39. Mi fruta favorita. Keyla Blake
Keyla Blake
Desde mi sillón de terciopelo color champán, las luces del escenario no me dejan fijarme en las caras de la gente, algo que, sin duda, agradezco.
Lo veo subir con seguridad: espalda recta, hombros hacia atrás y esa sonrisa marcada por los dos hoyuelos que tanto me gustan.
No pienses en eso, Keyla.
Cuanto más te alejes de ese tipo de pensamientos, mejor para ti.
Nate se presenta ante el público y empieza a hablar del valor, de las segundas oportunidades, de que el talento no sirve de nada si no tienes valores. Hace suya cada palabra, acompañándose de los gestos de sus manos.
La gente se emociona, los niños se ríen de sus bromas y una mujer anciana con el pelo blanco y un vestido dorado se acerca a darle las gracias.
Es un honor verlo así: tan seguro de sí mismo, tan distinto al chico que me hace reír en el coche o que me mira como si no fuese un problema a resolver.
—Ahora entiendo qué ha visto en ti mi hijo. —Charlotte llega y se sienta a mi lado, con una sonrisa impecable—. Eres bastante guapa y pareces tener saber estar.
—Gracias, señora Miller, pero solo somos buenos amigos.
—Claro. Buenos amigos. —Da un sorbo a su copa—. Qué expresión tan ingenua… ¿Desde cuándo os conocéis?
Su mirada me atraviesa y siento que cada palabra que vaya a salir por mi boca va a mirarse con lupa, lo que amplifica mis nervios.
—Desde que me mudé a la ciudad.
—Curioso. Nate nunca trae «amigas» a este tipo de eventos. Debes de ser especial.
—No lo creo. Solo le estoy haciendo compañía.
Charlotte sonríe, pero percibo cierto recelo en sus ojos.
—¿Y a qué te dedicas, cariño?
Podría pensar que lo dice con afecto, pero su tono me recuerda a algo que no me gusta. Es esa condescendencia disfrazada de otra cosa, pero quiero creer que todo está en mi cabeza.
Estelle me observa desde una de las mesas cercanas, con una sonrisa de satisfacción.
—Ahora mismo me estoy tomando un descanso —respondo, procurando mantener la voz estable.
—Nate siempre ha tenido debilidad por las causas perdidas —dice Charlotte, y su sonrisa no llega a sus ojos—. Supongo que ayudar a una «chica de Portland» con un historial tan… accidentado le hace sentir que tiene el control de algo.
Siento cómo el aire se escapa de mis pulmones. Ella lo sabe. Sabe lo del centro, sabe lo de mi pasado.
—Dime, cielo —se inclina hacia mí, y su perfume a rosas me resulta asfixiante—, ¿qué vas a decirle cuando quiera conocer a tus padres? Oh, espera…, que no tienes. Qué descuido el mío.
Me atraganto con un poco de champán mientras mis mejillas se colorean.
El ruido empieza a molestarme y, justo cuando miro al escenario para poder decidir entre meterme en el baño o salir corriendo, me encuentro con los ojos de Nate clavándose en los míos.
Los mueve entre su madre y yo y, por la cara que pone, parece que se está haciendo una idea de la conversación.
Estoy bloqueada y siento como si las voces a mi alrededor formasen parte de una melodía ininteligible.
«Su hija es una carga, señores Blake».
Me siento incómoda, que sobro aquí y que no le gusto a esta mujer.
Recuerdo que tengo que respirar e intentar reconducir mis pensamientos.
No hay un león delante de ti.
Bueno, eso es cuestionable.
Nadie va a hacerte daño.
Estás a salvo.
Mentira. Mentira. Mentira.
—He estado investigando un poco. Ya sabes, solo soy una madre preocupada por su hijo.
Algo va mal.
Algo va muy mal.
Se me cierra la garganta y mis ojos empiezan a escocer.
—Mira, niña —se inclina hacia mí—, estoy segura de que eres una chica lista, así que voy a ser muy clara contigo.
—Su voz se pone seria, pero ella mantiene una sonrisa disimulada—.
Mi hijo tiene un estatus que mantener, además de una carrera deportiva de una categoría que no podrías ni llegar a figurarte en tu cabeza.
Las palabras entran por mis oídos, apuñándome por dentro, una tras otra.
La crueldad no es algo nuevo para mí, solo cambia de voz. Es algo que aprendes con el paso del tiempo.
—Mi Nate nunca estaría con alguien como tú. Ha nacido para brillar, ¿sabes? Y se merece a alguien a quien le brille el bolsillo tanto como a él.
El mundo ficticio que me he esforzado en construir dentro de mí se rompe.
Algo que he estado evitando todo este tiempo y que, al estar avanzando, pensé que había dejado atrás.
Quiero tragar saliva, pero no puedo.
Quiero que me entre el aire, pero mis pulmones no tienen hueco.
Eres un error, Keyla.
Ni tus padres te quisieron.
Siempre pensé que cuando fuera mayor sería capaz de defenderme. Supongo que hay cosas que no cambian nunca.
—Disculpe —susurro con los ojos llenos de lágrimas y sin mirar por un segundo al escenario.
Charlotte solo arquea una ceja, pero su expresión es la de quien sabe que tiene la victoria.
Los malos siempre ganan, supongo.
Me levanto y me tropiezo con el mantel, pero el poco orgullo que me queda hace que levante la cabeza.
Las luces me ciegan y el picor se mezcla con el de mis lágrimas, que bajan tan rápido por mis mejillas como la velocidad a la que va mi corazón.
Ya no me importa si me ven, pero por suerte los paparazis están con cosas más importantes.
Solo quiero salir de aquí.
Cuando abro la puerta de la mansión, la lluvia me golpea en la cara.
El aparcacoches me mira con cara de sorpresa, y cuando hace un ademán de venir hacia mí, le pido espacio agitando las manos.
El suelo brilla bajo las luces de la entrada y mis zapatos amenazan con hacerme resbalar, así que opto por quitármelos y sentir el frío debajo de mis pies.
No sé qué hacer, ni a dónde ir.
Pienso en llamar a mi tía y que me saque de aquí, pero no quiero preocuparla, por lo que busco el móvil en el bolso para llamar a un taxi.
Echo a andar por el camino de hierba cuando escucho un grito.
—¡Keyla! —La voz de Nate se mezcla con la lluvia, pero no me giro.
Estoy cansada de fingir que estoy bien.
La lluvia sigue calándome los huesos, pegándome el vestido a la piel.
Me abrazo a mí misma y sigo caminando, intentando frenar el temblor, pero no hay nada que pueda detenerlo.
Conozco esta sensación más de lo que me gustaría, la de querer desaparecer.
—¡Keyla, espera!
Su voz vuelve a sonar, tan cerca que empiezo a escuchar el chapoteo de sus pasos detrás de mí.
—No quiero hablar —le digo, sin girarme.
Tengo la voz rasgada de tanto llorar, y me costaría un mundo articular siquiera una palabra.
Él no responde, pero siento su presencia ya en mi espalda. Me adelanta y se pone enfrente de mí.
Está empapado. El agua le cae por el pelo y su ropa ha cambiado a un color más oscuro.
Sin importarle que lo estoy despreciando, que estoy poniendo una distancia entre nosotros, me abraza.
Ambos estamos jadeando: yo de la ansiedad y él de venir corriendo, así que nuestras respiraciones se coordinan a un ritmo perfecto.
Me separo de él y veo esos ojos verdes, ahora decorados por un brillo acuoso, a punto de venirse abajo.
Me paso las manos por la cara, aunque no sirve de nada. La lluvia y las lágrimas son una misma cosa.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada —miento.
No quiero que me vea así. No quiero ser una carga para otra persona.
Es mejor que no me tenga en su vida.
—Keyla…, mírame.
Su voz me duele.
—No pasa nada, en serio. Solo necesito irme.
Él se acerca más a mí. Lo suficiente como para sentir el calor que emana su cuerpo.
Y entonces lo digo sin pensar, pero con el corazón en la mano:
—Dijo que nunca estarías con alguien como yo.
Nate se pasa una mano por el pelo, pero dudo si está procurando calmarse o intentando encontrar las palabras adecuadas.
—No sabe quién eres. Y si cree que puede decidir por mí, está muy equivocada.
Cierro los ojos y lloro, esta vez con más fuerza.
Sabía que no era suficiente para que algo bueno pasase en mi vida.
Hay personas que no merecen ser felices, supongo. Y yo debo de ser una de ellas.
—No se trata solo de eso, Nate. Pero me ha hecho recordar cosas de mi pasado que intento superar. No quiero tener a nadie así cerca.
Lo que le he dicho acaba de dolerle y tengo la sensación de que se lo ha tomado como si se lo dijese a él.
—Si no quieres que sigamos viéndonos, Keyla, lo entiendo. Pero quiero que sepas que yo no soy como mi madre.
La lluvia golpea cada vez más fuerte.
—No es por ti. Tú eres… muy bueno conmigo. Pero no puedo tener cerca a gente que siga recordándome que no soy válida, que me haga sentir de esta manera.
—No te atrevas a decir eso, por favor. —Su tono se rompe—. ¿Válida? Desde que has llegado a esta jodida ciudad le has dado un soplo de aire fresco a mi vida, Moon.
—Pero tiene razón. Tu mundo y el mío son muy diferentes.
—Mi mundo, Keyla, necesita personas como tú en él.
Pone una mano sobre mi mejilla.
—Me importa una mierda lo que piense mi madre. La odio. La odio, joder. Es imposible quererla, pero nunca me he atrevido a plantarle cara. —Su voz parece cansada—. Se ha encargado de planificar cada puto detalle de mi vida sin importarle qué quiero yo o qué me hace feliz, y estoy cansado.
Nunca se me había pasado por la cabeza que, al igual que yo, quizá él también esté sufriendo.
Cuando sentimos dolor pensamos que somos el centro del mundo, incapaces de ver las pistas que los demás nos dejan, ignorando que hay personas que cada día están librando batallas invisibles contra su cabeza.
—Nate…, no sabía que te sentías así.
—No soy de hablar mucho de mis cosas —confiesa, con una sonrisa débil.
—Puedes contarme lo que quieras. Me encantaría poder ayudarte.
—¿Cómo puedes pensar así después de lo que te he hecho trayéndote aquí? Me siento como un puto imbécil. No sé qué me esperaba de esto.
—No ha sido tu culpa. —Le cojo las manos con las mías—. ¿Me oyes? No es tu culpa tener una madre así.
Nate me mira con los ojos brillantes, llenos de rabia, tristeza, y de algo más profundo para lo que no encuentro nombre.
—A veces pienso que todo lo que toco acaba rompiéndose —dice, apenas audible—. Mi padre ya no está, mi madre ahora es así…, y siento que es por mi culpa.
Me muerdo el labio porque quiero tener cuidado con mis palabras. Lo entiendo más de lo que me gustaría.
—Mira, no sé lo que te ha pasado, pero me gustaría saberlo para poder ayudarte.
Nos quedamos un momento en silencio, bajo la lluvia, con las manos todavía unidas.
El agua resbala por su cuello, y puedo oler su perfume mezclado con el sudor y la lluvia.
Por un instante, el tiempo parece estar hecho del material de los sueños, y su percepción altera mis sentidos, dejando que mi atención se vaya a sus labios.
—No quiero que desaparezcas —susurra—. No quiero que te vayas de mi vida.
Sigo jadeando.
—Prométeme que vas a seguir aquí cuando me despierte mañana. Aunque no sepas cómo hacerlo. Prométeme que no te vas a ir, que no vas a dejar que ella te aleje de mí.
Su voz se quiebra, y esa grieta en su tono me recorre por dentro.
Asiento para mí misma, deshaciendo el nudo que tengo en la garganta porque ahora mismo lo único que me importa es que se encuentre mejor.
—Solo si tú también lo haces.
Nate suelta una risa mínima y niega con la cabeza antes de mirarme como si fuese lo más bonito que ha visto en su vida.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunta—. He sido yo el que ha salido corriendo detrás de ti, y al final eres tú la que ha acabado entrando dentro de mí.
—Se me da bien poner la pelota sobre otros tejados —bromeo.
La lluvia cae con más fuerza y miramos hacia arriba antes de romper a reír.
—¡Estamos empapados!
—Ya te digo. Vamos a coger un buen constipado.
—Tú no te puedes poner malo. Mañana entrenas, ¿no?
—Por desgracia para mí.
—Entonces creo que deberíamos irnos a casa, descansar y olvidar este día.
Me mira con las manos en el mentón como si estuviera tramando algo.
—Keyla, la noche solo acaba de empezar —anuncia victorioso.
—¡Pero si son las diez de la noche!
—¿Y tienes prisa?
—No, pero tú deberías descansar ya.
—No te preocupes por mí, yo no podría estar mejor.
Esa sonrisa.
Madre mía.
—¿En qué estás pensando?
—Lo tengo todo en mi cabeza, princesa. Tú solo déjame trabajar.
Me suelta una mano para apartarme un mechón de la cara, y el roce de sus dedos me estremece.
—Oye, no me has dicho cuál es tu fruta favorita.
—Para decirte cuál es primero quiero probarla.
Nate rodea mi nuca con las dos manos y me besa.