18. Lejos pero cerca, ojos azules. Nate Miller
Nate Miller
—¿Me queda mejor esta o esa gris? —digo, señalando la sudadera que está en el banco del probador.
—Caramelito, cualquier cosa te queda bien —responde Wyatt, burlón—. ¿A qué se debe esta repentina renovación de armario?
—Quiero cambiar de imagen, colega.
—Sí, y yo quiero que me den el Nobel de la Paz —suelta a pleno pulmón, delante de toda la tienda—. Miller, tú no cambias de estilo si no es porque hay un motivo de peso de por medio.
—Sssh, baja la voz, imbécil. Se van a pensar que somos los dos idiotas, y si solo estamos tú y yo no me salen las cuentas.
Wyatt se me acerca y, en voz más baja, me rodea el cuello con un brazo.
—Oye, tío…, esto no tendrá que ver con nuestra quedada del miércoles, ¿no? —dice con una sonrisa ladeada.
—Teniendo en cuenta que no sé de qué quedada me hablas…, no —digo sabiendo exactamente a qué se refiere.
—No te hagas el loco, Miller. El miércoles en Grey’s. Tú, yo, los chavales… y las chicas, con nuevas incorporaciones, señoras y señores, damas y caballeros.
Pongo los ojos en blanco mientras me miro al espejo. Me ajusto la capucha de la sudadera gris y hago una mueca. No estoy nada mal.
—Ah, eso.
Wyatt levanta ambas cejas y se echa a reír, como si ya hubiera ganado la discusión.
—Claro, porque no te acabas de pasar los dos últimos días stalkeando una pista del FBI.
—Erais vosotros los que queríais saber su nombre, tío —respondo con indignación.
—Keyla por aquí, Keyla por allá… —dice como si estuviese a punto de anunciar la carta ganadora de una partida de póquer.
Me quedo en silencio al escuchar su nombre. Ayer me dijo que su paso por aquí era temporal y tampoco debería preocuparme que lo sea. Al fin y al cabo, no tengo tiempo para tener relaciones.
Renuncié al amor hace mucho por mi profesión. Nunca conocí a ninguna chica que valiese realmente la pena o a la que les gustase por cómo soy de verdad, aunque, si soy del todo sincero, tampoco les di nunca la oportunidad de hacerlo.
La única con la que pasé más tiempo de lo normal fue con Estelle, pero no me acuerdo ni del color de sus ojos.
De niño fantaseaba con la idea de un futuro con mujer e hijos, pero, teniendo en cuenta cómo está el mercado…, seguramente acabaré adoptando dos cachorros: un golden retriever y un corgi .
Por eso desde que me conocen nunca he estado en serio con ninguna tía. Cada vez que me ven suelen soltarme las típicas frases que detesto y me generan una desconfianza increíble, así que voy a lo mío, sin más. Sin preocupaciones amorosas.
—Deja de hacerte películas, listillo —suelto mientras me saco la sudadera y cojo otra negra, más suelta—. Solo me causa curiosidad porque parece que le da exactamente igual mi apellido, y, después de todo, un caballero debe disculparse.
—¿Desde cuándo sientes tú la necesidad de pedir perdón a nadie por un accidente?
Lo fulmino con la mirada. Él se ríe y se sienta en el banco del probador, como si tuviera todo el tiempo del mundo para analizar mi vida.
Se quita la gorra y se peina el pelo alborotado con las manos. Ahora se lo ha dejado un poco más largo y lo cierto es que le queda mejor que bien. Cualquiera de mis amigos y yo podríamos ser modelos de calzoncillos.
Me quedo callado, con la sudadera en las manos. Sé que no es tan fácil como «me gusta una chica». Ni siquiera sé si eso es lo que me pasa. Solo sé que, desde que aceptó mi solicitud y subió esa maldita foto, no he dejado de mirarla.
Y lo peor es que no es la foto. Es la expresión que tiene en los ojos.
—Venga, píllate esa, Romeo. A ver si con ella al menos no pareces el mismo capullo de siempre.
Salimos de la tienda, una de esas marcas que venden sudaderas por el precio de una matrícula universitaria. No tengo ni idea de cómo se llama, pero Wyatt me arrastró dentro diciendo que necesitaba «cierto nivel estético». Y sí, se refiere a su nivel.
Lach nos espera apoyado en uno de los bancos de la zona de tiendas, con un helado de cookies goteando por los dedos de una mano y el casco de la moto en la otra.
—Ya era hora, tíos. Pensé que os habíais fugado para casaros juntos en Las Vegas —dice, relamiéndose el pulgar.
—Chúpamela, Lach —le digo, sin mucho esfuerzo por sonar ofendido.
—¿Cazadora vintage? Qué atrevido, bro —responde Wyatt—. ¿Quieres que te acompañemos a renovar tus calcetines blancos por otros… blancos, Lachlan Dupont?
Lach se ríe mientras se termina el helado de un lametón y lanza el papel a la papelera sin mirar. Acierta. Maldita sea.
—Venga, vamos, que Aiden nos va a matar si llegamos tarde a su partido —dice Wyatt, empezando a caminar hacia el aparcamiento—. ¿Has traído hoy el Land Rover Range Rover o el Hennessey Velociraptor?
—El Hennessey, tío —respondo mientras saco las llaves del bolsillo y las luces destellan en el aparcamiento—. Por si acaso luego queremos pillarnos unas pizzas e ir al mirador.
Subimos al coche con la música de Drake a todo volumen, las ventanillas bajadas y esa sensación estúpida pero adictiva de que nada malo te puede pasar cuando vas con tus amigos.
—Miller, baja la maldita música —grita Lach, sacando su lado más gruñón y poniéndose las gafas de sol en la parte de atrás del coche—. Sabes que no me gusta llamar la atención.
—Disfruta un poco de la vida, Dupont —le responde Wyatt mientras saca el brazo por la ventanilla. Poniéndose la gorra hacia atrás, empieza a cantar: « Listen. Seeing you got ritualistic ».
—« Cleansin’ my soul of addiction for now » —lo ayudo a cantar y lo hacemos a pleno pulmón.
—« Cause I’m fallin’ apart / Yeah, tension / Between us just like picket fences ».
Llegando al campo de fútbol americano, empezamos a ver el espectáculo que empieza ya en el aparcamiento. Cientos de personas de los diferentes equipos se insultan entre ellos, corean sus himnos y beben jarras de cerveza.
Siempre que podemos, vamos a los partidos de los unos y de los otros. Somos deportistas de élite, pero ante todo somos como hermanos.
Desde que nos conocimos en la Iron Elite, hemos sido uña y carne. Son las únicas personas en las que confío y con las que soy yo (casi) al máximo.
Hoy se enfrentan dos de los grandes equipos de fútbol americano de la liga: los Maple Bears y los Northlake Panthers.
Y mi colega Aiden Celebrini no conoce el miedo; el miedo lo conoce a él. Es uno de los mejores jugadores de los últimos años y estoy seguro de que será una leyenda.
—¿Creéis que hoy vendrá Sienna? —pregunto, pensando en lo enamorado que está mi amigo desde que tengo uso de razón.
—Ni idea, tío. Si no trabaja en el bar seguro que vendrá para desconcentrar a nuestro amigo —dice Lach.
—Más que desconcentrar, tengo que reconocer que cuando está ella en el campo juega mejor —respondo mientras nos bajamos del coche.
Las gradas están a reventar. Luces, cánticos, espuma de colores, pancartas. El ambiente es eléctrico, impresionante.
Nos abrimos paso entre la multitud hacia la zona VIP, la zona de las suites, con las sudaderas de los Maple Bears y el número cuatro de dorsal a la espalda. Wyatt se para a sacarse fotos cada vez que se las piden, mientras que Lach y yo avanzamos todo lo rápido que podemos.
El beisbolista se ha puesto los cascos y la capucha para que nadie lo pare, pero aun así varias chicas intentan sacarse fotos con nosotros cuando estamos llegando a la zona.
Son todas iguales. Hay tres frases que nunca fallan:
1. «Te he hablado por Instagram, Nate».
2. «¿Te gustaría que quedemos alguna vez?».
3. «Puedes venir a mi casa, estaré sola con una amiga».
Repulsión.
Esa es la palabra.
La megafonía anuncia la entrada del equipo local y la gente se levanta de los asientos para empezar a invocar su ritual.
Y entonces aparece él: la superestrella de los Maple.
Aiden avanza por el túnel con el casco del número cuatro brillando bajo los focos, con el pecho en alto y la mandíbula apretada. Su apellido es coreado como si fuera un dios de la guerra.
Y en parte lo es, joder.
El cielo revienta en fuegos artificiales dorados y azules justo cuando los Maple pisan el campo.
A lo lejos, en la grada de enfrente, entre el gentío, alcanzo a distinguir unos ojos azules grabando con el móvil en alto.
Pantalones cargo, camiseta con el número cuatro y un par de críos con las camisetas del equipo a juego que la esperan sentados sujetando las palomitas.
Aiden todavía no la ha visto, pero lo hará.
Sienna ha venido a verlo, así que mi colega hoy tiene que petarlo, sí, señor.
No puedo evitar mirar una vez más hacia ella: la chica por la que mi mejor amigo sería capaz de perder incluso su partido más importante.