34. La memoria de la piel. Keyla Blake
Keyla Blake
—No tienes que recordarlo todo, Keyla. Solo deja que venga lo que venga, que la información salga sola.
—Vale…, pero ¿y si no viene nada? —pregunto—. No… no recuerdo casi nada de mi vida desde que me adoptaron mis tíos.
—Entonces trabajaremos con eso.
Bebo un trago de agua antes de empezar con la primera sesión de EMDR. Según me ha explicado Ellie, es una terapia que ayuda a desbloquear recuerdos traumáticos. Dice que algunas cosas no desaparecen, solo se quedan atrapadas, y que eso es lo que me impide vivir con normalidad.
La verdad es que me da miedo.
Nunca me ha gustado hablar del bullying , y siento, por cómo responde mi cuerpo, que lo que viene de atrás es mucho más feo. Solo que no lo recuerdo. Solo se me viene a la mente el nombre de mi madre biológica: Rose. Pero no su cara, ni su voz, ni la casa donde nací.
Lo único que guardo de ella son las marcas de nacimiento que tengo en los brazos. Y, por algún motivo, cada vez que las miro se me revuelven las tripas.
—Vamos a empezar nivelando un poco tu estado corporal —empieza mientras se sienta justo enfrente de mí—. ¿Cuál es tu nivel de ansiedad del uno al diez?
—Mmm… un siete.
—Muy bien. Voy a darte unos auriculares que tendrán un sonido de estimulación a cada lado —dice mientras se levanta y los coge de un cajón—. Pruébatelos y dime si el sonido va acorde con la imagen de esta máquina de aquí.
Obedezco. Enfrente, en la mesa, hay un aparato alargado con una pequeña luz roja que se mueve de izquierda a derecha.
—La idea —me explica— es que vayas mirando la luz y te fijes primero si coincide con el sonido de tu oído derecho, cuando la luz esté en la derecha, y viceversa.
—Es un poco raro.
—Sí, al principio lo es. —Me sonríe antes de sentarse—. Pero iremos cambiando el método con las sesiones, ya que se puede hacer de muchas formas. A mí me gusta empezar con doble estimulación, pero se irá suavizando.
Asiento con la cabeza antes de acomodarme en el asiento.
Empiezo a sentirme incómoda y agobiada. Hablar con alguien de cosas tan profundas, en un lugar del que no puedo escapar y teniendo que indagar en mí es algo que me supera, pero cada vez que tengo ganas de huir intento recordar y enumerar todos y cada uno de los motivos por los que estoy aquí.
—Vamos a empezar por el principio. Te voy a pedir que elijas una imagen neutra a la que volver si en algún momento lo necesitas. Puede ser un lugar, una textura, un olor…
Pienso en un jardín sin gente, como las primaveras en casa de mis tíos. Hay un árbol que me gusta mucho en el que tío Will colgó un columpio para mí cuando era niña, y cuando crecí me hizo una especie de rincón lector, con una tumbona.
Cerca tenemos nuestra piscina, que no es una piscina normal ya que Will intentó que se pareciese a una piscina natural y puso el fondo del color del fondo de un río. Así se asimila más a la naturaleza y me da mucha más paz.
—Lo tengo.
—Genial, Keyla —me responde—. ¿Te sientes tranquila ahí?
—Sí, porque hay silencio, luz, y solo estoy… yo.
—Ese lugar es al que vas a ir en caso de que lo necesites, y poco a poco lo iremos decorando.
Empiezo a mirar la luz con más atención. Mis ojos la persiguen mientras inspiro por la nariz, cuento hasta cuatro, y voy soltando el aire con cuidado.
Al principio no pasa nada que pueda describir: mi cabeza es como una habitación en penumbra; mis manos, un animal inquieto que no sabe cuál es su lugar. Pero después siento una sensación: calor, como si a alguien se le hubiera caído una chispa y hubiera quedado vibrando sobre mi piel.
—Cuéntame de lo que te acuerdas de cuando eras pequeña. —Espera unos segundos para dejarme pensar—. ¿Cuál es el primer recuerdo que tienes?
—Yo… —Me revuelvo en el sitio mientras miro la luz, intentando concentrarme—. No se me viene nada.
—Vale, eso está bien también. Tú sigue mirando la luz y vete diciéndome si cambian tus sensaciones corporales. Si la ansiedad baja o aumenta, y cómo te vas sintiendo.
El vómito amenaza con escalar por mi garganta, pero intento tenerlo bajo control. Mi cuerpo se agita, al igual que mi cabeza, y la imagen de una niña con un peluche sucio y roto se me viene a la cabeza.
—No tengo muchos recuerdos, pero se me viene a la mente la imagen de una niña pequeña.
—¿Qué hace esa niña?
—Está… jugando al escondite, cre-creo —respondo mientras sigo mirando la luz—. Sí, está escondida.
—¿Y se lo pasa bien?
—No parece que se esté divirtiendo.
Ellie se queda unos segundos más en silencio y deja que me concentre en las luces rojas. Sigo viendo la mirada de esa niña pequeña, mirando hacia todos los ángulos de la habitación.
—¿Sientes algo en concreto?
—Calor —respondo—. Aquí. —Deslizo la palma por el antebrazo izquierdo, como buscando comprobar que realmente está frío.
—Observa esa sensación sin intentar cambiarla. Solo observa.
La luz va y viene de un lado a otro. Me pregunto cuántas idas y vueltas hacen falta para abrir esas puertas de mi cabeza que no recuerdo haber cerrado.
El calor se vuelve insistente al intentar centrarme en esa niña. Me llevo las uñas a los brazos, algo de lo que no me habría dado cuenta si Ellie no hubiese girado la cabeza hasta ahí y la hubiese visto por el rabillo del ojo.
Ella nota el cambio en mi respiración antes que yo. Hace un gesto imperceptible con los dedos, bajando la intensidad de la luz, y desplaza su asiento a medio centímetro de mí.
La observo con los hombros rígidos y sé que sabe que la respuesta somática ha llegado antes que las imágenes.
El olor que había no estaba en la habitación, pero lo sentí entrar en mis pulmones, como si no supiera distinguir el pasado del presente.
Era un humo denso, azul, un olor de los que se pegan en el pelo y en el algodón de las camisetas.
El mismo humo que luego, cuando eres mayor, te sigue por la calle como una sombra.
La garganta de la niña empezaba a molestarle, picando desde dentro.
Era incapaz de toser porque no quería hacer ruido. Tenía que quedarse quieta, muy quieta…
Y, sin darme cuenta, mi cuerpo también lo estaba.
—Si viene alguna imagen, nómbrala. Si viene una sensación, localízala. Si viene un pensamiento, dilo en voz baja, aunque no tenga sentido.
Silencio.
Si te encuentro, pierdes.
La luz sigue.
Izquierda. Derecha. Izquierda.
Mi cuerpo ya no sabe cuál de las dos soy.
Mi corazón late al compás del de esa niña, con el mismo color de pelo anaranjado que yo. Cierro los puños y siento cómo la uña araña la silla.
—¿Qué imágenes se te vienen a la cabeza, Keyla? ¿Quizá algún sonido?
—Pasos —respondo con la voz un poco ronca—. Me estoy agobiando un poco porque siento mucho calor en las piernas. Es como… como si esa niña quisiera salir corriendo.
—Muy bien. Observa eso. ¿Hay algún otro lugar en el que sientas calor?
—En el brazo izquierdo —respondo rápidamente—. En el derecho también. Ahora está solo por los brazos.
Ellie asiente con la cabeza, sin reaccionar de manera exagerada con todas las cosas sin sentido que se están pasando por mi cabeza, pero su expresión va cambiando, haciendo que me salten las alarmas. Por un instante no parece terapeuta, sino alguien que ha vivido en la misma oscuridad.
En su libreta tiene un mapa dibujado en el que va apuntando todo aquello que le parece importante.
Vuelvo a rascarme con las uñas y recuerdo aquello que me contó acerca de la memoria corporal: a veces un sonido, una imagen o un elemento puede asustarnos sin que nosotros sepamos identificar la razón, tan solo porque han estado presentes en un momento traumático.
Puede pasar en pacientes víctimas de abusos que recuerdan, por ejemplo, determinados sonidos de esos momentos, como el tictac de un reloj.
—¿Ves algo ahora? —Su voz me comienza a sonar cada vez más lejos de mí.
Cierro los ojos, pero la luz sigue ahí. Empiezo a sentirme un poco mareada.
—Una habitación —susurro—. Hay cortinas azules… o verdes, no sé. Están rotas y bastante sucias.
—Muy bien, Keyla. Lo estás haciendo muy bien. —Se queda en silencio unos segundos antes de preguntarme algo importante—. ¿Hay alguien contigo?
El aire se vuelve espeso cuando una sensación de peso cae sobre mi cabeza. Abro los ojos de golpe con la respiración entrecortada.
—Hay alguien… —respondo jadeando—. Pero no la veo. A la niña, ya no la veo.
—Está bien, Keyla. Sigue observando como si fueses una espectadora. No hace falta que la busques ni que hagas nada más.
Empiezo a ver los piececitos de la niña asomar al fondo de las cortinas, mirando por el hueco.
Veo su peluche en el suelo porque ha dejado de jugar.
Sus manos están temblando.
No entiendo por qué, pero me resulta familiar, solo que no recuerdo haber estado nunca en esa casa.
Pero la conozco. Me reconozco.
Esa niña soy yo.