Breathe Out (Silver Springs 1) 22. Por la puerta de atrás. Nate Miller
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22. Por la puerta de atrás. Nate Miller

Nate Miller

Quince minutos antes.

La música del bar sigue sonando, y aunque mi cuerpo está aquí, con el vaso húmedo entre los dedos y la espalda apoyada contra el respaldo de madera, mi cabeza va detrás de cada paso de la chica de los ojos color tierra mojada.

Su vestido blanco se ciñe a la cintura marcándole el culo mientras el pelo le cae en forma de cascada por la espalda. Tiene un cuerpo precioso, pero me da la sensación de que ella no lo ve de la misma manera.

Las risas de los míos vibran en el aire, el cristal choca con cristal, alguien aplaude a destiempo al fondo y Wanda tararea una canción de country mientras coloca una bandeja con pizzas que humean como si el calor mismo fuera parte de la decoración.

—¿Miras algo, estrellita de la NBA? —pregunta Wyatt, socarrón.

—La cara de tonto que tienes cuando hablas con Avery, eso miro.

—La cara de tonto la tiene siempre, no es por hablar conmigo, concretamente —responde la rubia de lengua afilada.

—Oh, sí, sigue siendo así. Cada día me gustas más —dice Wyatt acercándose a ella.

—Tíos, algún día vais a tener que resolver vuestra tensión no resuelta —añade Aiden entre risas.

—Esa tensión solo existe en tu cabeza, Aidy.

—Claro…, por eso todos lo vemos.

—Puaj, cállate. Si algún día me enrollo con un jugador de hockey que alguien me pegue —exagera Avery.

Intento meterme en las conversaciones paralelas que se forman en torno a la mesa.

Avery discute acaloradamente con Wyatt; los dos tienen ese talento para pelear como si fueran un matrimonio, como si no supieran dónde acaba la broma y dónde empiezan los problemas.

Lach, Aiden y Asia hablan de un partido de la semana pasada; el primero se defiende, el segundo ataca, y Asia, con esa calma que la caracteriza, arbitra sin que parezca que lo hace.

—Tío, cuando compites eres insufrible. Literalmente, son los únicos momentos del año donde no te soporto —confiesa Aiden, metiéndose la sudadera por la cabeza mientras su pelo queda hecho un desastre.

—No me entiendes —responde Lach, con ese tono de quien está cansado de explicarse—, y no te culpo. Pero en esos momentos necesito estar al cien por cien conmigo. Si no, mi cabeza me come vivo.

—Lach, todos aquí somos deportistas, y me dejo la piel igual que tú —replica Aiden, cogiendo un trozo de la pizza que Wanda acaba de dejar—, pero no por eso desaparezco un mes entero. Hay teléfonos, ¿sabes? Hay bares como este. Hay… —señala la mesa con la pizza a modo de argumento final— vida.

—Hay drama —añade Wyatt, inclinándose hacia Avery con su media sonrisa—. Que, por cierto, te sienta fenomenal.

—Cállate, Wyatt —responde ella sin mirarlo, pero le tiembla la comisura de la boca como si no quisiera sonreír y casi se le escapara—. Además, tú no eres precisamente el ejemplo de la estabilidad.

El grupo ríe. Asia, que ha estado medio fuera de la conversación, asiente hacia mí.

—¿Y tú, Miller? ¿Tú qué haces cuando compites? ¿Te conviertes en un ermitaño o te da por rezar a santos inventados? —pregunta Lach.

—Me concentro —respondo, y suena más seco de lo que pretendía porque me molesta que no lo sepan ya—. E intento visualizar la meta.

—Claro que sí —se burla Wyatt—. El niño de oro y sus metas.

—Wyatt, deberías relajarte. Hoy estás especialmente intenso —dice Asia, y luego me mira—. ¿Estás bien?

Asiento. Estoy bien, debería estarlo. El humo de la pizza me llega a la cara y el queso se estira entre las manos de Aiden y Avery como un hilo transparente que se resiste a romper.

Alguien —creo que Wanda— cambia la canción y entra Taylor por los altavoces, una balada que convierte la sala en algo más blando y azul.

Todo parece encajar; todas las piezas en su sitio. Todo menos el hueco a mi derecha.

Keyla lleva demasiado tiempo en el baño.

Me lo repito con la voz más razonable que tengo, la que uso con el entrenador, con la prensa, con mi madre: no seas paranoico, Miller.

Puede haber cola. Puede necesitar aire. Puede…

lo que sea. Pero en cuanto aparto la vista del pasillo, la vuelvo a fijar.

Es un movimiento involuntario, como cuando te haces daño y aun así presionas para comprobar que sigue doliendo.

Avery deja la discusión con Wyatt por la mitad y busca mi mirada.

La encuentra. No hace falta que diga nada: los dos sabemos que estamos pensando lo mismo.

Ella es la que suele adelantarse con los cuidados, con las palabras justas, con las manos rápidas para sostener a quien se tambalea; hoy, sin embargo, no se mueve.

Me da esa especie de permiso silencioso que duele y a la vez alivia.

—Miller —dice Wyatt, que no es ciego, solo lento a veces—, estás mirando ese pasillo como si te debiera dinero.

—Estoy pensando que a lo mejor necesito mear, tío, pero me podía la pereza —respondo, y me oigo como si fuera otro—. Voy y vengo.

—Yo también me meo —dice Avery al instante; sus dedos ya están dejando el vaso, la rodilla empuja la silla hacia atrás con esa urgencia que nace del cariño.

Niego antes de que se ponga en pie.

—Quédate. Si no vuelvo en cinco, vete al baño, pero por ahora no dejes solos a estos unineuronales, no vaya a ser que se caguen encima.

Avery me mide con la vista, encuentra algo que la convence y asiente levemente. Asia me sigue con los ojos hasta que me alejo. Aiden hace un gesto de «¿todo bien?» que respondo con un pulgar sin ganas.

Me interno en el pasillo. El ruido del bar retrocede con cada paso, como si alguien fuese ajustando el sonido y lo bajara poco a poco. Aquí el aire está más frío, el olor a madera se mezcla con el de lejía y lavanda. Me doy cuenta de que tengo las manos sudadas.

Pienso en Keyla, en su forma de sostener el vaso con los dedos tensos sobre el cristal, en la línea fina de su garganta cuando tragaba, en cómo el mundo entero parecía demasiado ruidoso para ella incluso antes de llegar a la mesa.

Lo pienso y me arde una culpa que no sé a quién pertenece.

Debería haberla acompañado. Debería haber preguntado si estaba bien.

Debería, debería…, palabras que no sirven de nada cuando ya estás caminando hacia una puerta cerrada.

Esta preocupación no es propia de alguien como yo. Alguien que vive para el juego, para tomar decisiones.

Pero percibo dentro de mí que algo va mal, como cuando era pequeño.

No golpeo fuerte, pero el sonido resuena como si hubiera dado una patada.

—¿Keyla?

El silencio envuelve la escena, pero no del todo: un murmullo bajo, unas voces femeninas que no distingo y que el eco del baño devuelve.

Empujo la puerta despacio, esperando que alguien me eche de allí, esperando que me griten por invadir un espacio que no me corresponde.

La bisagra se queja y se abre lo suficiente para dejarme ver.

Sienna está arrodillada en el suelo, con su melena oscura recogida de cualquier manera, sosteniendo a Keyla como se sostiene algo delicado: sin apretar, pero sin soltar.

Keyla no está desmayada, no del todo; sus párpados tiemblan cuando me ve y su respiración parece estar a punto de entrar en una pelea que se da a cada segundo. El espejo me devuelve la escena.

—Mierda —me sale sin filtro, y Sienna levanta la vista.

—Sssh. —Me hace un gesto con la mano para que baje la voz—. Vamos, Miller, no te quedes ahí llamando la atención y entra.

Me acerco despacio, como si el suelo pudiera crujir y romper algo. Me agacho junto a ellas. Hay un olor a jabón de manos y perfume que no reconozco, un perfume dulce que, de haberlo olido de cerca, habría identificado sin pensarlo dos veces; pero que ahora solo sirve para marcar que esto es real.

—Keyla —digo, y aunque lo intento suena a ruego.

Sus ojos se abren lo justo para encontrarme. No sé qué ve en mí, pero dejo que lo vea. Dejo que lea la preocupación, el miedo torpe, la rabia contra mí por haber tardado tanto en reaccionar. Dejo de fingir que todo me da igual, que puedo con todo.

—No pasa nada —murmura Sienna, sin mirarme, con la voz entrenada de quien ha tenido que repetirse eso a sí misma muchas veces—. Estás respirando. Tu cuerpo cree que no, pero estás respirando. Y no estás sola.

Keyla aprieta los labios. Los dedos de su mano derecha se clavan en la manga de Sienna como si allí hubiese un borde del que agarrarse para no caer. Cuando habla, su voz es una hebra:

—Lo siento.

—No hay nada que sentir —le digo—. Nada.

—Perdón —repite, y me mira como si yo fuese el profesor que va a ponerle una falta, como si hubiera hecho algo incorrecto por fallar delante de gente—. No…, no quería…

—Ey. —Sienna le toca la sien con el dorso de la mano, un gesto pequeño y tierno—. A mí me da igual también. Lo que quieres es desaparecer, lo sé, pero no puedes. Y está bien. Todo va a estar bien y esto pasará, pero ahora mismo tienes que seguir respirando conmigo.

Levanto la vista hacia Sienna. Hay algo entre la pena y la complicidad en sus ojos.

Es la primera vez que veo bajo la piel de la tía dura de la que lleva años enamorado mi amigo.

Siempre la había visto como a una chica fría, distante y cortante, pero verla con Keyla me ha hecho ver la otra cara de la moneda, la que debe de ver Aiden cuando está con ella.

—Te llevo a casa —digo al fin, y no lo planteo como pregunta—. A ti y a Avery. No tienes que quedarte un minuto más aquí.

Keyla intenta negar, pero el movimiento se le escapa como a cámara lenta. Sienna me mira y asiente, como si me nombrara en silencio encargado de una tarea sencilla y enorme a la vez.

—Voy a avisar a Avery —dice—. Y a Asia, para que nos cubra.

—Gracias —respondo, y la palabra se queda corta.

Sienna se incorpora con una elasticidad que envidiaría cualquier atleta. Me palmea el hombro al pasar junto a mí, un toque breve que dice «haz lo tuyo». La puerta se cierra tras ella con un clic.