25. La caja de Pandora. Keyla Blake
Keyla Blake
Me encanta el olor a canela con calabaza. Es mi refugio. En los peores momentos —llorando en mi habitación a oscuras— me bastaba con encender una vela y esperar. El aroma llegaba primero a la nariz y luego al pecho, como si todo se aflojara un poco.
Aquí no hay nada parecido.
Hoy tengo sesión individual con Ellie, y daría cualquier cosa por estar en mi cama con ese olor, encerrada y a salvo.
Han pasado tan solo unas horas desde que tuve mi primer ataque de pánico en este lugar y desde entonces estoy llena de dudas. Dudo sobre si personas como Avery o Nate van a querer saber algo de mí después de eso. Y no los culpo; soy una carga. Una persona que nadie querría tener a su lado.
Nate tiene mi número, pero no me ha escrito. Quizá se dio cuenta de que tengo demasiadas piezas defectuosas.
Aun así, llevo puesta su sudadera. Su apellido, Miller, me recorre la espalda y, aunque no me quiera encariñar, reconozco que me queda bien.
Si hablamos de cariño…, de Avery sí que me he encariñado, cosa que me da miedo por todas mis malas experiencias en la infancia, por lo que tuve que aprender a quedarme sola una y otra vez.
—Buenos días, Keyla. —Me hace un gesto para que me siente, medio sonriendo mientras rebusca unos papeles en el cajón.
Ayer, en cuanto entré en mi habitación, le escribí a la directora del centro pidiendo esta cita.
Tenía una programada dentro de unos días, pero sé que sin esta sesión no voy a tener fuerzas para aguantar la semana ni las actividades que tenemos programadas para hoy.
Después de lo de anoche, siento mi cuerpo frágil, como si cada músculo guardara todavía el temblor del susto.
Me conozco: en cualquier otra circunstancia me habría pasado un mes sin salir de la habitación, pero ahora estoy aquí, lejos de mi casa, porque quiero aprender a vivir en paz con el mundo. Así que tiene que valer la pena.
—Antes de empezar, quiero felicitarte. Has sido muy valiente al pedirme ayuda. Sé lo difícil que es —dice Ellie mientras enciende un incienso y pone a hervir el agua—. Eso dice mucho de tu compromiso contigo misma.
El despacho es un lugar de postal. Tiene una cristalera enorme que va del suelo al techo y por detrás las vistas al mar colorean el paisaje.
Estoy hundida en una butaca mullida; hay otra igual enfrente, reservada para Ellie.
Las paredes son blancas con flores azules.
En la entrada hay unos cajones con el nombre de cada paciente y su kit de bienvenida.
En el mío: una manta blanca de pelo, una taza con mi nombre y una caja de madera que dice: «No abrir hasta que lo necesites. Sabrás cuándo».
El hervidor silba. Ella prepara dos infusiones de fruta como si tuviera todo el tiempo del mundo, lo que acaba poniéndome más nerviosa, algo que noto por el sudor de mis manos.
—¿Cómo estás hoy? —pregunta mientras se sienta frente a mí.
Esa pregunta siempre me parece una trampa.
¿Qué se supone que responde alguien en mi situación?
Me encojo de hombros.
—Creo que… creo que no se me da bien responder a esa pregunta —susurro con sinceridad.
Ella asiente despacio, como si le bastara con eso, y me sonríe. El incienso llena la sala. Dulce. Casi empalagoso.
—Entiendo que suele ser complicado hablar de nosotros mismos, pero yo quiero que sepas desde ya que me interesa todo de ti: cómo te sientes, cómo piensas, tus hobbies…
—Ya…, no sé. Suele costarme hablar de mí misma —confieso con vergüenza—. No es la primera vez que pido ayuda, y la última vez no salió muy bien.
—Suele costar volver a empezar con un terapeuta nuevo, sobre todo si la última experiencia no salió como esperábamos. Pero, mira, cielo, si después de unas sesiones conmigo no te sientes cómoda, hay más especialistas en el centro. Es probar suerte.
No. No. No. Y mil veces no.
Eso solo confirmaría lo que llevo tiempo sospechando: que el problema de que nada me salga bien soy yo.
Además, me gusta Ellie. Es una persona amable, que siempre está sonriendo de manera genuina y que parece tener mucha experiencia.
Ellie carraspea antes de abrir la caja de Pandora.
—Me preocupa cómo te sientes después de lo que pasó anoche, pero creo que es mucho más importante conocer de dónde vienen esas sensaciones, su raíz —dice al fin—. Aquí vamos a trabajar para aprender a vivir llevando mejor esos síntomas, pero para ello tenemos que saber cómo empezaron a pasar.
Trago saliva porque nunca he hablado con nadie de lo que pasó realmente. De cuando empezó a dolerme respirar, cuando empezó a faltarme el aire por primera vez.
—No sé…, tengo algunas lagunas sobre muchas cosas de mi vida y es algo que me da miedo.
—Vale, no pasa nada. Es totalmente normal no recordar sucesos traumáticos y precisamente el que estén enterrados es lo que hace que estemos peor.
Así que tranquila, yo te guiaré hasta ellos.
—Me hace sentir más tranquila y aprovecha para levantarse y coger unos papeles de una mesa de madera redonda que tiene cerca de la ventana—.
Mira, para empezar, estos son los resultados del test inicial que os hicimos a todos el primer día.
Mientras ella señala el papel con mi foto y mi nombre, algo se instala en mi garganta. Tengo miedo de que me diga que tengo algo que no se puede curar.
—No quiero que te asustes, no es nada que no se pueda trabajar —intenta tranquilizarme y pone una mano sobre mi rodilla—. Sé que puede dar respeto escuchar un diagnóstico, pero es solo una ayuda para saber qué camino seguir.
—¿Pero… tiene cura lo que tengo? —pregunto mordiéndome las uñas.
—En términos de psicología, a veces no es posible hablar de una cura como tal —me explica quitándose la chaqueta—.
A mí me gusta más optar por la aceptación, la convivencia y el compromiso con esos síntomas.
Muchas veces desaparece del todo, otras se aprende a vivir con algunas sensaciones, pero te garantizo desde ya que si lo trabajas vas a mejorar mucho.
Me quedo mirando al suelo con mil dudas en la cabeza. Empiezo a tener frío, algo que se me desregula con frecuencia cuando me pongo nerviosa.
—Keyla, cariño, lo que sale aquí solamente nos habla de que tienes un estrés postraumático de grado complejo. Y esto no es algo que deba asustarnos.
—Pero lo de complejo suena tan mal…
—Complejo en este caso solo significa que has tenido varios traumas grandes sucediendo a la vez. No significa nada más que varias raíces a las que ir.
Me da miedo lo que me pueda pasar si empiezo a entrar dentro de mí misma. Me da miedo encontrarme con la Keyla de cinco años encerrada en su habitación, con la Keyla de doce escondida en un baño, o con la de dieciocho con miedo a salir a la calle.
—Mira, el TEPT es lo que origina tu ansiedad, lo que la acciona.
En tu pasado seguramente has tenido vivencias muy duras que se han ido quedando fragmentadas en tu memoria, en lugares en los que no deben estar.
Es por eso por lo que a través de las sesiones las iremos recolocando, pero es importante que sepas que no va a ser fácil.
Me quedo callada unos segundos. Nunca he sido especialista en ser valiente, pero tengo muy claro que no quiero vivir así el resto de mi vida o acabaré en una caja.
Ellie se levanta y coge mi kit de iniciación. Saca la mantita y me la pone por encima, haciendo que me sienta reconfortada a pesar de lo asustada que estoy.
—Cuando hay este tipo de estrés en el cerebro, no hay mucha diferencia entre tú y un soldado de guerra. El cerebro no diferencia si has tenido que presenciar un asesinato, un abuso, una negligencia…, no entiende de los niveles de gravedad, solo lo interpreta como un peligro, sin distinciones.
—He vivido tantas cosas que…, no sé, siento que las he dejado enterradas en un lugar seguro, ¿sabes? Como si les hubiese echado tierra por encima para no removerlas ni revivirlas.
Mi terapeuta esboza una sonrisa y coge otra manta para ella.
—Es justo eso. En terapia tenemos que llegar a esas memorias y desenterrarlas, para así poder procesarlas y que dejen de dar tanto miedo. Es duro, cariño, pero te estaré acompañando todo el proceso. —Ellie suspira y mira a su alrededor—. Mira este lugar. Obsérvalo bien.
Me paro un momento en mí y empiezo a oler el incienso.
Después empiezo a ser consciente de la brisa que entra por la ventana, suave, que me acaricia la cara.
Si alzo un poco la cabeza puedo ver a algunos de mi grupo dando de comer, a lo lejos, a los caballos.
Y de repente algo se abre dentro de mí, sintiendo una chispa de ilusión por empezar, por gastar este cartucho conmigo misma.
—Este lugar es increíble. Está pensado con todo detalle para vosotros. Es un buen lugar para sanar, Keyla. Aquí tenemos naturaleza, animales, tranquilidad. Puedes ir y venir a tu antojo mientras te mantengas lo más alejada posible de tu contexto anterior, para poder profundizar mejor en la terapia.
—Estoy preocupada por mi tía, solía estar con ella todos los días.
—Hablamos con ella todos los domingos por teléfono antes de pasártela, y si tiene alguna duda de emergencia siempre nos puede llamar. Todo está bien.
—Si empiezo a contarte todo…, no sé cómo me voy a encontrar. Hay cosas que no saben ni mis tíos y otras de las que yo ni me acuerdo. No sé si estoy preparada, ¿sabes?
—No existe el momento perfecto para empezar, pero con las sesiones individuales y la exposición a esos recuerdos vamos a ir trabajándolo todo.
Suspiro con el corazón golpeteando dentro de mi caja torácica. Miro a Ellie, miro al suelo, miro al mar. Mis manos se enredan entre la manta y mis pies inquietos quieren salir corriendo. Pero yo quiero vivir, aunque sea difícil, si esa es la meta, quiero intentarlo.
—Vale. Quiero hacerlo.
Ellie enseña toda la hilera de dientes y se pone cómoda.
—No sabes lo feliz que me hace escucharte —me confiesa—. ¿Por dónde crees que deberíamos empezar?
—Por el principio, ¿no?
Ellie niega suavemente con la cabeza y cierra la carpeta sobre sus rodillas.
—No. Hoy no vamos a abrir el pasado todavía. Antes de correr, necesitamos aprender a caminar sin ayuda.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a la autonomía, Keyla. He notado que te apoyas mucho en Avery. Eso es maravilloso, tener una amiga es vital, pero para sanar necesitas saber que tú, por ti misma, eres capaz de estar en el mundo sin que se te caiga el cielo.
Me tenso bajo la manta.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero proponerte un reto para esta semana. Una actividad de exposición.
—¿Qué tipo de actividad? —pregunto.
—Quiero que hagas algo tú sola. Fuera del centro. Sin Avery. Sin nadie conocido.
El pánico asoma la cabeza.
—No puedo. Me perderé, o me dará otro ataque y…
—Y si te da, lo gestionarás. Tienes herramientas. —Me mira con firmeza—. Keyla, ¿qué te gusta hacer? ¿Qué te hacía feliz antes de que el miedo ocupara tanto espacio?
Pienso en mi habitación y en todos los momentos que me pasé rodeada de mis libros.
—Leer —respondo sin dudar—. Los libros son… mi lugar seguro.
A Ellie se le iluminan los ojos.
—Perfecto. Entonces tengo el plan ideal. ¿Conoces la biblioteca de la universidad?
Niego con la cabeza.
—Es la biblioteca pública más impresionante del estado. Es un edificio antiguo, enorme, lleno de silencio y rincones donde nadie te molesta. Es el mejor lugar del mundo para perderse un rato.
—¿Tengo que ir a la universidad? —pregunto, asustada. Eso implica gente joven. Estudiantes. Vida social.
—Solo a la biblioteca. Entras, buscas un libro, te sientas una hora y lees. Ese es el trato. Tú, un libro y el silencio. Si te agobias, te doy permiso para irte en cuanto baje un poco la emoción, pero nunca antes.
Me muerdo el labio. La idea de estar rodeada de libros me atrae tanto como me aterra la idea de ir sola a un sitio desconocido. Pero pienso en la Keyla valiente que quiero ser, en la persona de la que quiero estar orgullosa. Pienso en la meta, aunque me asuste el camino.
—Vale —susurro, sintiendo que el corazón me late un poco más rápido—. Iré a la biblioteca.
—Esa es mi chica —dice Ellie, cerrando el trato con una sonrisa—. Te aseguro que te va a encantar. Puede que incluso encuentres algo allí que no esperabas.