Breathe Out (Silver Springs 1) 32. Algunas cosas nunca cambian. Nate Miller
60%

32. Algunas cosas nunca cambian. Nate Miller

Nate Miller

—Nate, ¿me estás escuchando?

—Sí, mamá. Lo estoy haciendo, pero estoy ocupado con los chicos.

El aire está lleno de humo procedente de la carne dorándose a la parrilla y de la salsa de tomate quemándose en el horno.

Wyatt, Aiden y Lach han venido a arramplar con mi cocina, como ya es tradición.

Los tengo alrededor de la isla, preparando pizzas y filetes a la plancha.

Es algo que solíamos hacer cuando éramos más pequeños una vez a la semana, pero que ahora, con los entrenamientos, hacemos una vez al mes: nos reunimos los cuatro sin excusa, en mi casa o en alguna de la de los chicos, para no perder las buenas costumbres.

Este mes tocaba en casa de Wyatt, pero está teniendo… problemas, así que me he ofrecido, aun a sabiendas de que mi madre iba a ponerme de los nervios.

—Vale. Recuerda la agenda de mañana antes de quedarte hasta tarde con ellos: entrenamiento temprano, pesaje con los nutricionistas en ayunas; después vas al cardio y, por la tarde, tienes las fotos.

—Sí, mamá.

—¡Ah! Y no olvides la gala —dice cuando está llegando a la puerta para salir al salón—. ¿Ya tienes traje?

—No, mamá. No tengo traje, pero descuida, mañana iré a por él.

—¿Cómo que aún no tienes el traje? ¿Y si tienen que ajustarte alguna parte?

—Pues, si eso pasa, tengo treinta trajes más en el vestidor. Solo es una gala, relájate.

—No me digas que me relaje, Nathaniel —replica, acercándose otra vez a mí—. Los organizadores están pensando en asociarse con Samuel en su nuevo proyecto. Tu imagen mañana no es solo tuya, es el aval de esa firma.

—Conque es eso, ¿eh? —Noto que empiezo a enfadarme—. La gala no es ni siquiera por los pacientes con cáncer, sino por dinero.

—Todo en la vida son negocios, Nate. Así que, por favor, tómatelo en serio.

—¿Crees que llevan la cuenta de los trajes que tengo en el armario?

A Wyatt se le escapa un ruido por la boca, porque no puede aguantarse más la risa, y disimula mirando por la ventana.

Charlotte lo fulmina con la mirada y alza la barbilla.

—Mañana te acompaño a comprarlo —dice al fin—. Y, por cierto, ¿tienes ya acompañante?

—Sí, mamá, tengo acompañante —respondo, sirviéndome un vaso de agua.

Wyatt se gira desde la ventana, mientras el sonido del cuchillo golpeando la tabla se detiene.

—Ay, Nate. ¡Qué alegría me das! —exclama, abrazando las manos contra el pecho—. ¿De qué familia es y en qué trabaja?

—Se llama Keyla y creo que no es importante saber de qué trabaja para acompañarme a ningún sitio. Mejor ve a descansar.

Charlotte se queda unos segundos en silencio y asiente con la cabeza antes de salir por la puerta.

Cuando se cierra, siento un alivio inmediato. Estoy harto de que me exija tanto y de que ella aporte tan poco, pero me frustra porque tampoco sé cómo cambiar la situación. Al fin y al cabo, es mi madre, la única que tengo. A diferencia de mi padre, del que llevo años sin saber nada.

—Uuuuuuuu —dice Wyatt, dándome un codazo—. Conque acompañante, ¿eh?

—Eso, eso —vacila Aiden—. Cuéntanos cómo has acabado llevando a Keyla a la gala.

—Somos todo oídos —añade Lach, mordiendo una manzana.

Meto la pizza en el horno y me doy por vencido.

—Puede ser que el otro día tuviésemos una cita —anuncio, alargando las palabras sin levantar la mirada de la encimera—. Y puede que la hubiese preparado yo.

—¿Estás consumiendo algún tipo de droga? —Wyatt parece preocupado y se acerca a mí para abrirme los ojos—. Podemos ayudarte, tío. Tiene las pupilas dilatadas. Ayuda, chicos.

—No seas idiota, Wyatt —le amenaza Aiden con el cuchillo en la mano—. Por fin Nate ha encontrado a alguien que merece su atención. Déjalo disfrutar.

—Ya está el otro enamorado —responde Wyatt, poniendo los ojos en blanco.

—Bueno, ¿y cómo fue el polvo? —pregunta Lach.

—No me preguntes algo así, imbécil —le digo, cansado—. No busco eso con ella.

—Vale, pero ¿sí o no?

Le doy una colleja con la gorra.

—¡Auch! —se queja—. Solo era una pregunta; no me parecía incompatible una cosa con otra.

—Pues lo es, ¿vale? Keyla no es para eso.

—¿Y para qué es? —Wyatt entorna los ojos y me pregunta con voz socarrona.

—No sé, tíos. Por ahora no es nada. —Y me siento raro al decir eso—. Simplemente me siento a gusto con ella. Ni siquiera nos hemos enrollado.

—Hermano, a mí me parece genial —responde Aiden—. Creo que necesitabas encontrar a alguien con quien sentirte así.

—¿Ahora hablas como un libro de autoayuda? —bromea Wyatt.

Aiden le enseña el dedo corazón y todos empezamos a reír.

—¿Entonces nuestra futura estrella de la NBA está pillado por los huevos? —pregunta Wyatt.

—Somos amigos. Ella es nueva; yo conozco el pueblo. Ella necesita salir de casa… y yo necesito relajarme. Eso es todo.

—Oye, ¿y qué le pasó el otro día? —Lach se muestra curioso.

—La verdad es que no me ha contado mucho —digo, probando un trozo de la carne que acabamos de sacar de la sartén, para ver el punto—. Solo sé que está pasando un momento un poco complicado y quiero que cuente con mi ayuda.

—Pues si está pasándolo mal será mejor que te lo pienses antes de ilusionarla.

—Aiden, tío, no estoy ilusionando a nadie; somos personas que nos hacemos bien estando juntas, y ya está.

—¿Nos vas a decir que no te gusta? —pregunta Wyatt—. Tío, la chica está muy buena. Tiene el mejor culo que he visto nunca. Después del de Sienna, claro.

—No la nombres, puto cerdo asqueroso —gruñe Aiden.

—Colega, no puedo defenderte siempre. Aiden tiene razón: eres asqueroso —le confieso a mi amigo.

—Venga, machos alfa. Solo digo lo que piensan todos.

—Todos los que piensan con la polla —le contesta Lach—. Pero te doy la razón: tiene buen culo y es muy guapa.

—¿Podemos dejar de hablar de su físico? Gracias —finalizo, sintiendo cómo me voy cabreando a cada frase que sueltan por la bocaza.

—¿Y cómo es? —pregunta Aiden—. El otro día no habló mucho con nosotros.

—Le cuesta un poco… socializar. Ya os he dicho que no lo está pasando bien.

—¿Por eso se vino al pueblo? —pregunta Aiden con verdadera curiosidad.

—Algo así.

—Quizá es bueno que se haga amiga de Asia; ya sabes, ella tampoco es muy sociable.

—Asia es reservada y simplemente prefiere pasar tiempo sola a pasarlo con cualquiera.

—Sí, sí. Y con nosotros cada vez está más cómoda —responde Lach—. Lo digo por la época que tuvo con…

—Cállate, tío —le corto—. No quiero recordar esa época.

—Tú mandas. —Hace un gesto con dos dedos desde la sien hacia mí, haciéndome ver que lo ha entendido.

—¿Y por qué no ha venido hoy? —Aiden corta la siguiente pizza en trozos—. Deberías invitarla más, tío.

—Mañana tenía algo importante que hacer —les cuento, mientras voy a por mi siguiente plato de comida y veo a Lach sacarse un táper de la mochila—. ¿Qué haces con eso, tío? Se supone que hoy es nuestra comida libre.

—Lo sé, lo sé, pero ya sabéis que me tomo muy en serio la temporada. Estamos haciendo ahora un entrenamiento intensivo con cargas muy altas y necesito comer limpio.

—Colega. —Wyatt se acerca a él y le pone una mano sobre el hombro—. Te admiro, pero lo que más me gusta de ti son los trozos de pizza extra que me has dejado.

—Eh, eh, a ti y a todos —replica Aiden.

—Sois como un matrimonio —les digo, riéndome.

—Más bien somos como un padre con su hijo —murmura Aiden—. Y está claro que yo soy el padre.

—Normalmente me sentiría ofendido, pero si algo no puedo hacer es mentir. —Wyatt se ríe mientras nos mira.

Detrás de ese humor de mierda, Wyatt se guarda muchas cosas dentro.

Cada uno de mis amigos las ha pasado canutas a su manera, pero todos y cada uno hemos sabido pelear nuestras batallas.

Aunque parezcan no acabar nunca, siempre vamos en el mismo barco.

Aun así, no puedo evitar pensar, al mirarlos, que todos callan algún secreto que no comparten, algo que nos queremos llevar a la tumba.

—Hablando de partidos —deja caer Aiden con la boca llena—. La semana que viene tienes uno importante, ¿no, Nathie?

—Sí, tío. Contra los Celtics Stars.

—Es tu oportunidad de destacar, hermano. En los partidos importantes suele haber bastantes ojeadores de la NBA.

—Cada vez están viniendo más, incluso a los entrenamientos.

—Allí estaremos todos, ¿verdad, chavales? —pregunta Wyatt—. Iremos en manada a animarte.

—Os quiero, tíos. Intentaré conseguiros unos buenos asientos.

—Algo bueno tenía que tener que todos seamos del equipo de Silver Springs y que casi nunca coincidan los partidos —dice Aiden—. Aunque el pobre Lach no tiene muchas veces la misma suerte.

—Los de béisbol son gente rara, ¿no lo sabíais? —pregunta Wyatt—. Son unos snobs , me dan miedo.

—Somos gente elegante —replica Lach—. No como vosotros, que os arrastráis por el hielo.

—Ja, ja —gruñe Wyatt—. ¿Crees que podrás venir? Llamaremos también a las chicas.

—Si es el sábado, sí, porque el domingo tenemos una demostración del equipo en la que nos van a presentar, y espero que vengáis.

—Eso está hecho —le digo a mi amigo.

Lach es el que tiene una vida con menos tiempo libre de los cuatro. Su obsesión con el deporte le hace entrenar más que a ninguno, y se lo toma muy en serio. Aunque es al que menos veo, es un amigo de diez y siempre estaré ahí para él.

—Oye, tío —dice, limpiándose las comisuras de los labios—. Sé menos duro con Hayes, ¿quieres?

—¿Perdona?

—Aidy, corre, ve metiendo las palomitas en el microondas —susurra Wyatt por lo bajo.

—Sí, colega. Es que estáis siempre peleándoos y, joder, no es un mal tío.

—Mira, Lach, no sé qué te habrá dicho el muy imbécil, pero te aseguro que el causante de los problemas no soy yo.

—No me ha tenido que decir nada para ver la realidad. Con poner vuestro nombre en Google ya sé lo suficiente.

—¿Y entonces por qué no te molestas en preguntarle a tu amigo qué problema tiene conmigo y no al revés?

—Porque sé que no lo tiene, tío.

La situación empieza a ponerse tensa y me conozco: tiene que terminar cuanto antes.

—Mira, sé que no es santo de tu devoción y sabéis que pongo a este grupo por encima de todo —dice, inclinándose hacia delante en la mesa—. Pero él también es mi amigo, y sé que no es la persona más abierta del mundo, pero es una buena persona.

—Ah, ¿sí? Pues, si eres su amigo, quizá deberías darle algún consejo de comportamiento, porque demuestra fatal sus intenciones sacándome de mis casillas cada vez que puede.

—Venga, chavales, que se nos enfría la pizza —Aiden intenta romper el hielo, rodeándonos con los brazos.

—Sí, vamos a terminar la cena, tíos, que mañana madrugo.

La conversación cambia a otra cosa, como las apuestas sobre quién ganará, pero yo ya no tengo la cabeza ahí. Y, a pesar de lo que hemos hablado, durante unos segundos la cocina se llena de ese ruido como el que solo se da cuando estás con las personas correctas.

Y entonces me doy cuenta de que, pese a todo lo que tengo —la casa, el dinero, mis trofeos—, esto es lo más parecido a una familia de verdad. Solo faltan aquí la abuela y Asia.

Por un momento, me planteo si podría ser posible que este ruido fuese el que me acompañase siempre, y no con el que duermo todas las noches. Tener mi propia familia, elegir mi propia vida y tomar mis propias decisiones.

Salgo un momento a tirar la basura y veo que la luna está casi llena.

Moon.

Saco el teléfono del bolsillo y decido escribirle, a pesar de que hemos hablado hace un rato.

NATE ¿Has visto la luna?

KEYLA No sabes lo bonita que se ve desde el faro.

NATE ¿Me mandas una foto?

KEYLA Imagen

NATE Impresionante.

KEYLA Lo es.

NATE Sabes que en un par de días estará llena, ¿no?

KEYLA Eso creo; ahora mismo le falta solo un trocito para estar completa del todo.

NATE Lo que quiere decir… que, cuando vaya a recogerte para la gala, estará anocheciendo y podremos verla en su mejor momento.

KEYLA Calla, ¡qué nervios! Espero ser capaz de acompañarte sin salir corriendo.

NATE Va a salir mucho mejor de lo que tienes en tu cabeza y, si no, yo estaré ahí para llevarte de vuelta.

KEYLA ¿De verdad? No quiero ser una molestia…

NATE Tú nunca molestas, y si me ofrezco es porque de verdad quiero ayudarte. Confía en mí, ¿vale? Buenas noches, Moon.

Y, después de todo, tengo la sensación de estar mirando la misma luna que alguien que empieza a importarme más de lo que quiero reconocer.