Breathe Out (Silver Springs 1) 11. Palomitas voladoras. Nate Miller
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11. Palomitas voladoras. Nate Miller

Nate Miller

Voy directo hacia una esquina del vestuario y ejecuto mi ritual: afirmaciones positivas, hablar conmigo mismo y aislarme para que el miedo que sienten mis compañeros no se me pegue al cuerpo.

Me siento en el banco, inclino la cabeza y respiro tres veces, llenando y vaciando los pulmones con lentitud.

No pienso en mamá, ni en el cabrón de mi padre. Me visualizo en una casa amplia, viviendo solo con Olivia y con un par de perros que todavía no tengo, pero que ya me imagino corriendo por el jardín.

Mi carrera en la cima, sin prensa ni focos.

Solo yo y la paz de mi soledad.

Estiro los dedos, uno por uno, y murmuro en voz baja:

—Venga, pequeño Nate. Haz que este partido salga bien. Nos lo merecemos. Este sueño lleva nuestro nombre.

Me levanto para hacer unos estiramientos justo cuando recibo un mensaje de mi representante.

Mierda.

¿Por qué coño no lo he guardado antes?

MARCUS Nate, hoy es el primer partido de la temporada. Estarán varios ojeadores de la NBA en la grada. Da el doscientos por ciento. Cuidado con los fallos y pon tu mejor sonrisa para la prensa cuando salgas. Nos vemos.

Hay partidos donde lo sientes todo antes de que empiece: la electricidad, la tensión en los gemelos, el cosquilleo en las palmas. Pero hoy no es uno de esos días.

Estoy cansado, aunque no físicamente —eso nunca—, pero sí de todo lo demás. Sobre todo, del imbécil de Hayes haciéndose la estrellita del equipo o de los mensajes de mamá y Marcus antes de cada partido.

Como si no jugara siempre con el corazón en la garganta.

El entrenador entra, aplaude dos veces y nos reúne en círculo.

—Chicos, hoy demostramos que la pretemporada valió la pena. Que, mientras otros estaban en la playa, nosotros nos dejamos la piel. —Hace una pausa, respira y grita—: ¿Qué somos?

—¡UNOS PUTOS FIERAS! —rugimos.

—¿QUÉ QUEREMOS?

—¡SANGRE!

—¿QUÉ VAMOS A HACER HOY?

—¡GANAR!

—Tres, dos, uno: ¡SILVER BEARS!

El rugido nos arrastra al pasillo. El suelo tiembla con el clamor de la grada, los golpes de pecho y la adrenalina subiéndome a la cabeza. Y, por un segundo, siento fuego en las venas.

Pero, en cuanto empieza el primer cuarto, la chispa se apaga y se vuelve ceniza. Apenas sobrevivimos empatando. Hayes, cómo no, hace su numerito de estrella, y yo gasto energía en no dejarlo en evidencia.

Minuto ocho. Ataque rival. El base de los Panthers intenta colarse por la derecha, pero yo leo la jugada antes que él: soy el mejor escolta de la liga por algo.

Robo el balón con limpieza, pero se me escurre hacia la línea de banda, dejándome traicionar por la inercia. Me lanzo, pierdo el equilibrio y el parqué se me va bajo las zapatillas.

Y entonces choco contra unas piernas mientras un grito ahogado se mete por mis oídos. Odio a la gente que grita, pero el olor a mantequilla que se queda flotando en el aire me distrae.

Por el rabillo del ojo veo palomitas estallando en el aire y, cuando levanto la cabeza, el mundo entero se me reduce a una cara.

—¡¿Tú?! —escapa de mi boca.

La pelirroja del avión.

La chica que se deshacía en nervios mientras yo intentaba distraerla.

La de los ojos de color tierra mojada.

Joder.

Está congelada, con la camiseta manchada de mantequilla y las manos hechas un ovillo sobre el regazo. Y me mira igual que entonces, como si mi apellido no fuese Miller.

Al lado, Avery —la rubia que conozco demasiado bien— suelta una carcajada que me retumba en los tímpanos.

—¿Estás bien? —le pregunta.

Keyla no responde. Sus labios se entreabren apenas, pero su mirada sigue fija en la mía. Parece asustada, o puede que simplemente esté atrapada en la misma sorpresa que yo. Me paso la camiseta por la cara para quitarme el sudor y esbozo una sonrisa que, por una vez, no es forzada.

—Lo siento por… —miro su regazo cubierto de bolitas blancas— el desastre.

—¡Nate, maldita sea! Vuelve al campo —grita Wheeler desde la banda, fuera de sí.

Ella asiente rápido y me dedica una sonrisa tímida, que me desconecta de la presión del partido durante un segundo eterno.

—Encantado de verte otra vez, Keyla la valiente. —Lo digo con un tono de voz tan bajo que solo mis labios lo pronuncian.

Me incorporo de un salto. Los árbitros llaman a los operarios para limpiar la pista mientras la grada aplaude el esfuerzo.

Intento retomar el control, pero algo ha cambiado.

Al bajarme del avión me quedé con la sensación de que me habría gustado hablar más con ella, pero ahora mismo paso de líos.

No busco complicaciones ni quiero hacerle perder el tiempo a nadie.

Lo último que me esperaba era encontrarme con ese pelo anaranjado en uno de mis partidos, ni verla con Avery.

Suelo rodearme de chicas que gritan mi nombre desde las gradas, extrovertidas, ruidosas: previsibles. Pero ella no parece ser así, porque no puedo darle más igual.

Quizá sea solo al principio y después sea como las demás.

Así que sin saber cómo, entre el sudor, el ruido y el puto caos de mi cabeza…, siento que algo en mí ha quedado enganchado en esa cara pecosa.

Y, contra todo pronóstico, ya no tengo prisa por que acabe el partido.