27. Cuestión de enfoque. Keyla Blake
Keyla Blake
El tiempo parece detenerse en el momento en que una mano grande y firme aterriza sobre la madera de la mesa.
Levanto la vista, con el corazón todavía galopando por la incomodidad de tener un desconocido invadiendo mi espacio, y me encuentro con unos ojos verdes que empiezan a resultarme cada vez más familiares.
Nate está de pie junto a mí, con la mandíbula tensa y una expresión que oscila entre la frialdad absoluta hacia el intruso y algo mucho más cálido cuando me mira a mí.
—¿Algún problema por aquí?
El chico da un paso atrás, evaluando la situación. Nate es más alto, más ancho de hombros y, sinceramente, ahora mismo parece dispuesto a arrancarle la cabeza.
—No, nada —masculla el chico, recogiendo su dignidad del suelo—. Solo estábamos charlando.
—Pues la charla se ha acabado —sentencia Nate, sin dejar de mirarlo fijamente hasta que el chico se da la vuelta y se aleja murmurando algo que no llego a entender.
Suelto todo el aire que no sabía que estaba conteniendo hasta ahora antes de darme cuenta de que mis manos tiemblan un poco sobre el libro, así que las escondo bajo la mesa. Nate suspira, relajando la postura, y arrastra la silla que ha dejado libre el chico para sentarse a mi lado.
No enfrente.
A mi lado.
Su cercanía es inmediata, al igual que ese olor afrutado que siempre arrastra consigo, hoy con notas de café.
—¿Estás bien? —pregunta, bajando la voz para no romper el silencio sagrado de la biblioteca.
Me quedo mirándolo, parpadeando, intentando procesar que está aquí. Aquí. Justo cuando pensaba que estaba sola contra el mundo.
—Yo… sí. —Me aclaro la garganta—. Estoy bien. Solo era un pesado.
—Era un imbécil —corrige él, apoyando el codo en la mesa y girándose hacia mí—. ¿Qué haces aquí, Keyla? ¿Te has perdido por Silver Springs?
—Solo buscaba un lugar tranquilo para leer. Al menos hasta que has aparecido tú —intento sonar indignada, pero me sale una sonrisa nerviosa—. ¿Tú qué haces aquí? No te pega nada este sitio.
Él se ríe por lo bajo, un sonido ronco que me provoca un escalofrío.
—Tengo un trabajo de Veterinaria y no quería hacerlo con la compañera que me ha tocado, así que vine para hacerlo solo. Necesitaba huir un rato.
—¿Estudias Veterinaria?
—Eso es. No es una de mis pasiones, pero adoro a los animales.
—Yo también —respondo mientras se instala un silencio incómodo entre los dos. Carraspeo antes de preguntar de nuevo—. ¿Y has huido a la biblioteca?
—Digamos que Aiden me ha presionado. —Señala vagamente hacia una mesa lejana donde su amigo nos saluda con la mano disimuladamente—. Pero te he visto por aquí y…, bueno, parecía que necesitabas un rescate.
Iba a responderle, iba a decirle que podía habérmelas arreglado sola (mentira), cuando el cielo decide intervenir.
¡BOOOM!
Un trueno ensordecedor sacude los cimientos del edificio.
Las ventanas vibran con tal fuerza que parece que van a estallar.
Alguien grita en el fondo de la sala, un chillido agudo de puro susto.
Doy un respingo en la silla y, por instinto, me agarro a lo primero que tengo cerca: el brazo de Nate.
Sus músculos se tensan bajo la tela de su camiseta, pero no se aparta.
Al contrario, pone su otra mano sobre la mía.
—Joder —susurra él, mirando hacia la cúpula de cristal—. Eso ha caído cerca.
De repente, un pitido agudo resuena por los altavoces, seguido de la voz metálica y calmada de la bibliotecaria jefa: «Atención a todos los estudiantes.
El servicio meteorológico ha emitido una alerta roja por tormenta eléctrica severa en el condado de Silver Springs.
Por protocolos de seguridad, las puertas del edificio permanecerán cerradas hasta nuevo aviso.
Se ruega que nadie intente salir al exterior. Repito: que nadie entre ni salga…».
El mensaje se entrecorta antes de que pueda terminar la frase. Se hace un silencio sepulcral en la sala, seguido de un murmullo colectivo de pánico y confusión. Miro a Nate. Él me mira a mí.
—Así que tú tampoco has mirado el tiempo antes de venir.
—Pensé que tú, como chica responsable, lo habrías hecho —me devuelve, arqueando una ceja.
—Pues parece que ninguno de los dos va a ganar el premio al meteorólogo del año.
—Estamos atrapados —dice, y hay un brillo en sus ojos que no sé si es preocupación o diversión—. ¿Te dan miedo las tormentas, Moon?
Ese apodo. Otra vez.
—No me dan miedo —miento, aunque mi pulso diga lo contrario—. Solo… no me gustan los ruidos fuertes. ¿Y a ti?
—Digamos que prefiero tener los pies en la tierra y el techo bien asegurado.
Antes de que podamos seguir con esta conversación, las luces de la biblioteca parpadean unas cuantas veces antes de apagarse.
La oscuridad nos engulle hasta que solo queda la luz grisácea y fantasmagórica que entra por los ventanales, teñida del color plomizo de la tormenta.
Se oyen exclamaciones y el encendido de algunas linternas de móviles.
—Genial —murmura Nate en la penumbra.
Siento su calor a mi lado, más intenso ahora que no puedo verle la cara con claridad. A lo lejos, veo a las bibliotecarias encendiendo velas grandes sobre el mostrador central, creando un ambiente extraño, como si estuviese dentro de uno de mis libros de dark academia .
Nate se inclina hacia mí. Su aliento me roza la oreja y me eriza la piel.
—Coge tus cosas —susurra.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Conozco un sitio mejor que este.
—Nate, han dicho que no nos movamos.
—Han dicho que no salgamos del edificio. No han dicho nada de moverse por el edificio—. Noto que está sonriendo—. Antes de que se vaya la luz natural del todo. Confía en mí.
Debería quedarme aquí, quieta, segura, pero me hace dudar por culpa de su mano buscando la mía en la oscuridad. Y yo, como buena libra, soy un desastre tomando decisiones, así que agarro mi mochila y lo sigo.
Nos movemos entre las estanterías como dos sombras, esquivando a la gente que se agrupa cerca de las velas.
Nate parece conocer bien el camino. Me guía hacia unas escaleras de caracol de madera que hay al fondo, cerradas con una cuerda de terciopelo que él salta sin miramientos.
Subimos hasta la tercera planta. Aquí el silencio es absoluto.
El edificio tiene esa arquitectura renacentista académica que te hace sentir como si estuvieras en Oxford o en una película de misterio: bustos de mármol en lo alto de las columnas y un olor a madera que solo existe cuando estás rodeada de libros.
—¿A dónde vamos? —susurro, sintiéndome como una delincuente.
—A mi lugar favorito de la universidad —responde él, abriendo una puerta pesada de un material parecido al roble al final del pasillo.
Entramos en una especie de planetario, o un aula de astronomía que parece haberse congelado en el tiempo.
El techo es una cúpula pintada con constelaciones doradas que apenas se ven en la penumbra.
Hay mapas celestes en las paredes y globos terráqueos antiguos, pero lo impresionante son los ventanales.
Una pared entera es de cristal y da directamente al oeste.
Estamos justo a tiempo para ver cómo el atardecer lucha contra la tormenta.
La lluvia golpea el cristal con violencia, transmitiéndome mucha tranquilidad. Aquí dentro todo es paz.
Nate se sienta en el alféizar de la ventana, que es lo suficientemente ancho para dos, y me hace un gesto para que me una a él. Me siento a su lado, abrazando mis rodillas, contemplando el espectáculo apocalíptico de fuera.
—Vaya…, es increíble —susurro.
—Lo es. Vengo aquí cuando necesito pensar después de entrenar. O cuando necesito dejar de hacerlo.
—¿Es legal estar aquí? —pregunto.
Estoy a punto de reformular mi frase cuando Nate se echa a reír. Me vuelvo hacia el frente, con las mejillas quemándome la piel, cuando gira su cabeza hacia mí. Ay, mi madre. Este chico me pone realmente nerviosa, y lo peor es que se me nota.
—Me resulta muy tierno que siempre parezcas querer hacer lo correcto.
—¿Qué quieres decir? —me hago la loca, porque sé perfectamente que me ha calado.
—Me da la sensación de que quieres ir de puntillas por el mundo, que nadie se dé cuenta de que estás ahí, ¿sabes? Como si no quisieras molestar.
—No creo que sea malo querer hacer las cosas bien y no acabar en la cárcel.
—¿Crees que nos pondrían en una misma celda a los dos? De lo contrario, sería muy aburrido.
—Mmm.
—¿Mmm…?
—¡Ay! Soy demasiado joven para pasar lo que me queda de vida encerrada.
Al decir esa frase me doy cuenta de que realmente me paso la vida encerrada pero de distinto modo, y una sensación parecida al vacío me sube por el tronco.
Es raro, porque me resulta similar a la tristeza, pero hacia mí misma.
Me apena darme cuenta de todas las experiencias que me he perdido por miedo o por no querer hacerlo sola, como lo que he hecho hoy al venir a la biblioteca.
—Eso que has dicho me ha hecho pensar —dice Nate, frotándose las manos por el frío.
—A mí también.
—¿A ti? ¿Por qué?
—Tú primero.
Noto su mirada por el rabillo del ojo, pendiente de mí, antes de alzar su vista hacia las nubes.
—A veces siento que estoy atrapado en mi propia vida, ¿sabes?
—Tu vida parece bastante guay, Nate, ¿por qué te sientes así?
—Sé que es una vida que muchos desearían —vuelve a sonreír, pero esta vez con pena—, pero a veces me gustaría ser una persona normal. Levantarme por la mañana, venir a la universidad y no tener más preocupaciones que aprobar el curso para pasarme el verano tranquilo y disfrutando del clima.
—Te entiendo, pero a ti te gusta el baloncesto, ¿no?
—Sí, sí me gusta, pero la presión que tengo sobre mí en muchas ocasiones me ha hecho desconectar de esa sensación.
—Entonces, si realmente te gusta, quizá solo habría que cambiar el foco.
Me giro hacia él, y el color jade de sus ojos hace que pueda percibir bondad bajo esa mirada de tipo duro que parece tener con los demás.
—Conque el foco, ¿eh?
—Sí. Como en una cámara de fotos —explico, haciendo un gesto imaginario con las manos, como si ajustase el objetivo—.
Cuando haces un buen retrato, tienes que difuminar el fondo.
Si intentas que todo salga nítido, es decir, controlar lo que está fuera del centro, como lo que opine la prensa de ti, la foto sale mal.
Pero si abres el diafragma y te centras solo en lo que amas, en ese balón y en el aro…
, el resto simplemente será una mancha borrosa que es parte de la foto, pero que no representa nada más. Ya no es lo importante.
Nate no responde, pero recorre todas las partes de mi cara con su mirada. No me doy prisa en apartar la vista, esta vez no, porque ahora mismo solo estoy preocupada de que comprenda lo que le estoy diciendo.
Suspira y por fin entreabre los labios para responderme. Son bastante carnosos para ser un chico. Los cierra y se rasca la cabeza con los dedos, y veo cómo aparece una sonrisa ladeada en su rostro, marcada por dos hoyuelos a cada lado.
Intento no fijarme en esa parte de su cara demasiado rato, pero creo que es tarde para eso.
—¿Te gusta lo que ves en el encuadre? —pregunta para cambiarme de tema, sacándome de mi trance.
Doy un respingo, sintiendo cómo el calor sube desde mi cuello hasta la raíz del pelo. Suelta una carcajada suave y se inclina un poco hacia mí, reduciendo la distancia que nos separa en el alféizar.
—El foco, Keyla. —Su voz es cada vez más ronca—. Me ha parecido que se te había desviado un poco hacia aquí abajo —dice, rozándose la comisura del labio con el pulgar.
—Estaba analizando tu expresión. —Miento fatal, lo sé.
—Ya, claro. —Niega con la cabeza, pero la diversión en sus ojos se transforma en algo más intenso—.
Apenas he hablado con nadie de esto. De poder elegir qué es lo importante.
—Se gira del todo hacia mí—. Todo el mundo me dice que tengo que aprovechar el momento, que tengo que rendir, que tengo que ser el mejor, meter mínimo veinte puntos por partido…
, pero tú eres la primera persona que me dice que está bien si solo quiero jugar.
Un remanso de silencio se instala entre los dos, pero no es incómodo, sino uno de esos espacios donde la verdad puede reposar, sin miedo a ser juzgada. Uno que todavía no conozco bien, pero que empieza a parecerme cada vez más adictivo.
—Supongo que a veces es más fácil solucionar los problemas de los demás que los míos. Y me encanta ayudarte, Nate —admito en voz baja.
—Pues entonces tendremos que hacer un trato. Tú me ayudas a disfrutar del baloncesto y yo te ayudo a ti a salir al mundo.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo piensas hacer eso?
—Empezando por hoy. —Me guiña un ojo, recuperando esa faceta de chico seguro de sí mismo. —Ya has sobrevivido a una tormenta en una biblioteca prohibida con un chico peligroso. Oficialmente estamos empatados.
Mi risa inunda el planetario, y por un momento, siento que es un sonido desconocido para mí. Tengo que reconocer que es preciosa. Tiene brillo, uno que dejé de ver durante demasiado tiempo.
—No creo que seas peligroso en absoluto.
—Contigo no lo soy, pero en cambio tú… —Se acerca un poco más a mí, humedeciéndose los labios—. Eres un peligro para mí, Blake.
—No estoy tan segura de eso —respondo mientras me acerco inconscientemente hasta dejar juntos nuestros pies.
—Eres peligrosa porque me haces pensar sobre aspectos de mi vida que nadie más conoce, que nadie me pregunta. Y, cuando estoy contigo, se me olvida poner la barrera que tengo con el resto de las personas.
Mi corazón se salta un latido, o quizá dos.
—Eso… es bueno, ¿no?
—No lo sé —responde él, y su mirada cae sobre mis labios un segundo antes de volver a subir a mis ojos, cada vez más cerca—. Depende de lo que pueda resistirme a ceder el control.
Debería apartarme y empezar a enumerar todas las razones por las que esto es una mala idea. Pero en lugar de eso mi voz decide actuar por su cuenta.
—¿Tienes mucha fuerza de voluntad, Nate?
Ojalá fuera siempre tan espontánea, pero este no era el momento de serlo, niña tonta.
—Con el resto del mundo, sí. Pero contigo… —Se detiene y niega con la cabeza, apartándose bruscamente unos centímetros, como si le costara físicamente hacerlo—. Contigo creo que la estoy perdiendo toda.
Puedo sentir el calor de su piel irradiando contra la mía. Pero entonces…
¡CLACK! Un zumbido eléctrico recorre el techo, y, de golpe, las luces del planetario se encienden con una intensidad casi cegadora. Ambos damos un salto hacia atrás, asustados.
—¡La luz! —exclamo, parpadeando y llevándome una mano al pecho, que sube y baja desenfrenado recordando lo que estaba a punto de suceder hace unos segundos.
Nate se pasa la mano por la cara, soltando un suspiro frustrado.
—Parece que el universo quiere que mantengamos las distancias, Moon. —Ladea la cabeza y se saca las llaves del coche del bolsillo—. Vamos, que te llevo a casa.