38. Todo son curvas. Nate Miller #2
—Vamos —responde con una sonrisa que todavía no enseña los dientes.
La agarro de la mano y avanzamos por la alfombra de terciopelo de las escaleras, en la que nos espera la siguiente oleada de paparazis.
Al fondo está el photocall , y prefiero preguntarle si se siente cómoda primero.
—¿Te apetece que nos hagamos una foto o vamos por otro lado?
—Es importante para tu trabajo, ¿verdad?
—Sí, pero no me importa. Me importa más que estés bien.
Me aprieta fuerte y percibo que está nerviosa, pero avanza conmigo.
Siento una sensación rara por dentro, porque no estoy acostumbrado a que nadie haga cosas por mí. Pero a ella le sale natural, sin que tenga que pedirlo, y sé que le supone un gran esfuerzo.
—Entonces lo haremos.
—¿Segura?
—Segura.
Las luces del photocall son tan fuertes que casi nos ciegan. A mi lado, Keyla parpadea varias veces, intentando acostumbrarse al brillo de los flashes, pero no la suelto. Poso la mano sobre su cintura, solo para que note que sigo ahí.
Los fotógrafos gritan mi nombre como si dependieran de ello para respirar.
—¡Nate, a la derecha! ¡Aquí, Nate! ¡Sonríe!
Ella se encoge un poco, y la acerco más a mí. No necesito sonreír; solo con verla bastaría para llenar todas las portadas del mundo.
—Tranquila, Moon —le susurro—. Solo dura un minuto.
—Ya casi está…, ya casi está —susurra para sí misma, casi inaudible.
Keyla brilla los últimos segundos del posado y por un momento parece que ha nacido para esto.
Le aprieto la cintura y, cuando creo que lo peor ha pasado, escucho una voz demasiado familiar.
—Hijo.
Me giro despacio. Mi madre está al final del pasillo, con su impecable pelo rubio, envuelta en un vestido burdeos. Me sonríe desde lejos, pero de mentira. Es la sonrisa que tiene ensayada para las situaciones sociales, no la felicidad de una madre.
Camina hacia mí con elegancia. A su lado camina una sombra con labios rojos que no tenía ganas de volver a ver.
Genial. Dos robots en un mismo lugar.
—Mamá —la saludo con una media sonrisa.
—Querido —me da un beso en la mejilla—. Estás guapísimo, como siempre.
—Gracias.
—Y esta debe de ser… —Sus ojos se detienen en Keyla.
—Keyla —intervengo antes de que la siga diseccionando con la mirada—. Mi acompañante.
Keyla sonríe con educación, pero puedo notar cómo se le tensa la mano.
—Encantada, señora Miller.
—Oh, por favor, llámame Charlotte. —La examina como si tuviese una lupa en los ojos—. Qué vestido tan… bonito.
No me gusta su tono.
No me gusta nada.
—¿Verdad? —respondo—. A mí me encanta cómo le queda.
Mi madre sonríe, esa sonrisa de porcelana que se va fragmentando cuando alguien la contradice.
—Tienes buen gusto, hijo. Aunque eso ya lo sabía —dice mientras señala con las manos a Estelle.
Estelle ríe suavemente, pero es una risa venenosa. Un dulce veneno.
Lleva un vestido ajustado de color champán y el pelo rubio suelto en ondas. Ella es el mejor ejemplo de que puedes ser muy bonita por fuera y estar hueca por dentro como una botella de vino vacía.
—Hola, Nate. —Se acerca para darme un beso en la mejilla, pero aprovecho para darle la mano—. Hacía tiempo que no te veía.
—Hola —contesto de manera cortante—. Mucho. Ni me acordaba del color de tu pelo.
—¿Keyla, entonces? —Le tiende la mano para presentarse—. Soy Estelle.
Veo cómo Keyla intenta mantener el tipo. Sonríe, aunque su pulso late contra mis dedos. No sé si está asustada, es normal que se sienta fuera de lugar, pero no voy a dejar que se piense cosas raras.
—Nosotros nos vamos. Tenemos que saludar a otros inversores. —Cojo a Keyla por la cintura.
—Por supuesto. No querrás hacer esperar a la prensa.
—No. —Tomo a Keyla por la cintura y avanzo.
Cuando por fin dejamos atrás el ruido, ella respira hondo y nos vamos hacia una de las esquinas.
El lugar es impresionante, decorado con grandes lámparas de araña y cristalería de lujo.
—Lo has hecho genial, Moon.
—No sabía que tu madre daba tanto miedo.
—Perdona por no habértelo dicho.
—¿Es siempre así? Creo que me odia.
—Odia a todo el mundo, incluido a mí. No se lo tengas en cuenta.
Se ríe y, sin ser del todo consciente, la estoy estrechando entre mis brazos.
No sé qué mierdas me pasa, pero hay algo en ella que siento que tengo que cuidar para que no se rompa.
Su cintura es estrecha, pero se va ensanchando conforme llega a su culo.
Un culo que me muero por coger con las dos manos.
—¿Y esa chica…, Estelle?
—Nadie importante. Estuve con ella un tiempo, pero nunca significó nada.
—Ah, vale.
—¿Estás celosa? —me río.
—¿Por qué iba a estarlo? —responde mientras se separa un poco de mí—. Tú y yo somos amigos, ¿no?
Un puñal habría dolido menos.
—Dudo que mires así a todos tus amigos.
—No te miro de ninguna manera, Miller —me espeta con gracia.
—Pues para no hacerlo, me gusta cómo lo haces, Blake. —Me acerco más a ella.
—Nate.
Siento su respiración caliente cerca de mi cuello. Aunque estoy inclinado, sigue siendo demasiado pequeña para llegar a su boca, y tampoco quiero que nuestro primer beso sea en un sitio como este.
Nos miramos un segundo más de la cuenta. La música de la gala suena elegante, lejana, y siento que quiero estar en cualquier sitio menos aquí. Pero ella sonríe, y eso basta.
—¿Te apetece entrar? No tenemos que hacerlo si no quieres. Ya he invertido mucho dinero y puedo hacer lo que quiera, cuando quiera. Sin consecuencias.
—Nate, hemos venido para esto.
—Hemos venido para que puedas comprobar lo valiente que eres.
—No creo que lo sea.
—Es que lo pienso. Eres una persona muy valiente.
—Pues esta persona quiere ver cómo te subes a ese escenario y das un discurso que haga sentir a esos niños que hoy tienen un poco más de esperanza porque estás tú para ayudarlos.
Nunca lo había visto así. Mi madre siempre hace que este tipo de galas sean mera apariencia.
Le dan igual las causas nobles; solo le importan los resultados de aparecer en ellas.
Pero con Keyla estoy viendo las cosas de otro modo.
Me está haciendo ser mejor persona, o al menos, tener la intención de serlo.
—Tienes razón. Gracias por decírmelo.
—Gracias a ti, por ayudarlos.
Me separo de ella y le ofrezco mi brazo para entrar juntos.
Y ahí entiendo que, si me quedo, esta vez sí es por la gala.
Pero no por las cámaras ni por mi madre.
Me quedo porque ella me está enseñando algo más valioso que el dinero.