Breathe Out (Silver Springs 1) El chico estrella
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El chico estrella

Cuatro años

El pabellón olía a palomitas y a perrito caliente. Me encantaba ir para ver a papá jugar a la pelota. Las luces eran tan grandes que me hacían guiñar los ojitos. Con las manos metidas en el abrigo de la abuela, los pies me colgaban del asiento mientras papá calentaba para salir.

A mi lado, mamá Charlotte gritaba el nombre de papá, que corría por la pista con una camiseta blanca y azul, igual que la que llevábamos nosotros tres puesta.

—¡Vamos, Bobby! —decía ella con una voz que temblaba de la emoción.

Yo no entendía del todo qué pasaba, pero todos aplaudían cada vez que la pelota entraba en el aro.

Cuando papá metió tres puntos, todo el mundo se levantó de sus asientos.

El sonido fue tan tan grande, que me tapé los oídos partiéndome de la risa.

Papá levantó el brazo y miró hacia las gradas para hacernos su gesto especial: un dibujo del tres que llevaba con los dedos desde la boca hasta donde estábamos nosotros. Mamá agitó la mano y la abuela sonrió.

—Ese es tu papá, cariño —susurró ella, bajando la voz.

—Da-dá.

Juntando las dos palmas, empecé a dar golpes entre ellas, aunque no sabía muy bien qué significaba eso. Solo sabía que mi papi brillaba ahí abajo más que todos los demás.

Cuando el partido terminó, casi me quedé dormido en los brazos de la abuela mientras lo esperábamos para volver a casa, rodeados de gente que nos pedía fotos.

Cuando papá nos vio, me despertó de golpe cogiéndome en brazos, pero olía a algo raro, parecido a la botella que tiene la abuela debajo del fregadero para hacer su guiso de ternera.

—¡Eh, campeón! —dijo mi padre cuando me vio, levantándome por los aires—. ¿Has visto el triple que metí? Era para ti.

Me reí y, aunque no sabía qué era un triple, me gustaba que me levantase así, para volar como un superhéroe.

—Bobby, el niño estaba casi dormido. Ten más cuidado —le replicó mamá.

En el coche, mamá no estaba tan contenta como hasta hacía un rato. Miraba por la ventanilla y no dejaba de pulsar todas las teclas de su teléfono.

Yo, en cambio, iba detrás viendo dibujos con la abuela y papá cantaba la canción que estaba sonando en la radio, pero parecía que no se sabía bien la letra.

En algunos momentos el coche pasaba de lento a rápido, y sentía que mi corazón iba también a esa velocidad.

—Bobby, por favor, más despacio —dijo mamá, sin levantar la vista del móvil.

—Vamos despacio, nena —contestó él.

—Bobby, más te vale reducir la velocidad, o mañana saldrás en las noticias —le dijo la abuela.

Me agarré al cinturón como si fuera un juego mientras la abuela me apretaba la mano.

Esa noche cenamos todos juntos. Yo tenía macarrones, pero no me los terminé. Papá se reía muy alto y mamá no sonreía. La abuela comía despacio, mirando el plato. De pronto, mamá se levantó.

—No puedes seguir así, Bobby. No delante de Nate.

Papá la miró de una forma rara.

—No empieces, Charlotte —dijo—. Tienes todo lo que quieres: dinero, joyas, ropa cara…, y sin mover un dedo. Y aun así te empeñas en seguir quejándote.

—¡No es por mí, imbécil! Es por su bien, para que seas un buen ejemplo a seguir.

—¿Me hablas tú de ejemplo? Oh, cielo, pasas de tu puñetero hijo como si fuese un mueble más de esta casa —le respondió papá, dando otro trago al vaso de vino—. Fue un capricho tuyo, como todo lo demás, así que no es momento de que hagas de madre del año.

—¿Cómo dices, desgraciado de mierda? ¡Los dos decidimos tenerlo! Porque éramos felices antes de que la fama se te subiese a la cabeza.

—No he debido de ser el único que ha cambiado desde que los millones empezaron a entrar en casa, Charlotte. No te hagas la digna. Si no querías tenerlo, haber abortado. Te lo habría pagado, al igual que todo lo demás.

—Sois unos impresentables —sentenció la abuela.

No entendí por qué la voz de la abuela sonó tan triste, pero me cogió en brazos y me tapó los oídos para no seguir escuchando a mamá y a papá. Me cuesta dormir con ruido.

—Ven, cielo. Hora de dormir.

—Mo-mir.

—Sí, cariño. Vamos a momir.

Desde la escalera oía sus voces más fuertes, mezcladas con ruidos y palabras que no conocía.

La abuela me ayudó a ponerme el pijama y me arropó con la manta de estrellas.

—Mu alto, awela —le dije.

Ella me acarició el pelo con los ojos brillantes.

—A veces los mayores se olvidan de hablar bajito, cielo.

—Loz mayo-rez.

—Sí, cariño. Pero no es por ti, papá está cansado. Ganó un partido muy grande, ¿verdad?

—Zi. Gran-ne —dije, sonriendo.

Ella me besó la frente.

—Así, así, cantaba la rana, así, así, hacía la vaca, y un buen día, y un buen día, juntas fueron a jugar… —cantaba Dottie mientras enredaba los dedos en mi pelo.

Yo miraba a los ojos a mi abuelita sin entender lo que estaba pasando. Los gritos inundaban toda la casa, pero ella siempre cantaba mis canciones preferidas para que me quedase dormido.

—Tú eres mi superhéroe.

—¿Cómo Spiniman?

—Sí, mi niño. Como el hombre araña, pero en versión mejorada.

Cerré los ojos cuando abajo se oyó un portazo, pero la abuela se quedó conmigo hasta que todo se quedó en silencio. Soñé con una pelota que subía tan alto que tocaba el cielo, y papá sonreía desde allí arriba, con las luces del pabellón hechas de estrellas.