21. Final de turno. Sienna Blackwood
Sienna Blackwood
Estoy harta de tener los dedos de las manos tan fríos a causa de lavar los platos. Para estar en Silver Springs en pleno otoño, se podría decir que el clima sigue siendo bastante cálido, pero aun así a estas horas ha refrescado lo suficiente para que se me congelen los dedos.
Mi trabajo aquí no consiste en eso, pero hoy Wanda, la abuela entrañable que me dio la oportunidad de trabajar para ella, no se encuentra bien, así que no me queda otra opción.
Creo que es el mejor trabajo a media jornada que podría tener y lo hago para unas personas estupendas que siempre se muestran más que comprensivas con mi situación, así que intento no quejarme y sacar fuerzas de donde sea para venir cada noche. Lo hago por mí y lo hago por ellos.
A pesar de que no lo hablo con nadie, estoy cansada.
Por los dioses, realmente cansada. Por las mañanas voy a la universidad para terminar mi carrera de moda y por las noches me vengo a trabajar al Grey’s, eso siempre y cuando haya llevado a mis hermanos pequeños al colegio, les haya dado de comer y los haya acostado.
Así que cuando me meto en mi cama solo me quedan exactamente cuatro horas y media para dormir antes de levantarme para adelantar cosas de clase.
Hoy estoy especialmente contenta porque Aiden ha venido con los chicos, y siempre que está él el día es mucho más fácil, solo que nunca se lo digo, claro.
Nuestra relación es… complicada. Sí, sería una buena palabra para definirla. Pero, aunque lo sea, él es mi constante. Siempre lo es.
Hoy salgo un poco antes de la hora porque, como Wanda está enferma, su hija vendrá a echarle una mano. Siempre se pone muy nerviosa cuando viene su hija, así que ha preferido que yo no presencie las dinámicas que hay entre ellas y me sienta incómoda. Lo prefiero, la verdad.
Aprovecho los cinco minutos que me quedan para observar a los chicos desde la barra.
Asia es preciosa, aunque ella no lo sabe.
Tiene un pelo negro como la noche que le llega hasta la cintura y la sonrisa más blanca que he visto jamás.
Unos ojos enormes, algo saltones y almendrados que hacen que su exótica cara tenga el complemento ideal.
Revisa el móvil distraída, como siempre que no está Nate; creo que le cuesta un poco relacionarse.
El tonto de Wyatt juguetea con su pelo negro alborotado mientras bromea con Lach.
El inmaculado Lach: con su ropa de marca, su pelo pelirrojo perfectamente peinado hacia atrás y una cara pecosa jodidamente perfecta acompañada por sus ojos azules como el agua.
Son buenas personas y estoy agradecida por cómo han cuidado a Aiden desde que tuve que poner algo de distancia entre nosotros, aunque nunca es suficiente si se trata de él.
—Sienna, cariño, ¿te parece si sales ya? —me pregunta Wanda limpiándose el mandil—. Ya has hecho suficiente por hoy, cielo.
Me seco las manos en el trapo antes de responder, mientras mis piernas cansadas agradecen su pregunta.
—¿Seguro que no te hace falta que me quede, Wanda? —respondo de corazón—. De verdad que no me importa echarte una mano o incluso cerrar el bar contigo.
—Señorita, ¿qué te he dicho de trabajar por encima de tus posibilidades? —me regaña—. Ve tranquila, ¿vale? Ahora vendrá mi hija a ayudarme a cerrar y, además, tenemos cosas que hablar. No te preocupes por nada y ve a descansar con los niños.
—Vale, pero si me necesitas quiero que me llames, a la hora que sea, ¿vale? —Esta señora no sabe todo lo que significa para mí—. Aunque esté en clase, llámame, ¿vale?
—De acuerdo, jovencita. Ahora ve a cambiarte de ropa, coge algo de comer y lárgate.
—¿Qué tal la cadera? No he podido preguntarte antes.
—Oh, ya me duele menos; sí, eso creo —me responde poniéndose una mano en el fondo de la espalda—. Hoy Henry ha estado muy trabajador así que me ha quitado mucha carga de trabajo.
—Es verdad, Henry hoy ha estado espectacular, por eso está tan gruñón —añado con una sonrisa en la cara.
Wanda me sonríe antes de darme un abrazo.
—Anda, tira millas, pelinegra.
Henry y Wanda, los abuelos de Avery, son uno de los matrimonios más conocidos del pueblo, y no por su dinero, que también, sino por todas las labores hospitalarias que hacen por cualquier persona que se les presente.
Los domingos van al mercado a regalar frutas y verduras que sobran de su huerta, y siempre hacen donaciones a causas benéficas.
Después trabajan en la iglesia haciendo la comida para que los pastores, las mujeres y los niños puedan comer al terminar sus oraciones.
Son unas personas increíbles que hacen con su dinero cosas buenas por el mundo.
Dejo el mandil en la taquilla del bar que tiene mi nombre y cojo mi neceser.
Necesito retocarme un poco antes de irme.
No porque estén Aiden y los chicos fuera, sino porque es una rutina que siempre hago.
Me gusta salir del trabajo sintiéndome guapa, me hace sentir que en algún momento del día me he dedicado tiempo para mí.
Cuando estoy llegando al baño escucho un golpe y al entrar unas piernas salen de uno de los cubículos de la habitación. Siento cómo la sangre se me hiela y voy corriendo hacia la chica que parece haberse desmayado en el baño del bar donde trabajo.
Cuando llego hasta ella veo que es la chica pelirroja de la que todo el mundo habla, bueno, todo el mundo: mi mundo.
Está pálida como una hoja y el sudor le cae por la frente.
Me agacho deprisa y gateo unos pasos hasta ella.
Le cojo la cabeza con las manos y su pelo se me pega a las mismas.
La zarandeo después de tomarle el pulso y veo que está bastante acelerado, lo cual me indica que los motivos del desmayo son unos que conozco demasiado bien.
—Keyla, bonita, abre los ojos —le digo, pero siento que no me escucha.
Me levanto y me quito la camiseta para ponerla debajo del grifo. Me agacho otra vez, con las manos aún temblando, y paso la camiseta húmeda por su frente. Keyla sigue inconsciente, aunque murmura algo entre dientes que no alcanzo a entender.
—Eh, bonita…, tranquila. Estoy aquí —susurro, bajando el tono de voz como si mis palabras pudieran encontrar la grieta exacta por donde colarse hasta ella.
Sus párpados se agitan un par de veces antes de abrirse despacio. Los ojos marrones, apagados y vidriosos, me buscan como si no supiera en qué mundo está.
Hace un amago de levantarse, pero no la dejo.
—Sssh, no intentes levantarte todavía —le advierto en cuanto siento su intento de ponerse erguida—. Solo respira. Respira conmigo, ¿vale?
Coloco una de las manos sobre mi pecho para que note el ritmo pausado de mi respiración.
No el que me pide el cuerpo en un momento como este, sino el que yo ordeno a mi pecho seguir.
Al principio la suya sigue siendo errática, demasiado rápida, como si su cuerpo estuviese escapando de algo que solo su mente puede ver.
—Así no…, más despacio, preciosa. Inhala conmigo. Mira…, uno…, dos…, tres… —cuento en voz baja, y dejo salir el aire con lentitud—. Eso es.
Vuelve a cerrar los ojos, la frente perlada de sudor, y yo aprovecho para apartarle un mechón de pelo que se le pega a la piel húmeda.
—No pasa nada, cariño. No te estás muriendo, aunque lo sientas así.
Es ansiedad. Solo ansiedad, ¿me oyes? Y no puede hacerte daño.
Yo sé lo que es y estoy aquí para acompañarte.
No me voy a separar de ti —susurro más firme, diciéndole a ella las palabras que a mí me habría gustado escuchar—.
Sé que te hace creer que el corazón va a salirse del pecho, que no vas a poder volver, pero siempre vuelves a ti. Siempre.
Ella traga saliva y consigo arrancarle un gesto mínimo, apenas un asentimiento.
—¿Tú también? —Su voz es frágil, como si cada sílaba le costara un esfuerzo sobrenatural, casi titánico.
—Sí, pequeña flor. Yo también —le contesto sin dudar—. Más veces de las que puedo contar. Y también me he desmayado, al igual que tú. Créeme que sé lo que es, y por eso no te dejaré sola. No mereces estar sola.
Dejo que mis palabras lleguen a su mente y reposen un segundo, mientras vuelvo a guiarla con la respiración. Poco a poco sus hombros se aflojan, la tensión se desliza de su cuerpo y el aire ya no parece entrar a trompicones, sino de una manera más uniforme.
—Eso es… Estás aquí conmigo, ¿ves? No hay nada más ahora. Solo tú y yo en este baño tan bonito, con las paredes de madera y con el suelo más frío del mundo. Nadie va a hacerte daño, nadie va a juzgarte. Y mucho menos yo.
Una lágrima rueda por su mejilla y yo la limpio con el dorso de los dedos, suave, como haría con mis hermanos cuando se asustan con alguna pesadilla.
—Me da miedo —confiesa de golpe, casi inaudible.
—Lo sé. Sé lo asustada que debes de estar —respondo rápidamente—.
Yo también tengo miedo cada día, aunque me ponga una máscara y me crea que puedo con todo.
No estás sola en esto, Keyla. Y sé que aquí conoces a poca gente, que estás lejos de tu familia, pero a partir de ahora me tienes a mí también en ese equipo.
Sus labios se entreabren, como si quisiera decir algo más, pero solo suspira. La observo y noto cómo el pulso en su cuello, antes frenético, empieza a estabilizarse. Su piel sigue fría, pero sus ojos ya no me miran igual.
—¿Podrías quedarte conmigo un ratito? Antes de que avise a Avery —pide, y esa súplica me atraviesa como un hilo invisible que me ata a ella.
Aprieto su mano con cuidado.
—Aquí me quedo. No pienso irme a ningún lado.
Y cumplo con mi palabra: me quedo a su lado, arrodillada en el suelo, con la espalda contra la puerta del baño que estamos ocupando. Doy las gracias porque todavía en este tiempo no ha entrado nadie y me lo tomo como un mensaje de la vida concediéndonos cierta intimidad.
Su respiración poco a poco se acompasa con la mía, hasta que el ruido del bar parece un mundo lejano y todo lo que importa es que Keyla siga aquí.
—Me da vergüenza… salir ahora —me confiesa.
—A la mierda la vergüenza, Keyla —le digo con firmeza—. Todo el mundo va a entender que te encuentres mal, y, si no, ¿qué más da? No les debes nada.
—No sé… Quizá sea mejor que vuelva a la mesa y actúe normal —se cuestiona mientras se incorpora levemente, sin éxito.
—¿Te das cuenta de lo injusto que sería eso para ti, tener que fingir que todo va bien cuando tu cuerpo necesita llegar a un lugar seguro, cielo? —intento aconsejarle con todo el cariño que puedo, pero no es mi especialidad.
—Pero… es que… van a pensar que yo…, que soy un problema —murmura antes de echarse a llorar y veo cómo el rímel emborrona su mirada.
—Mira, ninguno de los chicos con los que estabas pensaría nada malo de ti.
Los conozco lo suficiente como para saber que son buenas personas, y, si pensasen algo malo de ti por estar en una situación vulnerable, creo que eso hablaría más de ellos mismos que de ti —respondo mientras me acerco más a ella, dejando mis pies también por fuera de la puerta y agarrándola con las dos manos.
Keyla ya no tiembla tanto. Sus dedos, entrelazados con los míos, han dejado de aferrarse con desesperación y ahora reposan, todavía fríos, pero más tranquilos.
La observo en silencio, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar, y me sorprende lo frágil que parece.
Esa chica de la que todos hablan, la que lleva semanas flotando en el aire de Silver Springs como un rumor, está aquí conmigo, hecha un ovillo de miedo, tan humana como cualquiera de nosotras.
—¿Ves? No pasa nada —le digo bajito, inclinándome sobre ella para que no tenga que hacer el esfuerzo de escucharme—. Sigues aquí. Conmigo.
Ella asiente despacio, con los ojos cerrados, como si esa certeza le bastara.
El chirrido de la puerta del baño nos sobresalta a las dos. Levanto la cabeza y ahí está él, llenando el marco con su altura y esos ojos que se clavan directamente en Keyla. Nate.
Por un segundo se queda quieto, como si la escena lo hubiera paralizado: Keyla en el suelo, pálida, apoyada contra mí; yo, sujetándole la mano y con el corazón desbocado.
—Keyla. —Su voz suena grave, rota, y es todo lo que dice antes de dar un paso hacia nosotras.