12. Una dulce madriguera. Keyla Blake
Keyla Blake
¿Alguna vez has tenido la sensación de estar en un hoyo? Al contrario de lo que todos puedan pensar, a mí me resulta agradable.
No es un lugar oscuro y terrible, sino uno mullido, silencioso, donde nadie puede alcanzarte. Es como una madriguera: acogedora, segura a simple vista y, aunque es pequeña, caben todo tipo de miedos.
Sé que mi forma de pensar es un problema —vivir en esas condiciones no se puede mantener a largo plazo— pero, para mí, el agujero en el que me metí hace unos años se ha convertido en mi lugar seguro.
Me gusta imaginarlo como mi pequeño nido.
Al fin y al cabo, soy realista: he vivido siempre en él.
Es como un espacio en el que siento que nadie va a hacerme daño, pero con la doble trampa de que, si nunca me pasa nada, tampoco estoy viviendo.
Así que ese es mi plan en este lugar: ampliar mi zona de confort, hacerla más grande y, tal vez, abrir alguna ventana para que corra el aire.
Y yendo a ese partido, desde luego que he dejado más de una abierta.
—Keyla, ¿no ha sido increíble? —La voz de Avery me saca de mis pensamientos—. ¡Ese tío de dos metros se cayó encima de su propio entrenador! Creo que ha sido lo más espectacular que he visto en mi vida.
Pestañeo y me encuentro con los ojos de Avery fijos en los míos, como si estuviera intentando descifrarme, conocerme más.
—La verdad es que sí, ha sido impresionante, pero no entiendo cómo hacer eso puede ser legal.
—En el baloncesto están hechos de hierro, tía —dice abriendo los ojos como platos—. ¿Has visto los músculos de Axel Hayes o de Nate Miller? Podría atropellarlos un camión y el camión sería el que terminaría con una rueda reventada.
Sonrío, aunque me cuesta mantener la fluidez de su tono. No estoy acostumbrada a hablar con mucha gente, y cuando es a solas me cuesta todavía más.
—A mí me daría miedo jugar a un deporte así…, aunque tampoco los veo tan fuertes.
Mentira. Son puro músculo, pero jamás lo admitiría en voz alta.
—¿Podemos hablar del momento palomitas? —murmura socarrona, mirándome de reojo—. Hay miles de chicas que pagarían porque Nate se les cayese encima.
Trago saliva al recordar los sesenta segundos más largos y bochornosos desde mi llegada aquí.
No sé qué ha sido peor: las palomitas volando por los aires o su cara al verme.
No han pasado ni dos semanas desde aquella escena absurda en la que su amigo —o enemigo, si no recuerdo mal— casi hace que me rompa los dientes antes de siquiera llegar aquí, así que, en cuanto lo he visto a unos centímetros de mí, lo he reconocido al instante.
El número nueve.
El tipo que se topa conmigo cada vez que el universo se empeña en dejarme en ridículo.
No esperaba volver a cruzármelo, mucho menos aquí, tan cerca de mi nueva vida, de todo lo que intento recomponer. Pero el destino tiene una puntería pésima.
Supongo que es un tío bastante guapo. O al menos llamativo.
No pude oír bien lo que intentaba decirme entre el ruido del partido, pero recuerdo su boca moviéndose, como si intentara disculparse o decir algo más.
No debería haberme afectado tanto, pero lo cierto es que me quedé paralizada. Y, aunque intento restarle importancia, me di cuenta de tres cosas:
1. Su cara tiene una estructura perfecta, marcada por la zona de las mejillas con dos hoyuelos.
2 Tiene las manos muy grandes y bonitas.
3. No sonríe demasiado, y es una pena.
Puede que no tenga nada de especial. Aunque por alguna razón, no he dejado de pensar en ese momento.
—Espero que mi mente borre rápido este día, he pasado muchísima vergüenza.
—Bah, no te preocupes por eso. Además, Nate es bastante majo. Solemos vernos a menudo con algunos amigos en el bar del pueblo, el Grey’s. Creo que alguna vez deberíamos ir, te encantaría el bizcocho de zanahoria que hace Sienna.
—Avery, no quiero ofenderte, pero creo que con lo de hoy he socializado suficiente para… ¿al menos dos semanas?
Ella se echa a reír y me hace sentir bien no ser lo que no soy con alguien, aunque no conozca casi nada de mí, al menos esta parte no tengo que fingirla.
—Cielo, entre nosotras no hay presiones, ¿vale? Pero algún día tienes que ir saliendo de esa burbuja. Hoy lo has hecho genial y te lo has pasado bien, ¿a que sí?
Asiento con la cabeza mientras reflexiono, porque, a decir verdad, ha sido un buen día. Uno de esos para marcar en el calendario.
Hoy me he demostrado que la ansiedad es como una niña pequeña que grita muy alto y patalea. Sé que está en mí cogerla de la mano e ir por la dirección exacta que yo necesite. El problema es que a veces grita demasiado y hace que me duelan los oídos.
—La verdad es que sí, Avery. Muchísimas gracias por… por todo. Nunca he tenido una amiga con la que hablar, y contigo me siento muy a gusto —reconozco mientras mis mejillas suben la temperatura.
—Me encanta ayudarte, Keyla. —Baja la ventanilla del Uber—. Sé lo que es pasarlo mal, y al final yo estoy cerca de mi casa. Tú, en cambio, tienes a tu familia lejos, así que cuenta conmigo para todo.
Algo se me remueve por dentro al escuchar sus palabras. Nadie habla de lo raro que resulta sentirse vista por alguien.
—Me ha hecho sentir muy bien la fuerza que me has dado para atreverme hoy, y me voy doblemente feliz a dormir sabiendo que te has sentido a gusto conmigo —añade—.
Al final supongo que hay que hacer cosas para que te pasen cosas, y ¡mírate!
, no a todo el mundo que sale de casa se le cae un tío buenorro encima.
Avergonzada, miro por la ventana por la que ya se empieza a ver el mar. No me apetece contarle que no era la primera vez que lo veía, prefiero guardármelo para mí.
El verde de la montaña nos saluda, dando paso al camino en espiral que hay hasta el centro.
Me gusta la filosofía que tienen aquí, ya que nos dejan salir y entrar con total libertad, con la única condición de que sigamos los horarios de la terapia que hay entre semana.
Avery se mete medio bollo en la boca y a mí me sale una sonrisa.
—¿Qué crees que habrán hecho hoy los chicos del grupo? Creo que deberíamos hablar con ellos de vez en cuando.
—No tengo ni idea, pero parece que van bastante a su aire.
—Sabes que yo hablo hasta con las piedras, pero con Tessa me cuesta un mundo.
—Parece llevar la pena por dentro, así que no deberíamos juzgarla. Creo que solo hay que darle espacio y tiempo para que salga de ella el ir acercándose a los demás —comento mientras veo que nos adelanta un caballo a toda velocidad.
—Tía, mira ¡es Noah! —dice señalando hacia la derecha.
Nos adelanta por la hierba que acaricia la carretera, se saca el sombrero para saludarnos con una sonrisa, y azuza al caballo para que vaya más deprisa, consiguiendo adelantarnos.
Conozco esa sonrisa de felicidad: esa libertad de sentir que tu cuerpo pertenece al viento cuando vas a lomos del caballo. Aunque de pequeña me encantaba montar, ya no es uno de mis hobbies, pero me gustaría volver a hacerlo una o dos veces al año.
El coche aparca justo debajo del letrero de Welcome to Velvet Hollow y nos estiramos cuando salimos de él.
—Se está haciendo de noche, pero el cielo está precioso. ¿Te apetece que vayamos a ver el atardecer?
Sus palabras me arrullan el corazón, haciéndome sentir en casa. Mis tíos y yo solíamos ir a ver el atardecer todos los domingos, cuando venían a recogerme del club de equitación.
Nos gustaba coger una pizza de pepperoni para llevar y comerla fría mientras adivinábamos la forma que tenía cada animal del cielo.
—Me encantaría, Avery —respondo—. Ve yendo mientras le envío un mensaje a mi familia, ¿vale? Voy a hacer un poco de trampa.
—¡Claro! Iré cogiendo un par de toallas y robando fresas con nata de la cocina —contesta, eufórica.
—¡Pero si acabas de comer!
—La comida es mi serotonina, querida —responde con un guiño antes de salir corriendo.
Me quedo sola frente al mar y saco el móvil. Sé que no deberíamos hablar mucho con el exterior, pero necesito que Maggie sepa que estoy bien. Escribo un mensaje largo, casi como una carta digital, volcando todo lo que siento:
Hola, tía Maggs.
Sé que no puedo escribirte, pero hoy me apetecía especialmente.
Hace unos cuantos días ya que no estoy contigo en casa y el tiempo parece haberse detenido.
El personal del centro nos trata genial y nos preparan cosas muy ricas para comer. ¡Incluso preparan tortitas sin gluten!
Puede que te sorprenda, pero he ido a un partido de baloncesto. Avery, mi compañera, es la coordinadora de las animadoras y hemos ido juntas. ¿Te lo puedes creer? No sabes cuántas veces tuve en mente el darme a la fuga, pero lo conseguí, tía Maggie, y ahora siento que el mundo pesa un poco menos.
Avery es una chica muy buena y me está ayudando mucho con su paciencia, a pesar de ser todo lo contrario a mí.
Quiere que los del centro pinten todo su cuarto de rosa. ¿Te lo puedes creer? Dice que el color que tiene ahora le da malas vibraciones, y quizá esté en lo cierto, porque a la hora de la siesta y por la noche escucho sonidos muy raros en su habitación.
Quería decirte que estés tranquila por mí y te centres en estar bien.
Este lugar… transmite vida. Ahora mismo es otoño, y eso hace que todas las casas se tiñan de mis colores favoritos. El mar aquí huele distinto, humedeciendo las casas empedradas y llenándolo todo de hojas.
Tengo poco más que contarte: la terapia grupal se me sigue haciendo cuesta arriba, pero lo estoy intentando.
Prométeme que algún día vendrás a ver esto, sé que te encantará.
Me leas desde donde me leas, nunca te olvides de cómo brilla el sol todos los domingos del mes.
Te quiero,
Kiki
Tan pronto como envío el mensaje, levanto la vista y veo a Avery esperándome unos metros más adelante, con una cesta en la mano y una fresa en la boca. Me hace un gesto con la mano para avisarme de que está lista.
Sus pasos me guían, pero no tengo prisa. Por primera vez en toda mi vida, no quiero llegar rápido a ningún lugar.
El aire empieza a oler a sal y a flores.
Hoy me he atrevido a hacer algo nuevo. He dejado entrar aire por una de esas ventanas.
Y, aunque me cueste creerlo, me ha sentado bien.
Quizá, después de todo, no era un hoyo. Puede que solo fuese una habitación con la luz apagada.
Y, con mis propios pasos, soy yo la que va encendiendo el interruptor.