Breathe Out (Silver Springs 1) 20. Lo importante es intentarlo. Keyla Blake #2
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20. Lo importante es intentarlo. Keyla Blake #2

Si no fuera porque tengo clarísima mi orientación sexual, esta chica me haría dudar de ella.

—No sabéis la envidia que me dais estando aquí mientras yo trabajo —confiesa tirando su libreta encima de nuestra mesa—. Encima hoy Wanda y Henry están insoportables. Ella está enfadada con él porque hoy no la ha llamado caramelito, ¿os lo podéis creer?

—¡¿Cómo que no la ha llamado caramelito?! —exclama Avery, llevándose una mano al pecho fingiendo drama—. Eso es motivo de divorcio inmediato. Hablaré con mi abuelo esta misma noche.

—Por favor —responde Sienna, rodando los ojos mientras se aparta un mechón de pelo que se le ha soltado de la coleta antes de mirarme—. Oh, tú debes de ser Keyla. Avery me ha hablado mucho de ti. Soy Sienna, encantada.

—Encantada, gracias, igualmente, sí —respondo, sonrojándome.

—Me encanta tu pelo, que lo sepas —me dice Sienna, con entusiasmo.

—Gracias, tú tienes unos ojos muy bonitos.

—Secundo lo que dice Keyla, jefa —exclama Aiden.

—Cállate, Didi-Boo —le responde la morena haciéndole una mueca.

—Oye, Sienna, ¿desde cuándo eres una persona agradable? No te recordaba así —vacila Wyatt.

—Ken de pacotilla, solo las mujeres, los gais y algún heterosexual decente tienen el privilegio de mi cercanía, y siento decirte que no estás entre ellos.

—Pum, directo al corazón, muñeca —actúa Wyatt con teatralidad, pero sus ojos se vuelven a Avery—. Al menos tú sí me aprecias, ¿verdad, Barbie?

—Sigue soñando, Wyatt. Es lo único que se te da bien.

Mi cara ha debido de ser un poema porque todos se empiezan a reír y hacerle bromas a Aiden.

Veo a Nate sonreír por el rabillo del ojo y se acerca un poco más a mí, desprendiendo un poco de su calor. Parece haberse dado cuenta de mi incomodidad.

Nate se inclina hacia mí y al abrir la boca me hace darme cuenta de lo equivocada que estoy.

—Te estás desenvolviendo bastante bien para ser «la chica nueva».

—¿Eso crees? —le susurro sin devolverle la mirada, intentando que no nos escuchen—. Porque por dentro estoy convencida de que estoy a punto de caerme de la silla.

Él se ríe por lo bajo.

—No se nota nada. Pareces muy tranquila.

No sé si lo dice por hacerme sentir más cómoda, pero lo cierto es que lo consigue.

—¿Y tú qué haces espiando discusiones maritales, espía rusa? —interrumpe Wyatt, señalándola con una patata frita.

—Estoy trabajando. ¿O crees que solo estoy aquí porque me pagan? —refunfuña Sienna—. Vengo a darle un toque de estilo a esto y a enterarme de todos los cotilleos del pueblo.

Aiden forcejea con Asia por debajo de la mesa con movimientos torpes. Cuando nos damos cuenta, las cartas que tienen en las manos se caen al suelo. Sienna lo mira un segundo más de la cuenta. Él le sostiene la mirada, y, aunque todos lo hemos notado, decidimos no decir nada.

—Prefiero no saber lo que es eso, gracias —dice girándose hacia nosotras—. ¿Qué vais a querer, bombones? Estoy en mi último turno antes del descanso y me he prometido un daiquiri de fresa al salir.

Esta chica tiene carácter. Parece un poco más mayor que nosotros por su forma de ser, que tenemos entre veinte y veintidós, pero físicamente parece que tiene nuestra misma edad.

—Keyla y yo queremos unos nachos de la casa con extra de queso cheddar, dos hamburguesas smash con pan sin gluten y de postre lo que tú quieras —dice Avery, eufórica.

Caramba, veo que no me conoce todavía, porque con lo nerviosa que estoy no me cabe ni el culo de una zanahoria.

—Mmm… vale, entonces te traeré el postre estrella. Os va a gustar. Lo he hecho yo. —Guiña un ojo y se va contoneando la cadera.

—¿Eres celíaca? —pregunta Nate.

—Sí. Me lo diagnosticaron a los ocho años.

—Hay varios en el equipo que lo son, así que si alguna vez quieres alguna receta…

—Aiden, corazón, ¿quieres un babero? Seguro que tienen uno a tu medida —interrumpe Avery sin mirarlo del todo, aguantándose la risa.

—Dejad ya al chaval, pelmazos —sentencia Nate—. Ya se decidirá él cuando le salga de los cojones. El amor no se fuerza, tíos.

—Gracias, hermano —responde Aiden, metiendo la cabeza entre las manos—. Si algún día me muero, recuérdame que te deje mis mejores coches solo para ti.

—Está bien, está bien —dice Avery, amenazando con el dedo—. Os juro que si no os liais este año, voy a perder la fe en el amor y me haré monja de clausura. Es una tortura veros, en serio.

—Déjalos, Barbie —añade Wyatt, guiándole un ojo a Avery mientras se acerca a ella peligrosamente—. Tú y yo, en cambio, estamos destinados a entendernos.

—Ni en tus mejores sueños.

Avery se aparta bruscamente mientras abre los ojos con sorpresa. Siempre me ha parecido una persona cercana, pero con él parece alguien diferente.

—Lo único que quiero cortar es tu capacidad de hablar, Wyatt. En serio, para ya.

—Tu amiga se hace la difícil, pero acabará cayendo a mis pies —dice Wyatt girándose hacia mí con un guiño, aunque noto una sombra tensa en su mandíbula—. Cuéntanos, Keyla, ¿qué tal viviendo con la locura de Avery? ¿Sigue dejando la ropa tirada por el pasillo o ha madurado?

Avery se pone rígida. La tensión del ambiente provoca que intercambiemos miradas entre nosotros.

—¿Cómo sabes tú eso? —pregunto, confundida.

—Digamos que… viejas historias —responde Wyatt, sin dejar de mirar a Avery a los ojos.

—Cállate la boca —sisea Avery. Su tono ya no es de broma. Es una advertencia.

—Si Keyla se cansa, yo podría ofrecerme voluntario para vivir contigo, Barbie —insiste él, cruzando los límites de mi amiga—. Se me da bien fregar los platos y…, bueno, ya sabes el resto.

—N-no me voy a cansar, no te preocupes.

¿Por qué he dicho eso? He querido defenderla en un acto de valentía, pero me estoy sintiendo fatal.

—Eres un cerdo, tío —escupe Avery con asco.

—¿Seguro? La última vez…

—¿Por qué no os vais a un baño a solucionar vuestra pelea de hoy, chavales? —pregunta Aiden, notando la tensión.

—No me quedo sola con él en la misma habitación ni aunque me paguen —sentencia Avery, girando la cara con los ojos brillantes de rabia.

Aquí hay algo que se me escapa, pero me guío por las reacciones del resto y nos reímos juntos, o eso intento, porque, de pronto, siento el sonido demasiado lejos.

Como si en lugar de estar aquí, mi cuerpo se estuviera despegando poco a poco del suelo.

La música, las risas, los movimientos…, todo empieza a mezclarse en una masa densa que me rodea, como si no pudiera respirar del todo.

Supongo que vivir con ataques de pánico es como si el miedo fuera ese invitado que se cuela en mitad de una canción bonita.

Estás riéndote, sintiéndote ligera y, de pronto…

, suena algún ruido…, aparece sin avisar para sentarse en tu pecho y apretarlo.

Y tú, sin saber por qué, dejas de respirar igual que antes, como si de repente el mundo se hubiese vuelto demasiado grande para ti.

No quiero que nadie lo note. No aquí, delante de todos. Delante de él.

Trago saliva, intentando que nadie se dé cuenta de que me tiemblan las manos. Miro mi vaso casi vacío, con el hielo derretido al fondo. Siento mis dedos, que están fríos y parecen no ser míos.

—¿Estás bien? —pregunta Nate, tocándome el brazo levemente.

Levanto la vista para encontrarme con sus ojos verdes, que me están observando. No con la típica expresión despreocupada que suele tener, sino con las cejas un poco fruncidas y los ojos muy centrados en los míos. Con esa mirada que es una ventana al bosque y me llama para meterme dentro.

Me dan ganas de llorar.

—Sí, claro —miento. Sonrío de manera tonta, temblorosa.

No me lo creo ni yo.

Él no dice nada de inmediato, pero baja la cabeza un poco, como si quisiera verme mejor, como si supiera que no estoy del todo aquí. Percibo cierta tensión en su mandíbula.

—¿Seguro? —repite más bajo. Ya no es solo una pregunta, es una invitación a ser honesta.

Siento el pecho tan apretado que tengo que moverme.

—Voy un segundo al baño —murmuro, y me levanto como si tuviera un resorte en la espalda. La silla raspa contra el suelo y siento las miradas a mi alrededor, aunque probablemente sea mi mente jugándome una mala pasada.

—¿Quieres que te acompañe? —me ofrece, bajito.

—No, estoy bien… Solo necesito un minuto.

Camino como si el aire me pesara y todo me diese vueltas. Como si el agua que acabo de beber fuese vino circulando por mi cuerpo.

Siempre he pensado en el miedo como un monstruo que viene a visitarme. Le gusta aparecer y llenarlo todo de niebla, una tan espesa que primero se mete en los pulmones para después aparecer en la mente. No lo ves llegar, pero cuando lo notas ya es tarde, ya no puedes respirar igual.

Uno, dos, tres: respirar.

Uno, dos: aguantar.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis: soltar.

Mierda, no funciona.

Uno, dos, tres: respirar.

Uno y…

Esta vez no puedo llamar a tía Maggie.

Esta vez lo estoy haciendo sola.

Esta vez, el aire no entra.

El mundo se me escapa antes de que pueda sujetarlo.

Uno, dos, tres: oscuridad.