La chica invisible
Trece años
Faltaban cuarenta y nueve minutos para que sonase el timbre; cuarenta y nueve, que en mi cabeza siempre son demasiados, para conseguir diseñar un plan que me permitiera escurrirme entre la gente sin que nadie reparase en mí.
Ese era, últimamente, mi deporte favorito: calcular rutas de escape, ensayar miradas al suelo, y respirar lo más bajito posible.
Hoy no estaba en mi sitio de siempre, junto a la ventana —nos habían cambiado de aula—, y esa sola alteración bastaba para desmontar las pequeñas defensas que iba levantando cada mañana.
A mi espalda, Sarah Connor. A mi izquierda, Vera Knox. A la derecha, Yvy Dickson. Un triángulo perfecto. La jaula de las serpientes. Y yo, en el centro, fingiendo que cogía apuntes mientras contaba los segundos en el margen de la hoja.
A veces, para no volverme loca, me repetía que quizá eran imaginaciones mías, que el mundo no giraba alrededor de mis miedos. «No todo lo que sucede es por ti, Key», me decía, como si esa frase pudiera ser una puerta de salida.
Las mangas de la camisa del uniforme estaban ya descosidas en los puños —hábito de trinchar telas cuando la ansiedad aprieta—, y el jersey me picaba en el cuello; la luz que entraba por los ventanales acentuaba las marcas de mi piel, ese mapa pequeño de roces y de nervios que intento esconder.
Ojalá ser más pequeña, pensaba. Encogerme hasta desaparecer entre las líneas del cuaderno.
Empezar en otra ciudad donde nadie supiera pronunciar mi nombre con odio.
Un pellizco suave en el cuero cabelludo me atravesó de arriba abajo. No fue un tirón fuerte, sino una advertencia, el gesto mínimo que solo nota quien vive en alerta. Tragué saliva. «No seas exagerada, niña tonta», me ordené, intentando no girarme.
Otro pellizco, más largo esta vez, seguido del golpe seco de una rodilla contra mi silla. Me di la vuelta con ese piloto automático que se me activa cuando el cuerpo decide antes que la cabeza. Sarah sonreía como si nada, el sol peinándole la melena dorada.
—Tenías un nudo —dijo, y volvió al frente con la inocencia ensayada de quien nunca tiene la culpa.
Respiré hondo, clavando los ojos en la hoja y tratando de reducir el ruido de fondo. Entonces empecé a sentir ese cuchicheo creciendo como una ola, el sonido de unas tijeras abriéndose y cerrándose, «clac, clac», sobre la mesa de detrás.
El aire empezó a espesarse y yo a sudar por las palmas mientras mi cuerpo, de repente, alcanzó su máxima temperatura.
Para no salir corriendo, pensaba en otra cosa: la película de anoche con mis tíos, la tarta de zanahoria después de cenar, el olor a casa que me sujeta para que no me derrumbe cuando todo se tambalea.
Una mano tocó mi hombro, por lo que me giré con curiosidad, deseando que esta vez, solo esta vez, por favor, no fuese para nada malo.
—Eh, tú, Keyla, toma. Un regalo. Creemos que te va a gustar.
«Plof». La cajita marrón cayó sobre mi libreta, decorada con un cuadrado rosa en el centro. Me di cuenta de que tenía una frase escrita y me preparé para leerla despacio, fingiendo que no me temblaban los dedos: «Lávate, puta zorra».
El corazón empezó a latirme en las orejas. La abrí, porque a veces la curiosidad es una forma rara de valentía y de masoquismo. Dentro había un mechón pelirrojo perfectamente cortado, sujeto con un lacito y al lado una pastillita de jabón de hotel.
El mundo se inclinó y todo empezó a darme vueltas.
Detrás, las tijeras sonaron otra vez, rítmicas, crueles. Me levanté tan deprisa que la silla cayó hacia atrás, haciendo todo el ruido posible.
—¡Keyla! ¿Adónde vas? —gritó el profesor.
Corrí con las manos apretadas contra el estómago, midiendo los pasos entre respiraciones cortas hasta llegar al baño. Empujé la puerta y entré en el primer cubículo que vi, echando el pestillo con un golpe torpe y e inclinándome sobre el inodoro.
Dios. No podía estar pasándome esto. No cada día.
Vomité todo el desayuno, como si pudiese expulsar también el miedo, los insultos, las risas hasta que me ardió la garganta.
Cuando no quedó nada más, tiré de la cadena y me quedé un segundo apoyada en la puerta, escuchando el silencio entrecortado de mi respiración, sin atreverme a llorar.
Me enjuagué la boca en el lavabo y abrí el grifo hasta que el agua estuvo fría, dejándola correr por mis muñecas —truco que me enseñó mi tío para bajar el pulso—, y solo entonces levanté la cara hacia el espejo.
Tardé un segundo en reconocerme en él. Me giré para ver el corte que me habían hecho y sentí cómo la sangre me helaba la piel. Pasé los dedos con cuidado por las puntas que estaban irregulares, con la intención de colocarlo otra vez en su sitio.
Comencé a sentir asco de mí misma y una profunda vergüenza por permitir que me hicieran esas cosas, pero la realidad es que no era una persona valiente y nunca podría hacerle frente.
La sensación de suciedad que sentía no se quitaba con jabón.
Me recogí el pelo como pude, respirando por la nariz en cuentas de tres y salí sin mirar a nadie. El pasillo era un túnel; bajé las escaleras y crucé el vestíbulo pegada a la pared, invocando mi don de ser invisible.
El autobús rojo llegaba justo a la parada cuando doblé la esquina, así que me subí sin pensar.
Me puse los auriculares azul pastel que me regaló el tío Will por mi cumpleaños y activé la cancelación de ruido, solo para estar a salvo dentro de un pequeño silencio mío.
El autobús chirrió al tomar la última curva; la vibración del motor bajó y pegué la frente a la ventanilla, y entonces vi a mi tío en el porche, regando las plantas.
Cuando el bus se detuvo, dejó caer la manguera como si se le hubiese escapado el gesto.
—¿Keyla?
No dije nada. Crucé la verja casi corriendo y me lancé a su cuello. Las lágrimas salieron de golpe, tardías. Él me sostuvo sin preguntarme nada, colocando sus manos grandes en mi espalda y el mentón apoyado un segundo sobre mi coronilla.
Me apartó un mechón de la cara —uno de los que estaban en su sitio— y, al mirarme, cambió la expresión: la preocupación le hundió un poco los ojos.
—Por Dios, Keyla…, ¿qué ha pasado?
—Me han cortado el pelo.
Me llevó a la cocina, puso agua a hervir y sacó la bolsita de tila con melisa, dibujando una espiral perfecta con un hilo de miel.
Fue a por su kit de peluquería y con una tijera me igualó los mechones.
—Sigues siendo tú —dijo al terminar, inclinándose para verme a la altura de los ojos—. Con el pelo un poco más corto, sí, pero totalmente tú. Te da estilo, Key.
Asintiendo, le di un abrazo y subí a mi habitación, pero no derramé ni una lágrima. Me tumbé en la cama con el libro que tenía a medias y lo abrí por donde me indicaba la marca que había dejado hecha.
—Mira, sabes que esta situación no puede seguir así. Jamás te presionaría porque tú me has pedido que no lo haga, pero no soporto verte mal. —Se acercó más a mí—. Te prometí que lo haríamos a tu manera, pero, Keyla, no tienes por qué continuar en ese instituto. Podemos hacer que pare.
No podíamos.
Nunca se arreglaría.
Nunca me dejarían en paz.
Mi única posibilidad era llegar viva a la universidad para poder empezar de cero.
Al cabo de dos horas me había leído el libro de una sentada, sin enterarme del tiempo, hasta que la palabra «fin» me encontró con los ojos secos y el corazón un poco menos desordenado.
El mechón que faltaba seguía faltando. La caja, el jabón, las risas, seguían estando ahí, pero en mi cuarto, con la persiana bajada y la música sonando de fondo, volví a ser, por un rato, la chica invisible que nadie nombra y que, aun así, respira.