Breathe Out (Silver Springs 1) 16. Llorar bajo la lluvia. Keyla Blake
30%

16. Llorar bajo la lluvia. Keyla Blake

Keyla Blake

Si hay algo peor que tener que ir a terapia de grupo y abrirte en canal delante de desconocidos, es llegar tarde.

—¡Corre, que Ellie nos mata! —exclama Avery, tirando de mi brazo mientras corremos por el pasillo.

Siento cómo me arden los pulmones debido a la poca actividad física que hago.

—Avery, espera, me falta el aire —jadeo, intentando frenar.

—Ni hablar. Entramos juntas. A la de tres.

—No, espera, yo no…

—Una, dos…

Avery abre la puerta de golpe antes de que pueda protestar.

El silencio de la sala se rompe con nuestra entrada triunfal, que tiene poco de gloriosa y mucho de desear que me trague la tierra.

Ocho pares de ojos se clavan en nosotras en el mismo instante que la sangre me sube a las mejillas a una velocidad vertiginosa.

—¡Lo siento, lo siento! —dice Avery sin perder la sonrisa ni el aliento, arrastrándome hacia dentro—. El entrenamiento se ha alargado y el tráfico ha decidido conspirar en nuestra contra. ¿Nos perdonáis?

Ellie, que está sentada en su silla habitual con las piernas cruzadas y una libreta en el regazo, nos mira por encima de sus gafas. Por un segundo temo que nos eche la bronca, pero su expresión se suaviza.

—Claro, chicas. Mejor llegar tarde que no llegar —responde con una sonrisa tranquila—. Buscad un sitio.

Avery me guía hacia dos sillas vacías y nos dejamos caer en ellas.

En cuanto me siento a su lado y su hombro roza el mío, noto algo curioso: mis pulsaciones empiezan a bajar.

Es fascinante cómo la presencia de una persona en la que confías —o en la que estás empezando a confiar— funciona como un ancla.

Mi cuerpo, que hace tres segundos estaba en alerta roja, interpreta su cercanía como una señal de seguridad.

Avery me guiña un ojo disimuladamente, como diciendo: «¿Ves?

No ha pasado nada». Y por primera vez en toda la mañana, respiro de verdad.

—Bien, ahora que estamos todos —dice Ellie, recuperando la atención del grupo con su voz cálida—, vamos a empezar.

Hoy vamos a hablar sobre la humanidad compartida.

Algo que todos tenemos en común, aunque a veces nos cueste darnos cuenta de ello.

Quiero que cada uno, si se siente cómodo, comparta qué le ha traído aquí, qué le hizo buscar ayuda.

La sala queda en silencio y nos miramos unos a otros, sin iniciativa.

—Sé que esto no es fácil, pero esta actividad servirá para que cada vez sea más sencillo hablar entre nosotros.

Es irremediable sentirse alerta cuando estás con personas que crees que no te comprenden y sientes que te juzgan.

Pero, quien más y quien menos, ha sufrido.

Eso es inherente al ser humano. Todos estamos aquí por haber sido víctimas de cosas demasiado duras.

Compartirlas nos podrá acercar. ¿Preparados?

Después de una pausa, Avery levanta la mano con lentitud.

—Empiezo yo —dice con valentía—. He venido aquí porque hace unos años presencié la muerte de un ser querido. Y es algo que todavía no puedo superar, fue una muerte trágica, traumática y… prefiero no profundizar en ello.

Me quedo completamente en silencio.

No esperaba eso. Sabía que si algo la había traído aquí era por un buen motivo, pero supongo que nunca te esperas cómo son las cosas en realidad.

En ese instante, todo lo que creía saber sobre ella se tambalea. Desde que la conozco ha sido esa chica enérgica, segura, con una sonrisa en la cara y una respuesta de bondad para todo. La líder. La fuerte. Nunca imaginé que cargara con algo tan doloroso.

La observo, y por un momento me cuesta reconocerla.

No porque haya cambiado, sino porque ahora la veo de verdad.

Y lo que veo me duele.

Ahora siento muchísimas ganas de abrazarla, así que la miro y le aprieto la mano. Desde que he llegado me he centrado en mí misma, olvidando que estaba compartiendo tiempo y espacio con alguien que también libraba su propia batalla.

A veces, cuando estamos mal, creemos que solo nos pasa a nosotros, que solo unos pocos nos sentimos así.

—Gracias por compartirlo, Avery —dice Ellie—. Seguro que no es fácil.

Ashton asiente.

—El duelo es como aprender a vivir con una silla vacía en la mesa —le dice Ellie, con cariño—.

Al principio no puedes ni mirar hacia ese lado sin que se te cierre la garganta.

Luego, con el tiempo, dejas de ponerle cubiertos, pero nunca dejas de ver a la persona en ella.

Hay días en los que incluso hablas en voz alta, como si aún estuviera sentada allí.

Y, aunque la ausencia no se va, aprendes a no dejar la silla vacía.

—Lo es —confiesa Avery, mirando al suelo—. Supongo que, cuando alguien se va, el amor no desaparece. Solo aprende a vivir en el hueco que ha dejado en este mundo. En mi mundo.

West respira hondo y se anima a hablar.

—Yo tengo problemas para lidiar con mi sexualidad —confiesa—. Mi familia… Bueno, no me acepta, así que he decidido distanciarme de ellos.

—Debe de doler mucho —digo, en un acto de valentía—. Sentirte rechazado por tu familia es como crecer con un idioma que nadie a tu alrededor quiere entender. Hablas, pero tus palabras no llegan a ningún lado. Al final, no es que no te escuchen…, es que eligen no hacerlo, y eso es doloroso.

—Es justo así… —me responde West mientras bebe un sorbo de agua—. Llega un punto en el que ya ni siquiera intentas explicarte, porque sabes que no van a hacer el esfuerzo de entenderlo.

Si pudiese contarle cuánto lo entiendo. Duele, claro que duele, porque una parte de ti sigue esperando que un día, aunque sea por accidente, digan tu nombre en voz alta para preguntarte por qué no comes o por qué siempre te encierras en tu habitación.

A veces desearía que me hubiesen preguntado más…

, que hubiesen estado más encima de mí. Quizá, en uno de esos intentos, hubiese pedido algo más de ayuda.

—A mí me cuesta tener ilusión por vivir, así que siempre necesito vivir mi vida al máximo, por lo que por desgracia siempre termino viviendo experiencias muy extremas que me hacen estar con un pie en el otro barrio —cuenta Ashton.

—Mis padres acaban de morir en un accidente —dice Tessa, con voz temblorosa, aferrándose a los puños del jersey—. Así que… supongo que soy todo lo contrario a ti, Ashton. Yo lo que quiero es morirme.

El silencio se vuelve más espeso. Siento el nudo en la garganta subir, como si también fuera mío.

Percibo el dolor de cada una de estas personas y las abrazo desde el interior por lo duro que tiene que ser para ellas.

—El mayor reto al que nos enfrenta la vida es la muerte de nuestros seres queridos, así que te entiendo, Tessa, y estoy contigo —dice Avery.

Cuando llega mi turno, tomo aire. El corazón me late tan fuerte que parece golpearme por dentro. Repaso mentalmente todo lo que quería decir, pero las palabras se amontonan, torpes, desordenadas, rotas.

—Para mí… ha sido difícil elegir una sola razón por la que estar aquí —empiezo, con la voz baja—.

Sufrí acoso escolar durante doce años de mi vida y no conocí a mis padres.

Bueno, al menos no los recuerdo demasiado.

—Avery me mira con los ojos llenos de lágrimas—.

Así que mi trauma tiene que ver con los cuidados, con sentirme insuficiente y, sobre todo, con sentir que nadie será capaz de quererme algún día de verdad.

Trago saliva. Avery me aprieta la mano con fuerza.

¿Qué van a pensar de mí? Se van a creer que soy una pringada a la que han abandonado sus padres por ser una mierda. Seguro que piensan que ha sido por mí. Porque lo es.

—Debe de ser muy duro —dice West—. Sé lo que es sentir que no encajas.

—Ya no es eso, sino que… siento a los demás como si fueran un peligro —confieso notando cómo me tiemblan las manos—. Me paso el día repasando conversaciones, intentando encontrar algún fallo y tratando de prevenir por dónde me van a dar el golpe. Es bastante agotador vivir así.

Ellie se levanta de su sillón. No se queda a distancia profesional; se agacha frente a mí y apoya sus manos en mis rodillas. Sus palmas están firmes, reales.

—Escúchame bien —interviene Tessa, mirándose las manos—. Yo también me he sentido así toda la vida. Vas a aprender a vivir con ello.

—Keyla, cielo. Los demás son un peligro para tu mente desde el momento en el que tu niña interior, cuando era pequeña, tuvo que convivir en una jaula llena de leones. Has aprendido que el ser humano te va a herir por naturaleza, cariño. El problema nunca has sido tú —susurra Ellie suavemente.

Nos miramos unos a otros y, sin darme cuenta, nos siento más cerca. Con menos defensas.

—Con el tiempo entenderéis que todos llevamos heridas que los demás no ven —dice nuestra terapeuta, dirigiéndose a todos—.

Que a veces, por estar rotos, podemos romper a otros.

Y eso es lo que os ha pasado a algunos de vosotros.

Os rompieron tantas veces… que aún estáis buscando los pedazos de vosotros que se quedaron fragmentados por ahí.

Y eso es la terapia: recoger los pedazos, buscar vuestro propio pegamento y caminar con lo roto a cuestas.

Ashton asiente con sinceridad.

—Yo también me he sentido roto. Y eso me ha llevado a hacer daño a otros sin querer.

Una sensación de alivio empieza a cubrirme el cuerpo.

Sentir apoyo es igual a estar lo más cerca posible del sol. Tu cuerpo reacciona al contacto, a la aceptación, y empieza a sentirse calentito.

Nunca me había sentido así con personas que no fuesen de mi familia y me da muchísimo miedo.

Por un momento, pienso en las cinco personas que estamos en esta sala compartiendo nuestra vulnerabilidad y en los niños que fuimos.

Cinco niños que seguramente hayan tenido que madurar demasiado deprisa, a un ritmo antinatural ante los ojos del mundo.

Rompiendo el ciclo de la vida donde nuestros padres nos deberían haber dado una buena educación, una enseñanza para sentirnos queridos y aceptados, válidos y autónomos.

Donde encontramos el camino que nos ha guiado hacia lo que somos. Y, por desgracia, parece que cada uno de nosotros ha tenido que luchar para encontrar por sí mismo aquello que nos hace sentir en calma.

—Quiero empezar dándoos las gracias por el tremendo paso de valentía que acabo de presenciar.

Gracias por compartir, por mostraros —dice Ellie con suavidad—.

Hoy quiero que recordemos algo que solemos pensar cuando el dolor nos aísla.

Pensamos que nadie más puede entender lo que sentimos o que hay algo defectuoso en nosotros por estar aquí, buscando ayuda.

Pero eso no es cierto. Lo que sentís son emociones humanas, no fallos personales.

Son consecuencia de las decisiones de otros, parte de lo que significa estar vivo.

Por haber amado, perdido y resistido. Parte, a veces, del daño que otros nos han hecho.

—¿Y si mi dolor es diferente? Siento que nadie ha pasado por lo que yo viví —confiesa Ashton con la voz baja.

—Somos millones de personas en el mundo, Ashton, cielo.

Aunque con matices, hay muchas otras personas castigadas con el rechazo a la vida.

Y tú, cariño, has sufrido muchísimo. Lo que quiero que consigas es una motivación tan grande que llenes tus espacios, que no busques fuera lo que no eres capaz de cubrirte a ti mismo por dentro.

—¿Se supone que me tiene que consolar pensar en que otros también sufren? Porque no me ayuda una mierda —suelta Tessa, molesta.

Me empiezo a poner nerviosa, como cuando huelo un conflicto a lo lejos. No entiendo por qué, pero cuando alguien sube el tono más de la cuenta, mi cuerpo reacciona como si tuviera que esconderse y empiezo a hiperventilar.

Pero Ellie, para mi sorpresa, sonríe para sí misma y, con dulzura, se levanta y señala al cielo.

—¿Veis cómo están hoy las nubes? El sufrimiento humano es como una tormenta.

A veces creemos que estamos en medio de ella completamente solos, con el coche sin batería y el agua cayendo a cántaros sobre nuestro parabrisas.

Si en un momento de lucidez pudiéramos respirar y mirar alrededor, veríamos que hay un montón de coches parados, ¿verdad?

Todos asentimos después de girar nuestras cabezas hacia el ventanal.

—La humanidad compartida es darnos cuenta de que hay miles de paraguas rotos junto al nuestro.

Que no estamos solos bajo la lluvia. Y, aunque eso no detenga el temporal…

, claro que consuela. Porque el dolor, cuando se comparte, pesa menos.

Porque a veces basta con saber que alguien más ha sentido lo que tú sientes, y que va a poner todo de sí mismo para poder cubrirte en esa tormenta.

Ellie da por finalizada la sesión con una última frase que se queda flotando en el aire mientras todos la sentimos.

—Gracias por estar aquí y por invitarme a pasar el día en vuestra tormenta. Nos vemos la semana que viene.

Nos quedamos en silencio, mirándonos los unos a los otros, y Tessa es la primera que se levanta y se va sin despedirse.

Avery suelta el aire por la nariz y me empuja suavemente con el hombro.

—¿Vamos? —me susurra.

—Sí, por favor, me muero de hambre y tengo que contarte algo —digo mientras me ajusto el lazo del pelo—. ¿Damos un paseo hasta los establos?

—Eso está hecho.