19. Una flor empieza a nacer. Keyla Blake
Keyla Blake
He vomitado todo el desayuno y parte de la comida.
Hoy es miércoles.
Sí. Miércoles. Uno de mis días favoritos de la semana, pero también es el día en el que Avery y yo hemos quedado en no sé qué bar con Nate y sus amigos, así que, como es propio de mí, no he podido pegar bocado en toda la comida.
Estoy en el baño de la casa que me está cambiando, en la que ya llevo unas semanas, sentada en un suelo frío, con la espalda apoyada en los azulejos azules y el cuerpo temblando como un flan.
Miro mis manos: están húmedas de tanto sudar, frías y crispadas. Tengo marcas en las manos de clavarme las uñas sin querer.
Quiero llorar, pero no me salen más lágrimas. El peso en el pecho se me enrosca como una serpiente y asciende hacia mi garganta, cerrando la posibilidad de que el agua pueda salir de mi cuerpo.
El plan de esta tarde retumba en mi cabeza igual que si fuese a tener una cita en la jaula de un león que lleva tres días sin comer.
Un bar con gente que no conozco, ruidos y…, Dios, Nate Miller.
Tengo muchísima ansiedad social, y, aunque es algo que estoy trabajando en la terapia grupal, siento que todavía estoy al principio del camino, como si solo hubiese avanzado un pequeño pasito.
Creo que no se habla lo suficiente de que tener ansiedad cada día de tu vida es como tener un grano exactamente en el centro del trasero.
Exponerme a pasar tiempo con personas desconocidas es una decisión que tomé al venirme aquí, pero nadie me avisó de lo difícil que iba a resultar, aunque es mejor que estar encerrada en las cuatro paredes de mi habitación en Portland.
La manilla del baño hace un intento de abrirse, pero siempre echo el pestillo.
—Keyla, soy yo —susurra Avery—. Abre, porfis, porfis, porfis.
Me levanto y me miro al espejo. Es evidente que estoy hecha un desastre. Tengo la cara hinchada del cortisol, el rímel corrido de las dos únicas lágrimas que han resbalado por mis mejillas y el pelo igual que si hubiese metido la cabeza en el nido de un pájaro.
Voy hacia la puerta y antes observo mi alrededor. El color, lo cuidado que está todo. Este lugar respira azul, lila y blanco. El cielo inunda todo el centro: el exterior de la casa, parte de la cocina, los baños…
Ellie nos explicó que el azul es el color perfecto para las personas con estrés postraumático porque aporta tranquilidad al cuerpo, serenidad para la mente.
—Oye, ¿estás ahí? —pregunta Avery, impaciente.
Siempre me pilla disociando, tengo que hacer más mindfulness .
Abro la puerta y me mira de arriba abajo, haciendo una O con la boca.
—Pero… ¿qué te ha pasado? ¿Te has caído de alguno de los caballos?
—Bueno, teniendo en cuenta que todavía no me he atrevido a montar en alguno, supongo que no.
—Cielo, ¿quieres hablar? ¿Qué piensas? —dice cerrando la puerta tras ella, adentrándose en el baño.
—No puedo… no puedo ir esta tarde, Avery —confieso, rasgando la voz—. Me… asusta.
Mi amiga me mira y me coge de la mano. Pone una de las toallas en el suelo y se sienta, dando golpecitos en las baldosas para que me siente a su lado.
—Mira, sé que tienes miedo. Pero recuerda lo que explicó Ellie esta mañana. La exposición es temporal, cariño. Se gana la batalla con la experiencia —me dice mientras me coge de las manos—. Además, siempre podemos irnos. Tú dime que estás mal y nos largamos sin mirar atrás.
—No, no. Eso sería mucho peor, me sentiría muy avergonzada —confieso.
—¿Es por Nate? —pregunta, comprensiva—. Escúchame: Nate es un buen tío. No lo conozco en profundidad, porque es una persona bastante reservada, pero siempre he sabido que es una buena persona.
Aunque ella me repita que va a estar todo bien, que podemos irnos, que Lucien, el adorable chófer del centro, nos llevará y podremos ir tranquilas, que Nate esto y lo otro… Aunque lo repita, aunque lo razone, algo en mí no se lo cree.
—Es por todo. No conozco a ese chico como para que sea solo por él…
, pero es con el único que he hablado. Siempre lo he pasado mal al conocer gente nueva.
Estoy acostumbrada a sentirme rechazada.
Nunca me he sentido cómoda en los grupos porque siempre siento que sobro, como si yo siempre fuese la pieza que no encaja en ningún puzle.
Se levanta un momento para sacar de su mochila una botella y la llena de agua en el grifo. Me la ofrece con unos ojos llenos de paciencia, de firmeza.
—Te entiendo, pero también creo que hay una gran parte de ti que sí quiere ir. Solo que tiene miedo.
—Estoy muy asustada porque siento que me voy a encontrar mal y que me voy a desmayar delante de todo el mundo. Me sudan las manos solo de imaginarme allí. ¿Y si digo algo estúpido mientras estoy nerviosa? ¿Y si me pasa algo y no me puedo ir?
Ella me mira, comprensiva, sin minimizar mis emociones ni llamarme exagerada. Solo está aquí, acompañándome.
Y me doy cuenta de que eso es todo lo que necesito de una amiga.
—Mira, vamos a ir juntas. Nos vamos a preparar, te vas a poner guapísima, más de lo que eres, quiero decir. Y, si en algún momento quieres irte, me lo dices y nos vamos. Sin explicaciones, ¿vale?
La miro y solo puedo pensar en la suerte que tengo. Tiene esa capacidad de calmarme, de hacerme llegar su cariño justo a donde está mi corazón. Esa parte de mí gris que nadie me ayudó jamás a colorear, pero que espera que la pinten algún día.
—Y, además, para eso estamos aquí, ¿no crees? —me pregunta—. Piensa que es imposible que salga mal, porque, incluso si no sale como esperas, quizá eso deba ser lo que tenga que pasar.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que estar mal mientras eres tú misma con otras personas quizá sea justo lo que necesitas.
No tener que fingir ser otra persona, mandarle un mensaje a tu cuerpo de que está bien ser quien eres.
—Me agarra de los hombros y se queda frente a mí, mirándome fijamente—.
Y darte cuenta, cariño, de que las personas que merecen la pena no se van de tu vida cuando no te encuentras bien, porque es normal no estar siempre al cien por cien.
Asiento, aún con la náusea agazapada en la boca de mi estómago.
—Las personas buenas permanecen, Keyla. Las personas con corazón aguantan la tormenta.
Trago saliva y hago algo que jamás habría pensado: la abrazo. Y, sin darme cuenta, pasa lo que solo sucede cuando dos personas se cuidan de verdad: que el nudo se deshace.
El agua sale y yo, por fin, lloro, como si mis lágrimas fueran lluvia trayendo vida a una tierra seca.
Porque a veces llorar es volver a florecer por dentro.