36. Dulces sueños. Nate Miller
Nate Miller
—Pónganos el vino más caro que tenga —dice Charlotte mirando la carta—. Y también un plato de caviar con salmón de aperitivo.
—¿Desean algo más, madame?
—Eso es todo por ahora.
Miro la pantalla del móvil cada cinco minutos para comprobar que, efectivamente, el tiempo pasa más despacio de lo que debería.
—Dichosos los ojos —exclama mi madre con el periódico en la mano—. ¡Mira! Salimos aquí, hijo.
Una foto de la gala benéfica del año pasado aparece en la primera página del periódico deportivo de la ciudad.
Para ser un periódico local, lo leen en la mayoría de las ciudades estadounidenses de manera online porque el fundador fue un exjugador de la NBA, así que le dan mucha importancia a su criterio.
Los Miller vuelven a brillar de nuevo. A pesar de la temporada irregular de Nate Miller, la familia destaca entre las demás por su elegancia, simpatía y solidaridad en el evento benéfico del año.
Las familias fundadoras de Silver Springs —los Miller, los Withmore, los Brown y los Ashford— se unen una vez más para su donación millonaria anual contra el cáncer.
A su pronta edad, el joven Nate es un soltero muy cotizado, pero un año más ha dejado a sus fans sin información sobre su vida personal, más allá de la perfecta relación que mantiene con su madre.
¿Qué será de su padre, el gran Bobby Miller?
En cuanto a Estelle Withmore, la hija de los mayores promotores de Silver Springs y que ha triunfado en el mundo del modelaje, se muestra muy cariñosa con su acompañante…
—Estelle es muy guapa y elegante, ¿no te parece?
—No es fea —respondo sin levantar la vista del móvil.
—¿No has pensado en intimar con ella? Sería un alivio para la familia, Nate. Los Whithmore son nuestros aliados naturales.
—No tengo interés en mentir sobre mi vida personal.
—Oh, no, pero no sería mentir, Nate —dice, dando un sorbo al vino que ha traído el camarero.
—Es una chica guapa, con dinero y con un futuro, ¿por qué te niegas a hablar siquiera con ella? De pequeños estabais muy unidos.
Estelle fue mi única novia, si es que se puede llamar así a lo que tuvimos.
Estuvimos juntos por puro aburrimiento social.
Fue la chica con la que perdí la virginidad, pero el recuerdo tiene la misma profundidad que un charco.
Está buena, sí: melena castaña, curvas de infarto y una boca que sabe qué decir ante las cámaras, pero su soberbia me agota en menos de diez minutos.
Charlotte está obsesionada con ella porque Estelle representa el «dinero viejo» que ella tanto ansía proteger.
Lo que mi madre olvida es que el apellido Miller no es suyo; es el de mi padre.
Ella es una Miller por contrato, y está aterrada porque, si yo dejo de ser el «hijo de oro», el castillo de naipes que Bobby logró construir con sus triples se viene abajo.
Me juego mucho este año. Esa es la jodida realidad.
El año que viene debería ser el primero en la NBA, pero no estoy centrado del todo en la temporada. Mis compañeros parecen bailarines en medio del campo y, como capitán, debería poner un poco de orden…, pero me falta paciencia. Es mi asignatura pendiente, pero todavía tengo tiempo.
El March Madness está a la vuelta de la esquina y tengo la oportunidad de demostrar quién soy.
El putísimo Nate Miller.
El que ha ganado más trofeos en toda su vida que cualquiera de mis compañeros juntos y, aun habiendo hecho todo eso, sigo con la necesidad de demostrar quién soy, maldita sea.
¿De qué sirve si ni yo me doy ese valor?
En el campeonato va a haber muchos ojeadores y es mi oportunidad de destacar. Así que debería idear un plan de acción: paciencia, más disciplina y fingir que Hayes es mi amigo del alma para ganar.
—¿Me estás escuchando?
—Sí, mamá, pero es que no voy a tener nada con esa chica. No me interesa ni lo más mínimo.
—¿Sabes la imagen social que nos daría esa unión? —insiste.
—En esta ocasión, no es negociable.
Se me pone un nudo en la garganta.
Siempre las putas apariencias, una y otra vez.
Solo le importa eso de ti.
Tú no eres un hijo para ella.
Eres un producto.
A los diez, en la cama a las nueve mientras mis amigos seguían jugando.
A los quince, prohibido cualquier plan que significara volver después de las diez.
A los dieciocho, una charla sobre la imagen que daría si alguien me veía con una cerveza.
Y ahora, a los veintiuno, sigue queriendo controlar cada detalle de mi vida.
—Mira, mamá, hay cosas más importantes que las apariencias —le espeto, sorprendido de mí mismo—. ¿Por qué no sales tú con ella?
—Nathaniel, ¡no hables así a tu madre! ¿Cómo se te ocurre?
—¿Qué cómo se me ocurre? —Empujo la silla hacia atrás—. Estoy harto de este mundo de color de rosa que te has montado en tu cabeza, todo gracias a mi esfuerzo y al de papá, que será muchas cosas, pero al menos me dejaba ser yo mismo, joder.
—¿A qué viene esto? Siempre has estado conforme con mis decisiones.
—¿Sí? ¿Acaso me has preguntado? ¿O te tomas mis silencios como una confirmación de que todo lo haces genial?
—Todo lo que has llegado a ser es gracias a mis cuidados, Nathaniel, a mis instrucciones. Estás donde estás porque yo te he guiado, así que ten más respeto.
—¿Perdona? Mi talento es mío, Charlotte, no tuyo. El que madruga soy yo, el que encesta soy yo, y el que gana los putos partidos soy yo.
La miro fijamente antes de decir algo que llevo mucho tiempo pensando pero que nunca tuve fuerza suficiente para decir en voz alta.
—No te olvides ni por un segundo de que vives bajo mi techo, por mucho que seas mi madre.
Se queda en silencio unos segundos mientras el camarero pasa por detrás de nosotros. Ella me observa con detenimiento antes de preparar su próximo ataque:
—Cada día te pareces más a tu padre.
—Igual estaría mejor parecerme a él antes que a ti, al menos viviría con mi dinero y no con el de los demás.
—¿Cómo te atreves?
—Te digo la verdad, mamá.
Charlotte no responde. Se limita a mirarme como si no me reconociera, como si se preguntara en qué momento su hijo se ha convertido en alguien capaz de plantarle cara.
—¿Es por esa chica por lo que estás tan subido de tono?
Mierda.
Estoy empezando a calentarme y no estoy acostumbrado a sentirme así. No sé cómo controlarlo.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—¿Y qué te pasa entonces, hijo? ¿Has olvidado los modales?
—Déjalo, Charlotte. No soy…, joder, no soy capaz de explicarte nada porque tú no quieres escuchar. No te importa lo que yo piense sobre nada.
—¡Porque eres un crío! No sabes nada acerca del mundo que te espera ahí fuera. Solo quiero lo mejor para ti.
—Lo mejor para mí sería que me dejes tomar mis propias decisiones, aunque me equivoque.
—En tu profesión no se permiten los fallos, Nathaniel. Lo sabes.
Empiezo a impacientarme cada vez más e intento respirar, pero el aire no entra, así que, cuando el camarero deja la cuenta sobre la mesa, la pago para acabar lo antes posible con esta situación.
Me levanto y tiro la servilleta arrugada sobre la mesa.
—No tienes que venir a la gala si no quieres —dice finalmente, con esa voz fría que escuché tantas veces cuando era pequeño.
—¿Me quieres, mamá?
—Pues claro, Nathaniel.
—Pues entonces no te preocupes —respondo—. Sé tomar mis propias decisiones, y ten claro que yo sí que voy a asistir por los motivos adecuados.
Salgo por la puerta sin darle tiempo a que pueda decir otra palabra después de levantarme tirando la silla hacia atrás con un estruendo que hace que todo el restaurante se gire.
Ignoro sus llamadas. El aire de fuera está mezclado con la lluvia que me moja la cara, regalándome el primer respiro real del día.
Me subo a mi 4×4, arranco y acelero por la autopista.
El motor ruge, tapando las voces en mi cabeza.
Paciencia. Disciplina. Sin fallos. Siento la velocidad en las manos, el control absoluto del volante, el deseo de no volver nunca. ..
El sonido de una cucharilla chocando contra la porcelana me saca de mi cabeza.
—¿Sabes la imagen social que nos daría esa unión? —pregunta ella.
La silla sigue en su sitio.
La copa de vino está exactamente igual.
Charlotte me mira como si no le hubiese dicho nada.
Porque no se lo he dicho, al menos no a ella.
—Es muy guapa y elegante, ¿no te parece? —dice, doblando el periódico con calma.
Trago saliva.
—No es fea, pero no es mi tipo.
La dejo hablar mientras la otra escena —la que no ha pasado— todavía ronda por mi cabeza.