Breathe Out (Silver Springs 1) 23. Una casa diferente. Keyla Blake
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23. Una casa diferente. Keyla Blake

Keyla Blake

El olor a chicle de menta inunda mi nariz, entrando suave y dejando una sensación helada a su paso. Nate conduce con las manos firmes en el volante y Avery se ha quedado dormida.

Mi cabeza es un murmullo de voces que tienen conversaciones entre ellas.

¿Qué pensarán ahora de mí?, reflexiono mientras el cinturón me aprieta el pecho.

¿Por qué he retrocedido los pocos pasos que había avanzado?

Me imagino las conversaciones entre ellos cuando Nate les explique que la pringada que ha llegado nueva a la ciudad se ha desmayado sin motivos.

«Seguro que lo hizo para llamar tu atención».

«Nate, colega, sal de ahí. Esa chica no te conviene».

«Está loca, tío. Las tías de hoy en día…».

Trago saliva al darme cuenta de lo raro que es todo esto. Estoy a miles de kilómetros de mi casa, lejos de mi zona de confort, en un coche con un jugador de baloncesto y mi única amiga aquí dormida en el asiento de atrás, de camino a un centro donde trato precisamente este tipo de problemas.

En estas semanas he podido aprender que nadie tiene que dar explicaciones cuando lo que le duele es algo físico, como la tripa, pero sí tiene que darlas cuando lo que duele está dentro del corazón o se siente en la boca del estómago.

El miedo a pensar que los demás me vean como lo que soy, un bicho raro, solo aumenta la sensación que me aprieta el pecho.

Apoyo mi mejilla en el cristal y exhalo largamente. No todo el mundo quiere ayuda, vale. A veces yo tampoco la quiero, ni sé cómo recibirla, pero hoy es diferente. Hoy quiero, necesito sentirme en casa.

—¿Tienes frío? —pregunta Nate, girándose para mirarme con sus ojos verdes.

—No, estoy bien —respondo y me froto las manos—. Quería darte las gracias por lo que has hecho por mí hoy.

—No ha sido nada, Keyla. De verdad. —Baja un poco el volumen de la música, como si quisiera preguntarme algo más—. ¿Suele… pasarte muy a menudo?

Aprieto la mandíbula y empiezo a notar que el calor me sube del estómago a la garganta. Nunca me he abierto con nadie más que con mis tíos, y ni aun así saben todo de mí. Tío Will era el único que entendía todo lo que pasaba cuando salía de casa cada mañana, pero nunca he sido demasiado detallista.

Desde que me adoptaron me esforcé por ser la chica perfecta, la que no da problemas.

Siempre intentando sacar las mejores notas, guardar silencio y no hablar demasiado alto.

Nunca he tenido la palabra «no» en la boca, no para ellos.

Es por esto por lo que aprendí a fingir que todo iba bien, aunque por dentro estuviese demasiado rota.

No sé cómo decirle a Nate que sí, que me pasa más veces de las que me gustaría, que no sé cómo arreglarlo o que quizá no tenga solución.

—Bueno, me pasa alguna vez, sí —confieso con voz suave, porque no quiero mentirle—. Pero llevaba bastante tiempo sin pasarme, al menos con esta intensidad.

Nate asiente, sin apartar la vista de la carretera.

—No tienes por qué contármelo si no quieres.

Me muerdo el labio. Esa frase me hace sentir tranquila, aunque por otra parte puede ser desinterés.

—Gracias —digo, casi susurrando—. La verdad es que me he mudado aquí porq…

Suena un bostezo que llena todo el coche desde la parte de atrás, interrumpiendo el momento en el que iba a abrirme por primera vez con un desconocido. Uf. Menos mal. Creo que estaba a punto de cagarla.

—¿Me he perdido algo? —Avery se tapa la boca, pestañeando por el sueño—. ¿Cuánto falta para que lleguemos?

—Creo que estamos ya justo donde me dijiste.

La carretera empedrada del puerto marítimo se abre ante nosotros.

El mar parece tranquilo y las estrellas se reflejan en el agua.

Llegamos justo a la carretera por la que tenemos que subir a Corazón Azul, pero creo que Nate nunca ha estado en un sitio como ese.

Está bastante escondido de todo, aunque tenga un faro que se percibe desde lejos.

Por suerte, es una zona privada, por lo que es casi imposible acceder.

—Mira, es justo por ahí —señala Avery—. Déjame poner el código de la puerta en cuanto subas un poco. Verás una especie de arco por el que hay que entrar, yo te indico cuándo.

—Mmm, vale —dice Nate, como si estuviese pensando algo—. Qué raro. Conozco este lugar de toda la vida y nunca había estado por esta zona.

—Ya…, eh, creo que pasa bastante desapercibida.

Supongo que no ha dado ninguna explicación de cómo nos conocimos ni de lo que hacemos aquí, pero si Nate va a entrar con nosotras dentro es probable que necesite saberlo.

¿Qué es lo peor que podría pasar si lo hiciera?

¿Que quiera alejarse de mí? Al fin y al cabo, soy casi una desconocida.

Será mejor que sepa de mis problemas ahora y no cuando sea demasiado tarde.

Bajo la mirada y veo cómo mis pecas parecen más intensas con la luz de la luna que entra por la ventanilla. El silencio se instala unos segundos antes de ver el haz de luz de la entrada al centro.

Avery se incorpora y saca el cuerpo por la ventanilla. Pone el código y se escucha: «Bienvenido a Velvet Hollow. Si quiere ir a Corazón de Hueso, pulse 1. Si quiere ir a Corazón Azul, pulse 2. Si quiere…».

Avery se apresura y marca el 2, por lo que se abre el portón de nuestra derecha. Nate mira alrededor, sorprendido, y carraspea.

—Parece un buen sitio.

—Sí, lo es.

La puerta se abre lentamente, como si quisiera asegurarse de que de verdad pertenecemos a este lugar. El crujido metálico se mezcla con el rugido del mar, suave, que nos sigue de cerca incluso cuando el coche avanza entre los árboles.

A medida que subimos, la carretera se estrecha y la luz del faro viene y va, bañando la carrocería del coche de Nate.

—Ya casi estamos —murmura Avery, con un hilo de voz todavía pastoso por el sueño.

Nate reduce la marcha. Frente a nosotros aparece nuestra casa de paredes de madera blanca y azul, decorada con unos ventanales altos iluminados desde dentro.

Parece llevar toda la vida esperando a alguien como nosotras.

Detrás, la silueta del faro se recorta contra el cielo salpicado de estrellas.

Es tan irreal que parece sacado de un libro, de esos que se leen con el corazón en la mano.

Trago saliva y mis manos se enredan en el borde del asiento. No sé qué me asusta más: si pensar en que esta noche no voy a poder dormir recordando el ridículo que he hecho hace un rato o que este lugar me dé una paz que no crea merecer.

Nate aparca despacio, cerca del banco que hay con vistas al mar. El motor se apaga y el silencio, otra vez, lo llena todo. Me descubro sujetándome a través de la respiración.

—Bienvenido a nuestra casa, Nate —anuncia Avery, bajándose del coche con una sonrisa.

—Vaya, tiene unas vistas espectaculares.

—¿A que sí? Es una pasada.

Cuando me estoy quitando el cinturón, veo que Nate ha dado la vuelta y me abre la puerta.

—Déjame ayudarte a bajar. Este coche es muy alto.

Lo cierto es que sí que lo es. En la zona en la que vivía no era tan común ver coches así. Este es un enorme 4×4 gris que tiene un maletero abierto como el que siempre había soñado tener.

—Mmm… Parece que se ha quedado una noche estupenda para recenar —dice Avery estirando la espalda mientras arquea una sonrisa—. Voy entrando, ¿vale?

No me da tiempo a responder. La veo alejarse hacia el porche, ligera como una pluma. Sus zapatos crujen sobre la gravilla y, en un suspiro, nos deja a los dos en mitad de este lugar, rodeados de viento y estrellas.

Me cuelgo el bolso al hombro, y al hacerlo, su mano roza la mía. Pongo un pie en el estribo de su 4×4 y siento cómo mi cuerpo bombea sangre desde la cabeza a los pies, parándose especialmente en la boca de mi estómago, cuando nos quedamos a apenas unos centímetros de distancia.

—Gracias —susurro despacio, casi con el corazón en la garganta.

Por unos segundos siento que se para el tiempo y solo veo lo que tengo delante: una ventana a unos ojos brillantes que me están mirando a mí. A mí. A la chica invisible.