40. Lluvia y sal. Nate Miller
Nate Miller
Su lengua busca la mía despacio, como si quisiera aprender acerca de mi propio ritmo antes de perderse en él.
Es la primera vez que siento algo así.
No la estoy besando, me estoy rindiendo ante ella.
La beso como aquel que busca oxígeno después de estar demasiado tiempo debajo del agua.
Su boca sabe lluvia y a champán; la mía a sal y a esperanza.
A todo lo que no sabía que necesitaba.
A todo lo que nadie me había dado sin condiciones.
Sus labios saben demasiado bien, y yo tengo hambre.
Siento cómo su respiración se coordina con la mía: rápida, entrecortada, y cómo mis manos se aferran a su rostro como si el mundo pudiese deshacerse si la suelto.
Sus uñas se clavan en mi cintura y me arrastran hacia ella, y no hay fuerza en el mundo capaz de hacerme retroceder.
No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando percibo que el frío se cuela por su vestido de seda —ese mismo que quería arrancarle— me obligo a separarme de manera lenta.
Esto no era lo que yo quería para ella, joder.
No la primera vez.
No quería que fuese un beso desesperado, sino lento, pero una fuerza irrefrenable me atrajo hacia su boca.
Esa. Boca.
Nos quedamos mirándonos unos segundos, con su frente pegada a la mía. Keyla está de puntillas, pero incluso así tengo que encorvarme un poco.
Tiene las pestañas mojadas, el pelo anaranjado pegado al rostro y la expresión más triste y hermosa que he visto en mi vida.
Estoy consumido por ella.
¿En qué momento me he vuelto tan vulnerable? Sé, sin que ninguno de los dos digamos nada, que ese beso no ha sido solo mío.
Ha sido de los dos.
—No quería que la primera vez fuese así —murmuro—. Lo siento.
Lo cierto es que no estaba en mis planes. Siempre he tenido en mente hacerla sentir especial, pero hace unos minutos la fuerza que sentí por dentro opacó cualquier uso de la razón.
—¿A qué te refieres?
Me he estado reprimiendo desde el momento en que la vi en ese avión.
Sé que me romperá el corazón cuando se vaya, pero es que mi corazón ya está jodido.
—Quería que fuese especial, Keyla. Hacer algo especial para ti.
—Nate, ha sido perfecto. Un beso de película.
—¿De película romántica o de película de terror?
—De esas en las que el protagonista se queda con la chica.
Me doy cuenta de que vuelve a cerrar los ojos un poco más y aguanto la respiración con el objetivo de ser capaz de medir mi fuerza solo para ella.
Esta vez el beso es lento, comedido, pero sigue siendo igual de intenso. Suelta un gemido en cuanto pongo una de mis manos rodeando su cintura para atraerla hacia mí, y mete las suyas por debajo de mi camisa.
Cuanto más meto mi lengua dentro de ella, más ansío poder recorrer otras partes de su cuerpo con ella.
Ahora mismo siento que tengo mi mundo entre las manos y mi suerte entre sus dientes.
Joder.
Estoy loco por esta chica.
Es totalmente diferente a lo que he sentido otras veces. Me tiene en sus manos, y podría cogerme y destrozarme tanto como ella quisiese.
Le devuelvo el gemido cuando agarra mi barbilla, atrayéndome más y más hacia ella.
Dios.
Estoy cayendo al puto vacío.
Empieza a temblar, y en ese mismo instante me separo con delicadeza hasta darme cuenta de que sigue descalza.
—Keyla, te vas a poner mala.
Con los labios hinchados, noto cómo jadea y por un momento me da la sensación de que no es por el frío.
—Esttt-toy bien.
—Estás tiritando. Tenemos que irnos.
Sin pensarlo un segundo, la cojo en brazos y, como si no pesara nada, me la llevo. Intento pegarla a mi cuerpo para intentar darle calor.
Voy rompiendo las ramas que yacen ya demasiado húmedas en el suelo y aumento la velocidad.
Hago un gesto al aparcacoches, que nos mira sobresaltado a lo lejos, para que vaya trayendo el coche y pueda poner la calefacción.
—Siempre había querido darme un beso como el de Noah y Allie.
—¿Esos quiénes son?
—¡Nate! ¿No has visto El diario de Noa ? Podría no volver a verte nunca por ese delito.
—Perdóname, princesa. Mi vida antes de ti se basaba en entrenar y ver partidos.
—Si quieres que siga estando en ella más te vale hacer los deberes.
—Pero ¿he cumplido tus expectativas? —le susurro al oído mientras el aparcacoches me da las llaves.
—Mmm… puede ser.
Sonrío antes de darle un beso en la frente.
El aparcacoches nos mira de arriba abajo, con el pelo chorreando y los zapatos de Keyla en mi mano.
—Oye, pero vamos a mojar todo el coche.
—¿Qué más da? Me importa que estés bien.
El aparcacoches nos ayuda a abrir la puerta del copiloto y la dejo en el asiento.
—Nena, lo siento, pero tienes que quitarte la ropa.
—¡¿Qué?!
Voy hasta el maletero y saco mi ropa de entrenar, que me la devuelven limpia después de cada partido.
Cojo mi sudadera negra y también un par de toallas, ya que soy bastante maniático y me gusta usar las mías.
—Sécate y ponte esto.
—Pero me van a ver.
—Pues se alegrarán de las vistas. —Le guiño un ojo.
—Quizá en el asiento de atrás, pero ¿podemos irnos primero?
—Claro, princesa.
Acelero y conduzco durante cinco minutos en los que caliento los asientos y pongo la calefacción.
—Nunca había visto un coche en el que se calentasen los asientos.
—Es una de mis cosas favoritas. Me encanta el frío solo para sentir calor.
Encuentro un buen sitio para parar en el que parece que no pasarán más coches. Keyla va hacia la parte de atrás.
—Vale, pero no me mires.
—Lo intentaré —respondo con picardía.
Me cambio fuera, ya que los árboles nos cubren. Me quito el traje y, con los calcetines hechos un asco, voy hasta el maletero para dejar todo dentro.
Me pongo ropa de deporte y entro en el coche para secarme los pies.
—Tu ropa me queda enorme.
—Mi ropa te queda genial. —La miro mientras se acomoda otra vez en el asiento del copiloto—. Estás perfecta.
—Me da bastante miedo ir a tu casa, Nate. Tu madre…, no sé.
—Lo sé, preciosa, pero hoy dormirá en casa de los padres de Samuel, al otro lado de la ciudad. —Me paro unos segundos para pensar—. Si no te sientes cómoda podemos simplemente darnos una ducha y te llevo al centro.
—¿Puedo decidirlo más tarde?
—Claro. —Cojo su mano y la beso antes de volver a arrancar—. Tú me das la señal y te llevo a donde sea.
—Oye, y ¿dónde estaba hoy ese señor? No lo he visto en toda la noche.
—Seguramente apalabrando algún contrato. Solo van a las galas para eso.
Arranco y conduzco en completo silencio. La música que he puesto me parece inoportuna. Prefiero pasar este tiempo hablando con ella, sin más.
El camino hasta casa es corto, pero se me hace eterno.
Keyla también va en silencio, pero parece tranquila. Tiene la mirada perdida en las luces que se ven a lo lejos, pero que se reflejan en el cristal.
Ya no se frota los brazos bajo mi sudadera, así que supongo que ya ha entrado en calor. Apoyo mi mano derecha en su pierna y sigo mirando la carretera, pero me giro siempre que puedo para verla de reojo.
Su perfil iluminado por la poca luz de la carretera me tiene hipnotizado.
Es preciosa así: con el rímel corrido, el pelo alborotado y sus dedos entrelazando los míos.
—Me parece que la princesa ya se encuentra mejor.
—Sigo necesitando una ducha.
—Ya estamos llegando.
—¿De verdad no te importa que me quede a dormir?
—Tendría que pensarlo —bromeo.
Pone cara de enfadada, frunciendo el ceño. Podría perderme en esa cara.
—Ah, ¿sí? ¿Está tu cama muy solicitada?
—Nunca ha dormido nadie en mi cama, Moon.
—No te creo.
—En realidad, haces bien, porque, ahora que lo pienso…, hay alguien que duerme bastante conmigo, pero no quería decírtelo.
Veo cómo se pone colorada y, aunque la situación me hace mucha gracia, no quiero alargar más la broma.
—Te la presentaré.
—Pero es una broma, ¿no?
—Claro, princesa.
—Nunca entiendo las bromas. A veces pienso que tengo algún tipo de problema en la cabeza.
—Quizá eso sea porque te han hecho bromas demasiado pesadas, y ahora no sabes diferenciar unas de otras.
—Puede ser… —se queda unos segundos pensativa—, pero ¿hay alguna chica que duerme en tu habitación?
—La hay, pero estoy segura de que estará encantada de conocerte.