Breathe Out (Silver Springs 1) 24. Una estrella bajando del cielo. Nate Miller
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24. Una estrella bajando del cielo. Nate Miller

Nate Miller

Todavía siento su mano agarrada a la mía.

La temperatura de sus dedos se mantiene pegada a mi piel.

Extraño, ¿no? Que una cosa tan insignificante consiga dejarme descolocado.

Keyla observa el mar y deja que el viento le desordene el pelo.

Lleva mi sudadera, la del número nueve, y le queda tan grande que me dan ganas de rodearla con los brazos y no soltarla.

Me atrae, y mucho. Siento ese tirón en la entrepierna que me recuerda que soy un tío, pero me siento un imbécil por pensar en eso ahora.

Ella acaba de salir de un pozo y yo aquí, pensando en lo guapa que está con mi ropa puesta.

Me pregunto qué historia hay detrás de esos ojos que no saben sostenerme la mirada durante demasiado tiempo. Qué cicatrices no estoy viendo, qué palabras tuvo que escuchar para llegar hasta aquí.

La forma en la que se ha derrumbado esta noche me recuerda a mí mismo hace unos años y me hace preguntarme si quizá me siento tan atraído por ella porque está tan rota como yo. Y eso me da miedo, joder. Me da miedo por ella, no por mí.

Quiero preguntarle qué la persigue, qué sueños le faltan por cumplir. Quiero preguntarle qué se le viene a la mente cada vez que le sudan las manos, pero no lo hago porque sé que detrás del dolor hay heridas que queman solo con que nos acerquemos a ellas.

El faro vuelve a girar y la luz la envuelve por un segundo. En ese instante, pienso que hay algo en ella que no encaja en este mundo. Pureza.

—Siempre me ha gustado mirar al mar y disfrutar del silencio que hay a estas horas de la noche —me confiesa—. Me siento más en paz porque todo el mundo está durmiendo.

—A mí también suele gustarme más la noche que el día, pero por los horarios a los que tengo que ir a entrenar debo obligarme a dormirme temprano.

—¿Se te hace duro? —me pregunta, girándose al fin y enseñándome ese pedazo de cara.

Me quedo un momento sin saber qué responder. Me suele costar identificar cómo me siento con ciertos aspectos de mi vida. Supongo que desde muy pequeño he tenido que mirar solo en una dirección: hacia delante, y eso me ha impedido saborear lo que se siente al estar conectado conmigo mismo.

—No es un camino fácil, pero estoy acostumbrado a trabajar bajo ese estrés.

—Bueno, si te gusta lo que haces, es un precio a pagar. Porque te gusta lo que haces, ¿verdad?

Joder. Me está preguntando las cosas que más me cuesta responder. Al menos a ella, ya que con las cámaras tengo todas las respuestas aprendidas.

«Soy el mejor y juego como tal».

«Ninguno de ese equipo es un rival para mí».

«No se conoce a muchos con mi talento».

—A veces no lo tengo del todo claro, pero supongo que sí.

—Bueno, no tenemos por qué saberlo todo todo el tiempo.

—No, es verdad. —Trago saliva antes de mirar a mi alrededor—. ¿Qué es este centro?

—Es un centro de terapia —me responde mientras se encoge ligeramente de hombros—. Hay… hay diferentes zonas según tus necesidades como paciente, y esta es la mía.

Asiento con la cabeza y me apoyo en el coche.

—Parece guay, ¿no? Es innovador —digo para romper el hielo.

—Sí, la verdad.

—¿Te está ayudando?

No quiero ser intrusivo e incomodarla. Creo que ya le da bastante vergüenza que haya conocido esta parte de su vida, así que esperaré a que me lo cuente cuando quiera.

—Por ahora llevo muy poco tiempo, así que no he podido ver muchos avances. Y después de lo de hoy… yo… no sé.

—Ey, mírame —digo mientras inclina la cabeza hacia mí—. Estás aquí, ¿no? Eso es un avance de la hostia.

Keyla se queda pensativa y veo una sonrisa diminuta asomar por su boca. Que es preciosa, por cierto. Sus labios son carnosos y tienen una forma perfecta.

—Es solo que a veces no sé si he tomado la decisión correcta ni sé lo que hago aquí.

—Seguro que, a medida que vayan pasando los días, lo descubres.

—Espero que sí porque a veces me siento un poco intranquila lejos de casa.

—Aquí no estás sola, quizá es buen momento para que lo veas. Si algún día quieres contarle algo a alguien supongo que sabes que tienes a Avery, pero que sepas que también puedes contar conmigo.

Asiente con la cabeza con una pequeña sonrisa y veo que se baja las mangas de la sudadera y sigue teniendo algo de frío. Parece que vamos a charlar un rato y se me ocurre una idea.

—¿Te relaja mirar las estrellas?

—Sí, desde pequeñita —responde mientras se gira y vuelve a mirar al mar.

Voy al coche y saco una manta del maletero, otra para taparnos, una almohada y un batido de chocolate que tenía en la mochila de entrenar. Improviso algo parecido a un refugio en el maletero abierto.

Me giro hacia Keyla, que me observa con atención.

—¿Quieres subir? Podemos hablar mientras —digo, dudando de su respuesta.

Me mira a mí, luego al coche, luego otra vez a mí. Tres veces. Y al final se acerca.

—Claro…, aunque no sé si podré quedarme mucho tiempo. Mañana tenemos…, bueno, tengo…, en fin, es difícil de explicar.

—Tranquila, no tienes que hacerlo hoy si no quieres —respondo con toda la paciencia que alguien como ella se merece—. ¿Te gusta el chocolate? Tengo un batido y no tiene gluten.

Sonríe. Y, joder, esa sonrisa le queda demasiado bien.

—Em…, sí, me gusta mucho el chocolate.

Se apoya en el coche para impulsarse. Lo intenta torpemente y casi resbala, pero al final consigue girarse sobre sí misma y sentarse arriba. Me muerdo la lengua para no reírme. No porque sea ridícula, sino porque es la cosa más jodidamente tierna que he visto nunca. Eso sin contar a Olivia, claro.

—Vaya…, veo que en verdad no necesitas mi ayuda para nada —digo mientras me alzo con los brazos y me siento a su lado con las piernas estiradas, que miden de largo tanto como ella.

—No sabía cómo negarme —responde, y no parece bromear.

Keyla se acomoda en la manta, con las piernas recogidas contra el pecho. La sudadera le queda grande, con las mangas cubriéndole las manos, y por alguna razón me la imagino caminando por mi habitación con mi camiseta puesta. La del número nueve. Mi número.

Subo después de ella y dejo el batido en medio, como si fuera una ofrenda de paz. Nos quedamos en silencio un rato, mirando cómo el cielo se abre sobre nosotros. El faro lanza destellos intermitentes que iluminan la playa a lo lejos.

—Nunca pensé que vería tantas estrellas aquí —murmura, como si hablara para sí misma.

—A veces estamos demasiado distraídos para darnos cuenta de que solo tenemos que levantar la vista —le respondo, sorprendiéndome de lo fácil que me sale.

Ella gira un poco la cabeza hacia mí. Me está estudiando, lo noto. Y yo también la miro, aunque disimulo volviendo la vista al cielo.

—¿Sabes? —dice al cabo de un rato—. A veces pienso que soy como una de esas… —Señala un punto apenas visible—. Muchas de ellas están brillando juntas, formando una figura perfecta, y de repente hay una que parece no encajar.

No sé qué coño decir. No estoy acostumbrado a que alguien me hable de esta manera, mostrándose vulnerable, y me da miedo decir algo que no debo.

Siento un nudo en el estómago, parecido al que me da cuando estoy a punto de perder un partido, y me giro hacia ella, subiendo un poco más la manta hacia nosotros.

—Pues yo te estoy viendo ahora mismo… aquí, ¿ves? —Hago un giro envolvente con las manos—. Siento que, entre todas esas estrellas iguales, hay una que no me deja apartar la vista.

Ella se queda quieta, mirándome. Un segundo, dos, tres. Luego baja la vista y se abraza más fuerte a sí misma.

Cojo el final de la manta y se lo paso por encima de los hombros sin decir nada más. No hace falta, solo quiero acompañarla.

Nos quedamos así, sentados en el maletero de mi coche, compartiendo un batido de proteínas y un cielo que parece demasiado grande para los dos. Y, aunque mañana todo pueda volver a joderse, esta noche siento que no estoy solo en mi propia oscuridad.

—Lo que me ha pasado hoy forma parte de mi vida, Nate. De mi día a día —confiesa con la voz suave—. Llevo con ese monstruo a cuestas demasiados años de mi vida.

—¿Por eso has venido aquí?

—Sí… Estos últimos meses, yo…, bueno, se podría decir que he estado enferma, y ahora solo quiero arreglarlo.

—Las cosas rotas se arreglan, pero las personas no somos cosas, Keyla —digo, mirándola de frente—. Mira, sé que es una mierda, pero a veces somos víctimas de lo que nos pasa. No sé qué te ocurrió, y tampoco necesito saberlo para estar seguro de algo: no fue tu culpa.

Veo cómo se muerde el labio, intranquila, como si estuviésemos tocando un hueso.

—Yo no lo siento así. Siento que hay algo malo en mí y que por eso ahora me pasa todo esto. Estoy en un bucle en el que avanzo un paso y retrocedo dos —susurra, con los ojos vidriosos.

Me quedo callado un momento. Pienso que no quiero soltarle palabras vacías, y las escojo muy bien.

—Mira —digo al fin, señalando hacia atrás—. ¿Ves la tierra del camino? Todavía se marcan las huellas de las ruedas. Si alguien apareciera de la nada y me preguntara cómo volver, yo solo tendría que enseñarle esas marcas.

Me giro hacia ella.

—Así funciona también contigo. Aunque retrocedas, aunque sientas que no avanzas, siempre queda la marca de lo que ya caminaste. Y eso nadie te lo quita.

Ella guarda silencio un momento, como si digiriera lo que acabo de decir. Se limpia con disimulo una lágrima del rabillo del ojo y vuelve a mirar el horizonte.

—¿Y si yo no encuentro el camino? —pregunta con un hilo de voz suave.

La observo fijamente, intentando que entienda que no pienso soltarle ninguna mentira, sino lo que yo creo de verdad.

—Entonces solo te voy a decir una cosa: camina. Camina, aunque duela, aunque pienses que no sabes a dónde vas. Y un día, cuando mires hacia atrás, te darás cuenta de todo lo que has recorrido.

Ella parpadea, como si quisiera atrapar esas palabras antes de que se pierdan con el viento. Sus labios tiemblan, a medio camino entre una sonrisa y un sollozo.

—¿Quieres saber algo que a mí también me hace sentir perdido? —pregunto antes de confesarlo, para que también vea algo de mí—. A veces dudo de si el baloncesto realmente es lo mío o si es lo que otros quieren de mí.

—Suena duro, Nate. —Me mira mientras el pelo le vuela con el viento—. Pero creo que es muy valiente admitirlo. No mucha gente lo diría en voz alta.

Me río para mí mismo porque es la primera vez que lo digo.

—La gente se espera que lo tenga todo claro. Que yo sea ese tío seguro de sí mismo que sonríe para las cámaras y mete canastas en el último segundo, pero la verdad es que a veces no sé quién soy cuando se apagan las luces del estadio.

—La gente tiene que darte igual —responde con firmeza—. Al final del día con quien siempre pero siempre vas a estar es contigo. No tienes que rendirle cuentas a nadie.

Me quedo mirando sus ojos un buen rato y veo cómo la luna se refleja en ellos. Ella me observa con atención.

—Ese es mi problema, Moon —admito, bajando un poco la voz—. Que la gente siempre espera que le rinda cuentas y la culpa me sobrepasa si no cumplo sus expectativas.

—¿Moon? —me pregunta, sorprendida.

—Veo la luna dibujada en tus ojos, que son como granos de café, y pienso que es un nombre que te queda demasiado bien.

Noto que se sonroja mientras se toquetea las puntas del pelo.

—Yo…, esto…, bueno, nunca me habían llamado así.

Empiezo a reírme porque parece una persona especial. Parece estar… llena de verdad. A pesar de todo el peso que parece cargar, conserva su ternura, y eso hoy en día es un puto milagro.

Algo de lo que carecen la mayoría de tías que he conocido hasta la fecha.

—Te diré una cosa —dice cambiando de tema mientras se mira las manos—.

Si algo he aprendido durante este tiempo de…

reflexión conmigo misma —empieza despacio— es que, si algún día llegas a la cima, que lo harás, te darás cuenta de que el obstáculo para llegar nunca fue la montaña, sino tú.

Y muchas veces esa montaña es el poder que les das a los demás. Si eso desaparece, voilà .

Me quedo en silencio unos segundos, sorprendido de la manera en la que habla con tanta claridad, aunque esté triste.

—¿Sabes qué es lo jodido, Moon? —murmuro al final—. Que a veces de camino a la montaña cargamos con mucho peso en la mochila.

Ella pone una sonrisa triste y clava su vista en mí durante unos segundos.

—Dímelo a mí.

La luz del faro vuelve a girar, bañándola en un destello blanco. En ese segundo siento que todo se detiene: el mar, el viento, hasta mi respiración. Me descubro deseando que el tiempo se quede atrapado justo aquí, con ella mirándome así.

Y, aunque no lo digo en voz alta, sé que esta noche, entre todas las estrellas, yo solo voy a recordar una: la que tengo delante.