Breathe Out (Silver Springs 1) 15. Una mirada de verdad. Nate Miller
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15. Una mirada de verdad. Nate Miller

Nate Miller

El sol entra por los ventanales antes de que yo pueda abrir los ojos. Ayer llegué a las tantas y me olvidé de cerrar las cortinas.

Empezamos bien.

Charlotte, mi madre, dice que la luz natural ayuda a empezar el día con mejor ánimo. A veces me pregunto si alguna vez ha sentido lo que es despertarse sin ganas de seguir respirando.

Me estiro sobre las sábanas de algodón egipcio y palpo a ciegas la mesilla hasta encontrar el móvil. Son las 7.46 a.m. Y hay una notificación nueva.

Keyla Blake te ha seguido.

Me incorporo de golpe, escuchando el golpeteo absurdo de mi corazón que tanto detesto reconocer.

Abro su perfil y veo una foto en la que el sol le da en la cara y sus pecas parecen pintadas a mano, como si fueran parte de la luz. No sé cómo explicarlo, pero es la chica más preciosa que he visto, y, si soy sincero, he visto muchas.

Su manera de sonreír hace que me fije en la forma de su cara. Sus ojos marrones brillan en la pantalla, devolviéndole la mirada al atardecer, coloreando su iris de tonos violetas y naranjas.

Parece una mirada de verdad, justo de las que no conozco.

Joder, estoy jodido. Contemplo su foto durante demasiado tiempo y la dejo en la galería como si no fuese a volver a abrirla jamás.

No quiero conocer a nadie, y ni siquiera sé si está disponible. Ya he pasado suficiente con todas las relaciones vacías que he tenido hasta ahora y que, sin llegar a ser trascendentes, han dejado quemaduras en mi identidad.

Siempre he tenido una buena intuición. Es probable que sea algo que he aprendido a base de sobreanalizar todo demasiado. Así que, según mis cálculos, esta chica parece diferente.

Estoy acostumbrado a que las tías usen sus redes sociales como si fuesen un catálogo de citas: con las mejores poses, filtros hasta reventar, poca ropa y mucha superficialidad.

Pero ella… no da la impresión de necesitar nada de eso. Y eso es justo lo que me inquieta.

Abro la caseta de Olivia para darle los buenos días. Está enrollada en un ovillo y respira relajada. Ojalá fuera como ella.

—Hola, bonita —le digo mientras le toco la nariz con la yema del dedo—. No hace falta que te despiertes todavía, campeona. No te pierdes nada fuera.

Aunque bebe poco, le cambio el agua todas las mañanas. Cojo la mineral que tengo en su cajón y relleno su bebedero.

Veo que está desperezándose, así que aprovecho para ver si está limpia. A veces se le quedan restos de sus… secreciones pegadas a las púas, y su papá, es decir, yo, tengo que limpiárselas.

Olivia es realmente muy parecida a mí: odia a todo el mundo. Conmigo tiene una relación especial y reconoce mi voz a la perfección. Le toco con los dedos su cabecita y le dejo un poco de comida para que empiece su día.

Bajo a desayunar y la casa huele a café recién molido. El servicio se encarga de molerlo todas las mañanas, al igual que me preparan zumo de naranja recién exprimido.

—Buenos días, hijo —dice sin levantar la vista del iPad, vestida como si fuera a presentar el informativo. Uñas perfectas, pelo recogido y labios color carmín.

—Hola, mamá.

Me sirvo el desayuno y me dejo caer en el banco frente a ella. En la pantalla veo la noticia: «Los Miller, embajadores de elegancia en la gala benéfica del primer sábado del mes».

Mierda. Mierda. Mierda.

Eso es… en dos semanas. Me había olvidado por completo.

—Hoy es lunes, así que espero que tengas preparado a una acompañante decente y vayas a que te diseñen el traje. Tienes unos cuantos huecos para hacerlo con tiempo.

—Mamá, sabes que odio que me metas en esos compromisos.

—Es tu imagen, Nate. Y la mía. —Levanta la vista del periódico—. Y, hablando de imagen…, ¿arreglarás lo del otro día con Hayes?

—¿Qué hay que arreglar?

—Que no vuelva a repetirse, por ejemplo. No podemos permitirnos más escenas en público. Me niego, Nate. De ninguna manera. Y menos con fotógrafos delante, que pareces nuevo.

La observo fijamente. Ni una sola pregunta sobre por qué me peleé con ese imbécil. Solo le preocupa el reflejo, la marca: su producto.

—Claro, mamá. Lo que tú digas.

Sonríe con los dientes, sin emoción.

—Eso siempre ha funcionado.

Una hora más tarde estoy en la limusina, de camino a la pista. Mi coche estará en el taller hasta el jueves, así que Dominic, el chófer de la familia, ha tenido que traerme.

Las gradas laterales están ocupadas por mis compañeros de equipo, todos con una actitud bastante jocosa para la hora que es, apoyados en las mochilas.

—¿Por qué no podemos empezar ya? —gruñe Emmet, tirando la botella al suelo.

—Porque están terminando su ensayo, ¿no tienes ojos en la cara? —responde Hayes, señalando con la cabeza a las chicas.

Dejo la mochila en el suelo porque no necesito escuchar a este idiota quejarse tan temprano mientras me paso una mano por el pelo, intentando despertar.

Es entonces cuando levanto la cabeza y la veo.

La chica de la cara pecosa está sentada en primera fila.

Lleva una falda clara y un jersey de punto color burdeos que le queda un poco grande, como si quisiera esconderse dentro de la ropa. Tiene las piernas cruzadas y un libro abierto sobre las rodillas, pero no está leyendo, sino prestando atención a su amiga.

Le brillan los ojos, dos esferas luminosas y desconocidas para mí. Parece tener ilusión por estar aquí, que es justo lo que a mí me falta.

Debo de pasarme más tiempo de lo debido mirándola, sobre todo por curiosidad, claro está, porque cuando me quiero dar cuenta su mirada está sobre mí.

Nuestros ojos se cruzan y siento que su postura se recoloca, pero parece hacerlo más por incomodidad que porque le agrade volver a verme.

Estupendo.

Baja la vista al libro de golpe, escondiéndose bajo una cortina de su pelo pelirrojo. Tengo que reconocer que eso me ha hecho gracia y tengo que morderme el labio para no sonreír como un idiota.

Se ve tan… fuera de lugar aquí, teniendo en cuenta que está rodeada de hombres con la testosterona hasta las nubes y de las animadoras del equipo, una mezcla bastante explosiva. Parece un cervatillo que se ha colado en una jaula de leones y, joder, está guapísima.

—Mira la amiga de la rubia —dice Cole, dándome un codazo—. Está tremenda.

La repulsión hace que apriete la mandíbula. Intento controlarme porque, aunque no me suele gustar que hablen despectivamente de las mujeres, siento que tampoco está diciendo algo que no sea cierto, así que respiro antes de responder.

—Deja a la chica, Cole.

—Solo digo que tiene pinta de no haber roto un plato, justo como a mí me gustan.

—Ni se te ocurra acercarte a ella porque… parece una buena chica —le suelto, con un tono más serio del que pretendía.

Cole levanta las manos, riendo.

—Tranquilo, tigre. No sabía que era territorio prohibido.

—Si lo dices por mí, te equivocas. Simplemente siento pena de que te acerques a cualquiera de esas chicas.

Vuelvo a echarle un vistazo y su vista se levanta otra vez justo hacia mí, tímida. Ahora es ella la que se muerde el labio inferior y recoloca su libro. Apoyo la espalda en la pared, pero por dentro estoy calculando cuántos pasos me costaría subir ahí y decirle hola.

Mantén tu postura relajada, Nate.

No deberías estar pensando en esto, y mucho menos antes de un entrenamiento.

Cuando por fin terminan la que parece ser su última coreografía, Avery corre hacia nosotros para poder ir hacia su vestuario.

La miro fijamente porque es la única persona que podría, de alguna manera, despejar las incógnitas de mi cabeza.

Por lo que he visto, ella y Keyla parecen inseparables, así que igual podría sacarle algo de información, aunque, conociendo mi fama, puede que ese algo fuese igual a nada.

Cuando el ensayo termina, Avery cruza la pista sin perder el aliento.

—Ey, Nate —dice sonriendo—. Bonita pelea el otro día.

—Gracias, fue con tu fan número uno.

—Ya. Hayes siempre anda soltando veneno por ahí.

—Hay algunos que no se cansan de ser gilipollas. Es su modo de vida.

—¿Y estás bien? Es injusto que siempre te culpen por todo.

—He estado peor, no te preocupes, Avery.

De repente me dedica una sonrisa socarrona y empiezo a sospechar que sabe algo que yo no sé.

—Bueno, entonces voy a ir al grano, Casanova —añade, bajando la voz—. He visto que has seguido a mi amiga y, antes de que lo preguntes, te doy mi visto bueno…, siempre que te comportes como un caballero con ella.

—Solo la he seguido para disculparme, ya sabes, por lo de las palomitas.

Se echa a reír mientras va guardando su ropa en la mochila, mirándome con cara de detective.

—Ya, claro. Las palomitas. Qué detallista, Nate.

—Es la verdad. Además, ya sabes que paso de líos.

—Nate, no has seguido a una chica en tu vida. Tus redes parecen las de un abuelo.

Me quedo mudo. Tiene razón y odio que la tenga.

—¿Qué te parece si dejamos de dar vueltas?

—dice ella con un brillo de victoria en los ojos—.

Quedamos el miércoles por la tarde a las siete en el Grey’s.

Mi amiga es nueva en la ciudad, así que necesita hacer amigos.

Sin presiones, solo gente conociendo a gente.

¿O es que te dan miedo las chicas que no llevan filtro?

Me muerdo el labio.

La idea de volver a verla me genera sensaciones contradictorias, pero una chispa de ilusión dentro de mí hace que me entre el pánico suficiente para decir la mayor estupidez posible.

—No sé si es buena idea. Estoy liado.

—¿Te tiemblan las piernas, Miller?

—Ja, ja. Estoy muy centrado en la temporada.

—¿No tienes tiempo para hacer nuevas amistades?

—Sabes que no quieres que quedemos para que seamos amigos.

—Listillo, mi amiga no conoce a nadie aquí más que a mí. Así que déjame decirte que creo que te equivocas. —Guiña un ojo, victoriosa—. Necesita conocer a gente nueva.

Lanzo una mirada de reojo a la grada. Keyla me está mirando otra vez. Cuando se da cuenta de que la he pillado, se pone roja hasta las orejas y finge buscar algo en su bolso. Es adorable.

—Si es así… —respondo antes de pensarlo—. Entonces puedo avisar a los chicos. ¿Qué te parece a las siete en el Grey’s? Podemos jugar a algo y cenar.

No sé por qué he dicho eso. No sé por qué tenía que aceptar esta encerrona.

—A las siete en el Grey’s. Hecho —anuncia con una sonrisa de oreja a oreja—. No lleguéis tarde, pardillos.

Cuando se va hacia las duchas, yo me quedo un segundo más. Saco el móvil. No puedo irme a entrenar sin hacer algo. Si espero al miércoles, voy a explotar. Escribo rápido, antes de que el sentido común me frene. Respiro hondo y mis dedos se mueven solos:

Ey, Keyla. Te sigo por aquí porque me sentía un imbécil por lo del otro día.

El baloncesto saca lo peor de mí, y estar en primera fila tiene sus riesgos.

Te busqué cuando terminó el partido, pero te habías esfumado y ahora tengo que irme a entrenar o el entrenador me cortará el cuello.

Espero que la mancha se haya ido de la camiseta.

Te quedaba demasiado bien como para arruinarla. Nos vemos el miércoles.

Le doy a enviar y guardo el móvil, sintiendo que acabo de tirar una moneda al aire.

Alzo la vista una última vez y veo que está fijándose en su pantalla.

Sus ojos se abren por la sorpresa. Levanta la vista y, antes de que pueda ponerse todavía más colorada, la saludo con la mano.

Ella duda un segundo, pero me devuelve el gesto tímidamente, provocándome una sonrisa de medio lado que no puedo contener.