Breathe Out (Silver Springs 1) 42. Pizza de chocolate. Nate Miller
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42. Pizza de chocolate. Nate Miller

Nate Miller

—Cuéntame algo sobre ti que nadie sepa.

Con nuestros cuerpos dentro de mi gigantesca cama, como si fuésemos un rollito de primavera, Keyla ha perdido toda la vergüenza que le quedaba y me lanza una pregunta tras otra.

Son las cuatro de la madrugada y llevamos toda la noche hablando sin parar. Cuando la veo así, lo más cerca posible de ser ella misma, algo se me mueve por dentro y va directo al corazón. Boom.

—No me gusta el chocolate.

—¡Nate! —Se incorpora en la cama—. ¿Sabes que podrían enviarte al infierno por semejantes declaraciones?

—Es que está sobrevalorado. Sabe a leche de bebés.

—¿Cómo va a saber a leche de bebés?

—Sí, a leche con puré. Es asqueroso.

—Eso es porque solo has probado el que tiene leche y azúcar. A mí me gusta el chocolate negro.

—Puaj, Keyla. Esa mierda se te pega al paladar.

—Igual que tu crema de cacahuete. Parece caca de pájaro.

—Mmm… —Me giro para hacerle cosquillas en la tripa mientras me lanzo a su cuello—. Esto me gusta más que la crema de cacahuete.

Su risa rebota contra mi cuello, suave y desordenada, al igual que ella.

—Deja de hacerme reír, que me duele la tripa.

—Normal, ¡porque te has comido toda la pizza!

—Es que olía tan bien… y hacía tanto que no comía una pizza rica que no tuviese gluten…

—Te aviso de que, cuando tomo proteína o cosas que no suelo comer, mi estómago se convierte en una bomba.

—¡Calla! —Se tapa los ojos con las manos—. Ni se te ocurra tirarte un pedo delante de mí.

—¿Y eso por qué?

—Porque yo nunca hago esas cosas.

—Ah, ¿no? Ya verás cuando coja confianza la princesa…

—Puaj, qué asqueroso.

Keyla me empuja para apartarme de ella antes de retarme con la mirada, divertida, pero no consigue alejarse mucho tiempo.

Sus dedos se quedan en mi piel, y por un momento desearía que esta casa fuese siempre así. Solo mía. Nuestra.

—Venga, tu turno —susurra, con una cara de dormida que hace que necesite un babero—. No te escaquees.

—¿Mi turno para qué?

—Para preguntar algo.

—¿No tienes sueño?

—No —miente—. Quizá un poco. Es solo que… no quiero que se acabe la noche.

Me quedo callado un momento, acariciando con las yemas de los dedos su vientre.

Dios.

Quiero conocer cada detalle de su cuerpo, pero cuando sea el momento.

—Vale. ¿Qué es lo que más miedo te da?

Veo cómo su sonrisa se apaga un poco. Se queda mirando al techo mientras se separa de mí.

—Eh, ven aquí. No hace falta que hablemos de esto. No pretendía incomodarte.

La atraigo otra vez hacia mí para hacerla sentir en casa y le doy un beso en la frente.

Keyla baja un poco la mirada antes de dirigirla hacia mí, con una expresión entre vergüenza y tristeza.

—Me da miedo que todo el mundo se vaya de mi lado —confiesa con los ojos brillantes—. Perder a la gente que quiero.

—No se me ocurre algo que pueda doler más que eso.

Siento el mismo miedo que ella y, por un momento, tomo consciencia de que es la primera vez que lo pienso.

Hasta ahora siempre había asumido que las únicas personas que iban a estar a mi lado eran mi familia y mis amigos cercanos.

Eso sin contar a mi madre, claro, pero ahora que sus palabras flotan en el aire me doy cuenta del pánico que se me ha metido entre las costillas.

—A veces siento que estoy condenada a eso, ¿sabes? Que haga lo que haga o corra lo rápido que corra, no voy a conseguir que nadie se quede a mi lado el tiempo suficiente.

—¿Por qué piensas eso, Keyla? No se me ocurre una compañía mejor que la tuya.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Nate.

—Cuéntamelas.

—No. Créeme, no quieres saberlas.

Keyla se da la vuelta y cambia el ritmo de su respiración.

—Oye, Moon. Quiero saberlo todo de ti, ¿me oyes? —La rodeo por la cintura—. Al igual que la luna, todos tenemos partes luminosas y partes oscuras, y yo quiero conocer todas tus caras.

—Pero estas no van a gustarte —dice con la voz temblorosa—. No van a hacerlo, Nate. Te lo contaré y querrás irte…, alejarte. Y no te culpo, de verdad que no.

—No voy a irme a ningún sitio, Keyla —respondo sin pensarlo.

—La gente siempre dice eso, pero, cuando descubren quién eres de verdad, las cosas que te han pasado, lo hacen. Empiezan a dudar de si los demás tendrán razón, hasta que se dan cuenta de que tú eres el error.

—Déjame demostrarte que no soy como los demás. No creo que haya nada malo en ti, y eso para mí es más que suficiente.

Le doy espacio para que se tome un tiempo para ella, para poder decidir si realmente quiere contármelo. No la culparé por nada, está muy asustada, joder. Y yo solo quiero hacer que esté bien.

Busca mi mano bajo las sábanas y la aprieta.

—No tengo muchos recuerdos felices de mi vida. —Baja la mirada mientras se pone cómoda—. Cuando me contaste que tu prima Asia era adoptada, quise contarte que entendía más de lo que me gustaría lo que ella sentía, pero al final no me atreví.

Un nudo aparece para quedarse en mi garganta, y esta vez no sé cómo deshacerlo. Ayudar a Asia fue algo difícil para la abuela y para mí. Sufrimos mucho con su historia y, a pesar de que yo no tenía la edad para entenderlo, lo hice.

No quiero que malinterprete miedo en mi expresión porque no pretendo huir de ella, pero sé que lo que me va a contar va a hacer de mí un hombre destrozado.

Le aparto el pelo de la cara y le hago un gesto con la cabeza, invitándola a continuar para que no perciba ninguna cosa extraña debido al hilo de mi voz.

—Mis tíos me adoptaron cuando era muy pequeña, así que se podría decir que crecí con ellos la mayor parte de mi vida. —Esboza una sonrisa triste—. En ese sentido he tenido suerte. Han sido unos padres de diez conmigo.

—¿Y recuerdas algo de tus padres biológicos?

—Estoy empezando a recordar ahora con las sesiones de terapia que hago en el centro. Creo que mi cerebro ha bloqueado parte de mi memoria debido al dolor, y es algo por lo que estoy agradecida.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que mi padre me hizo cosas, Nate. Cosas horribles.

El ácido de la cena me sube por el esófago.

Por favor, no.

No quiero que nada de lo que va a contarme sea cierto, pero no se lo digo.

Keyla traga saliva, como si cada palabra que sale por su boca fuese una herida en su garganta.

—Recuerdo fragmentos sueltos —susurra—. Olores, sensaciones como el miedo. Cuando era niña tenía pesadillas por las noches, pero no entendía por qué. Mi tío venía a mi habitación y me cogía en brazos para llevarme a su cama. Solo sabía que no quería estar sola. Y ahora estoy empezando a entenderlo.

Se tapa la cara con las manos, avergonzada, y algo dentro de mí se quiebra.

La abrazo y la pongo contra mi pecho, rodeando su cabeza con una de mis manos.

No hay palabras que curen este tipo de dolor, pero me duele, joder.

Me duele por ella y por todos los padres que no han sabido tomar buenas decisiones, incluidos los míos.

—Lo siento tanto por ti —le digo al final, con la voz rota.

—No es tu culpa. Tampoco fue la mía, pero durante años creía que sí y que había hecho algo para merecerlo.

—No vuelvas a pensar eso nunca más —le susurro al oído—. No hay nada que justifique que un adulto le haga daño a un niño. Nada, ¿me oyes?

Asiente contra mi pecho y me doy cuenta de que lleva tanto tiempo conteniéndose que ni siquiera sabe cómo llorar sin pedir perdón por hacerlo.

—¿Qué te hicieron, Keyla? Necesito saberlo.

—No lo sé con exactitud. Solo sé que tengo algunas marcas en el cuerpo. —Señala su antebrazo—. Como estas. Crecí pensando que eran marcas de nacimiento, aunque intuía que no era así por lo nerviosa que me ponía al tocarlas, pero me cuesta mucho acceder al recuerdo.

Cada palabra suya me hace daño en las tripas. Nadie debería tener que contar algo así en su vida. Nadie.

—No tienes que recordarlo si no puedes —susurro mientras apoyo mi frente en la suya—. No tienes por qué hacerlo, pero cuando lo hagas… necesito sus nombres, Keyla.

—En realidad sí que tengo que hacerlo. Según mi terapeuta, mi mente necesita procesar todos esos recuerdos para poder vivir sin tanta ansiedad. Hay noches en las que todavía me despierto con la sensación de que alguien me está mirando. Me siento como si estuviera loca.

—No estás loca, Moon. Eres muy fuerte y me apena que hayas tenido que aprender a serlo.

Mi mente se divide entre la necesidad de saber lo que sucedió y hacer justicia y las ganas de que olvide lo que le pasó y pueda vivir una vida plenamente feliz.

—¿Has hablado con tus tíos de ello?

—No, pero creo que mi tía lo sabe. Tiene que saberlo. Seguro que cuando me llevaron con ella le contaron mi historia, y por eso me insistió en que debía tratarme. Intentó que probase con una psicóloga, pero la vida que tenía en Portland…, yo… nunca habría podido sanar allí.

—¿Por qué dices eso?

—Porque allí mi vida también fue un infierno, aunque por otros motivos, y esto sí que lo recuerdo.

Siento su voz quebrarse y el corazón se me parte un poco más. Vuelvo a abrazarla con fuerza, pero sin apretarla, simplemente para que se sienta cobijada.

La necesidad que tengo de protegerla y no dejar que se vaya nunca de esta ciudad es demasiado grande para mí. No puedo dejar que se vaya y que vuelva a pasarlo mal. No es justo.

—¿Quieres contarme qué pasó en Portland? —pregunto despacio, temiendo una respuesta negativa.

Keyla se queda en silencio unos segundos.

—Cuando creces aprendes que el ser humano huele la debilidad de los demás.

Desde pequeña era diferente, callada, rara.

Para mí no era una necesidad socializar cuando estaba en clase porque siempre tenía la cabeza en otro mundo.

Era feliz así…, pero, para los otros niños, si no eres como ellos entonces eres el problema.

Aprieto la mandíbula y una especie de calor empieza a calentarme algunas partes del cuerpo.