Breathe Out (Silver Springs 1) 28. Un golden retriever y un corgi. Nate Miller
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28. Un golden retriever y un corgi. Nate Miller

Nate Miller

«Cambia el foco. Difumina el fondo».

Intento repetir mentalmente la frase que me soltó Keyla en la biblioteca, pero es imposible.

No puedo concentrarme en el entrenamiento porque, cada vez que intento enfocar el maldito aro, lo único que veo son sus ojos de color tierra mojada mirándome en la oscuridad del planetario y sus labios entreabiertos cuando estuve a punto de besarla.

Joder. Casi la beso. Y lo peor es que no me arrepiento de casi hacerlo, me arrepiento de que se encendiera la puta luz.

Esto era precisamente lo que quería evitar cuando mis amigos hablan sobre conocer a alguien: perder el control. Tengo muchas cosas en la cabeza: el March Madness, a los ojeadores de la NBA, a mi madre, la gala de la semana que viene…

Joder.

La gala.

Había olvidado la maldita gala y que tenía que ir con acompañante.

—¡Vamos, Miller! Saca tu par de huevos a pasear y espabila —me grita el entrenador desde la otra punta del pabellón.

—¿Y a este qué mosca le ha picado hoy? —me pregunta Mackensi, alcanzándome mientras corremos.

—No lo sé, pero lleva de un humor de perros desde que hemos llegado y justo hoy no estoy para gilipolleces —le suelto mientras noto como el calor me sube por el cuerpo.

—Pfffiiuuu —silba a modo contestación mientras se gira hacia atrás y se dirige a dos de mis otros compañeros—. Chavales, id preparando esos culitos porque hoy vamos a tener guerra.

Y tanto que la vamos a tener.

El sudor me cae por la frente después de dar unas diez vueltas al campo para calentar. Mi cuerpo se mueve, pero mi cabeza sigue en otro sitio. Y eso no me lo puedo permitir.

—Chavales, venid aquí en dos grupos —dice Wheeler mientras nos llama con el silbato—. Unos a la derecha y otros a la izquierda. Hoy jugaréis un partido entre vosotros y los mejores del equipo, que, permitidme que lo diga…, hay pocos, jugarán enfrentados entre sí, liderando cada uno su partido.

Perfecto. Creo que esto es lo que necesitaba para descargar mi mal humor.

—Hayes, en un equipo. —Se gira hacia mí—. Nate, tú en el otro. Escoged cada uno a los vuestros y a hacer el partido de vuestra vida porque, si no, ya os veo bailando el año que viene con las animadoras.

Aprieto los dientes y hago lo que me dice.

El balón rebota contra el suelo con un sonido seco, constante, casi hipnótico. Me ayuda a mantenerme dentro del momento. A no pensar. Elijo rápido. No me importa quién esté en mi equipo. Lo único que quiero es moverme, correr, chocar, descargar.

El pitido del árbitro suena y el partido arranca.

Hayes se planta frente a mí con esa sonrisa chula que me hierve la sangre. El cabrón vive para provocarme.

—A ver si hoy puedes seguirme el ritmo, estrella —me suelta, guiñándome un ojo.

—Tranquilo, que te haré brillar como nunca —respondo, antes de robarle el balón y salir disparado.

Corremos. Saltamos. Golpeamos.

Cada músculo de mi cuerpo arde, pero no me detengo. El sonido de las zapatillas contra el parqué, los gritos de mis compañeros, el olor a sudor…, todo me envuelve, pero lo único que escucho de verdad es mi propia respiración.

Cuando era pequeño disfrutaba de esto. No sé cómo conseguir volver a meterme en esa dinámica, pero todavía me acuerdo de lo feliz que me hacía meter desde la línea de tres.

Dejé de ver a mi padre desde los seis a los once años, y fue el día que me lo encontré cuando mi visión sobre este deporte se fue a pique. Bueno, no solo por él, porque está claro que mi madre tampoco ayuda. A ella solo le importa el dinero, el éxito y su imagen de madre perfecta.

No sabe quién soy, lo que llevo dentro.

Y eso me duele, joder. Me duele y me aleja de ella.

Para mí fue difícil crecer sin padres, porque, aunque Charlotte estaba en casa y mi padre no, estar con ella era como estar solo.

Menos mal que tuve a la abuela Dottie y a Asia conmigo. No sé qué habría hecho sin ellas o hasta dónde habría llegado, pero sé que sin su compañía habría acabado como mi padre.

Un pase de Hayes me golpea en el hombro sacándome de mis pensamientos y no me da tiempo a reaccionar.

—¿Qué pasa, Miller? ¿Demasiado ocupado pensando en buscar trabajo para la temporada que viene? —me provoca, con media sonrisa.

No pienso.

Simplemente lo empujo.

—¿Qué coño dices? —escupo, acercándome.

—Relájate, tío, era una broma —responde, levantando las manos. Pero no lo dice en serio.

—¿Broma? —Doy un paso más—. Estoy hasta los huevos de ti. La próxima vez piénsatelo antes de abrir la boca, no vaya a ser que te la parta.

—¡Eh, eh! ¡Ya basta! —grita el entrenador desde la línea de banda—. ¡Los dos fuera! Os quiero en mi despacho en cinco minutos.

Tiro el balón con fuerza contra el suelo y le doy con el hombro a Hayes al pasar por delante de él. El eco rebota por todo el pabellón, pero lo único que escucho es el latido de mi corazón, pidiéndome un descanso con demasiada fuerza.

El despacho siempre huele a café y está extremadamente limpio.

Wheeler se apoya en la mesa, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

—¿Queréis explicarme qué coño os pasa? —dice al fin—. Estáis todo el día en boca de la prensa. El otro día me dejasteis en evidencia, hoy esto. ¿Qué será lo próximo?

Hayes guarda silencio. Yo también.

—¿Nada? —insiste—. Porque a mí me parece que lleváis semanas con una guerra personal. Y no me importa quién la empezó, pero, si sigue así, vais a comer más banquillo que los suplentes. Me importa una mierda perder partidos, pero no pienso perder la reputación de un equipo como el que tenemos.

Clavo la mirada en el suelo.

—Lo siento, coach .

—No quiero oír un «lo siento», Miller. Quiero verte jugar como el jodido capitán que eres. No puedes liderar un equipo si no controlas tu cabeza.

Enfoca, Nate. Enfoca.

Tranquilo.

—Y Hayes, deja las provocaciones. No estamos en el patio del instituto. Si te genera algún problema de autoestima no ser mejor que Nate, trabaja más duro, pero deja de provocarle, porque te debes de creer que no tengo ojos en todas partes.

—Sí, señor —dice Hayes, aunque todos sabemos que le importan un carajo las normas.

Se pasa una mano por la cara y nos señala con el dedo.

—Os voy a decir algo que aprendí hace mucho: el talento no vale una mierda si no hay disciplina. Los dos tenéis de sobra lo primero, pero vais justos de lo segundo. Así que más os vale espabilar.

Nos despide con un gesto de cabeza y salimos en silencio. En cuanto cruzo la puerta, Hayes se aleja sin mirar atrás.

Yo me quedo un momento apoyado contra la pared. Respiro hondo. Cierro los ojos.

El gimnasio ahora está vacío. Solo se oye el eco lejano del balón rebotando en otra pista.

Me dejo caer al suelo junto a la bolsa de deporte y voy apoyando la espalda contra la pared. Me paso las manos por el pelo, todavía empapado. Intento vaciar la cabeza, pero hoy no puedo.

Cojo el móvil y decido tomar otra mala decisión. Quiero saber cómo está después de lo de ayer, si se encuentra bien, y si no me odia por casi cruzar la línea.

Ey, Moon. ¿Sigues viva? Perdona que no escribiera antes, el entrenador nos ha tenido corriendo hasta que casi echo el pulmón.

Enviar.

¿Puedo sonar más patético? No sé cómo se hacen estas cosas con alguien que es wife material .

Pasan cinco minutos hasta que el pitido de mi móvil me devuelve el feedback .

KEYLA ¡Hola, Nate! Sigo viva, sí. Y, sorprendentemente…, estoy bien. Esa charla en el planetario me ayudó más de lo que crees. Espero que tú hayas conseguido «enfocar» hoy

Sonrío como un idiota al leerla. Lo de «enfocar» ya es parte de nuestro código.

NATE Digamos que lo he intentado, pero tenía demasiadas distracciones en la cabeza (culpa tuya). Me alegra que estés bien. ¿Qué has hecho hoy para mantener la racha?

KEYLA Avery y yo hemos ido a los establos. He estado peinando a una yegua que se llama Andrómeda. No te lo dije, pero los animales son mi serotonina.

NATE Me dijiste que te gustaban, pero no sabía que tanto. Algún día te presentaré a alguien que creo que te gustaría conocer. Estoy deseando dejar el baloncesto el día de mañana para aumentar la familia y perderme en una casa con dos perros. Un golden y un corgi.

KEYLA Ah, ¿sí? ¿Y hasta cuándo piensas jugar?

NATE Hasta que deje de hacerme feliz. O hasta que el cuerpo aguante. Lo que pase antes.

Dudo un momento con el móvil en la mano. «Depende de lo que pueda resistirme», le dije.

«Al igual que me pasa contigo», pensé.

A la mierda la resistencia.

NATE Oye…, ¿haces algo mañana?

KEYLA Nada especial. Pensaba pasear un poco por la mañana para despejarme, pero luego nada. ¿Por qué?

NATE Ponte ropa cómoda. Te recojo a las 18:00. Es una sorpresa, pero cero presiones. Si a las 17:55 te arrepientes, me lo dices y me quedo en casa viendo Netflix. No quiero que sea otra «exposición» obligada. Solo tú y yo. ¿Trato?

KEYLA Vale. Me fío de ti (creo). Trato. Hasta mañana, Nate.

NATE Hasta mañana, Moon.