22. Por la puerta de atrás. Nate Miller #2
Nos quedamos los dos. Keyla y yo y el sonido del bar de fondo. El mundo, por unos segundos, es este rectángulo de madera y olor a jabón, y no necesito nada más para entender que algo se ha movido dentro de mí.
—No tienes que hablar —le digo, porque la noto buscando algo que decir y tropezando—. Solo respira conmigo, ¿vale? Cuatro dentro, seis fuera. Como… —Me detengo; me sorprendo a mí mismo—. Como cuando estoy a punto de lanzar y necesito que el mundo se calle un momento.
—¿Cuando juegas también te pones nervioso?
—Antes constantemente, pero ahora es algo que tengo muy entrenado. Si quiero jugar bien, debo tener la mente lo más fría posible.
Nos quedamos contando en silencio y el ruido de la conversación se va quedando atrás y solo quedan dos ojos brillantes que me miran.
No sé si lo hacemos al mismo tiempo, no sé si está siguiendo mis pasos, pero al tercer intento el aire entra un poco más fácil, y al cuarto noto que deja de arañarle el pecho.
Ella cierra los ojos y una lágrima se queda atrapada en sus pestañas. No la limpia. Yo tampoco.
—No quiero que me miren —susurra—. No quiero salir y… y que piensen que soy…, que pienses que soy… —No termina la frase, pero no hace falta.
—Que piensen lo que quieran —respondo, y me sorprendo de creerlo—. A mí desde luego no me importa para nada. No sientas vergüenza porque te haya pasado esto, ¿vale? No hay nada malo en ti y no tienes que fingir conmigo.
Keyla abre los ojos. No hay alivio, no todavía. Hay algo más humilde: una tregua consigo misma.
—¿Puedes levantarte si te ayudo?
Me mira el brazo como si estuviese asustada pensando en tocarme.
Duda, luego asiente. Me acerco más, la rodeo por la espalda sin tocar donde no debo, y la siento apoyarse en mí con un peso que no tiene confianza alguna.
Nos movemos despacio; me preocupo de que no resbale.
El espejo nos devuelve una imagen rara: yo demasiado grande para estar dentro de este baño, ella demasiado frágil para estar segura en cualquier sitio.
Cuando salimos, el pasillo sigue siendo estrecho, pero Sienna ya viene de vuelta con Avery. Ella llega con paso rápido, la cara en alerta, y me atraviesa con una mirada que es pregunta y reproche y gratitud al mismo tiempo. Abraza a Keyla sin preguntarle, sin permiso. No lo necesita.
—Estoy aquí —dice Avery, y la palabra «aquí» suena como un lugar de verdad, uno con paredes y un espacio tranquilo.
—Ya lo sé —responde Keyla, y hay un temblor que no es miedo, quizá cansancio.
—Os llevo a casa —repito, esta vez para las dos—. Wanda nos saca por la puerta de atrás, Sienna se ha encargado.
—Os está esperando —confirma Sienna, que aparece detrás con una chaqueta colgada del brazo—. Y he metido una botella de agua en tu bolso, Avy. Y, en cuanto a ti, nada de heroísmos, ¿vale?
Avery asiente y levanta la vista hacia mí, que asiento a su vez.
Wanda y Asia nos esperan al final del pasillo. La abuela tiene las llaves de la puerta trasera en la mano y una mezcla de dulzura y firmeza en la mirada que me recuerda a la gente que ha visto demasiadas noches como esta.
—Todo bien, cariño —le dice a su nieta, Avery—. No tengáis prisa, ¿vale?
—Te escribo luego, abuela —responde Avery mientras nos alejamos de la puerta trasera.
—Gracias, de verdad —nos dice Keyla a todos, con la mirada hacia el suelo.
En la calle, el aire de la noche es un alivio que huele a la lluvia entre las hojas del otoño.
Las luces del bar se quedan atrás y mi nuevo coche nos espera en el aparcamiento.
Saco las llaves y por un instante dudo: no es la primera vez que llevo a alguien a casa, pero es la primera vez que lo hago preocupado.
No es caballerosidad, sino otra cosa. Una cuerda que se me ha enganchado en el pecho y que no sé si sabré desatar.
—Ve delante, ¿te parece bien? —le digo a Keyla, abriendo la puerta—. Si te mareas, me lo dices y paramos.
—Estoy bien, gracias —me responde mientras se abraza a sí misma por el frío de la noche.
—¿Tienes frío? Puedo dejarte mi sudadera —digo ya de camino a la puerta de atrás. Cojo mi sudadera gris y se la pongo encima—. Toma, ponte esto.
Keyla me mira con la nariz sonrojada. Desde aquí las vistas que me ofrece son todavía más espectaculares, incluso después de haber llorado y tener la cara como un mapache. Sus labios son carnosos y sus pestañas tienen un gran protagonismo en su mirada.
—Gracias. Muchas gracias…, Nate —me responde mientras emite una media sonrisa que hace que algo se mueva dentro de mí.
Le abro la puerta del copiloto para ayudarla a subir.
—Sube por aquí.
Keyla pone los pies en el asidero y se incorpora. Sin dejar que ella misma lo haga, le pongo el cinturón y le subo la capucha de la sudadera del equipo.
Abro la guantera y veo las toallitas al fondo. Saco una y se la doy.
—Esto…, creo que también tengo toallitas para que puedas limpiarte un poco la cara si quieres. Te dejo el paquete por si las necesitas.
Avery se sienta detrás, inclinándose entre los asientos para no dejar de tocarle la mano. Sienna, desde su coche, nos mira como quien ha visto empezar y terminar demasiadas veces un momento así.
—¿A dónde os llevo, chicas?
—¿Sabes cuál es la ruta hacia las montañas que hay después del puerto marítimo? —pregunta Avery, quitándose la chaqueta.
—Creo que sí. ¿Una cuesta después del mercado?
—Sí, esa. Vivimos allí, en una… especie de residencia. Sería subir toda la cuesta hasta llegar al camino y ver después el faro —dice enseñándome una foto desde su teléfono.
—Marchando, señoritas. ¿Alguna música en concreto?
—A Keyla le gusta mucho el grupo de Novo Amor.
Cojo mi móvil y se lo doy a Keyla, después de conectar el cable al aparato de música.
—Ten, mapache —le digo al ver que se ha limpiado casi todo el rímel, bromeando para romper el hielo—. Ponte la música que quieras, hoy eres nuestra DJ.
Me sonríe con sinceridad por primera vez desde que entré en ese baño y empieza a sonar una canción llamada Carry You que inunda mis oídos y se mete dentro de mi piel.
El motor nos acompaña, con un ronroneo, y empiezo a conducir sin prisa y sin hablar más de lo necesario, atento a la respiración que se regula a mi lado.
En un semáforo largo, Keyla apoya la frente en el cristal y cierra los ojos.
Avery le pasa los dedos por el cabello desde atrás, ordenando sus mechones con paciencia.
Yo miro el color rojo que se hace eterno y me digo que esta vez he llegado a tiempo para alguien, que no he dejado que otra persona se caiga sola.
No sé por qué me siento así, aunque no lo digo en voz alta, aunque no me atreva a explicarlo, pero es una sensación que se queda conmigo mientras el semáforo cambia a verde y la ciudad se abre paso, lenta y segura, como si supiera a dónde vamos.