Breathe Out (Silver Springs 1) 26. Un rayo, pero de sol. Nate Miller
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26. Un rayo, pero de sol. Nate Miller

Nate Miller

—Tío, esto parece el puto apocalipsis —dice Wyatt, masticando una patata frita con la boca abierta—. Si cae un rayo y me parte por la mitad, decidle a mi madre que la quiero y que borre el historial de mi ordenador.

—Si cae un rayo, espero que te dé en la lengua, a ver si te callas un rato —responde Aiden, dándole un golpe en la nuca.

El cielo de Silver Springs parece estar a punto de desplomarse sobre nosotros. A través de los ventanales de la cafetería de la universidad, veo cómo las nubes negras se arremolinan entre ellas, cargadas de electricidad.

Estoy sentado con ellos mientras remuevo mi café con desgana porque mi cabeza sigue anclada en lo que pasó anoche.

Me sorprendió lo fácil que fue hablar con Keyla.

Normalmente las conversaciones con gente de fuera de mi círculo me resultan un trámite agotador: preguntas acerca de cómo va la temporada, respuestas para impresionarme…

En fin, algo bastante aburrido. Con ella todo fue fluido, cómodo.

Y eso me jode porque la comodidad es una trampa que no puedo permitirme.

Me prometí a mí mismo que este año me centraría en darlo todo para entrar en el Draft y sobrevivir a la presión de mi madre.

No tengo tiempo para conocer a nadie.

No quiero conocer a nadie.

Keyla. Su nombre viaja en mi cabeza de un extremo a otro, dando vueltas por todas las cavidades en busca de algún lugar donde le permita quedarse. Pensar en ella solo son complicaciones, pero al mismo tiempo parece ser la única persona con la que podría hablar de todo sin miedo a ser juzgado.

—¡Tierra llamando a Miller! —Wyatt me chasquea los dedos delante de la cara—. Te estamos hablando de algo serio, capitán.

Parpadeo, volviendo a la realidad.

—¿Qué?

—Te decía que el decano te ha mandado otro aviso de «asistencia deficiente» —dice Wyatt, señalando la notificación que ilumina la pantalla de mi teléfono—. Dice que si sigues faltando a clase podrías tener problemas.

—Nate, tienes que tener cuidado con eso. —Aiden coge mi móvil y lee el mensaje a fondo—. Ya sabes que las reglas son estrictas. Tienes que acabar el curso con un mínimo de asistencia. Imagina lo que podrías perder…

En la liga en la que estoy, a pesar de que pagan mucho dinero a los jugadores, jugamos porque somos estudiantes.

Así es la ley, aunque la realidad es que trabajamos como profesionales.

Los profesores suelen ser bastante flexibles y optan por ofrecer clases online que, si eres muy bueno, dejarán grabadas para facilitarte las cosas.

Este es mi último año en esta competición antes de dar el gran salto, pero, si me hubiesen dicho que tendría que matricularme en Veterinaria para aprobarla con nota, me lo habría pensado más.

La carrera me gusta, tengo que reconocerlo, pero no es algo de lo que quiera vivir.

Como soy la apuesta del equipo, los profesores me dejan sobrevivir a base de trabajos, pero a cambio me exigen que los haga perfectos, aunque esa parte no suele costarme mucho en cuanto tengo un poco de tiempo.

—¿Tú crees que la NCAA se va a cargar a su mejor escolta por no saber diferenciar una mitocondria de una bacteria? —Wyatt mueve las manos, ofendido.

—Es obligatorio que estudiemos, imbécil —le recuerdo, bebiendo un sorbo de café—. Si bajas el promedio de asistencias te juegas el curso. Son las normas.

—Normas estúpidas —refunfuña—. Tú has venido a meter canastas, no entiendo por qué os obligan a estudiar.

—Tenemos suerte de estar en las ligas profesionales ya, Wyatt, pero él todavía no, así que más te vale ponerte las pilas, cachorro —interviene Aiden, que siempre es la voz de la razón cuando no está pensando en Sienna.

Miro el reloj. Me queda una hora libre antes del entrenamiento de pesas.

—Hablando de estudiar…, me voy a la biblioteca.

Wyatt suelta otra de sus risitas acompañadas de una mueca de sorpresa. A este paso le van a salir arrugas.

—¿Tú? ¿A la biblioteca? ¿Voluntariamente? ¿Estás enfermo?

—Tengo que hacer un trabajo de Parasitología, colega. El profesor me ha emparejado con una tal Candace, pero paso de quedar con ella. Prefiero hacerlo solo y quitármelo de encima hoy.

—Ah, Candace… —Wyatt pone cara de circunstancias—. Buena suerte, hermano. Yo creo que me acercaré a buscar a mi padre.

—¿Otra rueda pinchada?

—Ese autobús va a acabar con él —dice Wyatt bajando la voz.

—Pensé que estaba de baja.

—Lo estaba, pero es… complicado.

—Anda, llámame si necesitas algo. —Me levanto y me cuelgo la mochila al hombro—. A cualquier hora.

Wyatt asiente con la cabeza. Detrás de esa pose de chico duro, gracioso e inquebrantable, hay algo más que no me está queriendo contar. Lo conozco demasiado bien, pero también sé que no me lo hará saber hasta que de verdad lo necesite o ya no pueda más.

—Voy contigo. —Aiden se incorpora y recoge los restos de comida de la mesa—. Tengo que organizarme el invierno y quiero dedicarle un rato. Este mes me han salido muchas campañas.

Aiden es uno de los jugadores de futbol americano que más locas vuelven a las tías. Aparte de ser una estrella, hace anuncios y posa para diferentes marcas. Se podría decir que no le va nada mal.

La biblioteca central de Silver Springs es la misma que la de mi facultad.

No es de extrañar, porque estudio y juego en una de las universidades más prestigiosas de EE.

UU. Cada año aquí vale la friolera de 80.

000 dólares, por lo que una gran parte de esos beneficios son destinados al cuidado de las infraestructuras.

No me sorprende que haya ganado varios premios y que sea de las primeras cosas que sale cuando buscas la ciudad en el buscador de internet.

Está rodeada de ventanales desde los que puedes ver el bosque repleto de ardillas, aunque ahora solo se ven nubes.

Las mesas son todas marrones, al igual que el suelo que cruje ahora bajo la suela de nuestras zapatillas.

Del techo cuelgan unas lámparas con cientos de cristales colgantes que temo que algún día se le caigan a alguien en la cabeza.

Según nos vamos acercando, el silencio es cada vez más cómodo, pero se rompe a medida que avanzamos entre las mesas a causa de los teclados.

Aiden y yo encontramos una mesa libre en la primera planta cerca de la sección de literatura, pero sentarnos ha sido milagro.

Está todo bastante abarrotado, tanto en este piso como en los dos restantes, así que saco mis apuntes y los coloco a lo largo de la mesa antes de ocupar algún sitio cerca de nosotros.

Fuera, el cielo da bastante miedo y un trueno lejano hace vibrar los cristales.

—No se lo digas a Wyatt, pero odio la tormenta.

—¿Te da miedo?

—La odio con todas mis fuerzas. Esta ciudad me gusta precisamente porque casi nunca hay tormenta, pero justo hoy...

—¿Qué pasa hoy? —Frunzo el ceño.

—No hay nadie en mi casa, tío. Dentro del campo soy una bestia, pero como vea caer algo del cielo ya te digo yo que salgo corriendo.

Me aguanto la risa porque Aiden siempre me ha resultado entrañable. Bajo esa fachada de guaperas, es la persona más buena del planeta. No tiene maldad, es lo más leal que conozco y no tiene miedo de que su gente lo vea tal cual es. Cualidades envidiables y que admiro de él.

—Tranquilo, Aidy —le digo mientras saco mi portátil—. No tienes que coger el coche hasta que pase la tormenta, no tienes prisa, ¿no?

—No —responde decepcionado—. Hoy iba a estar tranquilo en casa.

—¿Acaso tenías un plan B? —pregunto, socarrón.

—Es que ayer en el Grey’s… hubo un momento. Te juro que hubo un momento en el que Sienna me miró de una forma diferente.

—Aiden, sé que la quieres, pero Sienna te lo pone demasiado difícil, tío —le digo cruel pero sincero—. Si te gusta, deberías hablar con ella y dejar de analizar sus gestos.

—No es tan fácil. El amor es… complicado.

—Son solo reacciones químicas y conveniencia, no te compliques la vida. Si no es ella, será otra.

—¡Sssh! —nos chista una chica desde la mesa contigua, fulminándonos con la mirada.

Aiden levanta las manos en señal de disculpa y se calla, pero no sin hacerme un gesto de que no tengo corazón.

Quizá tengas razón, amigo. Y prefiero no tenerlo .

Me recuesto en la silla, girando el bolígrafo entre los dedos, y echo un vistazo distraído a la entrada de la sala.

Es en ese momento que noto unos mechones cobrizos volar de una estantería a otra. Desliza la mano entre los lomos de los libros, como si estuviese disculpándose con cada uno de ellos por no ser elegidos, y coge con ilusión uno que apenas veo de qué color puede ser desde mi mesa.

Pero, joder, a ella sí que la veo.

Lleva el pelo suelto con un lazo blanco por atrás, desde donde se le marca la cintura dentro de su chaleco de color beis acompañado de una camisa interior. La falda de vuelo deja ver unas piernas que están muy en forma, aunque no mencionó que practicara ningún deporte.

De repente, alguien pasa a su lado y la empuja hacia delante, espero que sin querer, y hace que me hierva la sangre y se me mueva el culo de la silla unos centímetros.

Ella se tropieza con la alfombrilla, trastabilla un poco y se pone roja al instante, mirando a los lados para ver si alguien la ha visto.

Me saca una sonrisa que no puedo evitar y la observo mientras se pierde en el laberinto de estanterías. Parece gustarle este lugar por cómo sus ojos se redondean al dedicarle tiempo a cada libro que decide ojear.

La observo mientras se adentra en la sala.

No me ha visto. Estamos en una esquina en penumbra y ella está demasiado ocupada intentando no llamar la atención.

La veo detenerse frente a otra estantería.

Pasa los dedos por los lomos de los libros con una delicadeza peculiar.

No los toca como si fueran objetos; los toca como si fueran tesoros.

Saca uno, lo abre y aspira el olor de las páginas cerrando los ojos un segundo.

Joder. Ese gesto.

Siento un golpe seco en el pecho avisándome de que algo va mal.

Es preciosa. No de esa forma obvia que se puede ver solo con mirarla, sino de una forma menos superficial, como si fuese igual de bonita por dentro.

No lo hagas, Nate.

No te acerques.

Déjala estar.

Mi cerebro me da los últimos avisos antes de que pueda volver a cagarla, pero no puedo dejar de mirarla. Se sienta a una mesa solitaria, saca sus cosas y se hace un ovillo en la silla, empezando a leer. Parece tan… en paz.

Intento enfocar mi mirada hacia abajo y centrarme en lo mío, pero en un descuido capto cómo un chico se acerca a su mesa. Es un tipo alto, con una sudadera de la facultad de Derecho. Lo veo inclinarse hacia ella y automáticamente me tenso en la silla.

El lenguaje corporal de Keyla cambia al instante: cruza los brazos y se pega más al libro, negando con la cabeza. El tío no se va. Se apoya en la mesa, invadiendo su espacio, sonriendo con esa arrogancia de quien no acepta un no. Mis manos se cierran en puños sobre la mesa.

—¿Esa no es la amiga de Avery? —susurra Aiden, siguiendo mi mirada.

—Sí.

—Parece que el abogado pesado la está molestando.

—Ya lo veo —gruño entre dientes.

—Pues a qué esperas, Superman. —Aiden me da una patada por debajo de la mesa—. Ve ahí.

—No es asunto mío.

—Nate, la chica está acorralada. Mírala. Pobrecita.

La miro. Keyla está mirando alrededor, buscando una salida, con esa expresión de pánico que vi ayer en el Grey’s empezando a asomar en sus ojos.

A la mierda los patógenos.

A la mierda mi promesa de «no complicaciones, Nate».

Me levanto de la silla con un ruido seco que hace que Aiden sonría.

—Voy a… saludar.

—Claro, a saludar —se burla él—. Vete, anda.

Camino hacia su mesa con paso firme. El chico sigue ahí, inclinado sobre ella, diciéndole algo que la hace mirar su libro sin levantar la vista. Llego hasta ellos y pongo una mano sobre la mesa, justo al lado del libro de Keyla, haciendo que el tipo dé un salto.

—¿Algún problema por aquí? —pregunto, con mi voz más fría y territorial.

Keyla levanta la vista, y es entonces cuando sus ojos se encuentran —por fin— con los míos. Siento un alivio instantáneo, y sé, en ese momento exacto, que estoy perdido.