33. Sobrevivir no es vivir. Keyla Blake
Keyla Blake
Prefería pasar tiempo sola, aunque la soledad no me ha hecho precisamente la persona más valiente del mundo.
Es algo que pienso mientras espero a que Ellie abra la puerta de su consulta, enredando los dedos en las mangas del jersey.
Parece una tontería, pero son el tipo de detalles que me hacen sentir segura: ropa de abrigo, una botella de agua siempre en el bolso y un frasco pequeño de aceite esencial de canela con mandarina.
Mi terapeuta abre la puerta y me mira desde dentro con una sonrisa enorme en la cara. Me invita a pasar con un leve movimiento de cabeza, como si no fuera lo más difícil del mundo.
Hoy lleva su pelo castaño recogido en una trenza y una chaqueta de lana azul que combina con las vistas al mar.
El despacho huele a té y a madera encerada. En la estantería, los libros están ordenados por colores, como si mi mente también pudiese ordenarse de la misma forma.
Tiene todo preparado para mí como la última vez, así que cojo la manta que tiene mi inicial y dejo que su peso me ayude a sentirme más tranquila.
Ellie me mira desde su butaca y por un segundo siento que hay alguien que respira conmigo y a la que le preocupan las mismas cosas que a mí.
—¿Cómo has estado estas semanas? —pregunta, apoyando su libreta sobre su pierna.
—He sobrevivido —respondo, con una media sonrisa—. No sé si eso cuenta como progreso.
La única vez que le conté a tía Maggie lo que me pasaba, las cosas no salieron tan bien.
Había vuelto de clase con la mochila pintada y ya no pude mentirle más, aunque tampoco le di demasiados detalles. El tío Will, mi mayor cómplice, me observaba desde la silla de la cocina fingiendo sorpresa, pero Maggie sabía que entre él y yo había una complicidad que la dejaba fuera.
Ese día entendí por qué.
Mi tía cogió sus cosas y salió hecha una furia. Se presentó en casa de Jessica Connor, la madre de Sarah —la principal incitadora de mis abusos— y discutió con ella acaloradamente antes de tirarle el cubo de la basura en la puerta de su casa. Sarah lo negó todo, por supuesto.
Al día siguiente tenía la palabra «muérete» escrita por todo mi pupitre y mi silla de clase. Y, con ella, una paliza en el recreo que todavía recuerdo en los huesos.
Fue la última vez que hablé con mi tía del acoso.
Aprendí que el silencio también podía ser una forma de protección y seguí haciendo lo que mejor se me daba: mentir.
—Conque sobrevivir… —repite Ellie, bajando un poco el tono—. ¿Por qué crees que lo estás haciendo? ¿Ha pasado algo malo estos días?
—No, de hecho, todo lo contrario. —Trago saliva antes de tener intención de hablarle de mis progresos saliendo a la calle, pero me corta.
—Tenía en mente que hoy empezásemos con una terapia nueva para ti.
Se llama EMDR —anuncia mientras se inclina un poco hacia mí—.
Creo que ha llegado el momento de ir a la raíz del problema, como ya habíamos hablado, ¿recuerdas?
Esa será la clave para ayudar a tu cerebro a digerir los traumas que se quedaron fragmentados.
—¿Y eso es peligroso? —pregunto asustada.
—No, cielo, no es peligroso —responde con serenidad—. Aunque sí puede remover emociones, y eso es parte del proceso. Pero tú serás quien marque el ritmo.
Hace una pausa para darme espacio para pensar.
—Primero voy a explicarte un poco acerca de tu trastorno y después te hablaré de cómo esta técnica puede ayudarte.
—No sé, Ellie… —suspiro—. Creo que yo soy así y ya está. Que no hay solución. Quizá sea mejor que me enseñes a vivir con los síntomas, sin más.
Ellie ladea la cabeza y me mira con ternura, esa que parece sostenerte sin tocarte.
—Quiero que pienses en tu amiga Avery. Es tu amiga, ¿no?
—Sí —asiento—. Es mi amiga.
—Bien. Pues piensa en ella. En cómo la ves tú. Su risa, su alegría, su forma de estar en el mundo. ¿La tienes en mente?
—Sí. —Sonrío sin pensarlo—. Es fácil.
—Ahora imagina que, de repente, Avery empieza a tener pocas ganas de vivir.
Que se siente incómoda en su cuerpo, que cada día le cuesta más salir de casa porque teme un ataque de pánico.
Que deja de hacer las cosas que le hacen feliz.
Que deja de ser ella misma por el miedo.
Va perdiendo su alegría día tras día mientras ve cómo las demás personas viven, sueñan y experimentan.
Siento cómo los ojos se me llenan de lágrimas antes de darme cuenta. Yo nunca permitiría algo así. No dejaría que ella se apagara.
—¿Qué harías? ¿Qué consejo le darías? —pregunta Ellie.
—Estaría con ella —respondo enseguida—. Le recordaría lo importante que es para el mundo… y para mí.
Ellie asiente despacio. No dice nada durante unos segundos. El silencio pesa, pero no duele.
—¿Y si, aun así, ella decidiera rendirse? —pregunta al fin—. ¿Si dijera que prefiere acostumbrarse al dolor?
—No. No podría permitirlo. Sería injusto que viviese… una vida a medias.
—También lo es para ti, cariño —responde con voz suave—. No tienes que luchar eternamente contra ti misma. La vida debería ser más fácil que eso. Y, cuando el contexto acompaña, podemos tomar las riendas.
—¿A qué te refieres con eso?
—A que hay personas que, por su situación, por mucho que quieran mejorar, lo tienen casi imposible —dice mientras se acomoda—. Imagina una madre con dos hijos pequeños, sin trabajo, con un marido que no la trata bien. No tiene opciones. Su contexto la encierra.
Asiento, comprendiendo.
—Pero tú, Keyla… —continúa Ellie—. A ti te han pasado muchas cosas malas, sí.
Más de las que cualquiera podría imaginar.
Pero tu contexto ahora es bueno. Tienes unos tíos que te quieren, una situación que te permite sanar, una amiga increíble, y estás empezando a conocer a gente nueva.
Tus sueños te esperan, cariño. Vamos a ir a por ellos.
Con piedras en el camino, pero con compañía.
Mis tíos.
—Dime —me dice Ellie—, ¿qué camino quieres elegir? Sea el que sea, te acompañaré.
Echo la vista atrás. Recuerdo el primer día que llegué al centro.
Creía que no había esperanza para mí, pero ahora entiendo que, de alguna manera, nunca la perdí del todo. Siempre hubo una chispa, escondida entre la rabia y el miedo, que se negaba a apagarse. Y creo que fue gracias a los libros.
A todas esas vidas que leí cuando no soportaba la mía. A las páginas que me hicieron pensar que algo bueno podría existir también para mí.
Y porque la gente a la que quiero y que… me quiere también se merece verme bien.
—Me gustaría intentarlo —digo al fin.
—Bien —responde Ellie, sonriendo de verdad—. Qué alegría me da oírtelo decir.
—Pero es posible que… tarde.
—Tenemos todo el tiempo del mundo —me asegura—. No sé si te lo dijeron el primer día del centro, pero el precio inicial incluye y prevé que puedas estar aquí todo lo que necesites. Este lugar está hecho para sanar, no para correr.
La miro y, como por arte de magia, confío en mi capacidad para materializar lo que sugieren sus palabras.
—Gracias por escucharme —susurro con sinceridad.
—Estoy feliz de hacerlo —responde ella—. No sabes las ganas que tengo de trabajar contigo, Keyla.
Bajo la mirada hacia mis manos. Pienso en Avery, en Nate, en el pequeño círculo que he construido desde que llegué aquí. En cómo me gustaría vivir momentos con ellos sin que me cuesten un mundo.
Quizá estoy más rota de lo que pensaba, sí, pero quizá solo necesito tiempo para encontrar los trozos de mí que he perdido y a la gente adecuada para acompañarme.