45. Rancho y spa. Keyla Blake
Keyla Blake
—Levanta ese culo de infarto, nena, porque hoy tengo un planazo. —La voz de Avery se mete en mis oídos y creo que todavía estoy soñando.
Abro un ojo, con el pecho todavía apretado por el susto que me ha dado, pero la imagen de su cara a diez centímetros de mí con expresión de felicidad me arranca una pequeña sonrisa.
—Son las… —busco el móvil en la mesilla— las siete y cuarto, Avery. Eso es un delito nacional.
—Delito es haber llegado ayer y haberte metido en la habitación a dormir sin siquiera verme.
Resoplo mientras va abriendo las persianas y la luz empieza a molestarme.
Me incorporo con el cuerpo pesado y paso unos segundos disfrutando de la deliciosa sensación que solo conoce el que estira su cuerpo por las mañanas, y aunque llevo bastantes días sin ver a Nate debido a sus entrenamientos, estoy feliz de que todo esté yendo justo como debería.
—Hoy es un día de chicas y no acepto un no por respuesta.
—Ay, mi madre.
—Sienna viene de camino porque hoy es su día libre, y le he exigido que de verdad sea su día libre.
—¿Y te ha dicho que sí?
—Bueno, es posible que la chantajease con cafés gratis durante una semana. No tenía escapatoria.
—No me creo que la hayas hecho madrugar en el único día que puede dormir.
—Tiene que llevar a sus hermanos al colegio, así que le viene perfecto. —Da dos palmadas en la cama para contagiarme de su energía—. Arréglate lo justo para no ir en pijama, hoy va a ser un día perfecto.
—¿Se supone que tú vas sin arreglar?
Mi amiga me mira con las manos sobre la cintura con un conjunto de lo más ideal. Lleva un pantalón corto de cuadros rojos y blancos, un top que tiene bordados de encaje por la zona del pecho y el pelo recogido en una pañoleta amarillo pastel.
—¿Esto? —Da una vuelta teatral sobre sí misma—. Voy acorde al plan y muy cómoda si me preguntas.
—¿Qué vamos a hacer?
Me levanto y me miro en el espejo. Tengo cara de cansada para haber dormido doce horas, pero supongo que llevo una semana muy intensa.
—Iremos al establo, al spa y después bañito en la playa. Y sí, por ese orden.
Parpadeo.
—No pienso subirme a un caballo. Tengo una relación complicada con ellos ahora mismo.
—Relájate, vaquera. No vamos a montar. —Levanta las manos, como una actriz de categoría—. Solo vamos a peinarlos, limpiarles las pezuñas y ponerlos guapos.
Mi primer impulso es decir que no. Entre las sesiones de EMDR que voy teniendo y el malestar emocional que todavía tengo por lo que pasó la semana pasada con la madre de Nate, estoy como si me hubiesen pegado una paliza: duermo mucho y mal, tengo sueños raros que al día siguiente no recuerdo y me despierto siempre, pero siempre, con la sensación de que me he olvidado de algo importante.
Además de eso, los caballos significan algo importante para mí que he dejado atrás. Algo con lo que me gustaría reconectar, sí, pero nunca siento que sea el momento.
Ahora mismo echo de menos a mi oso de peluche gigante de dos metros, que, por cierto, hoy no me ha escrito, aunque tampoco he visto ningún mensaje nuevo de ayer por la noche. Quiero pensar que es porque estaba cansado y hoy todavía es demasiado temprano, aunque él suele madrugar bastante.
Desde que Avery está en mi vida no me siento sola, pero se me hace raro tener cosas que contarle a alguien, sobre todo a una persona que parece recibirlas con tantas ganas como yo de vivirlas.
—Venga, vale, pero como me obligues a montarme en el último momento te juro que me voy.
—Trato hecho. —Choca su mano con la mía—. Tienes media hora para prepararte antes de que venga Sienna. Ponte algo que pueda llenarse de pelos y de mierda, pero que sea lo suficientemente bonito para que podamos sacarnos fotos.
—Mmm, qué bien suena llenarme de caca de caballo por la mañana —digo mientras la zarandeo.
—Luego me lo agradecerás cuando nos demos un baño en la playa.
—¡Aún no estamos en primavera!
—Nena, vivimos en Silver Springs, donde la primavera siempre es eterna.
Su entusiasmo siempre me saca una sonrisa. Sale de la habitación para darme esos minutos de ventaja, dejando tras de sí un rastro de energía y promesas de que, al menos en unas horas, no voy a pensar demasiado.
El aire de la mañana está frío, pero me trae el olor del mar. Esa mezcla perfecta de sal, tierra y olor a gambas a la plancha.
Sienna nos espera apoyada en su coche con un conjunto con el que resultaría imposible no mirarla. Lleva el pelo recogido en una coleta alta de la que cae una trenza, una camiseta con dos cerezas en las tetas a juego con una falda blanca vaporosa y unas botas de montar a caballo con calcetines.
—Qué buena cara tenéis.
Avery se lanza a abrazarla como si fuera un osito de peluche.
—¿Cómo ha amanecido mi gruñona favorita?
—Invadir mi espacio personal no estaba en el trato. —Sienna frunce la nariz como si odiase genuinamente el contacto físico.
—No puedes escaparte de mí. Soy como un animal salvaje —responde Avery, apretándola más.
—Keyla, socorro —me grita—. Mi batería social está hoy fuera de cobertura.
Me sale una sonrisa cuando llego hasta ella y me hace un gesto con la mano para que me una.
—Ven aquí tú también —murmura mientras nos aprieta a las dos en un abrazo rápido—. ¡Oléis fatal y eso que todavía no hemos ido al establo!
—Es que no nos hemos lavado los dientes. —Avery enseña las encías como si estuviese en una visita del dentista.
—Puaj. Qué asco.
Sienna coge un café de su coche y da el que parece ser su último sorbo.
—Vámonos ya, por favor. Cuando antes acabemos con los caballos, antes llegamos al spa.
El camino hacia los establos hace que podamos ir viendo cómo las olas rompen en el mar.
A cada minuto que pasa empieza a hacer un poco más de calor y la hierba húmeda por el rocío empieza a secarse.
El sol ya está saliendo por detrás de las colinas y la luz anaranjada que cae sobre las vallas blancas del recinto recrea un cuadro perfecto en mi cabeza.
Frente a nosotras se alzan los establos de la Estrella Errante, o al menos eso pone en el letrero metálico en forma de media luna de la entrada. Todo está impecable para ser una zona llena de animales. Huele a paja fresca y a la piel de los caballos, ese olor especial que tanto me gusta.
—¡Chicas! —exclama una mujer mayor, de unos sesenta y tantos años, con una coleta trenzada y una sonrisa enorme—. Qué ilusión me ha hecho cuando Avery os apuntó anoche en la lista para venir a ayudarme hoy.
Avery.
Miro de reojo a mi amiga mientras intento poner la mejor de las sonrisas y finjo un extremo entusiasmo.
—Me llamo Maeve, jovencitas. —Se acerca a nosotras mientras se quita los guantes—. ¡No sabía que erais todas tan guapas! Quién volviera a tener vuestra edad.
—Pero Maeve, ¡si estás tremenda! —Avery la abraza—. Ojalá llegar a tu edad con ese cutis.
—La clave, querida, es no dejar que la vida te amargue y amar con muchas ganas, ya sea a un hombre o a estos caballos. —Maeve nos guiña un ojo—. Y un poco de aire puro, que el de la ciudad está lleno de mentiras.
Me pregunto cuántas historias tendrá esta mujer debajo de la piel, cuántas cosas habrá superado para vivir la vida con esta alegría.
Maeve da dos palmadas de manera enérgica y las tomamos como una señal para empezar a trabajar.
—Bueno, venga, que estáis aquí para trabajar. Mis batallas con los hombres otro día. —Se pone otra vez los guantes—. A cada una os voy a asignar un caballo. Todos son muy dóciles y no muerden, o al menos no todos, pero hoy se han levantado de un humor estupendo.
—Genial. —Sienna pone cara de circunstancias.
—Avery, cariño, tú te quedas con Atlas, aquel marrón de allí.
Un caballo canela con una estrella blanca en la frente saca la cabeza entre los barrotes. Avery grita de la emoción.
—¡Es la cosita más bonita que he visto en mi vida! —Nos mira como si fuese una niña pequeña—. Mirad su carita de bebé.
—Esa carita de bebé es el semental del establo por excelencia. Siempre quieren todas las yeguas con él, pero es un hombre de una sola mujer.
Esta mujer no tiene filtros, algo que me hace dibujar una discreta y verdadera sonrisa mientras me coge del brazo para enseñarme mi cuadra.
—Para ti, Lyra. Es la yegua más presumida del lugar. Le encanta que la miren, pero solo deja que se acerquen las personas con buen corazón.
Me acerco de lado, respetando su espacio. Siempre me han gustado los caballos; tienen esa forma de mirarte que te hace sentir que las palabras sobran. Son pura nobleza. Lyra resopla y, para sorpresa de Maeve, me busca la mano con el morro.
—Vaya, parece que habláis el mismo idioma —murmura Avery con una sonrisa.
Maeve deja de hablar cuando ve que Lyra se acerca voluntariamente a mí y me empuja de forma cariñosa con la punta del morro. Sorprendida, miro a mis amigas y algo amenaza con salir a través de mis ojos.
—Parece que le gustas, Keyla.
—Hola, pequeña. Qué bonita eres.
Mi mano ya está acariciando la crin de Lyra. Estoy sintiendo una felicidad inmensa que solo los animales consiguen. Tengo tantos recuerdos con Arlo de cuando era niña…
Noto una presión extraña detrás de mis ojos, como si estuviera a punto de estornudar, pero dentro de mi cabeza.
La sensación de haber olvidado algo importante, que me ha perseguido desde la sesión de EMDR, se intensifica.
El olor a paja, a caballo, es tan familiar que me produce un vértigo.
Por un instante, Lyra no es Lyra, es… otro caballo.
—Tierra llamando a Keyla —murmura Sienna, observándome—. ¿Todo bien?
—Sí, sí. Solo… el sol —miento. Me froto las sienes para que me ayuden un poco, ya que el mundo parece ligeramente desenfocado, como si estuviera viendo la escena a través de un cristal.
¿Será el efecto del EMDR?
—Para ti, morena, he preparado a Pluto. —Maeve señala a Sienna—. Es un veterano tranquilo, no se asusta con nada.
—¿Seguro que no muerde?
—Solo si huele el miedo.
—Pues creo que me va a arrancar la cabeza.
—A las chicas guapas no les hace nada, y con ese modelito que te traes…