29. Tardes de canela y pistachos. Keyla Blake
Keyla Blake
—¿Estás segura de que esto es una buena idea? —le pregunto a Avery mientras dejo caer una nube de azúcar glas sobre la encimera fría. El azúcar cruje bajo la palma y se queda pegado a mis dedos, como si quisiera recordarme que sigo aquí.
—Nena, cocinar me da años de vida, ¿vale? —me responde con la cara llena de harina—. No me importa el resultado final, importa cómo nos sentimos durante el proceso. Disfruta del camino, reina.
—Y… ¿en teoría el proceso tiene que ser relajante?
—A mí me relaja, y a ti debería. —Se pone las manos en la cintura y llena su jersey marrón de levadura—. Mañana tienes una cita. Una cita, ¡Keyla! Y con nada más y nada menos que con Nate.
—Avery, en vez de relajarme siento decirte que me estás poniendo más nerviosa.
—Es que estoy pensando ya en qué te vas a poner, en qué vais a hacer y en las dos tazas de café que me voy a tomar mientras espero a que llegues para contarme todo con pelos y señales.
Me entra la risa, pero se me corta en la garganta en cuanto el recuerdo de anoche se me viene a la mente.
Estoy asustada. Muy asustada.
—¿Y si no sale bien? —pregunto con vergüenza.
—¿Qué puede salir mal? ¿Qué beses a Nate y que bese fatal? ¿Has visto esos labios?
—Avery, en serio, estoy… preocupada.
Da la vuelta a la isla de la cocina y apoya sus manos sobre mis hombros; me mira a los ojos con la cara de una persona que está a punto de pronunciar un discurso.
—Mira, Keyla. Sé que tenemos diferentes tipos de ansiedad. A ti te asusta la gente; a mí me asusta lo contrario: quedarme sola. Pero eso no significa que no te entienda. Solo intento que nuestra estancia aquí merezca la pena. Sé que quieres mejorar tanto como yo y, para eso, hay que atreverse.
Parpadeo. El azúcar me ha dejado la yema del pulgar pegajosa.
Nate es el primer chico con el que voy a tener una cita de manera oficial en mi vida. Bueno, oficial porque lo dice Avery, porque él no ha dicho nada similar en ningún momento. Tengo veinte años, pero siempre me ha dado miedo relacionarme más de la cuenta en la ciudad en la que vivía antes.
La única persona a la que había intentado conocer fue a Troy, pero al final… terminó fallándome, como todo el mundo.
La historia de siempre.
La historia de mi vida.
—Verás, Avery, es que yo…
Su móvil suena antes de que confiese que tengo la misma experiencia quedando con chicos que pescando en alta mar.
—Es Sienna —me susurra tapando el altavoz del móvil con la mano para que ella no lo escuche.
Sienna…, la camarera del Grey’s. Creo que debería darle las gracias por…, bueno, por haberme hecho sentir resguardada anoche.
—Sí, estoy con ella. Sí, sí, está mucho mejor. ¿Qué? ¿En serio? Claro, me parece genial. Estaremos listas en media hora, ¿te parece? ¡Genial! Hasta después, bombón.
Ay, madre mía.
—Dime que no hemos quedado con Sienna… O, bueno, quiero decir, si habéis quedado me parece más que estupendo, pero, esto…, ¿me has incluido o he escuchado mal? —pregunto mientras me muerdo el interior de la mejilla.
Después de un día en el que me expongo y hago cosas que me resultan difíciles suelo meterme en la cueva de mi habitación y pasarme al menos un día con la persiana bajada y la manta hasta la nariz. Hoy estoy haciendo un esfuerzo titánico por preparar magdalenas.
—Nena, mañana tienes una cita. —Avery me lanza una mirada de madre—.
Así que sí, hemos quedado con Sienna para tomar café y comer pasteles para ponernos al día.
Y no, no acepto un no por respuesta. Y antes de que me preguntes…
te diré que, si te encuentras mal en algún momento, tanto Sienna como yo te vamos a ayudar y te vamos a entender. ¿Alguna duda más?
Tengo ganas de asesinarla y de darle un abrazo. Esta chica parece que no se va a rendir conmigo, lo cual, aunque me asuste, no puede hacerme sentir mejor.
—Lo cierto es que hoy tenía plan.
—Ah, ¿sí? —pregunta Avery, frunciendo el ceño.
—Sí, conmigo misma y mis libros. Un plan genial y difícil de igualar, por cierto.
—Key, ya escuchaste lo que te dijo Ellie esta mañana, cielo. Hay que exponerse a lo que nos da miedo, y qué mejor que hacerlo con amigas.
Avery me observa con cariño y con esa chispa que ilumina toda la cocina no puedo decirle que no.
—Venga…, ¿qué me dices? Además, vamos a comer una cosa riquísima. Es una cafetería donde te tomas el café en un vaso que es una cookie y es todo sin gluten para mi niña. Venga, porfi, porfi, porfi.
—Vaaaaaale, ¿por qué no?
—Aaaaaaaaah, yuju.
Media hora después estamos vestidas, peinadas y con el coche negro de Sienna esperándonos en la entrada del centro.
—¿Cómo están las dos chicas más espectaculares de Silver Springs? —pregunta mientras nos acercamos, mirándonos con sus ojos azules, que se llevan todo el protagonismo.
—¿Tú te has visto? —dice Avery mientras la abraza—. Si no fuera porque me gustan demasiado los hombres me haría lesbiana y serías la primera en saberlo.
—Aggg, tía, hombres —responde Sienna—. Mi placer culpable —dice mientras me mira—. Guau. Estás muy guapa, Keyla.
Llevo puesto un pantalón de lino blanco, un top verde pastel y un lazo de color blanco roto en el pelo.
Me incomodan los cumplidos: nunca sé qué responder.
Si le parece que yo estoy guapa…, ella tendría que verse a través de mis ojos. Hoy lleva la melena suelta, casi hasta la cintura, y un vestido negro ajustado a su cuerpo con un escote abierto en forma de U que resalta todas sus curvas.
A decir verdad, su cuerpo es bastante parecido al mío, con la diferencia de que ella tiene bastante más pecho que yo.
—Gra-gracias. Tú también estás muy guapa. ¡Sí! Estás guapísima.
¿Se puede saber por qué demonios hablo así?
Dios.
Cuando no tengo confianza con alguien me comporto raro.
—¡Pues vamos allá! Vamos a por ese café con cookies —grita Avery, eufórica, antes de sentarse en el asiento del copiloto—. Qué feliz me hacen los días de chicas.
Este pueblo es un lugar precioso. Siempre había escuchado que el estado de Maine tenía pueblos que eran una maravilla, pero este en concreto me resulta impresionante.
Conforme vamos bajando por la montaña que bordea la costa, cada vez aparecen más casas de diferentes colores.
Las flores adornan las farolas, casi siempre de colores malvas, y las tiendas parecen sacadas de un cuento.
Letreros siempre de colores, letras de diferentes tipografías, y un pueblo que respira vida.
Casi todo el mundo va con una sonrisa en la zona donde decidimos aparcar, justo al lado del puerto. Los pescadores parecen felices después de una buena pesca y sus hijos los esperan jugando en la orilla del agua.
Avanzando por las calles empedradas, veo a lo lejos una especie de casita de color verde menta justo por encima del agua a la que se llega a través de una pasarela. Alrededor de ella descansan las mesas y las sillas de la terraza, blancas y doradas rodeadas de flores de color hueso.
Es una estampa idílica. Me imagino que sus dueños habrán empleado mucho tiempo en mimar cada detalle. Me gusta la gente así: la gente que ama lo que hace.
Abraza la Taza, que así se llama la cafetería, es un sitio precioso, cuidado hasta el último detalle. Sus colores pastel lo inundan todo.
—¡¡¡¡Ay!!!! Qué emoción. Mi sueño es tener algún día algo así —comenta Avery muy emocionada.
—Y lo tendrás —le responde Sienna mientras abre la puerta para que pasemos—. Siempre hay recompensa para quien sabe esperar.
Por dentro el sitio es todavía más bonito y huele de maravilla. El olor a café de especialidad entra por mi nariz y me hace cerrar los ojos. Estamos en otoño, así que todo está decorado para esta época del año.
—Pistacho latte , pumpkin spice latte , pecan caramel latte … —murmura Avery para sí misma, leyendo lo que sale en el cartel.
—Hola, chicas. ¿En qué puedo ayudaros? —nos pregunta la chica que está detrás de unos pasteles que tienen muy buena pinta—. Mi nombre es Pippa y voy a ser la que esté hoy con vosotras.
—¿Os fiais de mí? —pregunta Avery, girándose hacia nosotras.
—¿De nuestra futura Barbie pastelera? Pues claro —le dice Sienna de vuelta, dándole un azote en el culo—. Ven, Key. Te puedo llamar así, ¿verdad? Vamos a sentarnos.
—Sí, mmm, claro. Vamos.
Estoy un poco nerviosa, pero me sorprende encontrarme así después de haber tenido una experiencia tan mala.
—Mira, esa de ahí es nuestra mesa, la que está justo pegada a la ventana.
—Vaya, qué sitio tan privilegiado.
—Sí, es que Avery siempre es muy previsora. Necesita tenerlo todo planeado para que siempre sea perfecto.
Miro hacia la barra mientras veo a mi amiga que va vestida de rosa y blanco eligiendo lo que vamos a merendar.
—Es una chica muy especial, ¿verdad? —me pregunta.
—Sí, sí que lo es. No sé qué habría sido de mí aquí sin ella.
—Sois muy valientes por el paso que estáis dando, ¿sabes? —dice mientras pone su mano encima de la mía—. Y quiero que sepas que lo que te pasó el otro día me ha pasado muchas veces, así que no quiero ni por un momento que te sientas diferente o rara.
—Gracias por decírmelo, de verdad. Significa mucho para mí. Nunca he… conocido a alguien a quien le pasase lo mismo, así que gracias por contármelo.
—Ay, chicas, el que no corre vuela. He cogido el último pastel que quedaba de la colección del mes.
Es de calabaza cubierto con caramelo salado y beicon crujiente.
Sí, sé que suena raro, ¿vale? Pero seguro que está delicioso —anuncia Avery mientras se sienta a mi lado y pone una mano sobre mi pierna por debajo de la mesa.
—Mmm, suena bien —respondo.
—¿Pero solo eso? Me voy a quedar con hambre.
—¿Cómo va a ser solo eso, loca? —añade Avery mientras se ríe—. He pedido para las tres el café de pumpkin en la cookie de chocolate blanco, junto con tres macarons, el pastel que os dije antes y una galleta salada gigante. Sí, eso es todo.
Presiento que después de todo esto me va a doler la barriga.
—Aquí tenéis —dice la camarera mientras va poniendo las cosas encima de la mesa.
—¡Qué buena pinta! —murmura Avery—. Se me hace la boca agua.