El chico estrella
Cinco años, Silver Springs
No podía dormir.
Abrazaba mi peluche de trapo, el de la oreja rota, y miraba las estrellitas pegadas en el techo. Brillaban flojito, como si estuvieran cansadas, pero yo sabía —aunque era pequeño— que algo no iba bien.
La casa estaba ruidosa esa noche y escuchaba voces desde mi habitación.
Estaba acostumbrado a pasar tiempo solo con mis juguetes.
Mamá llegaba tarde de «hacer cosas» y siempre olía a colonia de chicas.
Papá miraba la tele o se iba a jugar al golf con sus amigos.
Con quien de verdad estaba era con mi abuela Dottie.
Ella era casa. Ella era manta. Ella era pan con miel y una risa que me hacía cosquillitas en el corazón, y siempre venía a hacerme la comida y la cena.
Solíamos hacer todos los días lo mismo: poníamos la vieja radio del abuelo Simon, me sentaba en la encimera y me dejaba probar la salsa con la cuchara de madera.
—Abuelita, ¿tú crees que algún día seré como papá? —le preguntaba, porque quería ser alguien que me gustara.
—Mi precioso angelito —me decía ella mientras me peinaba con los dedos y me sujetaba la cara—. Tú serás lo que tú quieras. Y no serás como papá: serás mejor. Un superhéroe de verdad.
Con ella me quedaba muy tranquilito, pero esa noche Dottie no estaba y, sin su risa, la casa parecía más grande y más fría. Las voces que venían del salón se escuchaban muy altas, aunque no había gritos, pero me hacían daño en los oídos.
La puerta de mi cuarto estaba un poco abierta y entraba olor a tabaco y a colonia de hombre. Me senté en la cama y estiré la mano para tocar una estrella del techo, pero no llegaba. Algunas ya no brillaban; se habían quedado oscuras. A veces yo también me sentía como ellas: sin luz.
—¡Podía habérsela metido en la boca, Samuel! —La voz de mamá temblaba. Se me encogió la barriga.
—Ya lo sé, nena —dijo otra voz, grave, que no conocía—. Tenemos que hacer algo con él, pero no es culpa del niño.
Después sonó un «crash», como cuando se rompe un plato y saltan trocitos por todas partes. Tragué saliva y empecé a sentir algo raro en la tripa, como cuando me sentía mal por romper alguno de los jarrones de casa.
Tenía miedo de que mamá estuviese enfadada conmigo.
Todo era por los polvitos blancos de papá.
Eran muy bonitos, como el azúcar, y estaban muchas veces sobre la mesa del despacho.
Parecían polvo de hadas de los cuentos que me leía Dottie.
Yo solo quería ver si brillaban en mis dedos, pero, cuando mamá me vio tocándolos, se puso a gritar de una forma que nunca había oído.
Me bajé de la cama y caminé descalzo por el pasillo.
La madera hacía ruiditos bajo mis pies. A veces, cuando tenía mucho miedo, se me escapaba el pis en la cama, y mamá ponía cara fea mientras me decía que no iba a crecer nunca.
Por eso, esa noche, me obligué a estar muy quieto, muy seco, muy callado. No quería ser el problema.
Apoyé la frente en la puerta y escuché el silencio que se quedó a vivir en la casa después de los gritos.
Me hice promesas pequeñitas, de esas que caben en una mano: prometí no tocar nunca más las cosas de papá.
Prometí ser un niño bueno, de los que no molestan.
Prometí hacer que mamá dejara de llorar.
Pero por la mañana mamá ya no estaba.
En la cocina había una nota que ponía que no era para mí, así que la abuela se puso las gafas en la punta de la nariz y la leyó despacito, sin prisa: «Cuida del niño. Tenéis dinero en el sobre debajo de mi almohada por si necesitáis algo. Volveré pronto. Charlotte».
—Volverá pronto, pequeño —dijo Dottie mientras me servía cereales—. Solo necesita un poco de aire.
Ese día hicimos tortitas. Ella me dejó romper el huevo, me puso un delantal grande y me limpió la nariz con el canto de la mano. La radio sonaba bajito y la cocina olía dulce. Pensé que, si era bueno, todo se arreglaría. Lo pensé muy fuerte para que llegara hasta donde estuviera mamá.
Por la noche, cuando Dottie me arropó, las estrellitas del techo volvieron a brillar. Me acerqué todo lo que pude y le dije al oído:
—Si me porto bien…, ¿mamá se quedará más tiempo en casa?
Dottie se quedó quieta un momento antes de darme un beso en la frente. Sus ojos brillaron a la luz de la lamparita.
—Mamá estará aquí antes de que te des cuenta. Y tú, mi precioso niño, no haces nada mal. Estás aprendiendo el mundo. Eso hacen los niños valientes como tú.
Cerré los ojos y, apretando fuerte mi peluche, decidí que al día siguiente iba a brillar mucho. Como las estrellas buenas, las que no se apagan. Iba a brillar para que mamá me viera desde lejos y se sintiera orgullosa.
Y así fue como me hice una promesa que nunca se me olvidó: ser una estrella.
El chico estrella.
Nate Miller.