Breathe Out (Silver Springs 1) 38. Todo son curvas. Nate Miller
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38. Todo son curvas. Nate Miller

Nate Miller

Me cago en mis muertos.

Estoy frente a la chica más impresionante que he visto en mi vida.

Keyla lleva un vestido negro de seda que parece hecho para pecar.

Le abraza el torso con una precisión indecente, marcando cada curva de su precioso cuerpo —y joder, qué curvas—.

Los tirantes caídos dejan al descubierto la piel de sus hombros, suave, casi luminosa bajo la luz del faro.

Camina despacio, con esa mezcla imposible de inocencia y peligro que me deja con las defensas por los suelos.

Y, mientras la miro, solo puedo pensar en lo fácil que sería perder la cabeza por ella…

o arrancarle ese vestido con los dientes.

—Estás espectacular, Moon.

—Tú tampoco estás nada mal.

—Anda ya. Puedes admitir que estoy guapo.

—¡Creído!

—Preciosa.

—Tú también estás muy guapo, Nate.

Una sensación parecida al orgullo me llena por dentro. Le hago una reverencia y ella esconde su sonrisa detrás de sus manos.

—¿Coche nuevo?

—Técnicamente no. Lo tengo desde hace unos meses, pero hoy vamos a estrenarlo oficialmente.

—Es una pasada, aunque no entiendo mucho de coches.

Hoy he traído mi deportivo negro con acabados en mate, el único que tengo de este estilo. Me suelen gustar los coches grandes, pero me parecía una buena ocasión para estrenarlo con su culo sentado en mi tapicería.

Con un leve ademán le hago un gesto para que pase por delante de mí, y justo cuando lo hace la cojo por la mano para girarla hacia mí y darle un abrazo. Sé que está nerviosa y que está haciendo mucho por mí hoy al venir conmigo, así que quiero que se sienta tranquila desde el primer momento.

Cubro su cabeza con mis manos y por mi nariz entra el olor a caramelo salado de su pelo. Me devuelve el abrazo con timidez, fruto de pillarla desprevenida, pero me rodea con sus pequeñas manos alrededor de la cintura.

Con un beso en la frente, me separo unos centímetros de ella y busco esos ojos en los que siempre parece estar a punto de llover.

—Bonitos ojos —le digo con la cara de gilipollas más grande que tengo.

—Bonita sonrisa.

Nos quedamos un momento así, sin decir nada.

Su respiración roza mis manos, que siguen alrededor de ella, y noto cómo el pulso se me dispara.

Ella también lo siente, lo sé por la forma en que sus dedos aprietan mi espalda.

No creo que se dé cuenta de la fuerza con la que agarra el bajo de mi camisa.

—Gracias por venir conmigo —le susurro.

—Gracias a ti por querer que te acompañe —responde con esa voz de ángel que tanto me gusta.

Me encantaría besarla de una vez. Cogerla del cuello y darle el mejor beso que le hayan dado en su vida, pero no quiero eso con ella. Quiero que nuestra primera vez para cualquier cosa sea especial.

—Es hora de irnos —digo con ímpetu, pero percibo cierto disgusto en su cara.

La acompaño hasta su lado del coche y le abro la puerta.

—No hace falta que siempre te tomes la molestia de abrirme la puerta, Nate.

—Contigo soy un caballero.

—Pero no hace falta que seas tan formal conmigo. No me importa que…

—Escucha —la corto—. Voy a abrir todas las puertas por las que vayas a entrar siempre que esté contigo. Me gusta hacerlo, pero dejaré de hacerlo si te sientes incómoda con ello.

Me mira y se toma unos segundos para responder.

—No me importa, es solo que no quiero ser una molestia.

—Una princesa nunca es una molestia.

Chasquea la lengua y se ríe antes de subirse al coche. Cuando entra, el bajo del vestido se le sube unos centímetros, ajustando todavía más su culo, y, joder, tengo que morderme el interior de la mejilla para no mirar más de la cuenta.

Con Keyla estoy constantemente midiendo mis impulsos. Si por mí fuera, la habría besado el primer día que la vi en aquel avión, pero sé que ella es diferente. Quiero que sea diferente. Así que me aguanto, recoloco mis impulsos entre las piernas y me subo a mi deportivo.

Nunca me ha importado si una tía llegaba a casa o si se sentía cómoda en una fiesta. ¿Por qué con ella me importa hasta la forma en la que respira?

—Deja de mirarme así. Te he visto. —Se pone el cinturón mientras una sonrisa traviesa adorna su cara.

—¿Y perderme las vistas? Ni de coña.

Rompe a reír. Nos colocamos el cinturón y noto por el rabillo del ojo que tiene una pierna demasiado inquieta.

Está nerviosa, imbécil.

Ni siquiera le has preguntado si se encuentra bien.

—Oye, Keyla —le digo mientras pongo algo de música en volumen bajo—, ¿recuerdas lo que hablamos el otro día? No hace falta que entremos si no quieres.

—Quiero hacerlo, Nate. —Se gira hacia mí—. Es importante para mí enfrentarme a nuevas situaciones y ver que… soy capaz, ¿sabes? Solo quiero ser capaz.

La Keyla con la que hablé el primer día parecía mucho más insegura, pero ahora mismo veo mucha valentía en su forma de hablar, y algo parecido al orgullo me hincha el pecho.

Mientras arranco, veo cómo se mira en el retrovisor y parece satisfecha con lo que se encuentra en el reflejo.

Hace muy buena temperatura para ser las ocho de la noche, a pesar de estar en diciembre. Supongo que es el encanto de esta ciudad en la que siempre parece ser primavera.

Bajo un poco el volumen y pongo una mano sobre su pierna.

—Nate —me dice con la voz baja—, ¿te parecería bien que tuviésemos una palabra clave por si…?

—¿Una palabra clave? —respondo con la sonrisa ladeada—. Suena bien.

—¿Sí?

—Claro.

—¿No sería raro?

—Si pensamos en una palabra que sea natural, seguro que no. Y si no… ¿qué más da?

—¿No te importa?

—Me da igual la gente, Keyla.

Se queda unos segundos pensando en lo que parece ser una respuesta, pero no llega.

—¿Qué se te ocurre? —le pregunto.

—No sé, puede que… ¿«emergencia»? —responde mientras hace un gesto de duda con los brazos.

—Nena, si tu intención es sonar natural, no creo que diciendo «emergencia» vayas a pasar desapercibida.

Se echa a reír y yo me río con ella, registrando cada tono de su voz en mi cabeza. Me está enseñando a la Keyla vergonzosa, pero a mí me gustan todas sus versiones.

—A ver, ¿te gusta la fruta? —Bajo la ventanilla un poco para disfrutar de la brisa.

—Me encanta. ¿A ti no? Son las chuches de la gente mayor.

—No sé si estoy completamente de acuerdo con esa afirmación —respondo con sorna mientras repaso con los ojos sus piernas sobre el asiento —¿Qué te parece si me dices algo así como: «Qué antojo de fresas con nata»?

—¡Qué vergüenza! ¿Cómo voy a decir eso en un contexto así de serio?

—Vamos a una gala benéfica donde voy a donar mucho dinero, Keyla. —Me giro un momento para mirarla—. Lo mínimo es que besen el suelo por el que vas a pisar, digas lo que digas.

—Mmm. ¡Qué antojo de fresas con nata! —dice con teatralidad, exagerando el tono y riéndose de sí misma—. ¿Así?

—Perfecto. —Chasqueo la lengua—. Si lo dices con esa voz, vas a tener que pedirme una ambulancia.

—Calla, tonto.

—Lo digo en serio, Moon. —Le lanzo una mirada rápida para grabar en mi mente la imagen de cuando se ruboriza.

Ella suspira y gira el rostro hacia la ventanilla.

—¿No estás nervioso?

—Hago esto más veces de las que me gustaría, así que ya me he acostumbrado.

—¿Y te gusta?

—¿La verdad? No mucho. Me gusta el calor de la gente cuando juego y el equipo va ganando, esa energía, pero no el fanatismo que hay detrás.

—Ya…, supongo que a veces os sentís como si os despersonalizasen.

—Algo así. Y por eso no me gusta la gente, aunque soy experto en fingir lo contrario.

El camino de luces que conduce a la mansión está rodeado de árboles frondosos que escalan hasta el cielo, dejando un hueco entre ellos desde el que se puede ver la noche.

Bajo el techo solar del coche para que disfrutemos de las vistas, porque, aunque estamos llegando, hay bastantes vehículos delante esperando para entregárselos al aparcacoches.

—¿Crees que le gustaré a tu madre? —pregunta con dificultad.

Un nudo se me forma en la garganta, pero lo deshago, porque ahora mismo lo único que importa es hacer que se sienta tranquila la chica que tengo delante.

—¿Y a quién no le gustas? —Me giro hacia ella para ver, a través de sus pestañas, el miedo en sus ojos—. Mi madre no tiene que importarte. A mí no me gusta ella.

—¿Qué quieres decir?

Mierda. Creo que en algún momento debería contarle más acerca de esta parte mi vida, pero me asusta, joder.

Siempre he sido el tío duro que finge que no le afectan las cosas. El que lleva tanta mierda al cuello que tiene que tragársela para que no desborde, pero el que siempre está ahí para recoger la de los demás.

—¡Siguiente! —grita el aparcacoches desde su puesto.

Avanzo con el deportivo aprovechando ese regalo de tiempo y freno a su lado.

—¿Nombre? —pregunta mientras mira su lista sin levantar la cabeza.

—Miller. Nate Miller.

—Oh, señor Miller. ¡Cuánto lo siento! —El aparcacoches se disculpa avergonzado—. No me había fijado en que era usted.

—No se preocupe, solo soy una persona más.

—No, no. De ninguna manera. Es un trato inmerecido, señor Mil-ler. —Me abre la puerta y hace una leve reverencia—. Deje que le ayude.

—Muchas gracias. —Le entrego las llaves y me muevo con rapidez para ser yo quien abra la puerta de Keyla—. Princesa.

Le ofrezco mi mano para que se agarre a ella e ir juntos hacia la entrada. En cuanto pone la punta de su tacón en el suelo, una ola de paparazis viene hacia nosotros.

—¡Señor Miller! ¿Qué opina de su compañero Axel Hayes?

—¿Quién es ella? ¿Una nueva ilusión?

—¿Es ella la culpable de su bajo rendimiento en los últimos partidos?

Veo que Keyla empieza a temblar, asustada, y la cojo por la cintura para hacerla sentir más segura. Me acerco a su oído.

—¿Estás bien?

—Cr-creo que sí.

—Mira, solo son hienas que buscan un poco de comida. —El aire de mi boca roza su pelo—. Tú sonríe cuando te apetezca, y cuando no, nos vamos. Como si te quieres ir ya.

—Puedo hacerlo —afirma con seguridad, mientras los flashes iluminan distintos puntos de la zona.

—¿Vamos? —La miro, y joder, está preciosa.