigo, pero las cosas no son tan fáciles como parecen.

—¿No es fácil querer a tu hijo? ¿Era tan difícil dar señales de vida a lo largo de estos años?

—Lo he intentado, Nate —suelta de golpe, con una desesperación real en su rostro—. Al principio quise venir a verte, aunque fuese de lejos, pero tu madre me lo puso realmente difícil.

No sabía nada de esto, pero tampoco me sorprende que Charlotte me lo ocultara. Aunque ella sea mala…, entendería que quisiera protegerme de un drogadicto.

—¿Qué quieres? ¿Aparecer aquí y que te dé un abrazo como si llevases todos estos años fuera porque estabas en la guerra?

—Sabía que ibas a reaccionar así, pero al menos tenía que intentarlo.

Mi pecho es un nudo gigante y, aun así, las preguntas son más grandes.

¿Ha tenido otro hijo al que sí ha cuidado?

¿Por qué no has venido a buscarme en todos estos años?

¿Por qué nadie me elige a mí?

Traga saliva mientras se mete una de las manos en el bolsillo, como si no supiera qué hacer con ella. Con la otra, ayuda al pequeño chico que está a su lado a asomarse un poco más.

—Él es Theo. —Bobby le pone la mano en el hombro—. No tiene la culpa de nada, Nate.

—Ah, fantástico. Me alegro un montón, papá —escupo con ironía—. ¿Quieres que juguemos a la familia feliz? ¿Es eso?

Acabo de comportarme como un gilipollas.

El niño no tiene responsabilidad de nada y aun así compartimos padre. No debería pagarlo con él, pero no puedo controlar lo que siento.

—Dime, ¿quieres que te reciba como si fuese mi cumpleaños y vosotros fueseis el puto regalo?

—Basta, Nate. Entiendo tu reacción, y me duele, pero si no quieres una explicación no voy a molestarte más. Lo siento, no debí venir.

—He querido que estuvieses a mi lado todos estos años, papá, aunque Charlotte no lo soportara, pero desapareciste por completo y tuve que olvidarte a la fuerza.

—No quería empeorar las cosas. Yo…

—Tú eras un yonki —le interrumpo—. Eso ya lo sabía, pero pudiste pedir ayuda y volver a buscarme cuando estuvieses bien, y en cambio preferiste abandonarme por completo. Permíteme dudar si realmente has cambiado.

No intenta defenderse, así que se limita a asentir con la cabeza.

Ni una sola excusa.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Theo me observa cada vez con más curiosidad y me avergüenzo de mí mismo por la cara que le estoy mostrando.

No quiero convertirlo en mí.

Ojalá pudiese gritarle y hacerle saber lo mucho que lo odio. Un odio que ahora cobra fuerza porque creía haberlo enterrado en lo más hondo de mí.

Te odio, hostia.

Se da la vuelta, mostrando rendición, y una voz en mi cabeza necesita algo más. No puede aparecer y rendirse conmigo tan fácilmente. No así. No me lo merezco. Por mucho que lo rechace, debería aceptarlo y seguir intentándolo.

¿Por qué nadie lucha por mí?

—¿Qué haces aquí? —pregunto al fin, pero me siento jodidamente vulnerable.

—Me han invitado al campus para dar una charla sobre adicciones, dinero, y… no convertirse en un puto desastre cuando tienes el mundo en las manos. Y antes de eso… quería y necesitaba verte.

—Perfecto —me río—. Nada como un mal ejemplo para ilustrar lo que no hay que hacer.

Cierra los ojos un segundo, como si esperase el siguiente golpe que sabe que se merece.

—Me lo merezco —admite—. Todo lo que quieras decirme me lo merezco. Antes de salir ahí a hablar de mis problemas delante de desconocidos, quería hablar con la persona a la que más daño le hice, y la que más me sigue importando.

—¿Yo te importo? —Doy un paso hacia él—. Tu forma de demostrarlo ha sido la puta hostia. Espero no importarle a nadie como te importo a ti.

—Me encantaría poder explicártelo todo. Sé que estás enfadado conmigo. Yo también lo estoy, Nate.

—¿Dónde has estado todos estos años cuando te he necesitado? ¿Cuando tenía fiebre? ¿Cuando no quería ir al colegio el día del padre? Dime.

—Papi, papi. —El niño tira por la manga de su jersey.

—Theo, campeón, un segundo.

Ver a mi padre agacharse para atender a ese niño con una ternura que yo no recibí en una década me quema por dentro.

Es rabia, sí, por todos estos años echándolo de menos.

Bobby me mira y veo mi propio rostro, pero cansado, surcado por las cicatrices de una vida que decidió elegir por encima de la mía.

—¡ Manana ! Mmm manana rica. —Hace un gesto rodeando su barriga con las manos.

—¿Quieres manzanas, bebé?

— Hi .

—Conque tenemos hambre ya, ¿eh?

—Y popó.

La risa de mi padre me rasga la garganta y la imagen de los dos me pone profundamente triste por poder ver todo lo que me han quitado.

Veo al hombre que tengo delante y no puedo evitar pensar en cómo habría sido mi vida con él. No tengo demasiados recuerdos con él, pero sí puedo sentir lo que me hacía reír. Se esforzaba —cuando Charlotte lo dejaba— por divertirse conmigo y darme el poco cariño que sabía.

—Ahora vamos a cambiarte, chiquitín. —Mi padre se gira para mirarme de frente—. ¿Vendrías con nosotros? Dame solo la oportunidad de explicártelo, y después, si tú quieres, desaparezco de tu vida para siempre.

—¿Me lo prometes? ¿Te irás y no volverás?

—Haré lo que me digas, sea o no lo que me gustaría a mí.

—Está bien. —El nudo en la garganta es cada vez mayor—. Pero será la única vez que te escuche, así que piensa bien tus palabras.

Una hora después estoy rodeado de chupetes, sonajeros y babas de niño.

Sentados a una mesa reservada del restaurante al que veníamos cuando yo era pequeño, mi padre da de comer a Theo mientras el crío ve los dibujos en su iPad.

Mi padre limpia la comisura de la boca de Theo con la servilleta mientras el niño se ríe. Es ridículo que ese sonido infantil despierte en mí sentimientos tan contradictorios.

Nunca he tenido un hermano, sin contar a Asia, pero siempre lo he deseado. De pequeño veía a todas esas familias enormes que celebraban la Navidad y me moría de la envidia porque en casa solo cenábamos Charlotte, Samuel y yo.

Todas y cada una de las navidades la abuela le exigía poder pasarla juntos, o que al menos pudiese ir con ellas, pero Charlotte se negaba en rotundo.

—Navidad es para la familia —decía.

Hipócrita.

—¡Bobby! —La camarera que nos atiende parece conocer a mi padre.

Una mujer mayor, de unos sesenta años y con el pelo blanco nos sonríe. Su cara me suena, quizá porque sigue trabajando aquí desde la última vez que vine.

—Hola, Shayla.

—Últimamente te veo más que nunca, ¿has vuelto a vivir al pueblo?

—No, pero esta vez me quedo más días de lo normal.

—Tu madre seguro que estará muy contenta.

¿Cómo?

—Hola, chiquitín. —La camarera pone los dedos en la nariz de Theo y él se muestra divertido—. Tú debes de ser Nate. Hace muchos años que no te veía, al menos en persona.

—Ese soy yo.

—Por la tele sales guapísimo. Te veo siempre que puedo. —Se limpia las manos al delantal—. ¿Qué os pongo?

—Lo de siempre: tortitas con beicon y huevos para mí, sándwich especial New York para él —dice señalándome— y necesito que me calientes la papilla de este campeón.

—Marchando, Bobby. —Coge las cartas para hacer espacio en la mesa—. Qué ojazos tienen tus hijos.

Se va con paso alegre y deja un silencio entre los dos que llena mi cabeza de demasiadas preguntas.

—¿Has estado viniendo aquí a menudo?

—Sí. He venido mucho a lo largo de estos años.

—¿No tenías otro sitio mejor?

—Me traía buenos recuerdos este lugar.

—Te has acordado de cuál era mi plato favorito.

—Siempre que vengo me lo pido, pero hoy me apetecía cambiar.

—¿Por qué has estado viniendo? No lo entiendo.

—A ver a tu abuela. Ella ha estado informándome de cómo estás.

Por un momento me siento jodidamente traicionado.

¿Cómo ha podido ocultármelo? Ella sabe lo importante que habría sido para mí saber, solo saber…

—Antes de que te enfades con ella, quiero que sepas que yo se lo he pedido.

—Explícate. —Aprieto los puños.

—Voy a empezar siendo honesto contigo. Brutalmente honesto, aunque me odies más después de eso.

—Creo que eso es bastante difícil.

Mira hacia abajo mientras junta las dos manos en la mesa. Está nervioso, lo noto, pero también lo comprendo. Dudo mucho que sea fácil abrir el cajón con el que salpicaste a los demás de tu propia mierda.

—El día que empecé con las drogas y el alcohol no fue el día que empecé a perder la cabeza, sino mucho antes.

—Continúa.

—Supongo que tienes una buena relación con Samuel, ¿no? Creo recordar que se llama así.

—Sí, el novio de mamá.

—Era mi mejor amigo, ¿sabes?

Hace una pausa mientras los ruidos de los platos y los cubiertos suenan de fondo. Mi padre mira a su alrededor para asegurarse de que nadie va a interrumpir esta confesión antes de continuar hablando.

—La amaba —continúa con una sonrisa triste—. Amaba a tu madre más que a mí mismo. Como un imbécil, si me permites.