Breathe Out (Silver Springs 1) 14. No más fotos. Keyla Blake
27%

14. No más fotos. Keyla Blake

Keyla Blake

Son las cuatro de la madrugada y mi cerebro ha decidido que ya no se duerme más. La pantalla del móvil me quema la retina y esa conocida sensación de angustia empieza a apretarme el pecho.

No suelo hacerlo, pero hoy el primer impulso ha sido entrar en el chat del tío Will. Leo su último mensaje:

Es solo un trabajo temporal, Kiki. Unos meses de investigación fuera y volveré antes de que te des cuenta. Te quiero.

Borro el borrador que acabo de escribir por décima vez.

Quería decirle que lo odio por haberse ido ahora.

Que me da igual su «investigación» y que lo necesitaba aquí, no a cientos de kilómetros.

Siento una rabia contenida porque, justo cuando el pasado ha empezado a asomar las garras —aunque Maggie intente ocultármelo—, él ha elegido su carrera antes que a mí.

O eso es lo que me duele creer.

Justo cuando la garganta empieza a cerrárseme, suenan unos golpes suaves en la madera. Toc, toc. Toc, toc.

—Keyla. ¿Estás despierta? —susurra Avery desde el otro lado de la puerta, con la voz temblorosa.

—¿Te respondería si lo estuviese?

—¿Puedo pasar?

Vaya, parece que no soy la única.

—Claro, pasa.

La puerta se abre con cuidado y Avery entra con un pijama de pingüinos, un moño alto y un par de chocolatinas en la mano.

—No puedo dormir.

—Yo tampoco.

Se acerca a mi cama. Le levanto la manta y se mete dentro sin preguntar más. Al ver la luz de mi móvil, frunce el ceño.

—¿Estabas escribiendo algo?

—A mi tío Will —murmuro, bloqueando la pantalla. Guardo mi secreto donde guardo todos los demás: bajo mi propia piel—. Pero no he enviado nada. Se fue hace unos meses a trabajar lejos y…, bueno, supongo que sigo enfadada.

—Los hombres y sus prioridades —suspira ella, abriendo una chocolatina—. Toma, chocolate blanco. Tu favorito.

Me saca una sonrisa enorme que se haya acordado de un detalle así, por lo que le doy un apretón cariñoso en el brazo a modo de agradecimiento. Avery empieza a comer con una especie de urgencia.

—Ay, me acabas de recordar que tengo los brazos como dos chorizos —dice de pronto, bajándose las mangas del pijama para taparse.

—¿Pero qué dices, Avery? Tienes un cuerpo increíble. Verte caminar es como ver a un cisne en una pasarela.

—Ya…, bueno, yo no lo veo así. —Se encoge de hombros y me mira fijamente—. Oye…, ¿a veces tienes miedo?

—Todo el tiempo. No recuerdo un solo día de mi vida donde el miedo no me haya hecho compañía.

Avery asiente y veo su dolor reflejado en sus ojos. Le aprieto la mano con suavidad.

—Si estás asustada, puedes venir y cogerme de la mano —le ofrezco.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Veo un brillo especial en sus ojos que me hace pensar que debajo de su alegría hay una capa de dolor que no está preparada para salir al mundo. Espero poder ayudarla algún día a deshacerse de ella.

—Oye…, ahora que lo pienso —dice con expresión traviesa—, ¡podríamos hacernos fotos bonitas juntas! Tienes tu cuenta cogiendo polvo, Keyla.

—Es que… hace siglos que apenas la uso. Me da bastante rechazo y no me gusta hacerme fotos. Cuando todo empezó…, bueno, digamos que no tuve la mejor experiencia respecto a mi privacidad.

—Pues eso tiene que cambiar. Ya sabes, año nuevo, vida nueva, gente nueva…

—No se me da muy bien hacer cosas nuevas.

—Ah, ¿no? Yo creo que eso es algo que tú te has creído, pero que no es verdad.

—Es cierto, Avery. Las cosas que intento no suelen salirme bien.

—El tiempo que estés aquí es para aprovecharlo, Key. —Se incorpora entusiasmada—. Tenemos que atrevernos ambas a salir de la rutina que tenemos en este lugar.

—Supongo que, cuando pasen unos meses y me encuentre mejor, podré empezar a hacerlo.

—¿Y si no? ¿Y si no hay un momento perfecto para hacer las cosas?

—Entonces será un problema del futuro.

—Eso no le convence a la Avery del presente, así que te propongo que mañana me acompañes un rato al entrenamiento.

—Pero ¿mañana ya? —pregunto, asustada—. Tenemos terapia grupal a las diez.

—Pues te tocará madrugar —me responde Avery, con expresión victoriosa—. Creo que los miedos en dosis pequeñas se llevan mejor. Así que, ya que te da miedo salir al mundo —señala con las manos hacia la puerta—, vamos a hacértelo más fácil.

Me quedo pensativa unos segundos, pero no estoy convencida. No quiero decepcionarla, ni que se piense que soy una cobarde.

—¿Cuánto dura eso?

—Entre ir y volver estaremos unas dos horas fuera; ¿qué te parece? ¿Trato hecho?

—Trato hecho, pero me vengaré.

—Sí, me parece genial, pero ahora si te quedas quieta…

—¿Qué hac…?

¡CLIC!

Sin saber muy bien por qué, empiezo a sentirme mareada. El sonido del obturador se repite en mi cabeza. El flash —aunque solo sea la luz del día reflejada en la lente— se siente como algo familiar.

—Avery, no vuelvas a hacer eso, por favor. —Mi voz sale más brusca de lo que esperaba.

Siento una presión fría en la nuca, como si alguien estuviera justo detrás de mí, observando. Es una sensación de peligro que no tiene sentido aquí, en mi cama, con una amiga que no es una amenaza. Pero mi cuerpo no lo sabe porque parece estar pidiéndome que me esconda.

Se produce un silencio incómodo y ella baja el móvil mientras se le borra la sonrisa por mi culpa. Soy demasiado sensible y no sé, siento que no estoy hecha para tener amigas. Lo estropeo todo.

Se muerde el labio, y por un segundo parece que se va a levantar para irse.

—Oye, lo siento. Te has puesto pálida, Key. No quería asustarte, de verdad. Es que…

Se queda mirando la pantalla del móvil unos segundos, dudando. Sé que está intentando entenderme, pero ¿cómo va a hacerlo si ni yo misma sé qué me pasa?

—Es que sales preciosa —insiste, esta vez con una voz más suave, casi tímida—. Sales real. Y me da una rabia inmensa que tú no puedas verlo.

Se hace un ovillo a mi lado en la cama y me enseña la pantalla con cuidado, como si quisiera que yo viese lo mismo que ella es capaz de ver.

—¿Puedo subirla? —pregunta con prudencia—. ¿Desde tu cuenta? Te mereces ver lo que yo veo.

Respiro antes de responder, intentando mentalizarme de que mi amiga no es una amenaza. No sé por qué me he sentido así de repente.

—¿Cómo vas a subir eso? Podrían confundirme con un mapache.

Avery se ríe y empieza a buscar en su galería.

—Vale, vale; ¿y esta? El otro día te saqué esta foto con el atardecer de fondo. Tienes que subirla, y no acepto un no por respuesta.

La miro. Es preciosa. Las pecas brillan con la luz dorada, y mis ojos… parecen sinceramente felices. Tengo nata en la comisura del labio y flores silvestres en el fondo del paisaje.

Soy yo, al setenta y cinco por ciento, y eso, para mí, ya es un gran avance.

De repente, Avery me coge el móvil y entra en mi perfil.

Sacudo la cabeza, pero descubro que no estoy molesta, sino muerta de vergüenza. Me siento demasiado rota para esto, porque empiezo a creer que recomponerme ya no es posible.

Porque, cuando la vida te golpea demasiadas veces, mirar de frente al presente se vuelve insoportable.

Y, cuando algo se rompe en trozos tan diminutos, ya no sabes si se podrá volver a construir.

—Voy a subirla y no se hable m… ¡KEYLAAAAAAAAA! ¿Has visto tus peticiones? —Se levanta de un salto y casi me da un síncope.

—¡Por Dios, Avery! Me vas a jubilar antes de los treinta —digo, llevándome las manos al pecho.

—¡TE HA SEGUIDO NATE MILLER!

El oxígeno sale de mi cuerpo y, si tuviera que hacer una apuesta, me la juego a que estoy más blanca que una hoja de papel, con un pie en el otro barrio.

—Déjame ver.

«NATE MILLER, 170K de seguidores, 75 seguidos».

—¿Cómo de fuerte es esto? —Avery tiene los ojos como platos—. Nate no sigue a nadie si no tiene interés, te lo digo yo que lo conozco. Es como un hermano para mi mejor amigo, Aiden.

—No pienso aceptarlo. Podría ser un psicópata.

—Un psicópata que mete triples y sale en la tele, sí, claro. —Me da un codazo—. Será que quiere volver a caerse encima de ti…

—Calla, tonta.

Trago saliva porque esto es justo lo que me da miedo. Estoy demasiado agrietada para conocer a alguien, aunque sea como amigos. Mis ojos lo buscaron más de una vez durante el partido, sí, pero solo por curiosidad.

—¿Qué crees que debería hacer? ¿Aceptarlo y seguirlo yo también? ¿Hacer como que no lo he visto? ¿Mudanza exprés debajo de la cama?

—Primero, nena, respira. No tienes que hacer nada si no te apetece. —Me pasa el móvil—. Pero míralo bien. Es él. Y está…, madre mía, está buenísimo.

Lo miro otra vez y, maldita sea, es injusto. Tiene esa clase de belleza de chico de película que te avisa de que, si te acercas, vas a acabar estampada contra un muro.

—¿Sabes qué? —dice Avery, apoyando la cabeza en mi hombro—. No sé qué va a pasar, pero me gusta la Keyla que estoy conociendo. Aunque todavía no sabemos mucho la una de la otra…, me gusta ver que te permites sentir un poco de vértigo.

—No te confundas. Si no he salido corriendo es porque estás encima de mi manta.

—Y porque quieres probar cosas nuevas, aunque te dé miedo.

—Hablando de miedo, no pienso ir mañana contigo si él va a estar.

—¡Anda ya! ¿Qué excusa es esa?

—No es una excusa, es que literalmente no pienso ir.

—Te arrastraré hasta allí conmigo por la mañana. Además, ¡vas a estar tan guapa! Tienes una ropa preciosa. Y me has hecho una promesa, y las promesas entre amigas son sagradas.

Me callo porque, como dice la tía Maggie, es mejor callarse cuando una no tiene nada útil que decir.

—Está bien —suspiro—. ¡Pero yo no te he prometido eso!

—Me acojo a la quinta enmienda.

Nos echamos a reír mientras miro la solicitud que tengo pendiente.

Mañana voy a entrar en su territorio.

—Mañana —me repito, sintiendo que acabo de firmar mi propia sentencia.