13. Matcha y poesía. Nate Miller
Nate Miller
—Tienes que estar de coña, tío —dice Wyatt, dejando la cerveza con un golpe seco sobre la mesa—. ¿Otra vez con Hayes? Estáis en todos los titulares. Hasta el programa de cotilleos de mi madre ha hablado de eso.
Apoyo los codos sobre la mesa de madera del Grey’s, dejo caer la cabeza entre las manos y suelto un suspiro.
—Me aseguré de que nadie me viera cuando empezó la bronca en el túnel. Quería evitar el sermón de Marcus, sabía que me iba a acribillar a mensajes si se enteraba.
—Nate —Wyatt me lanza una mirada entre divertida y preocupada—, creo que hay más cámaras en ese pabellón que estrellas en el cielo. Deberías saberlo ya.
—Mirad —digo, alzando la voz un poco mientras juego con la etiqueta de la botella—, ese imbécil no para de provocarme. Esta vez me montó una encerrona en el pasillo solo para que pareciera que yo perdía los papeles delante de los ojeadores. ¿Soy el único que lo ve?
Wyatt y Aiden intercambian una mirada resignada. Hemos venido al bar de siempre, nuestro refugio después de cada partido. A menos que la abuela Dottie o Asia aparezcan por aquí para llevarme a casa, este es mi sitio.
Aiden se frota el entrecejo, pero su atención está a varios metros de nosotros.
Concretamente en la barra, donde Sienna limpia vasos con una precisión casi hipnótica.
Sienna Blackwood. La camarera del Grey’s, la antigua niñera de Aiden y la única mujer por la que mi amigo ha estado colgado desde que tiene uso de razón.
Ella es mayor, siempre tiene una excusa lista para mantenerlo a raya, pero la forma en que sus ojos lo buscan cuando él no mira dice todo lo contrario.
La puerta se abre y entra Lachlan. Se detiene un segundo para hacerse una foto con una fan, pero noto cómo tensa los hombros y oculta la pantalla de su móvil en cuanto termina.
Lachlan Dupont. El mejor lanzador que ha parido este estado y un tipo que guarda su intimidad con el celo de un agente secreto.
Odia los flashes y las preguntas personales; para él, el mundo fuera del estadio es una distracción que preferiría evitar.
Se contonea hacia nosotros con una mezcla entre elegancia francesa y macarra de barrio. Su pelo, de un tono anaranjado permanente por el cloro, brilla bajo las luces del local.
—¡Buenas noches al rey del escándalo! —Lach deja caer su chaqueta en la silla y se sienta a mi lado—. ¿Qué tal, Miller? ¿Qué ha sido esta vez? ¿Guerra fría o combate de boxeo?
—No estoy de humor, imbécil —murmuro.
—Eso es perfecto, porque yo sí —responde vacilón.
Sienna aparece con su libreta y la charla se detiene.
—¿Cómo están mis niñatos favoritos? —pregunta con esa media sonrisa que deja a Aiden mudo—. ¿Os pongo lo de siempre?
—Lo de siempre para mí —dice Aiden, hipnotizado.
—¿Y tú qué quieres hoy, novato? —le pregunta a Lach.
—Lo que tú me recomiendes, preciosa —le guiña un ojo.
—Algún día superarás lo de intentar ligar con mujeres que no puedes manejar, Dupont.
Sienna se retira con un giro elegante y Aiden le lanza una mirada asesina a Lach.
—¿Quieres dejar de flirtear con la mujer de mi vida?
—¿Tu mujer? ¿No era tu niñera? —Lach mete el dedo en la llaga y Wyatt suelta una carcajada mientras se frota las manos, disfrutando del espectáculo.
—Cuidadito, que ese es terreno sagrado —añade Wyatt mientras se frota las manos, esperando su momento de gloria para que empiece la acción.
—Ya basta —me quejo, bebiendo un sorbo de cerveza.
—Oye. —Aiden me da un codazo, cambiando de tema—. No has dicho nada del momento «palomitas voladoras». ¿Quién era la chica de primera fila?
Siento que la mandíbula se me tensa de golpe.
—No tengo ni idea, tío. Un accidente.
—¿Cómo que no? —insiste Lach—. Te quedaste congelado mirándola. Casi te tienen que sacar con grúa de encima de ella.
—Me tropecé con el pie de Mackensi —gruño—. Fue sin querer. La pobre terminó llena de mantequilla y sudor por mi culpa.
—A eso lo llamo yo una entrada triunfal —se burla Wyatt—. ¿Por qué no nos habías contado nada?
—Porque no es relevante. No la conozco de nada.
Miento. Miento como un bellaco. No he dejado de pensar en sus ojos. En cómo me miró: sin rastro de esa admiración empalagosa que veo en todas las demás. Lo hizo como si fuera una persona normal, incluso con un poco de susto, pero nada de interés. Y eso me tiene descolocado.
—¿Y si la buscamos? —Lach saca su móvil—. Iba con Avery O’Shea, tu mejor amiga, Aiden.
—¿Mi rubia favorita? —Wyatt se inclina hacia delante, pero finge cara de desinterés.
—La misma —dice Aiden con malicia—. Podrías buscarla en su perfil, ya sabes, por si quieres «disculparte» formalmente, Nate.
Los tres se amontonan alrededor del teléfono. Yo finjo indiferencia, pero mi pie golpea el suelo con un ritmo nervioso.
—Aquí está —anuncia Aiden—. @averyoshea. Tiene fotos del partido y…, a ver…, aquí.
Lach desliza el dedo por la pantalla y se detiene.
—¿Es esta? —Me muestra una imagen.
Es Avery, con una sonrisa de oreja a oreja, y a su lado, una chica de pelo cobrizo y mirada esquiva aparece medio escondida. Parece que quiere que se la trague la tierra.
—Aquí pone que se llama Keyla. Keyla Blake —dice Wyatt, mirando por encima de mi hombro hacia la pantalla—. Ojo, que tiene una foto con el mar de fondo que es… guau.
—Esa es —susurro antes de poder frenarme.
—¿La seguimos? —pregunta Wyatt con una sonrisa de tiburón—. Si no te gusta a ti, me la quedo yo.
—No. —Mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Dejadlo. Es una desconocida y no quiero agobiarla.
No quiero que estos salvajes la asusten con sus tonterías. Hay algo en ella que me hace querer protegerla de la mirada del resto, incluso de mis amigos. Pero Wyatt es más rápido que yo.
—Déjame ver más… —Wyatt me quita el móvil de la mano antes de que pueda reaccionar.
—¡Eh! —protesto, pero él ya está navegando.
—Cuenta privada, solo tres fotos... Tío, es totalmente tu tipo. Voy a mandarle una solicitud y no se hable más. —Wyatt me pone una mano en el hombro—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con el Nate Miller que no perdía el tiempo?
—Dame el móvil, Wyatt, no me jodas —intento recuperarlo, pero él esquiva mi mano como si estuviéramos en un entrenamiento.
—Demasiado tarde, capitán —anuncia con un gesto triunfal—. «Seguir».
Pulsa el botón con teatralidad y me devuelve el aparato.
—Estás muerto —le advierto, aunque siento un vuelco extraño en el estómago.
—Técnicamente, tú acabas de resucitar. Ya estás comprometido a ser un caballero. Estoy orgulloso de ti, chaval —dice Wyatt poniéndose una mano en el corazón.
Aiden y Lach estallan en carcajadas.
—Dios mío, hemos perdido a Nate —bromea Aiden—. El próximo paso es que empiece a beber matchas de avena y a leer poesía.
—A la mierda todos —murmuro, aunque no puedo evitar que se me escape una sonrisa.
Miro la pantalla. Solicitud enviada. Ella es la única persona que no ha gastado ni un segundo en preguntarse quién soy yo, y ahora soy yo el que se pregunta quién es ella. Keyla Blake. Espero que no piense que soy un acosador. Si no la acepta, me va a dar un síncope de la pura vergüenza.