44. El pasado siempre vuelve. Nate Miller
Nate Miller
Llego al pabellón con el pulso todavía acelerado, así que espero que le sirva al entrenador como calentamiento. Enciendo la pantalla del móvil justo cuando entro por la puerta y veo la hora.
Mierda.
Voy tarde. Muy tarde.
El sonido del rebote de los balones golpeando el suelo me recibe como un recordatorio de lo jodidamente irresponsable que estoy siendo.
Todos mis compañeros están haciendo el calentamiento cuando el entrenador me ve aparecer, dejando su tablet en una de las sillas.
Está de mal humor, pero yo no tengo el día para que nadie me toque los cojones.
—Miller. —Separa las dos manos y las inclina hacia arriba de manera irónica.
Como quien ve venir a alguien que ha decidido cavar su propia tumba, me acerco a él aún con la bolsa de deporte en la mano.
— Coach —saludo, llevando dos dedos a la frente de forma burlona pero formal.
—¿Sabes qué hora es?
—Las nueve y dieciocho, entrenador.
Mira el objeto de su muñeca con movimientos calculados, como si estuviese a punto de maldecir a toda mi descendencia, pero supiera que no le conviene tener un momento así con la apuesta del equipo.
—Curioso. En mi reloj parece poner también y dieciocho, y sin embargo los entrenamientos empiezan a las nueve. ¿Cómo explicas esa diferencia horaria entre tú… y el resto del jodido planeta?
Hayes se ríe a lo lejos, haciendo que le lance una mirada que promete venganza en cuanto toque la pista.
—Lo siento, coach . No me sonó la alarma, así que me quedé dormido más de la cuenta.
—¿Te dormiste? —replica con un tono agresivo—. ¿Te dormiste, Miller?
Respira hondo y se acerca más a mí como el depredador que es.
—Miller, tú no puedes permitirte dormirte, hostia. Estamos a días de jugarnos uno de los partidos más importantes para demostrar quiénes somos. Días. Y tú llegas tarde, me cago en todo.
—Lo sé, no tengo excusa.
—¿Quieres que te cuente lo que significa eso?
Niego con la cabeza porque como siga escuchando una palabra más de su boca voy a estampársela contra el suelo.
Ni un solo día de mi vida he llegado tarde. Ni uno, mientras que los mequetrefes de mis compañeros se la juegan semana tras semana con sus horarios de mierda.
No se me permite ni un solo error, joder, y ya empiezo a cansarme de eso.
—Significa que no eres el jodido capitán de este barco, Milller.
Significa que no estás priorizando lo que tienes que priorizar, que es tu putísimo trabajo.
Y significa que, si el sábado juegas con esta misma actitud, nos vamos a casa con el rabo entre las piernas y tú te quedas sin tu proyección NBA.
Trago saliva mientras me da la sensación de que acaban de recordarme por qué estoy aquí, y la obligación que siento cae como una losa sobre mi cabeza.
—No volverá a pasar, coach .
—Más te vale o saldrá de titular Hayes la próxima vez.
Me hace un gesto con la cabeza hacia la pista en la que me esperan mis compañeros. Yo mando en este puto equipo, joder. No me puedo permitir más situaciones así.
Pienso en lo que significa ser un líder y, si soy honesto conmigo mismo, creo que es un concepto del que me alejo.
Tengo garra, sí, pero me falta una confianza que no tiene nada que ver con el campo. Jugando me convierto en un animal hambriento en medio de la selva, pero por dentro soy el perro al que han herido y nunca se ha percatado de que le dolían las piernas.
Conforme voy conociendo más a Keyla, aunque suene extraño, voy conociéndome más a mí. Es algo que me asusta y que siempre he estado evitando.
Tú eres más fuerte que tu pasado, campeón.
Puedes hacerlo solo.
No necesitas a tus padres.
Ahora me doy de bruces con la realidad y me doy cuenta de que, si quiero llegar a la NBA y ser quien quiero ser, quizá sea hora de que empiece a tomar decisiones que me acerquen a la persona que quiero ser.
No solo tengo que liderar a mi equipo, sino también mi vida. Hacer las paces con esa parte de mí, la que tiene miedo y solo se considera suficiente cuando mete puntos, para ser la persona valiente que se cree valioso cuando hace lo que siente.
Tengo una conversación pendiente con mi madre, ya que todavía no hablamos de cómo se comportó anoche, pero ahora veo con claridad que no tengo que tratarla a ella de manera privilegiada cuando ella no sabe darle a su hijo un mínimo.
Dos palmadas me sacan de mis pensamientos y me devuelven al presente.
—Vale, chavales —el entrenador enciende una de las pantallas mientras nos vamos sentando en la grada—, hoy vamos a estudiar cómo vamos a destruir a los Horssies Montana en cuatro días. Nos convertiremos en asesinos en serie, ¿entendido? Nos jugamos mucho, así que atentos.
Con el corazón dividido entre la pista y lo que tengo pendiente, decido dejar mi vida personal a un lado porque en cuatro días voy a comerme el puto mundo.
—Somos mejores que ellos —continúa— pero, si bajamos un uno por ciento la intensidad, nos mandan a nuestra puta casa. Sé que todos queréis atacar, pero un buen jugador debe defender su puesto, ¿estamos?
El vídeo se pone en marcha y las próximas dos horas se convierten en comentar jugadas, posiciones y estudiar a los jugadores del equipo contrario.
—El base es explosivo cuando recibe en carrera, pero, si Nate lo cierra por la izquierda, se queda sin estrategia.
Asiento porque ya lo había visto venir, y una fuerza de suficiencia me curva la sonrisa.
—El escolta más destacable es muy técnico, pero no defiende nada bien. Miller, quiero que leas esta jugada. —Retrocede y avanza varias veces la reproducción—. Tú decides si vais hacia un lado o hacia otro. Eres el faro del equipo. Si tú estás bien ese día, todos lo estamos.
Un pensamiento brota en mi mente para dar lugar a la euforia. Esto es lo que me gusta del baloncesto, que puedo sentirme el mejor. Dominar a mi oponente, poner orden en mi equipo.
—Bien. El sábado somos unos putísimos osos. Nada de dudas ni de mierdas. Esta es vuestra entrada al campeonato, y ya sabéis que estará lleno de ojeadores de la NBA. Si lo hacéis bien y destacáis, varios de vosotros podríais cumplir vuestro sueño.
De camino al vestuario, una mano que conozco demasiado bien y que odio otro tanto me toca el hombro.
—¿Qué quieres, Hayes?
Sigo caminando y ni siquiera me paro a prestarle atención porque es precisamente lo que busca de mí. A veces dudo si lo que realmente le pasa es que está enamorado y no lo ha aceptado. La verdad es que no le culparía por ello.
Esboza esa sonrisa de mierda que tanto detesto y que siempre pone cuando va a tocarme bien las pelotas, pero mi intención —que no mi promesa— es no darle ese gusto.
¿Qué quiere ahora este tío?
—¿Tienes un momento, Miller? —Mira hacia los lados para comprobar que el resto están llegando al vestuario y que estamos solos.
Me cruzo de brazos porque ahora sí que tengo curiosidad, pero no quiero que se dé cuenta.
—Si es corto, sí.
—He estado pensando —eso ya es sorprendente de por sí— y sé que he sido un gilipollas contigo estos meses.
—La palabra gilipollas quizá no te hace justicia.
—Venga, tío. Estoy intentando disculparme.
—Tienes un minuto.
—He estado teniendo movidas en casa y las he pagado aquí.
—Como todos.
—Creo que no de la misma manera, pero supongo que tú no tienes por qué saberlo.
Me cruzo de brazos y cambio el peso de una pierna a otra. No me sirven de nada sus disculpas a final de temporada, joder. Me he jugado mucho este año y se ha empeñado en hacerme la vida más complicada de lo que ya es debido a su ego de mierda.
—Mira, no me caes bien, es obvio, pero Lach no para de decirme cosas buenas sobre ti y creo que no has hecho nada para merecer mi odio.
Lo miro frunciendo el ceño. Hayes pidiendo disculpas es como un acontecimiento histórico.
¿Cómo debería comportarme ahora? ¿Como una persona vengativa o como el líder que quiero ser?
—Lach es uno de mis mejores amigos. Siempre me sorprendió que fuese amigo tuyo…, pero supongo que acepto tus disculpas.
—Me gustaría proponer una tregua, al menos hasta que termine el March Madness.
—Eso si llegamos.
—Miller —me reprende.
—Hayes.
—¿Qué me dices?
—Vale —cedo al fin—. Tregua temporal.
—Solo hasta ganar esos partidos.
—Trato hecho.
Cerramos nuestro acuerdo con un apretón de manos, como si fuésemos dos grandes empresarios, y, cuando estoy a punto de confiarme, Hayes hace de las suyas.
—Por cierto, muy guapa tu novia. Keyla, ¿verdad?
—Como vuelva a escuchar su nombre en tu boca no llegas al puto partido.
—Es broma, joder. Relájate.
Nos miramos como dos animales a punto de morderse, pero entonces recuerdo que mi actitud positiva es lo que necesita mi equipo para recibir lo que esperan de mí.
Le doy una palmada en el hombro para romper el hielo y abre los ojos, sorprendido, como si no se esperase nada cercano de mi parte.
Cuando me dirijo a las duchas una voz rompe el silencio de mi cabeza desde el fondo del pabellón.
Una que recuerdo demasiado bien, pero que hacía años que no escuchaba.
—Nathaniel.
La sangre se me congela cuando me doy la vuelta y me encuentro los ojos color hielo de mi padre, mirándome a lo lejos.