Breathe Out (Silver Springs 1) 10. Un paso a la vez. Keyla Blake
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10. Un paso a la vez. Keyla Blake

Keyla Blake

—Por el amor de Dios, Keyla, ¡estás guapísima!

Me miro en el espejo del baño mientras Avery rebusca entre un caos de cremas y esmaltes la bufanda del equipo.

—¿Estás segura de que esto no es demasiado? —pregunto, bajándome todo lo que puedo el crop top que me ha dejado prestado.

—¡Para nada! —responde Avery mientras se aplica un pintalabios marrón—. Vamos a animar a tope, tía, y tú vas a ser la aficionada más preciosa de toda la grada. Además, hoy vas a ver a un montón de chicos guapos. Los del equipo están buenísimos, Keyla.

—¿Habéis hablado alguna vez?

—¡Claro! Al final pasamos mucho tiempo compartiendo espacio de trabajo—me confiesa—.

Además, soy bastante amiga de alguno de ellos.

Tenemos un grupo de amigos desde hace bastantes años, pero cuando estamos en ambiente deportivo no hablamos mucho.

La imagen que hay por ahí de las animadoras es bastante cliché y no quiero perpetuar eso.

No nos derretimos cada vez que un jugador nos mira ni hacemos malabares para llamar su atención.

Somos muy profesionales —me dice guiñándome un ojo.

Presiono los labios en silencio. Todavía no tengo la confianza suficiente para contarle que mi única «relación» fue en Junior Year, con Troy Murphy, el imbécil que estuvo meses conmigo en secreto porque le daba vergüenza que alguien lo viera con la chica rara.

Desde entonces, para mí los chicos son territorio prohibido.

—No tengo interés en conocer a nadie, si te soy sincera —murmuro, mientras me coloco una especie de lazo de color blanco roto en el pelo.

—Eso suena a que alguna vez te han roto el corazón, pero somos jóvenes y guapas, ¿no crees que nos merecemos todas las oportunidades del mundo para intentarlo?

Nunca lo había pensado porque la sola idea de conocer a alguien me produce escalofríos, aunque a decir verdad nadie me lo ha roto nunca porque nunca nadie lo ha tenido.

Además, pensar en estar en medio de un estadio lleno de gente hace que el corazón se me quiera salir por la boca.

Lo último que necesito son más estímulos, cuando pienso en planes así, mi cuerpo ya se anticipa al desastre de forma automática.

Es como si no hubiese nadie al mando. No necesito pensar, además, en los jugadores.

—Solo prométeme que, si me agobio, me sacas de allí cagando leches —murmuro, ajustándome la camiseta.

—Trato hecho —dice eufórica, guiándome un ojo mientras me pasa la bufanda del equipo—, pero primero vamos a disfrutar, ¿vale? Hoy es el inicio de algo nuevo para ti.

Solo quiero que este día pase lo más rápido posible y acostarme con la sensación de haberlo intentado, aunque sea un poco.

Quiero llegar a la cama y que, antes de cerrar los ojos, pueda decirme a mí misma que hoy hice algo distinto, algo que me sacó de la inercia.

No quiero volver a sentir lo de siempre, esa condena de pensar que no tengo elección.

Ya he probado ese infierno antes. La diferencia es que, hasta ahora, solo me tenía a mí misma.

Esta vez, gracias a esta rubia de uno setenta, hay alguien más que me empuja hacia delante.

Avery está de pie frente al espejo, dándose los últimos retoques.

Lleva un conjunto negro ajustado con delicados bordados rosas en las costuras, como si alguien hubiera dibujado flores a mano sobre la tela.

Su lazo de seda contrasta con el tono dorado de su pelo y le da un aire elegante.

Siempre parece saber cómo vestirse para que cada detalle hable por ella sin decir ni una palabra.

Yo, en cambio, sigo peleándome con la cinta de satén que encontré al fondo de la maleta.

Llevo un pantalón baggy que me hace sentir segura, combinado con el crop top burdeos que resalta mi piel pálida y deja ver lo justo para que Avery se dé por satisfecha.

—¿Lista? —pregunta Avery, girando sobre sí misma con una sonrisa gigante en la cara—. Madre mía, mírate bien: estás espectacular.

Me miro de arriba abajo y trago saliva. Intento con todas mis fuerzas aceptar que es posible que vaya a desmayarme en algún momento.

Lo reconozco: tengo cierta dificultad para interpretar las señales que me da mi cuerpo.

El miedo me abduce y no pienso por mí misma, pero yo sola me he metido en esto.

No me siento del todo cómoda enseñando mi cuerpo y ahora mismo se me ve todo el abdomen. Noto cómo me miran y eso me hace sentir incómoda.

A pesar del entusiasmo de Avery, no soy capaz de tener esperanza en que esto saldrá bien.

Respirando con dificultad, agarro mi cazadora y me la cierro hasta el cuello. Avery me lanza una mirada y se limita a sonreír. Y yo se lo agradezco. Que esté aquí sin forzar, sin exigirme más de lo que puedo dar, es más que suficiente.

—¿Vamos? —pregunta, mientras se cuelga el bolso al hombro.

Asiento. Con cada paso que doy hacia la puerta, siento que mi cuerpo entero grita en contra, pero sigo andando. Un paso y luego otro.

El aire fresco de la tarde me golpea en la cara antes de montarnos en el coche.

Avery va hablando de no sé qué cosa sobre el base suplente del equipo y sobre la rivalidad entre un tal Hayes y un tal Miller, pero solo capto algunas frases sueltas como «está buenísimo», «Hayes tiene muchas novias» o «pero es un cerdo que siempre me está mirando el culo».

Mientras ella divaga, yo estoy ocupada en otra batalla: el mundo exterior. Coches, gente, ruidos. Es como si todo estuviese amplificado. Un niño le grita a su padre a lo lejos y el pecho se me contrae. Me seco el sudor de las manos en el pantalón y me digo a mí misma: no pasa nada, es solo un crío.

—¿Estás bien?

—Sí —miento, forzando una sonrisa. Ella no me conoce bien todavía, pero sí parece conocerme lo suficiente para no creerme, aunque tampoco insiste.

—Va a ir bien. Además, te prometo que, si alguno se te queda mirando como un cerdo, le tiro mi pintalabios a la cara. Este color es fuerte, pigmenta de maravilla. Yo lo llamo arte defensivo.

Me río de verdad. Con ella me da la sensación de que puedo tener miedo, pero que al mismo tiempo lo convierte todo en llevadero.

De pequeña nunca tuve amigas y el simple hecho de recordarlo hace que los ojos se me llenen de lágrimas.

Me recuerdo a los ocho años, sentada en un banco del patio, viendo cómo el resto de las niñas jugaban a las palmas o al escondite sin ni siquiera reparar en mí.

La última vez que una me dirigió la palabra, su madre tuvo que ir a recogerla al colegio porque alguien le escribió la palabra «zorra» en la mochila.

A partir de ahí no volvimos a cruzar ni una mirada.

Siempre era igual. Cuando por fin alguien era amable conmigo, enseguida venían las amenazas: «Si te juntas con ella, a ti también te vamos a pegar».

Y entonces dejaban de hablarme, me abandonaban y se sumaban a las personas que me hacían daño.

Lo recuerdo, pero amenazo a mis lágrimas para que no se les ocurra salir.

—Un paso cada vez, Kells —dice Avery, como si pudiera oír lo que hay en mi cabeza.

Y entonces, sin saber muy bien cómo, doy ese primer paso hacia la puerta del estadio.

Solo uno a la vez, con eso y sin pensar en nada más llegaré a mi meta. Entro fijándome solamente en mis pies y con el corazón martilleándome como un tambor. Presa del pánico y en alerta máxima, siento cómo Avery me coge del brazo y me aprieta con dulzura, haciéndome sentir acompañada.

Lo primero que noto son los sonidos. Después el suelo que tiembla bajo mis zapatillas.

Hay gente por todas partes con perritos calientes en la mano, palomitas y cerveza.

Las luces y la megafonía ocupan el noventa por ciento de mi capacidad auditiva.

El diez restante lo estoy reservando para salir pitando si lo necesito.

Nos dirigimos a la grada. No sé cómo, pero mis piernas se siguen moviendo, aunque todo en mí parece estar bloqueándome el paso.

Hay una parte de mi cuerpo que no parece estar del todo conectada, como si flotara justo por encima de mi cabeza.

La psicóloga explicó en la terapia grupal que eso se llama disociación y que suele ser por estar hiperventilando, así que respiro despacio e intento que mi oxígeno se regule poco a poco.

—Tranquila —me susurra Avery al oído, notando que estoy en otro planeta, llegando a Júpiter, exactamente—.Ya casi estamos.

Un grupo de chicos pasa junto a nosotras, riendo a carcajadas. Uno de ellos, con gorra roja, se gira a mirarme de arriba abajo. No dice nada, pero su expresión me congela.

Instintivamente me echo la chaqueta que me había quitado al entrar por encima y aprieto los puños.

El recuerdo se cuela sin que lo invite: «Tú no puedes ir con esa ropa, Keyla.

Das asco. Mira cómo se ríen de ti». La voz de Sarah Connor por el pasillo del instituto, junto con la risa que vino después. La foto en Instagram.

—Guarra.

Parpadeo y me agarro al asiento más cercano. Avery se da cuenta de que estoy pálida.

—Eh, respira, preciosa —me dice mientras pone una mano sobre mi pelo—. Solo respira y céntrate en mí.

Sus ojos verdes están a solo unos centímetros sosteniéndome y anclándome al presente.

—Ya estamos aquí —anuncia victoriosa—. Puedes verlo como una exposición: tú eres la visitante. Ellos son los cuadros. Tú decides cuánto tiempo mirar, pero nadie te puede tocar.

Sus palabras funcionan y de pronto me siento cómoda sobre el asiento. Estamos justo en el centro, en la parte de abajo del todo. Cuando por fin consigo respirar de manera pausada, tomo consciencia de todo lo que me rodea.

De pronto, se apagan las luces. Una ráfaga de gritos sacude el estadio y yo salto en el asiento, sobresaltada, pero reconociendo algo en mí: la curiosidad.

—¡Ah! Esos son nuestros chicos —dice Avery sin contener la emoción—. ¡Mira!

No sé si es porque las luces bajan un poco o porque el speaker grita su nombre por megafonía, pero mis ojos aterrizan en él.

—Con el número nueve…, el capitán…, ¡Nate Miller!

Hay como veinte tíos en pantalones cortos cruzando la pista, saludando y chocándose las palmas entre sí.

Pero es ese, el que entra más tarde, el que llama mi atención.

Camina diferente, más despacio, pero con más energía que los demás.

No levanta los brazos ni busca al público de manera innecesaria.

Por un momento me quedo paralizada porque reconozco esa mandíbula marcada en cuanto consigo verle bien la cara.

Ese chico es el del avión.

No puede ser.

Parpadeo varias veces, sin fiarme de mis propios ojos.

—Ese es Nate —susurra Avery a mi lado—. El que te dije que juega como si llevara fuego en los pies. Guapo, ¿verdad?

—No está mal, pero no es mi tipo —miento.

Si hubiese un premio a mejor mentirosa de la semana, llevaría mi nombre.

—Cariño, Nate es el tipo de todas.

Avery se ríe, y yo aparto la mirada rápido para que no vea el temblor de mis manos.

Voy a obviar nuestro encuentro en el avión porque no creo ni que él se acuerde de que nos conocimos. Fue una persona amable conmigo, por eso yo sí lo recuerdo.

Una coincidencia entre dos desconocidos, o eso me repito mientras lo veo correr por la pista con el sudor bajándole por la frente.

Ahora parece alguien totalmente diferente, como si fuese un depredador.

Sin decir nada, Avery empieza a reírse a carcajadas porque me he puesto como un tomate. Después vuelve a mirar a los chicos. Hoy juegan contra los Panthers Wildboys. Según ella, ambos son de los equipos más fuertes de la temporada.

—Avery, creo que este es un buen momento para confesarte que no tengo ni idea de baloncesto —murmuro, recostándome en la silla.

—Vale, pues te hago una miniguía exprés para principiantes.

Se inclina hacia mí, como si estuviera a punto de revelarme el mayor secreto de la vida.

—Juegan cinco contra cinco, con cambios entre ellos. El objetivo es meter el balón en esa canasta de ahí —señala con la barbilla—. Cada canasta vale dos puntos, salvo si tiran desde detrás de esa línea curva, que entonces vale tres, o si hay tiro libre.

—O sea, que hay distintos puntos según la distancia.

—Exacto. Y cuando tienen la posesión, solo cuentan con veinticuatro segundos para lanzar. Si no lo hacen, pierden el balón. Y no pueden correr con él en las manos, tienen que botar. Si lo agarran y caminan, eso son pasos.

Intento asimilar todo mientras observo cómo uno de los jugadores choca contra otro. El árbitro pita falta enseguida.

—¿Eso también es falta?

—Sí. Empujar, agarrar o bloquear de manera ilegal. Acumular varias faltas puede sacarte del partido, como en cualquier deporte.

El balón llega a las manos del nueve, que encesta con una facilidad insultante. La grada enloquece. Y yo, sin entender muy bien por qué, sonrío.

Se coloca con calma, ajustándose la camiseta, como si lo hubiera estado esperando desde siempre. Las animadoras cuchichean entre ellas, señalándolo como si fuese un trozo de carne.

Se desliza por la pista con esa seguridad de quien parece tenerlo todo bajo control. El resto del equipo se mueve en torno a él, atento a cada gesto. Amaga un lanzamiento desde la línea de tres y, en el último segundo, gira sobre sí mismo para entrar hasta debajo del aro.

El número nueve no lo celebra, pero el estadio pone la canción de Girls Want Girls de Drake y es uno de los mejores días que he tenido en mucho tiempo.

Porque hoy he remado con el viento en contra.

Porque, por una vez, hoy he elegido atreverme a hacer algo que me asusta.

Y porque, aunque el miedo me está mordiendo la piel…, me estoy regalando un día feliz.