Breathe Out (Silver Springs 1) 20. Lo importante es intentarlo. Keyla Blake
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20. Lo importante es intentarlo. Keyla Blake

Keyla Blake

El Grey’s es aún más mágico de lo que imaginaba.

Un sitio así solo podía existir en Silver Springs: ecléctico y lleno de alma.

Con vistas al mar, la estructura de madera parece contarme la historia de su vida. La fachada, cubierta de enredaderas y nostalgia, se abre a un interior cálido donde la luz se enreda en cada rincón.

Cientos de bombillas cuelgan por el aire como si se tratasen de luciérnagas domesticadas, flotando sobre mesas de madera desnuda y centros con flores silvestres.

Conforme entras, hay mesas en el exterior y algunos bancos están dispuestos alrededor de una hoguera.

Un candelabro antiguo brilla en el centro del interior como si fuera el corazón del lugar, con las mesas esparcidas a su alrededor, que parecen estar esperando conversaciones importantes.

Huele a leña, a lavanda, a canela y a vino dulce. Y todo parece haber sido colocado con esa ternura que me hace tanta falta.

Avery me agarra de la mano, emocionada.

—Ven, te voy a presentar a Wanda y Henry, los dueños del lugar y también…, bueno, mis abuelos.

—¿Qué me dices? Avery, es increíble —digo mientras giro la cabeza para mirar todo lo que me rodea—. ¿Te das cuenta de que algún día tú heredarás este lugar?

—Llevo viniendo aquí desde que tengo memoria, y no sabes la de recuerdos que tengo aquí. Solíamos pasarnos más antes, ya sabes, toda la familia, pero desde hace un tiempo nos cuesta coincidir, así que vengo con los chicos.

Antes de seguir contándome, una pareja de unos sesenta años, con el tipo de amor que sobrevive al tiempo, nos recibe con sonrisas cálidas.

Wanda lleva el pelo recogido en una trenza blanca y unos pendientes de flores que parecen haber sido hechos a mano.

Henry, con su barba blanca y gafas redondas, se parece a una versión moderna de Papá Noel.

Nos dan la bienvenida como si yo fuese una más de la familia.

—Oh, así que tú eres Keyla —dice Wanda, con una voz dulce—. Avery nos ha hablado mucho de ti.

Trago saliva, un poco abrumada por sentir que a alguien le importo lo suficiente como para hablar de mí.

—Bien, espero —respondo con una sonrisa tímida, intentando bromear.

—Depende del día —me contesta Avery con una sonrisa burlona, y Wanda suelta una risa que suena a hogar.

—Cuida de nuestra pequeña, Keyla. Aunque no lo parezca, lo necesita más de lo que piensas.

—¡Bueno, nos tenemos que ir con los chicos, abuela! —dice Avery, con prisa.

Me quedo pensando en sus palabras, ya que, en verdad, no sé mucho acerca del pasado de mi amiga.

Sus abuelos nos acompañan a una mesa larga en el centro del exterior.

Pasamos antes por dentro y puedo ver cómo está decorado este lugar: muebles de madera rústica, luces tenues y fotos en blanco y negro en las paredes del interior.

Hay una chimenea encendida al fondo y desde todas las mesas se ve el mar.

La vista es espectacular. La marea choca suavemente contra las rocas, y la luna está llena esta noche.

La música empieza a bajar para cambiar de canción y Frank Ocean inunda mis oídos justo en el momento en el que los veo.

Dios. Siento que estoy dentro de una película.

Al acercarnos, observo que hay varias personas sentadas a la mesa: reconozco a Aiden por una foto que vi en el perfil de Nate, y a Wyatt, que entrecierra los ojos para enfocar mejor cuando nos ve.

También veo al número nueve. Mi corazón se detiene cuando nuestras miradas se cruzan. Está sentado junto a una chica de cabello oscuro y largo, de piel dorada y sonrisa de anuncio. Su mano está apoyada en el respaldo de la silla de él, muy cerca. Demasiado cerca.

Parece cómoda sentada a su lado. Su vestido negro de encaje contrasta con el blanco del mío. No tenemos nada que ver.

Avery me saca de mis pensamientos con la intención de hacerme sentir más tranquila.

—Vamos a estar con Nate, Aiden y Wyatt. Bueno, y esa de allí es Sienna —dice señalando con el dedo—. Es amiga de Aiden desde que son pequeños, pero hoy estará trabajando. Ya la verás, es un torbellino. Guapísima, ¿verdad?

La chica parece muy segura de sí misma, contoneándose con su larga coleta negra entre las mesas. Tiene una sonrisa deslumbrante y me parece que puedo adivinar unos ojos azules en su precioso rostro.

—Vaya, sí que lo es.

Cada paso que doy me llena de preguntas que me confunden de mis objetivos.

1. ¿A qué he venido exactamente?

2. ¿A conocer a gente nueva o a encontrarme con él?

3. ¿A enfrentarme a mis miedos o a que se rían de mí?

Cuando por fin estamos llegando a la mesa, un chico rubio con una gorra hacia atrás y el pelo despeinado levanta la vista y avisa a los demás.

Nate se pone de pie al verme mientras me mira fijamente a los ojos. Traga saliva y se ajusta las mangas.

—Hola, Keyla —dice, como si saboreara mi nombre.

Tierra, trágame aquí y escúpeme en mi cama.

Por Dios. Qué voz tiene.

Mi nombre en su boca parece sonar como se pronuncian las cosas importantes.

—Hola chicos —respondo más bajo de lo que me gustaría.

—¡Ey, Avery! —exclama el chico de pelo castaño, haciéndonos un hueco con entusiasmo—. Tú debes de ser Keyla, la chica de las palomitas. Yo soy Wyatt, encantado —dice mientras me hace una reverencia.

—Prefiero que me llamen solamente Keyla, pero sí, mmm, soy Keyla, hola a todos, encantada.

¿Por qué siempre que me presento ante un grupo de gente parece que lo hago como si estuviera en una presentación de alcohólicos anónimos?

Cabeza, Keyla, cabeza.

—¿No se te ocurre otra cosa para recibir a alguien? —le corta Avery con un tono gélido que no le había escuchado nunca—. Podrías comportarte como una persona normal por una vez en tu vida.

—Claro que sí, Barbie, pero entonces dejaría de ser tu dolor de cabeza favorito —responde él con una sonrisa torcida que no le llega a los ojos.

—No eres mi favorito en nada, Wyatt. Ni siquiera en ser molesto.

Avery ni lo mira mientras arrastra una silla, asegurándose de dejar espacio entre los dos.

Aiden, el chico de piel bronceada y ojos azules, nos lanza una mirada divertida.

—Estáis dando mala impresión, par de idiotas. Soy Aiden, siéntate aquí si quieres —me dice, con una sonrisa tranquilizadora mientras se levanta para rodear la mesa y se dirige a Avery—. Dale un abrazo a tu amigo, rubia.

—¡Ey, yo soy Asia! —me saluda de manera alegre la chica morena que está sentada al lado de Nate, con los dientes más blancos que he visto nunca—. He oído que eres nueva por aquí.

Encima es maja. ¿Le gustará a alguno de ellos? Porque me parecería lo más normal.

—Encantada. Sí, llevo aquí unas cuantas semanas.

Siento el corazón latiendo con fuerza, como si quisiera salirse del pecho. Trato de no pensar demasiado en la mano que tiene detrás de su asiento, pero es inevitable. Ella me observa con curiosidad, como si intentara descifrar quién soy o por qué he alterado el ambiente con mi presencia.

Me acomodo con torpeza justo al lado de Nate, que me ha hecho sitio. Está cerca, pero no demasiado. Solo lo justo para que su presencia me empiece a afectar.

A mi lado se sienta Avery, que parece estar haciendo un esfuerzo físico por no rozar el brazo de Wyatt, aunque él, casualmente, estira las piernas invadiendo su espacio. Aiden se levanta para arrastrar una silla extra y se coloca entre Wyatt y Asia, quedando todos en un círculo perfecto.

Avery me está haciendo gestos para que me mueva, cómplice, mientras suena mi teléfono. Leo el mensaje de mi amiga que hace que casi me atragante con mi propia saliva.

Avery Sé que está como un quesito con mermelada, pero intenta que no te bailen las bragas dentro del vestido.

Keyla ¡Ni se te ocurra volver a escribirme para algo así, Avs!

Disimulo como puedo y observo la escena, guardando el móvil en el bolso de terciopelo. La mesa en la que estamos es redonda y tiene un falso fuego por dentro, justo por debajo del cristal. Este lugar está cuidado al milímetro, hecho para ser especial.

—¿Qué tal en el pueblo, Keyla? —me pregunta Nate con la voz más tranquila del mundo—. ¿Te gusta?

—Sí, todavía estoy tratando de adaptarme —respondo soltando un suspiro—. Es un lugar lleno de vida.

—Lo es, y en todas las estaciones —añade mientras da un trago a su botella—. Creo que te vas a enamorar de verdad cuando llegue la primavera. No es casualidad que se llame Silver Springs.

—Ah, ¿sí? ¿Qué tiene de especial?

—El nombre tiene todo el sentido —me dice con una sonrisa.

Se inclina un poco hacia mí, me pone una mano en la espalda y señala con el dedo—.

Fíjate ahí. Silver Springs es ese punto donde el mar y la montaña se encuentran, ¿lo ves?

En primavera, todo esto se llena de vida.

Las flores empiezan a salir por todas partes, como si el suelo explotara en colores.

Y, cuando el sol da de lleno, parece que la tierra brilla, como si estuviera llena de manantiales plateados.

Por eso se llama así: por esa luz, ese brillo…

, como si el pueblo entero se cubriera de primavera.

—Vaya, suena precioso y refleja lo bonito que es este lugar.

—Además somos el pueblo de EE.UU. con más especies de plantas distintas por metro cuadrado.

—No quiero interrumpir la clase de biología, chicos —interrumpe Wyatt con una mano en el corazón—, pero Asia estaba a punto de predecir el futuro de Aiden para ver si esta noche, por fin, le pedirá salir a Sienna.

—Cállate, Frosty. Nadie le va a pedir salir a nadie —responde Aiden, gruñón, barajando las cartas en la mesa—. Sois insufribles.

—Siis insifriblis —imita Wyatt—. Ahora en serio, eres mi hermano y quiero verte casándote con esa mujer, que, por cierto, viene hacia aquí.

Nos giramos todos para mirar a la morena que viene hacia nosotros.

El mandil de cuadros rojos y blancos se le ciñe perfecto a la cintura, que se acentúa fina alrededor de sus caderas.

Su expresión inunda la luz de su rostro, rasgando su mirada.

Vaya, es aún más guapa de cerca. Tiene los labios carnosos y los pómulos elevados.