30. Corazón, chico. Nate Miller
Nate Miller
Cuando era pequeño y Asia todavía no estaba en nuestras vidas, solíamos celebrarlo yendo a los recreativos y después al cine. Más que su cumpleaños, parecía el mío, pero a la abuela le encantaba verme feliz.
Cuando llegó Asia y con mi nueva vida laboral no cambiamos mucho: añadimos la cena en un restaurante que eligiese la abuela en su gran día.
Dottie es la persona que más disfruta de la vida que he conocido. Le fascina celebrar su cumpleaños. Siempre dice que las arrugas son sinónimo de felicidad y que yo soy culpable de la mayoría.
El abuelo Simon se fue cuando yo era demasiado pequeño para recordar su cara, pero ella fue valiente y supo atravesar el duelo sin derrumbar a la familia.
Solo la vi llorar una vez: el día que nos dijeron que la adopción de Asia se complicaba porque sus padres biológicos querían recuperarla.
Al final solo querían dinero; Asia les importaba una mierda.
En eso somos privilegiados: pocos días después, ya estábamos los tres en casa, cenando su lasaña con sopa de cebolla.
Mi abuela ama la soledad y colecciona hobbies, pero siempre he pensado que necesita una amiga de su quinta: alguien con quien divertirse, ir a la compra o hablar de la vida. Me da pena que no la tenga, y más desde que Asia ha entrado en Medicina.
Veo a Asia y a Dottie a lo lejos, esperándome en la entrada del nuevo restaurante del chef Bousquet.
Si en algo no escatima la abuela es en comer fuera: cada vez que abre un restaurante en el pueblo, somos de los primeros en darle el visto bueno. A veces pienso que debería abrirse un blog; se haría famosa.
En Silver Springs ya empieza a hacer frío, así que no me sorprende verlas con un look a juego: tienen puesto un gorro blanco cada una con la bufanda enrollada al cuello y un abrigo rosa que compramos en uno de nuestros viajes.
Yo, en cambio, llevo un pantalón negro de pata de elefante y una cazadora de temporada de Keins.
—¡Tú siempre tan fresco! Algún día cogerás un constipado y yo no estaré para verlo —gruñe la abuela, quitándose el gorro y dejando ver su pelo blanco.
—Abuela, ya sabes que soy un radiador. Los deportistas tenemos otra temperatura —respondo girándome hacia Asia, que me sonríe con sus ojos negros—. ¿A que sí, doctora Vildanne?
—Una mujer en el día de su cumpleaños siempre tiene la razón, Nathie. ¿Es que no has aprendido nada de mí? —se ríe Asia mientras me abraza—. Pero estás muy guapo.
—Feliz cumpleaños, vieja gruñona —digo mientras cojo a la abuela en brazos y subo con ella las escaleras del restaurante.
—¡Bájame ahora mismo, jovencito! Tengo una edad, ¿sabes? Quien nos vea pensará que estamos locos. —Hace una pausa, ya en el suelo, y estalla en carcajadas—. ¡Y al cuerno con lo que piensen! Porque hoy voy a comer con mis nietos un buen filet mignon .
El restaurante tiene una entrada con ramas a los lados y una alfombra roja a los pies. El letrero de L E V RAI DE B OUSQUET está rodeado de luces y flores y funciona como anuncio del lujo que nos vamos a encontrar dentro.
Una mujer muy elegante en la entrada nos da la bienvenida.
—Buenas noches, a las damas y al caballero —dice con una leve inclinación—. ¿Tienen reserva?
—Sí —responde la abuela—. A nombre de Dorothy Miller.
—Perfecto, pueden pasar —añade mientras se acerca uno de los camareros de chaqueta blanca y beis—. Este es Bernard; será quien les acompañe esta noche.
—Hola, jovencito, ponnos en una buena mesa —saluda la abuela.
—Por supuesto, señora Miller. Le hemos reservado la mesa que nos indicó por mail.
Asia y yo nos aguantamos, sin éxito, la risa. Es típico de la abuela exigir cosas peculiares. Cuando quiere comer en un sitio concreto, mira las reseñas y las fotografías del lugar y llama con antelación para que le reserven una mesa específica.
—Vengan conmigo, por favor.
El salón es como viajar a otro siglo.
Las lámparas de araña cuelgan como coronas de cristal y derraman una luz dorada que vuelve íntimo cada rincón.
Sobre cada mesa, una isla de calidez en medio del lujo.
Nos sientan en el piso de arriba, con vistas a todo Silver Springs.
La noche brilla con las luces de la ciudad y la zona es tranquila, casi nuestra.
—Gracias por regalarme un año más pasar este día con vosotros, chicos —dice Dottie.
—Las gracias te las debemos nosotros por traernos siempre a sitios donde se come tan bien —respondo guiñándole un ojo.
—Dottie, nuestro mayor regalo eres tú —dice Asia, cogiéndola de la mano.
Asia y Dottie tienen una relación muy especial. No solo porque la haya adoptado, sino porque se complementan a la perfección. Parecen haber sido creadas para conocerse y tenerse la una a la otra.
—¿Saben ya qué van a querer? —pregunta el camarero cuando llega a la mesa.
—Lo dejamos en manos de la cumpleañera —respondo mirando a la abuela, con la carta en la mano.
Dottie me sonríe y deja su carta encima de la mesa. Hoy está radiante, y, por supuesto, con su pintalabios favorito.
—De primero, unas vieiras gratinadas, arancini con pesto y pistacho, y una pata de pulpo a la brasa. —Vuelve a coger la carta—. Y de segundo…, ¿alguna sugerencia? Mi nieto necesita mucha comida, como ve.
—Claro, madame. Fuera de carta tenemos un gratín de patata con carne de wagyu, nuestra especialidad.
—¡Ay, la carne de wagyu! Era la preferida del abuelo. —Sonríe—. Queremos uno de esos, un steak ribeye y los raviolis con salsa de trufa y langosta.
—Magnífica elección. Los raviolis son mis favoritos. Tiene buen ojo, señora Miller.
El camarero se aleja y nos quedamos unos minutos en silencio, simplemente disfrutando de este momento de paz, de hogar.
—¿Cómo te va todo, cariño? —pregunta Dottie—. Cuéntale todo a la abuela. A Asia la veo mucho más que a ti. Te echamos de menos, cielo.
—Lo sé, abuela… Es que esta temporada me está arrasando la cabeza. Estoy un poco hasta arriba, pero, oye, ¿qué hay de eso de venirme a ver a los partidos? No vinisteis al último.
La abuela y Asia se miran, pero no dicen nada, y me da la sensación de que saben algo que yo no sé.
—Ese día me surgió un imprevisto y Asia vino a ayudarme, pero no te preocupes, que estaré seguro en el siguiente, como siempre.
—Eso espero, porque no juego igual si no están mis chicas en el pabellón, así que, si pierdo, seréis las responsables directas.
—¡Eh! Eso es manipulación —dice Asia zarandeándome el brazo.
—¿Y tu madre?
Me quedo callado unos segundos pensando en cómo me siento con esa pregunta.
Charlotte apenas viene a verme a los partidos, solo a los importantes, para cuidar su imagen y salir en la rueda de prensa.
Los demás los ve desde la comodidad del sofá que yo mismo he pagado, para después agobiarme y dejarme con el agua hasta el cuello por haber cometido algún error.
Desde que echamos a mi padre de casa su actitud cambió por completo.
Ella nunca fue una madre ejemplar, es cierto, ni siquiera cuando papá estaba en casa, pero, desde entonces, cambió radicalmente.
Se volvió más fría y empezó a comportarse más como una mánager que como una madre.
Supongo que le entró prisa por asegurarse de que el dinero seguiría llegando a casa gracias a mi profesión en vez de preocuparse en aprender a invertir lo que mi padre nos había dejado por obligación.
—Charlotte sigue siendo Charlotte —digo sin más y me giro hacia Asia con verdadera curiosidad—. ¿Y tú? ¿Cómo va esa carrera?
—Contenta —susurra Asia mirando su plato—. Me estoy… adaptando a mis compañeros, pero la carrera me apasiona. Me encantaría poder hacer las prácticas en algo que tenga que ver con el baloncesto.
—Pero, Asia, ¡eso sería increíble! Incluso yo podría mover algunos hilos para…
—De eso nada —me corta—. Quiero llegar a mi objetivo por mí misma, pero te lo agradezco.
—Vale, vale, es solo que… me encantaría tenerte trabajando conmigo por si pasase cualquier cosa.
Cuando Asia llegó a nuestra vida, empezó a ir al mismo colegio que yo.
Era un instituto para gente con dinero y la mayor parte de su alumnado era blanco.
Asia tiene la piel morena, los rasgos exóticos y claramente tenía una procedencia distinta al resto de sus compañeros, por lo que le costó mucho adaptarse y tuve que meterme en problemas para defenderla.
Lo haría una y mil veces por proteger a los míos, pero desearía poder elegir que no tuvieran que verse en esa situación.
—Bueno —dice la abuela, cambiando de tema—. Hablando de la familia…, Asia me contó que el otro día fuiste todo un ejemplo y que te comportaste muy bien en una situación en el Grey’s. Estoy orgullosa, hijo.
—Eso, ¿qué tal está Keyla? ¿Se encuentra mejor? —pregunta Asia.
—¿Se llama Keyla? ¡Qué nombre tan bonito! —exclama la abuela—. ¿Es nueva en el pueblo? ¿Está soltera? Háblame de ella, quiero saberlo todo.
—Eso, Nathie, queremos saberlo todo —se burla Asia con una sonrisa vacilona.
—Esto, mmm, no hay mucho que contar —miento, notando calor en las mejillas—. Es una chica que conocí en un partido, o, bueno, realmente creo que la conocí justo el día que llegó aquí.
—No hay quien entienda eso, cariño —se extraña la abuela.
—El día que llegó al pueblo me la encontré en el avión porque se tropezó con el imbécil de Hayes.
—Eh, vigila esa boca, macho alfa. Eres el nieto de una Miller y en esta familia tenemos educación.
—Parece que estás destinado a encontrártela en situaciones incómodas —dice Asia, justo cuando llega el primer plato.
—¿Qué quieres decir, hija?
—¡Pues que la conoció en el partido porque fue él el que se le cayó encima!
—Nate, por Dios, ¡pobre chica! Si te cayeses encima de mí estaría celebrando mi cumpleaños desde el otro barrio.
—A ver, fue un accidente, ¿vale?
—¿Y te sigue hablando después de eso? —pregunta la abuela acercándose a mí con cara de pícara—. Y dime…, ¿es guapa? ¿Tienes alguna foto?
A la abuela siempre le hizo especial ilusión que me echase una novia, pero sabe el rechazo que tengo hacia este tema. Ella también quiso asegurarse de que algún día pueda formar mi propia familia, para quedarse tranquila el día que ella no pueda estar físicamente a mi lado.
—Vaya que si es guapa —salta Asia rápidamente—. Si no fuese porque creo que le gusta a Nate, le pediría una cita.
Casi me atraganto con un trozo de arancini .
—Es muy guapa, abuela, pero solo somos amigos —añado con la boca llena, para restarle peso—. Además, solo va a estar aquí temporalmente.
—Pues si es así deberás aprovechar el tiempo, muchacho. Solo se vive una vez.
—Ya sabéis que tengo poco tiempo para eso.
—Nathie, te quiero, ¿vale? Pero en algún momento tendrás que dejar de ser tan duro contigo mismo y permitirte vivir un poquito —dice Asia mientras se limpia las comisuras—. Además, esta parece muy buena chica.
—Sí…, la verdad es que sí.
—Mira, cariño. Solo te voy a decir esto una vez.
—La abuela se acomoda en la silla y se inclina hacia delante—.
Una vez y quiero que sea mi regalo de cumpleaños: empieza a darte la protección y el amor que nos das a los demás.
Sé tu propia persona. No escuches a los que hablan desde fuera, especialmente a tu madre.
Sé que es difícil quitarse las capas de cebolla con las que te has protegido, pero, Nathie, mi gran chico especial: lo que quiere cualquier ser humano es sentirse amado y aceptado.
No te prives de eso. Es lo más grande que hay.
—Echas de menos al abuelo, ¿verdad? —pregunto.
—Cada día de mi vida. Hay personas en el mundo que solo queremos despertarnos sintiendo que seguimos teniendo a esa persona especial a nuestro lado, deseando que el problema desaparezca…
, pero no sucede. Aun así, precisamente esa es la razón por la que me levanto, para seguir peleando con mi batalla y asegurar que mis dos niños sepan pelear las suyas.
Y, veréis…, eso llega solo. El amor nunca debería ser una batalla ni el foco del problema.
No os privéis de él. Estáis en el mundo para ser alguien y para amar quienes sois, y que os amen por lo que sois, no por vuestros logros.
Aunque nos hayan hecho daño, en esta familia siempre nos levantamos, ¿estamos? Para eso libramos cada guerra.
—De verdad, no hay nada entre nosotros —murmuro, aunque ya noto cómo se me calienta la cara otra vez.
—Ajá… —dice Asia, cruzada de brazos.
—Ajá… —repite la abuela, igualita.
Resoplo.
—Vale. Tal vez… estoy preparando algo.
Asia se incorpora como si hubiese escuchado una canasta en la final.
—¿Una sorpresa? ¡Ay, Dios!
La abuela se lleva las manos al pecho.
—¿Mi niño va a tener un detalle romántico? ¡Al fin!
—No es romántico —digo rápido. Demasiado rápido—. Solo… quiero hacerle algo bonito. Porque se lo merece y lo ha pasado mal. Y ya está, no es para tanto.
El silencio que hacen después es peor que cualquier comentario. Las dos se miran con complicidad.
—Estoy orgullosísima de ti —susurra la abuela.
—Yo también —añade Asia, sonriendo como una idiota.
Y por primera vez en mucho tiempo siento que quiero abrir un poco mi círculo. Siento que… quizá no esté tan mal dejar que alguien entre un poco.
Mientras Asia y la abuela hablan de cualquier otra cosa solo pienso en la idea que tengo en la cabeza.
Una que lleva todo el día creciendo.
Algo que me pone de los nervios, porque yo no sé hacer sorpresas, pero lo que sí sé es que algo dentro de mí quiere hacerla sonreír.
Algo dentro de mí quiere cuidarla, pero no se lo cuento a ellas.
Ni a nadie.
Solo lo sé yo y con eso me basta.
Al menos por ahora.