43. Una primera vez es para siempre. Keyla Blake
Keyla Blake
—¡Vas a manchar toda la cama!
—¡No puedes traerme fresas y esperar que no me manche!
Nate deja el cuenco sobre su abdomen desnudo, como si fuese la bandeja más estable del planeta Tierra, y me mira con esa sonrisa que siempre me da ganas de esconder la cara entre las manos.
—¿Y si me gusta que te manches? —Nate unta su dedo con un poco de nata y me la pone en la comisura—. Así tengo una excusa para limpiarte.
Se acerca a mí y pone sus dedos en mi barbilla antes de lamer parte de mi cara. Sus labios están húmedos y calientes, y hace que me recorra un escalofrío al pasar de la comisura a mi boca con un beso que me obliga a apretar las piernas.
Esta situación es bastante nueva para mí, pero me tiene en sus manos.
—Me has robado el beso.
—Porque estás muy guapa recién despierta. —Sonríe en frente de mi boca—. Un delito por otro delito.
Respiro agitada, fruto de una mezcla entre vergüenza y algo a lo que no sé ponerle nombre.
Pienso en todo lo que despierta en mí, pero no se lo digo.
Me aparta otro mechón de pelo y mis mejillas me escuecen cada vez más. No es justo. No estoy acostumbrada a que me miren así, como si fuese lo más bonito que han visto jamás. Supongo que hay una parte de mí que no termina de creérselo.
—Dame una —le digo, señalando las fresas porque necesito cambiar de tema antes de que el corazón se me salga por la boca.
—¿Solo una?
Asiento con la cabeza.
Pincha una fresa y la moja en la nata montada que ha traído —¿de dónde narices ha sacado todo esto a las siete de la mañana?
— y me la acerca a los labios. Me la como e intento mantener un mínimo de dignidad al masticarla, pero él me mira con esos ojos que tienen toda la paleta de colores posible dentro de ellos y pierdo la poca que todavía me queda.
Pasa los dedos y los arrastra por mis labios, mientras intercala su mirada entre mis ojos y mi boca.
—Tienes un poco de nata aquí.
—Mentiroso.
Me calla con otro beso, suave, lento, casi tímido.
Parece tan seguro de sí mismo cuando se pierde en mi lengua, como si hubiese hecho esto mil veces antes de mí.
Me siento insegura, porque soy inexperta, pero a pesar de eso sigue enredándose conmigo en un beso que no encaja con ninguno de los que he dado hasta ahora.
Es cálido, peligroso y personal.
—Me encanta cómo sabes.
Cada vez estoy más alterada debido a la posible expectativa que él pueda tener de mí. Seguro que lo ha hecho con muchas chicas, en cambio yo…
Corta el camino de mis pensamientos cuando pasa su mano por mi cintura, cubierta por una de sus camisetas. Como no tenía pensado dormir aquí, no he traído pijama, así que lo único que llevo puesto aparte de eso son sus calzoncillos.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro? Puedo llevarte a casa cuando tú me digas.
—No quiero irme —respondo con demasiada prisa.
Nate parpadea, sorprendido, pero no pierde esa ternura que parece reservada exclusivamente para mí. Sus dedos siguen acariciando mi cintura, sin llegar a tocar mi piel, como si tuviese miedo de ir demasiado rápido.
—Vale —susurra—. Puedes quedarte todo lo que quieras. Es más, ojalá te encontrase todas las mañanas en mi cama.
Mi corazón da un vuelco que me recorre el pecho por dentro. Trago saliva y por un momento me imagino cómo sería despertarme con él todos los días.
Me gusta Nate.
Me gusta de la misma forma en la que se gustan los cisnes que se eligen una sola vez.
Me gusta de la misma forma en la que las amapolas se inclinan con el viento, cogiendo aire a través de él.
Me gusta como las cosas que solo caben en el corazón, porque no pertenecen a ningún otro lugar del mundo.
Y ahora me está mirando como si también se estuviese imaginando ese futuro conmigo. Hay algo en esos ojos verdes que hace que todo dentro de mí se retuerza, pero no es miedo, sino ganas.
—Ven aquí —susurra con la voz ronca.
Su respiración se acelera.
La mía también.
Nate me sujeta la cara con ambas manos, como si necesitara asegurarse de que no voy a desaparecer, y me guía con una suavidad que me desarma hasta dejarme tumbada sobre la cama. Se inclina sobre mí, sin dejar caer todo su peso, sosteniéndose con los antebrazos a cada lado de mi cuerpo.
Entonces empieza a besarme como si estuviese saboreando cada parte sensible de mí, reclamando toda aquella que aún no se ha atrevido a tocar.
Sus labios recorren mi piel con una lentitud que hace que algunas partes de mí se retuerzan hasta casi llegar al dolor.
Podría consumirme en su boca.
Siento su respiración templada contra mi cuello y luego en mi mandíbula, y después exactamente en ese punto donde sé que mis pulsaciones se disparan sin control.
Su mano sube a mi mentón para inclinarlo hacia atrás, guiándome para poder llegar a mi boca de la manera en la que él quiere.
Y yo me dejo.
Me dejo completamente.
Cuando nuestros labios se encuentran de nuevo, el beso deja de ser tímido para volverse profundo, húmedo, de esos que te hacen olvidar dónde empieza tu cuerpo y dónde termina el suyo.
Tengo las manos aferradas a su espalda sin saber cómo han llegado ahí.
Podría pensar que él lo tiene todo bajo control, pero lo noto.
Nate aprieta la mandíbula como si estuviese conteniéndose, como si cada beso fuese una prueba de resistencia.
Y esa tensión en él…, esa forma de luchar contra sus propias ganas… , me hace arder más.
No es el único que tiembla.
No soy la única que se deshace por dentro.
Gime contra mi boca cuando sus labios abandonan los míos para descender por mi cuello, y cada vez que encuentro aire suficiente para respirar, él vuelve a quitármelo.
Su mano baja despacio por mi cintura, bordeando el dobladillo de su camiseta, como si necesitara preguntarme sin palabras si puede seguir.
Lo miro, pero con la certeza de que nunca he mirado así a alguien: con este deseo, con este sentimiento.
—Keyla —susurra apoyando su frente contra la mía mientras me agarra la mandíbula—. ¿Quieres que pare?
—No —Mi voz es irregular.
—¿Estás segura? No tiene por qué ser aquí nuestra primera vez.
—Nate, estoy bien. Quiero esto.
—Quiero hacerlo bien contigo.
Le agarro del cuello para darle permiso y con un gruñido me hace saber que entiende lo que le pido.
—Oye, Nate…
—Dime, princesa.
—Es mi primera vez.
Algo en su expresión cambia mientras su mano toca por fin la piel de mi abdomen, robándome un suspiro que no puedo controlar. Él se detiene un instante, atento, seguro.
—¿Qué quieres decir?
—Que quiero que tú seas el primero. El primero para siempre.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de nada como de este momento aquí, contigo.
Sus ojos empiezan a brillar, pero no hay tristeza en ellos, sino más bien una mezcla entre sensibilidad y deseo.
Sube las manos para acariciar cada centímetro de mi cara despacio, muy despacio. Posa su pulgar en mis labios y un jadeo sale de mi interior.
—Aunque no te lo creas, tú para mí siempre serás la primera, porque esta siempre será la primera vez en la que alguien me toque por dentro.
—Nate…
—Keyla…
—Vuelve a besarme y no dejes de hacerlo nunca, por favor.
Esa súplica parece encender algo más grande todavía dentro de él y, mientras enreda su lengua con la mía, va tocando partes de mí más privadas.
Me tumba por completo y se coloca encima con cuidado, apoyando parte de su peso en los brazos para no aplastarme.
Su boca baja por mi clavícula, quedándose ahí más tiempo del que me gustaría. Mi cuerpo está exigiéndome más de él.
Sus dedos rodean mi cintura y toda mi atención se concentra entre mis piernas. Mi respiración se enreda con la suya mientras su lengua lo hace con mis pechos, succionándome una y otra vez, sin parar.
Pongo los ojos en blanco cuando introduce la mano por dentro de las bragas que llevo puestas y empiezo a sentir muchísima vergüenza por la humedad de mi interior.
Pasando su lengua hacia otro de mis pechos, como si quisiera saborear cada parte de mi cuerpo, me saca de mi ensimismamiento y me devuelve con sus dedos a la realidad.
Sus manos bajan de manera ondulante hacia mi interior, y llegan justo al punto exacto que necesito. Caliente, húmedo.
Todo por su culpa.
Nate traga saliva y, con un movimiento lento y cargado de respeto, estira el brazo hacia el cajón de la mesilla de noche.
Escucho el sutil sonido del envoltorio al abrirse y el aire se vuelve más denso.
Me incorporo despacio y me siento sobre él, a horcajadas.
Nate me quita la camiseta y me sujeta las caderas con una mezcla de hambre y cuidado.
—Dios, Keyla —susurra como si le doliera—. Estás empapada, joder.
—Lo siento —respondo avergonzada.
—No —niega con firmeza, acariciándome la mejilla con el pulgar—. No tienes que sentir vergüenza por esto.
Su voz se vuelve más grave, más baja, más mía.
—No sabes lo que me excita que estés así por mí.
La necesidad de sus ojos hace que mi estómago se hunda mientras, con dos dedos, se mete dentro de mí. Mi boca se abre apenas y un gemido se ahoga en su lengua cuando vuelve a besarme justo en ese instante, como si supiera que el sonido iba a escapárseme.
Me guío con una mano y, cuando el primer contacto real se produce, suelto un suspiro tembloroso.
Me dejo caer despacio, centímetro a centímetro.
Siento una presión aguda, un pequeño pinchazo de dolor que me hace tensar los hombros y cerrar los ojos con fuerza.
Nate se detiene al instante, agarrando mis nalgas con una de sus enormes manos para sostenerme.
—Ni lo que te deseo —susurra contra mi boca, moviendo sus dedos despacio, entrando y saliendo de mí con una precisión que me desarma—. Eres la chica más preciosa del mundo.
El aire que cojo no consigue llenarme del todo, haciéndome jadear.
Una presión cálida empieza a crecer en mi vientre, espesa, insistente, cada vez más fuerte a cada movimiento de su mano. Su palma roza mi piel mientras su pulgar encuentra ese punto que me hace arquear la espalda sin querer.
—Nate… —Mi voz sale rota, como si no me perteneciera.
Él levanta la mirada, y es pura devoción. Casi reverencia.
—Dímelo —pide con la respiración temblorosa—. Dime si te gusta.
Su pulgar presiona otra vez, lento, exacto, y un jadeo se me escapa de forma completamente involuntaria.
—Sí… —Aprieto los ojos—. Me gusta. Mucho.
Nate deja escapar un sonido bajo, casi un gruñido contenido, mientras acelera un poco. Siento su pecho moverse rápido contra el mío, el calor de su cuerpo envolviendo el mío como si necesitase fundirse conmigo.
Empiezo a temblar justo cuando la presión crece hasta un punto que ya no puedo sostener. Siento que voy a romperme, que voy a desbordarme. Nate lo nota en mi cuerpo, en mi respiración, en la forma en la que mis manos se aferran a sus hombros.
Pero entonces algo me golpea por dentro en forma de miedos y recuerdos, que, aunque son lejanos, siguen hurgando dentro de mí.
La misma inseguridad que siempre he arrastrado.
—Nate… —susurro, intentando encontrar aire.
Él se detiene de golpe, sumiso ante mi voz, que actúa de freno.
—Ey, ey… —Sube su mano a mi mejilla, preocupado—. ¿Qué pasa, preciosa? ¿Quieres que paremos?
Niego con la cabeza, pero mi garganta está cerrada. No debería decirlo, o al menos no en este momento, pero también sé que necesito que él lo sepa antes de seguir.
—Es que… —Trago saliva, avergonzada, vulnerable, toda yo abierta sobre sus manos—. Quiero que a ti también te guste.
Nate parpadea y su respiración cambia por completo.
De deseo a ternura, de ternura a una especie de emoción que me sostiene sin que me dé cuenta.
—Keyla… —murmura con una dulzura que me rompe—. Nunca he disfrutado tanto de esto como ahora.
—No quiero que pares —respondo, esta vez sin temblar.
Y esa es la verdad: mi verdad más pura.
Él abre la boca, sorprendido, pero antes de que pueda decir nada, me incorporo despacio. Me siento sobre él, a horcajadas, las manos en su pecho. Veo sus pupilas dilatarse como si acabase de romperle algo por dentro… o de entregárselo.
Mi voz sale más baja, más segura de lo que me siento:
—Sigue. Quiero que sea contigo.
Nate traga saliva mientras me quita la camiseta y sujeta mis caderas con una mezcla entre el cuidado y la necesidad.
—Joder, Keyla. —Su voz se quiebra—. Vas a acabar conmigo.
Me inclino hacia él, beso la curva de su cuello y siento su cuerpo tensarse bajo el mío.
Deslizo mis dedos por la banda elástica de sus calzoncillos, bajándolos lo justo para liberarlo. Nate deja escapar un gemido que le tiembla en el pecho.
—¿Estás segura? —pregunta con la voz más oscura que le he escuchado jamás—. Si quieres parar o algo no te gusta, me lo dices.
Con el corazón golpeándome las costillas, asiento lentamente para confirmarle lo que ya debería saber: que no pertenezco a nadie más.
—Sí.
Su mirada se clava en la mía, tan intensa que me arde la piel.
Me coloco, guiándolo con una mano, y cuando él roza mi entrada, los dos soltamos un suspiro al mismo tiempo.
Espero un momento, dejando que mi cuerpo se acostumbre a él, a esa invasión que se siente como si por fin estuviera completa.
El dolor se transforma en una calidez pesada, en una necesidad que late entre mis piernas.
Continúo bajando, dejando que todo él me sienta como nadie lo ha hecho antes, y Nate deja escapar un gruñido profundo contra mi clavícula.
—Dios…, eres perfecta… —jadea, enterrando su frente entre mis pechos.
Me muevo despacio al principio, pero voy cogiendo cadencia conforme pasa el tiempo.
Mis caderas encuentran un ritmo instintivo, urgente, suave y salvaje a la vez, y Nate pierde el control. Sus manos suben por mi espalda, por mis costillas; me guía, me acompaña, me sigue.
No existe nada más.
Solo él.
Solo nosotros.
Mi respiración se vuelve irregular, la suya también, chocando contra mi clavícula mientras él me mira como si estuviese viendo algo sagrado.
—Keyla…, si sigues así… —Su voz se rompe, y me encanta oírle así, rendido, vulnerable, mío—, no voy a poder aguantar mucho.
Acelero solo un poco, porque ya no pienso, ya no razono, ya no soy más que un cuerpo latiendo sobre el suyo.
—Nate… —gimo, agarrándome a sus hombros.
Y entonces él me abraza, atrayéndome hacia su pecho. Me sujeta entera mientras sigo moviéndome sobre él con una pasión que me derrite.
La presión vuelve, más fuerte, más grande, más real.
—Déjate llevar —murmura contra mi oído—. Estoy aquí para ti. Siempre para ti.
Me deshago entre sus brazos para perderme mientras él, con un gemido profundo, se deja caer conmigo, completamente entregado.
Y por un instante…
Por un instante…
Todo el mundo desaparece.
Solo quedamos él y yo y esta primera vez que, pase lo que pase, ya nos pertenece.