Breathe Out (Silver Springs 1) 31. Libros con tarta de limón. Keyla Blake #2
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31. Libros con tarta de limón. Keyla Blake #2

—¡Ostras! —chillo, llevándome la mano al pecho.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Sí, sí, perdón —respondo con las manos temblando—. Es que este libro no salía hasta dentro de dos semanas. Es de mi autora favorita, y no sabía ni que fuese a salir esta edición. Es perfecta.

—¡Qué susto me has dado! —exclama entre risas—. Llévatelo. He supuesto que habría alguno que te gustaría, así que, junto con el alquiler, he comprado una tarjeta regalo.

—¿Cómo? No, no, de ninguna manera —respondo, sintiendo el estómago encogerse—. Ya has hecho suficiente cerrando esto para nosotros. Es demasiado, y además este libro es carísimo, ya te has gastado mucho en…

—Keyla —me corta—. Está feo que yo lo diga, pero tengo mucho dinero. Podría comprar la librería entera y me seguiría sobrando. Así que, por favor, llévatelo.

—Pero es tu dinero, y no tienes que gastártelo en mí.

—Tú lo has dicho: no tengo que hacerlo, pero quiero hacerlo. Esa es la diferencia.

Me quedo callada. Me muerdo el labio y trago saliva.

—Pero yo no tengo nada para ti.

—Esto no es un intercambio de regalos —dice con una sonrisa—. Lo hago porque quiero.

Levanto la mirada. Sus ojos verdes se clavan en los míos desde las alturas ya que debe de sacarme como una cabeza y media. Antes de que pueda responder, se adelanta.

—¿Merendamos?

—Por favor.

Nos sentamos en las butacas y el silencio que queda entre nosotros es tan cálido como el vapor del café. La tarta está en medio, brillante y delicada, como si no perteneciera al mundo real.

—Mmm, qué rica está —digo con la boca llena, incapaz de disimular—. La tarta de limón siempre superará a la de zanahoria, digan lo que digan.

—¿Y también a la de queso? —pregunta él, divertido, apoyando un codo en el respaldo.

—Si la de queso es con base de limón, entonces me quedo con la de queso.

—Buena elección. Me gusta.

Me como el último trozo y lo saboreo con los ojos cerrados. Cuando los abro, Nate me está mirando. No de esa forma que incomoda, sino con una curiosidad suave, como si intentara descifrarme sin romperme.

—¿Cómo te sientes después de llevar un tiempo por aquí? —me pregunta, sin soltarme.

—Creo que estoy lejos de estar cerca de mi objetivo —respondo tras pensarlo—, pero me hace sentir bien intentarlo.

—De eso se trata —dice él, mirándome como si no hubiese nadie más en el mundo—. Pero ¿qué crees que te haría estar más cerca?

—No lo sé…, supongo que conseguir algún objetivo importante.

—¿Tienes alguno en mente?

—Lo que más me cuesta es socializar. Así que… supongo que sentirme cómoda estando con gente sería un gran paso.

Nate asiente despacio, como si estuviera pensando qué hay detrás de mis palabras. Qué me habrá llevado a sentirme así, qué hay detrás de mi dolor.

—Estaba pensando que quizá podría ayudarte con eso.

—¿S-sí? —pregunto, mordiéndome el labio inferior.

—La vida que tengo me exige socializar bastante —explica con calma—, y quizá podría llevarte conmigo a algún evento para practicar. —Me lanza una mirada interrogante—. ¿Te gustaría?

Mi estómago se encoge. Siento el pulso en la garganta.

—No tienes que decir que sí, tranquila —añade enseguida, al ver mi expresión—. Lo que te parezca bien, me parece bien.

Su tono es tan comprensivo que casi me dan ganas de llorar.

—¿Sí? —pregunto bajito, buscando confirmación.

—Sí —responde con una sonrisa ligera.

Recuerdo las palabras de Ellie: exposiciones pequeñas, una o dos horas, y siempre con una vía de escape. «Si lo necesitas, te inventas una excusa. Tu cuerpo es la salida», me repitió.

Qué difícil.

—Me parece bien —susurro al fin.

—¿Sí? —repite, con un brillo ilusionado en los ojos.

Asiento, y su mirada se me clava tan profundo que siento calor en el pecho.

—Vale —dice, inclinándose un poco hacia mí—, ¿qué te parecería el sábado de la semana que viene?

Ay, mi madre. No, no, no. Demasiado pronto.

— ¿Tan pronto? —pregunto, tragando saliva.

—Hay una gala benéfica, en honor a la lucha contra el cáncer. Y casi siempre me piden que lleve acompañante.

Siento cómo se me humedecen los ojos sin entender del todo por qué. Tal vez por la causa. Tal vez porque nunca nadie me ha pedido algo así.

Y, además…, si siempre tiene que ir con alguien, ¿con qué más chicas habrá ido?

—Suena bien, pero… no sé si me siento lista. Igual podría ir alguna persona que haya ido contigo alguna otra vez.

—Si tú no vienes conmigo, iré solo.

—¿Cómo vas a ir solo? De ser así, iré contigo.

¿Cómo podía negarme después de lo que ha hecho hoy por mí?

—Mira, es algo protocolario que siempre me piden, pero nunca he ido con nadie excepto una vez que fui con Asia.

Asia. La chica de los ojos enormes y el pelo negro. La chica que parece sacada de la película de Aladín.

Normal que le haya gustado, es muy guapa.

Nate frunce el ceño y se empieza a reír.

—Keyla, no sé si lo sabes, pero Asia se podría decir que es mi hermana.

—¿Tu hermana? —El sofoco me sube por el cuerpo.

—Sí. No es mi hermana de sangre, pero mi abuela la adoptó cuando era pequeña.

De repente siento como el cuerpo se me hiela porque la palabra «adopción» es demasiado dura para mí.

—¿Qué quieres decir? —pregunto de manera estúpida.

—Asia tiene una historia bastante difícil, que será mejor que te cuente ella. La verdad, creo que os llevaríais muy bien. Ella y mi abuela son las que me enseñaron todo lo que sé en la vida.

—Tiene pinta de ser muy buena chica, aunque el otro día apenas hablamos.

—Es una persona reservada y un poco introvertida cuando no la conoces, pero después está verdaderamente loca. Solo que le cuesta mucho confiar en los demás.

¿Cómo he podido ser tan tonta de creer que Asia era su exnovia o algo así?

Me pensaba que sus silencios eran porque estaba incómoda y, al final, simplemente es una persona con miedos, al igual que yo.

—Pues me encantaría conocerla.

—Ella también quiere conocerte a ti. Le has caído bien.

—Cuando la veas dile de mi parte que el otro día no hablé mucho con ella porque me daba… un poco de vergüenza.

—Tranquila, creo que lo sabe. Es una chica observadora —responde mientras se rasca la cabeza—. ¿Entonces vienes conmigo?

—Sí. Te acompañaré, pero no prometo quedarme hasta tarde.

—Eso no será necesario, Keyla. En cuanto me des la señal, te llevaré a casa. Dime una cosa, ¿hay algo que te haría sentir más tranquila? —pregunta con delicadeza.

—Creo que saber si habrá mucha gente… o sentarme cerca de alguna salida. Y también cuánto va a durar. Eso también.

Dios. Ahora sí que pensará que estoy loca.

Evito mirarlo, pero veo por el rabillo del ojo que sonríe.

—Keyla, todo eso tiene fácil solución —dice con voz calmada—.

Durará el tiempo que queramos; si te encuentras mal, nos vamos.

Puedo pedir que nos sienten donde yo diga y, con respecto a la gente…

, suelen ir unas cien personas, pero no tenemos por qué hablar con ellas. Solo vamos a importar tú y yo, ¿vale?

Asiento despacio, encogiéndome un poco hacia dentro.

—Solo tú y yo.

—Solamente nosotros dos, Moon.

Sus palabras se me quedan dentro, como si se adhirieran al pecho.

Hay cientos de frases escritas en mi cuerpo. Algunos podrían leer mi dolor; otros, mi falta de aceptación.

Hay un millón de palabras en mi cabeza, superpuestas, tropezando entre sí.

Hoy tenía miedo. Miedo de no ser suficiente. Miedo de no ser valiente.

Pero me he levantado esta mañana sin saber si estaba haciendo lo correcto, y ahora, al final del día, me doy cuenta de que cada segundo ha valido la pena intentarlo.

—¿Puedo preguntarte algo? —digo en voz baja.

—Claro. —Se recoloca en la butaca.

Se sienta más cerca, poniendo un brazo sobre el respaldo, sin llegar a tocarme.

—¿Por qué me has traído aquí? —pregunto antes de que él lo haga.

—Porque quería pasar un rato contigo.

—¿De verdad? —Lo miro con escepticismo, aunque por dentro algo se me mueve.

—De verdad —responde sin dudar, con una honestidad tan limpia que me obliga a apartar la vista.

—¿Solo por eso?

—¿Hay algún otro motivo que te gustaría?

Su mano encuentra la mía sobre el sofá. Acaricia mis nudillos con la yema de los dedos, apenas un roce, pero suficiente para que el corazón me dé un salto.

—Lo cierto es, Keyla, que quería darte las gracias por la conversación que tuvimos el otro día.

—No hice nada especial.

—Hiciste más de lo que crees. Me gusta estar contigo porque a tu lado simplemente soy Nate.

—Todo el mundo debería conocer a ese Nate, ¿sabes? Porque, cuando es él, es su mejor versión.

—¿Cómo estás tan segura?

—Por cómo te brillan los ojos cuando eres simplemente tú.

Debería ser ilegal la forma en la que me está mirando ahora mismo. Me siento confundida entre lo que no quiero hacer y lo que me gustaría cuando lo veo sentado con su enorme cuerpo mirándome así, haciéndome dudar de la palabra que tengo conmigo misma.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Nate parpadea lentamente, con esa sonrisa que tanto me gusta dibujada en su cara, casi dolorosa para mí.

—¿Por qué sigues poniéndomelo tan difícil?

—¿El qué?

—El no cruzar la línea.

Aprieta mi mano una última vez antes de soltarla suavemente, rompiendo el contacto físico, pero no el visual.

—No estoy haciendo nada, solo te hago saber que a mí me gusta ese Nate.

—Me gusta quién soy cuando estoy contigo, pero también me asusta lo mucho que quiero… —Se calla y niega con la cabeza, mirando hacia la ventana—. Será mejor que nos vayamos antes de que decida pedir otra tarta o hacer algo de lo que me arrepienta.

Quiero decirle que lo haga porque yo también quiero arrepentirme. Cuando estamos juntos siento que el vacío que tengo por dentro va siendo sustituido por cosas bonitas, como fuegos artificiales o flores en forma de enredadera que van trepando por donde antes no crecía nada.

Se levanta, ofreciéndome una vía de escape, pero mientras recojo mi abrigo me doy cuenta de que ya no se trata de no querer cruzar esa línea, sino de cuánto tiempo podremos fingir que no nos estamos acercando demasiado a ella.