37. Con un gato se llora mejor. Keyla Blake
Keyla Blake
—¡Ginger! Baja un poco el volumen de los dibujos, tenemos visita. —Sienna grita desde la puerta de entrada antes de rodearnos con los brazos—. Pasad, pero no tengáis en cuenta lo desordenada que está mi casa hoy.
Sienna nos recibe con un moño despeinado en la cabeza, una camiseta XXL de hombre y el rímel corrido alrededor de los ojos, y, aun así, consigue estar despampanante.
—¿Cómo lo haces para estar siempre tan guapa? —pregunta Avery con sinceridad—. En serio, tía, no conozco a nadie que pueda llevar tus pintas y que esté así de cañón.
—Soy una tía con estilo incluso en mis peores días.
—Muchas gracias por recibirnos a última hora, Sienna —le digo con sinceridad—. No sabes el favor que me haces.
—Eso hacen las amigas. —Me da con el codo y me guiña un ojo.
Hemos venido a su casa a última hora ya que no sabía qué ponerme para la gala de mañana.
De repente, empezamos a escuchar ruidos por toda la casa, como si una manada de animales fuese a llevarnos por delante y cuatro ojitos azules nos miran desde una esquina.
—Venga, gusanitos. —Sienna se pone la mano sobre la cintura antes de señalarnos—. No muerden.
—¿Cómo están los dos niños más bonitos del mundo? —Avery se agacha hasta ponerse a su altura—. ¿No me vais a dar un abrazo?
Dos niños de entre dos o cuatro años enseñan un poco más la cabecita hasta dejar descubierta su cara.
Una niña con las pestañas enormes y dos coletitas de color castaño da un paso valiente hacia delante, cogiendo de la mano a su hermanito. Lleva un vestido rosa pastel.
—Me encanta el chocolate. Y también los churros.
—¡Ginger! Así no saludamos a las visitas.
—Pero quiero chocolate. ¡Quiero merendar!
—Acabas de merendar, por el amor de Dios. —Sienna se gira hacia nosotras para susurrar en voz baja—. Va a dejarme pobre, su estómago parece tener un agujero del que sale toda la comida.
Avery y yo nos empezamos a reír cuando la niña se pone a bailar lo que parece ser una coreografía.
El niño que está a su lado, un poco más pequeño, se asoma un poco más, dejando ver su cabello oscuro y una sonrisa traviesa.
—Pelo rojo y nobito como las zanahorias.
—¡Milo! —Sienna se agacha y lo coge en brazos—. Esas no son las cosas que se les dicen a las chicas guapas.
—No pasa nada. —Mis ojos van de un niño a otro porque son absolutamente preciosos—. Tu pelo también es muy bonito.
—¿Cómo les decimos a las chicas guapas, ratoncito?
—BUAAAA-PAAA —dicen los dos a la vez.
—¿Y a la tita Avery qué? ¿Ni un piropo para mí? —Con un brazo chincha a la niña en la tripa.
—Avery la mejor. —La niña aplaude y Avery le llena la cara de besos.
—Ginger, te presento a Keyla. —La niña me mira con ojos de curiosidad—. ¿Has visto que también tiene pecas como tú?
—¿También las han puesto ahí los duentes ?
—A mí me las pintó Papá Noel en mi primer cumpleaños —respondo con la intención de seguirle el juego.
—¡Me encantaaa! Papá Noel siempre es bueno con nosotros.
—Y pequeño Milo, ella es Keyla. —Sienna coge su bracito para hacer un gesto de saludo—. ¿Cómo se dice, tesoro?
— Oa Teila.
—Keeey-laaaaaa —dice Sienna gesticulando exageradamente con la boca.
—Para ti puedo ser Teila —respondo dándole con la punta del dedo sobre la nariz.
Sienna le suelta el brazo al niño y se van corriendo a toda velocidad.
—No sabía que tenías hermanos. —Mis ojos se mueven alrededor del salón cuando damos unos pasos—. Son una monada.
—Sí —suspira Sienna mientras empieza a ordenar y a recoger los juguetes del suelo—. Lo son todo para mí.
—¿Tienes alguno más?
—No, pero tengo un gato cabrón que es como si fuese mi hijo. —Sienna levanta la cabeza antes de llamarlo—. ¡Maui! Ven, bonito. Pst, pst, pst.
—Ese gato es el demonio —me susurra Avery al oído.
—¡Oye! A mi pequeño diablillo solo lo llamo demonio yo.
—¿Está también tu madre? —pregunto con curiosidad—. Me gustaría saludarla.
Sienna y Avery se miran con complicidad y siento que acabo de hacerle una pregunta incómoda.
—No, no está —me responde con rapidez—. No estará hasta dentro de unos días.
La casa de Sienna no es muy grande, pero tiene alma. La luz dorada entra por las cortinas blancas y hace brillar el suelo de madera. Hay plantas por todas partes, libros de moda apilados y olor a vainilla.
Entre los muebles hay varios juguetes desperdigados: un cochecito, una jirafa de peluche y un tren de colores. Sienna rebusca en el sofá y debajo de las mantas aparece una bola de pelo naranja con los ojos dorados.
—¡Aquí estás! —Sienna lo coge en brazos como si lo ofreciese al cielo antes de pegar la cara a él—. Ni se te ocurra ser gruñón con mis invitadas.
—¡Es precioso! Me encantan los animales, y este es especialmente bonito. ¿Lo tienes desde bebé?
—Lo adopté cuando tenía tan solo dos meses. Mi madre se puso hecha una furia, pero como me encargo de la mayor parte de las labores de la casa acabé haciendo lo que me dio la gana.
El gato pega un salto antes de salir corriendo de la forma más elegante que he visto nunca.
—Bueno. —Sienna pone las manos alrededor de su cintura—. Quítate los pantalones, reina.
Me pongo roja como un tomate, pero estoy con… amigas. Y cuando me doy cuenta de eso me río a la par que ellas.
—¿Me los quito yo también? —Avery me guiña un ojo—. Ya sabéis, por si nos surge algo.
—¡Calla, so cerda! —le responde Sienna—. Vas a asustarla, aunque a estas alturas ya conocerá tus chistes verdes.
—Me los bajo, sí.
¿Por qué hablas así?
Tranquila.
Estás con amigas.
Sienna se pone un imperdible en los labios y se agacha para ir tomándome las medidas.
—¡Vaya culo, tía! —consigue decir con dificultad—. Tienes unas medidas perfectas. En plan «guau».
—Eso le digo yo siempre. Es que esta chica es una pasada —responde Avery con la boca llena.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunto con curiosidad.
—Lleva muchos años viniendo a mi casa y se pasea por ella como si viviese aquí.
—En verdad, aquí donde ves a Sienna con su corazoncito de hierro, siempre que sabe que voy a venir me compra unos bollos que sabe que me gustan.
—¿Eso es cierto?
—Lo es. —Me ajusta con fuerza una cinta en la cintura—. Hay que cuidar a las amigas.
Sienna apunta números en un papel y yo empiezo a vestirme. Me siento en el sofá y observo mis sensaciones. No sabía que se podía estar tan a gusto con gente que no sea cercana a tu familia.
No sabía… que podía aumentar esa familia. Hacerles hueco a más personas y confiar en ellas es todo un reto para mí, pero es algo que me llena de esperanza.
—Creo que tengo el vestido perfecto para ti. —Sienna trae tres descafeinados con crema antes de sentarse a mi lado—. Pero antes debes contarme todos los detalles de tus avances con tu bollito de crema.
—En verdad no hay mucho que contar. —Me sonrojo, pero una sensación de cosquilleo se instala en mi barriga—. Nos hacemos bien. No sé cómo explicarlo, pero cuando estoy con él me siento tranquila. Se apaga el ruido de mi cabeza ¿sabéis? Es… raro.
—Joder, tía —exclama Avery—. ¿Tú sabes lo diferente que se comporta Nate contigo? Es la persona más seria sobre la faz de la Tierra.
—No es verdad. —Sienna da un sorbo a su café—. Esa soy yo.
—Solo con quien no te conoce.
—Solo con quien no se lo merece —replica Sienna con una sonrisa—. Pero, venga, Keyla, quiero detalles. No hablemos de mí. ¿Habláis todos los días? ¿Ha habido beso? ¡Dinos algo!
—Chicas, no nos hemos besado —confieso bajando la mirada—. No sé si nos apetece complicarnos en ese aspecto.
—¿Tú has visto cómo te miraba el día del Grey’s? —pregunta Avery socarrona—. Si alguien me mirase así… desde luego que querría complicaciones.
Miro un momento a Avery con la cara colorada y ambas me observan con ternura.
—¿Y tú qué sientes? —pregunta Avery.
—Que me hace bien —respondo sin pensarlo—.
Me gusta porque me siento en paz cuando estoy a su lado.
Se toma muy en serio que me sienta cómoda con él y que mi última decisión para cualquier cosa es más importante que la primera.
Y eso… me asusta, porque no estoy acostumbrada a que alguien me cuide sin esperar nada a cambio.
Las dos se miran entre ellas. El ambiente cambia, más suave, más íntimo.
—Lo entiendo —dice Sienna—. Cuando alguien te trata bien, después de haber tenido que lidiar con cosas personales malas, es normal que te descoloques un poco.
Asiento despacio.
—Supongo que también me da miedo que esto no pueda durar —confieso—. Él no se va a quedar aquí para siempre, su carrera está mucho más lejos de Silver Springs; y yo estoy solo de paso, y cuando termine el tratamiento en el centro me marcharé.
—No tienes por qué pensar en el final todavía —dice Avery—. Además, ¿quién sabe? Si te estás sintiendo feliz aquí no veo por qué habrías de irte.
—Me daría pena dejar a mi familia sola.
—Seguro que prefieren que seas feliz a que les hagas compañía, o así debería ser —aclara Sienna.
—Solo somos amigos —murmuro, aunque el cosquilleo en mi barriga dice lo contrario.
—No pienses en si te quedarás en Silver Springs o no; solo piensa en lo bien que te sienta que alguien te cuide así.
—¿No te has planteado quedarte aquí a vivir? —pregunta Sienna—. A nosotras nos encantaría que te quedases.
—¿Y a qué me dedicaría? No tengo la carrera terminada, aunque sé que en algún momento querría trabajar rodeada de libros.
—Podrías trabajar en una librería o si no, vivir con Nate si las cosas avanzan.
—Oye, no vayas tan rápido —respondo de manera exagerada.
—Quería decir hipotéticamente. No tiene nada de malo ilusionarse cuando conocemos a alguien que nos gusta, Keyla, salga o no bien.
—Ya, no sé, es que soy muy desconfiada. Supongo que me cuesta creer que alguien quiera elegirme por decisión propia. —Juego con la taza entre las manos—. Siempre he tenido la sensación de que, si la gente me conociese de verdad, saldría corriendo.
—¿Por qué dices eso? —pregunta Avery, inclinándose un poco hacia mí.
Respiro. Intento contener el puchero que se cierne sobre mi rostro. Bebo un sorbo de café para aliviar el nudo que tengo en la garganta y me doy cuenta de que, por primera vez, voy a contarles a mis amigas mi historia.
Una fuerza en mi interior sube por mi cuerpo como una corriente porque ha llegado el momento de contarles el motivo que me ha traído hasta aquí.
No seas pesada, Keyla.
Creo que lo mejor será que lo sepan y que, si me quieren abandonar por ello, lo hagan ahora, antes de que nos encariñemos más.
—Siempre he sido la rara —confieso, dejando la taza sobre la mesa porque mis manos han empezado a temblar—.
La que se encerraba en los baños para no tener que cruzar la mirada con nadie.
No fue solo un día o una broma pesada; fue un machaque constante.
Me decían que nadie querría ser mi amiga porque mi propia madre me había regalado, que yo era «de segunda mano».
Avery me aprieta la mano y Sienna se queda quieta a mi lado, prestándome atención.
—Terminé creyéndomelo —continúo con la voz rota—. Pensaba que, si alguien me conocía de verdad, saldría corriendo. Por eso me asusta Nate. Porque me da miedo que, cuando vea las cicatrices que no se ven, decida que soy demasiado trabajo.
Sienna nos tapa con la manta y Avery se pega a mi costado, rodeándome con esa energía luminosa tan suya que siempre espanta todas mis sombras. Con ellas, llorar no se siente como una rendición, sino como una limpieza. Siento que suelto la carga de una Keyla que ahora no tiene que hacerlo todo sola.
—Te han hecho creer que eres difícil de querer, Keyla —susurra Sienna contra mi pelo—. Pero míranos. Estamos aquí.
Avery me aprieta la mano, con los ojos brillantes y asiente con la cabeza, animándome a seguir hablando.
Cada vez me cuesta menos entender que la amistad es un regalo de la vida. De mi vida.
Inhalo.
Ponte a prueba.
Exhalo.
Confía.
—Fui creciendo y entendiendo cada vez más lo que significaba que me hubiesen adoptado…
—Trago saliva—. Fui adoptada siendo pequeña y, aunque mi familia me cuidó de una forma inmejorable, siempre sentí que mi destino era ser sustituida.
Crecí con miedo a que tuviesen un hijo biológico y lo quisiesen más que a mí, y…
Dios. Creo que precisamente por mis miedos nunca dieron ese paso.
Sienna me abraza despacio y, cuando me doy cuenta, su cariño me desarma. Me pongo a sollozar de manera irregular, como un recién nacido, y cuando quiero darme cuenta estoy rodeada del amor de mis amigas y sus llantos acompañan al mío.
—Keyla, quiero que me escuches con atención —dice Avery aclarándose la garganta—.
Desde el primer día que te vi supe que eras especial.
Recuerdo verte y pensar en que eras preciosa, pero guardo un mejor recuerdo de cuando hablamos por primera vez y pude sentir la bondad que me transmitiste.
Nunca te lo dije, pero… desde el primer momento quise ser tu amiga, y eso es algo que solo me había pasado con Sienna.
—¿De verdad? ¿Pensaste eso?
—De verdad de la buena.
—No sabes lo que siento que hayas pasado por ese infierno, cariño.
—Sienna se levanta y coloca la manta sobre mí—.
Te has debido de sentir muy sola todo este tiempo.
Quiero que sepas que cuentas con nosotras para todo y te puedo asegurar que cuando Avery te conoció me llamó para darme un montón de detalles sobre ti. Tenía muchísimas ganas de conocerte.
Las miro a las dos y agradezco esta nueva sensación que tengo por dentro: la de no ser una carga, la de no saberme pesada, la de ser importante para alguien que te importa.
Sienna se seca las lágrimas con la manga, respira hondo y, con una sonrisa temblorosa, dice:
—Bueno, ya hemos llorado bastante por hoy. ¿Vamos a probarte ese vestido?