Breathe Out (Silver Springs 1) 31. Libros con tarta de limón. Keyla Blake
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31. Libros con tarta de limón. Keyla Blake

Keyla Blake

—¿Puedo abrir los ojos ya? —pregunto, sintiendo las manos de Nate cubriéndome los párpados. Están frías, pero su contacto me calma más de lo que me incomoda.

—Casi estamos llegando, no seas impaciente —me susurra al oído, tan cerca que el aire de su voz me roza el cuello.

Como no puedo usar la vista, intento activar el resto del cuerpo.

Hemos aparcado hace unos pasos y el aire frío de Silver Springs se me enreda en el pelo, pero los brazos de Nate alrededor de mi cabeza hacen de barrera contra el viento.

No sé si lo hace a propósito o si simplemente le sale de forma natural, pero gracias a él todo parece menos hostil.

Damos unos pasos más. Usa una mano para mantenerme los ojos cubiertos y con la otra abre una puerta pesada. El portón chirría y me estremezco al instante, asustada, porque los sonidos raros nunca me hacen sentir cómoda.

Entramos en una estancia cálida y por el eco de nuestros pasos intuyo que el suelo es de madera. Huele a limpio…, a algo acogedor.

—Vamos a jugar a un juego —me susurra otra vez al oído.

—¡Ay! —exclamo, muerta de la vergüenza—. No me gusta la incertidumbre y menos si me dejas invidente.

Nate se echa a reír, y su risa rebota en las paredes como una melodía contagiosa.

—A ver, Keyla. —Mi nombre en su boca me provoca que un enjambre de nervios se agite en mi vientre—. Dime tres cosas que puedas oler.

Me quedo pensativa unos segundos, sintiendo cómo me palpita el corazón.

—Mmm… —murmuro, temblorosa, porque casi nunca he estado tan cerca de un chico—. ¿Huele como a roble? No estoy segura.

—Se podría decir que sí. ¿A qué más?

—Creo que huele a café. Y a uno muy rico, además.

—Sigue —me anima al oído. ¿Por qué tiene que hablarme tan cerca?

—No estoy segura, pe-pero creo que hay una ventana abierta y por ahí entra el olor del mar.

Estoy tan nerviosa por estar aquí que me tiembla la voz. Nunca nadie me había preparado una cita, y menos una que fuera sorpresa.

—Cuando cuente tres, abres los ojos, ¿vale? Aunque me voy a separar ya para ver tu cara.

Ay, madre. Estoy entrando en pánico. Siempre he odiado ser el centro de atención, y con él me da más vergüenza todavía.

—Una…, dos… y...

—¡Espera! —digo apretando los ojos con más fuerza. Soy patética.

—Keyla —responde divertido mientras se acerca aún más—. Es abrir los ojos, no cerrarlos más. Venga, me pongo a tu lado y así no te miro.

Siento su calor a mi lado. Está tan cerca que noto su respiración rozándome la mejilla. Me cubro la cara con las manos, como cuando ves una película de terror y dejas un hueco entre los dedos para mirar.

Respiro hondo.

Y abro los ojos.

Lo que veo me corta la respiración.

Nate me ha traído a una librería. Pero no a una normal, sino una sacada de un cuento: techos altos con vigas de madera blanca, estanterías que trepan hasta lo imposible y una escalera con ruedas para alcanzar los libros más altos.

Al fondo hay una máquina de café blanca con dos tazas echando humo, justo al lado de unos ventanales enormes que dan al paseo marítimo. El atardecer se cuela dentro como un cuadro anaranjado. En el centro de la librería, dos butacas de terciopelo azul pastel y una cajita sobre una mesita.

—¿Eso es… tarta de limón?

Es mi favorita. Y creo que es algo que solo saben mis tíos.

Siento que me encojo, que mi cuerpo entero quiere hacerse pequeño. De forma instintiva, me cruzo los brazos sobre el pecho. No sé si es vergüenza, protección o ambas cosas.

—¿Tienes frío? —pregunta preocupado, acercándose con el ceño fruncido.

—N-no. Estoy bien, Nate, pero… ¿qué es todo esto?

Él da un paso atrás, como si quisiera darme espacio. Sonríe. Sus manos se hunden en los bolsillos y tiene una expresión nerviosa que no le había visto nunca. Siempre parece tan seguro, tan serio…, y ahora está mirando los cordones de sus zapatillas como si fueran lo más interesante del planeta.

—Es… —se rasca la nuca— una librería. —Me lanza una mirada de reojo—. Te creía más observadora, Blake.

Se me escapa una risa en voz baja.

—Sí, pero… ¿está vacía? No veo ni siquiera al librero.

—La he alquilado para nosotros durante tres horas —añade, como quien dice que ha comprado una barra de pan. Luego, al ver mi cara—: No me mires así. Me salía mejor de precio que pagar una multa por colarnos de madrugada. El dueño se puso pesado con lo de la legalidad.

—Pero, Nate… —susurro, incapaz de articular nada más.

—Quería… —coge aire— que tuvieras un lugar en el pueblo que te hiciera sentirte cerca de casa. Como me dijiste que te gustaba leer, pensé que a lo mejor aquí…

Trago saliva. Mi mundo, ese que me ha acompañado desde pequeña, está aquí, delante de mí.

Me empiezan a picar los ojos y a doler el estómago por ser tan ridícula, porque no entiendo por qué ha hecho esto. No me merezco algo así. No nos conocemos tanto, y yo… yo no tengo nada para darle a él.

¿Quién alquila una librería por ti? ¿Y si cuando me conozca de verdad se arrepiente de haberse gastado este dinero?

—No tenías que… —empiezo, sin encontrar el final de la frase—. No sé cómo has podido hacer algo así por mí. No puedo aceptarlo.

—Ah, pues vas a tener que hacerlo, porque no hay tique de devolución.

Empieza a caminar con las manos en los bolsillos, dejando tras de sí el rastro de su perfume, cálido y amaderado.

—Mira, no tienes que hacer nada —dice girándose hacia mí—. Solo estar. Si te apetece, claro, y te encuentras bien. Si no, nos vamos y me como yo la tarta. —Se encoge de hombros—. Sería un drama, pero puedo sobrevivir a que me rechaces.

Me atraganto con mi propia risa. Me da vueltas la cabeza.

¿A qué se refiere con rechazarlo?

Me conozco, y él… él es distinto. Es atento, bueno, y no parece querer nada más que mi compañía.

Lo miro fijamente y siento que el estómago me da un vuelco, pero no por las mariposas, sino por el vértigo.

Él es Nate Miller, tiene la vida solucionada y estoy segura de que no quiere problemas en su vida.

Y yo, la chica que se esconde dentro de los libros, solo huelo a problemas.

Una voz insidiosa me susurra que esto no puede ser real.

Que quizá le hago gracia porque soy la novedad o, peor aún, porque le doy pena.

Siento que soy un paréntesis en su vida, algo temporal.

Tengo la certeza absurda de que, en cuanto aparezca alguien más interesante, más guapa o simplemente menos complicada, yo volveré a ser invisible.

Soy fácil de olvidar.

Soy reemplazable.

Y me aterra pensar que él solo está siendo amable mientras espera a que empiece la película de verdad con alguien que esté a su altura.

Ellie me dijo ayer que tenía que exponerme a vivir, y sé que esto forma parte de ello, pero me siento más segura si solo somos amigos. Al menos hasta que yo esté menos estropeada, hasta que sepa cómo recibir el amor que alguien quiera darme.

Aun así, he venido aquí para esto.

—Sería un crimen desperdiciar esa tarta de limón, pero… lo siento —digo, avergonzada—. No puedo comer gluten.

—Ya tengo suficientes antecedentes con que tengas problemas en mi presencia —responde, divertido—, así que me he esforzado en elegir una que tú también puedas comer. —Señala la pegatina de la caja—. Apta para celíacos. No me gustaría terminar la cita en el hospital.

—¿Pero tú cómo sabes eso? ¿Te lo ha dicho Avery? —pregunto, asustada y avergonzada.

—Me lo dijiste el otro día, en el Grey’s. Y, si de algo puedo presumir, es de tener buena memoria.

Debo de haberlo olvidado con los nervios. Me pasa a menudo cuando estoy ansiosa: mi mente se apaga y los recuerdos se disuelven.

—Muchas gracias por acordarte de algo así, Nate.

—No tienes que darme las gracias. De hecho, no me las des nunca más por nada.

—¿Cómo no te las voy a dar? Es un detalle enorme.

—Creo que preocuparme de que mi invitada pueda disfrutar de la comida es lo mínimo, ¿no crees?

Madre mía. Este chico es muy atento.

¿De verdad ha hecho todo esto para mí? No le digo que la tarta de limón es mi favorita porque me muero de la vergüenza.

—Venga, vayamos a explorar antes de merendar.

Nate se adelanta y empieza a mirar los libros de la sección de fantasía. Yo, en cambio, me decanto por la de romance.

Tardo una cantidad de tiempo ridícula en observar cada detalle. Es la librería más bonita en la que he estado nunca. Ni siquiera mi favorita en Portland se le acerca.

El techo tiene ramas entrelazadas, como si un árbol hubiese crecido dentro. Hay ediciones especiales de mis libros preferidos, en distintos idiomas.

Paso los dedos por los lomos, oliendo el papel, disfrutando del roce de las cubiertas. Estar aquí, en este lugar vacío y silencioso, es un sueño.

—¿Sabes? —dice Nate desde la otra punta de la sala—. De pequeño también me gustaba leer, pero lo fui dejando cuando el baloncesto empezó a ocuparlo todo.

—Ah, ¿sí? —pregunto, girándome hacia él con un clásico entre las manos—.

Creo que es de los hobbies más bonitos que hay.

Cuando leo, siento que puedo ser otra persona, tomar mejores decisiones.

Curiosamente, cuando estoy entre libros sé qué cosas mejorarían la vida de los personajes, pero, cuando se trata de mí… , es otra historia.

Nate se acerca despacio, con las manos en los bolsillos, observándome entre los estantes.

—Bueno, sin conocerte mucho, diría que sabes tomar buenas decisiones. Mira dónde estás, Keyla: saliendo de tu zona de confort.

—En verdad vine medio obligada por mi tía, así que el mérito no es mío.

—¿Tienes mucha relación con tu tía?

—Sí, mucha. Vivo con ella y con mi tío.

Se hace un silencio. No entraba en mis planes hablar de esto.

—¿Sí? ¿Desde hace mucho? —pregunta al fin.

—S-sí. Desde que tengo seis años.

—Pues debe de ser increíble, si te ha ayudado tanto. Pero, al fin y al cabo, la que ha venido hasta aquí has sido tú, no ella. No te quites mérito.

Agradezco que no insista. Hay partes de mi vida que todavía no sé cómo nombrar.

Nate se acerca un poco más, y siento el calor de su cuerpo rozándome.