Breathe Out (Silver Springs 1) 9. Helado de pistacho. Nate Miller #2
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9. Helado de pistacho. Nate Miller #2

—Sí que lo sabes. Aguantas cada día porque sabes lo que vales. Mira, aunque te joda, hay que saber tragar. Piensa en la vida de esos tipos, mendigando exclusivas para poder llevarse algo a la boca cada mes. Sin eso, no comen.

—Así es. Yo juego y ellos miran.

—¡Ese es mi hermano! Sal ahí y machácalos. Quiero ver el artículo del domingo sobre cómo les pasaste por encima.

Suspiro, pasándome una mano por la nuca. Oigo movimiento en el piso de abajo. Tacones contra el suelo de madera.

—Tengo que dejarte, Wyatt. La «cena de la felicidad» me espera abajo —digo con ironía.

—Suerte, soldado. No dejes que Charlotte te muerda.

Cuelgo el teléfono y lo tiro sobre la cama. Se acabó la paz. Me miro al espejo una última vez, compongo mi máscara de frialdad y salgo de la habitación.

Bajo las escaleras sintiendo cómo el estómago se me hace un nudo adelantándose a los acontecimientos.

Toda la casa huele a limón y pollo asado. Todo está en su sitio: los cojines perfectamente alineados y la mesa del salón sin una sola mancha.

—Llegas tarde —me dice mi madre con una sonrisa tensa en cuanto pongo un pie en la sala.

—Mamá, por Dios, vivimos en la misma casa. No puedo llegar tarde si no he salido de aquí.

Ella no responde a mi comentario sarcástico. Solo da media vuelta, va a la cocina y vuelve con una bandeja entre las manos.

—Te he preparado tu comida favorita —anuncia Charlotte mientras deja un plato delante de mí—. Pollo al horno con puré de boniato. Como cuando jugabas en el instituto y necesitabas energía.

Sí. Necesitaba energía, pero una infancia normal también me habría venido bien.

A pesar de lo bien que huele, tengo el puto estómago hecho un nudo, como siempre que se acerca un partido importante. Mañana es el primer partido de la temporada y jugamos contra los Panthers Wildboys. Si no arrancamos bien, estamos jodidos.

—No hacía falta que cocinases nada, mamá. Podía hacerlo la…, ¿cómo se llama la de esta semana…? Ah, sí, Davinia. —No sé por qué, pero me irrita cuando intenta cuidar de mí—. Pero… gracias.

—Delilah, se llama Delilah, y hoy tenía día libre, así que me he encargado yo. —Bebe un trago de vino antes de preguntar—. ¿Y bien? —Se sienta con elegancia en la silla.

Lleva puesto un vestido burdeos, el maquillaje impecable y el pelo rubio recogido con una horquilla brillante. Esta mujer parece que va de gala, en vez de a cenar en su casa.

Cada semana echa a una chica de la limpieza por alguna absurdez y cuando quiero darme cuenta, ya hay otra nueva trabajando.

—¿Qué? —respondo sin levantar la vista del puré, removiéndolo con el tenedor.

—No te hagas el tonto, querido. El partido, el entrenador, tu agente, las entrevistas… ¿Es que quieres que me entere de todo por la prensa? ¿No va a contarme nada mi propio hijo?

—Mamá, he estado entrenando. No me da la vida para sentarme a ponerte al día de cada cosa.

—Claro, claro —responde limpiándose las comisuras con una servilleta de paño—. Pero, si estuvieras lesionado, seguro que me enteraría enseguida, ¿verdad?

Samuel carraspea. Es su forma de intentar que algo no salte por los aires.

—Charls, deja respirar al chico —comenta Samuel con voz calmada, usando el apodo que utilizaba cuando quería transmitirle esa misma calma a mi madre—. Acaba de llegar, así que deja que coma tranquilo. Es una cena en familia, no de trabajo.

—Solo digo que me preocupo —dice, mirándolo con calma, pero luego se gira hacia mí con frialdad, antes de continuar hablando—.

A veces parece que se te olvida todo lo que hemos hecho para que llegaras a donde estás.

Lo único que haces al llegar a casa es encerrarte en tu cuarto y estar con ese erizo tuyo.

Mi mandíbula se tensa, automáticamente.

Todo lo que hemos hecho.

Intento seguir masticando, pero ya no me baja la comida.

—No se me olvida. Y por cierto, es una eriza.

—Pues no puedes permitirte lujos ahora. Todos están pendientes de ti. Cualquier fallo y se acabó.

—No está fallando —interviene Samuel, sonriendo—. Está más centrado que nunca, ¿verdad?

Asiento despacio. Centrado. Centrado en no irme a tomar por culo.

—¿Cómo estás con Axel Hayes últimamente? —Otra de las preguntas incómodas de mamá—. Ese chico sí que sabe aprovechar los momentos. Su madre me contó que ya lo están considerando para una firma con Nike.

Dejo el tenedor y apoyo los puños sobre la mesa.

—¿Me estás diciendo que no estoy haciendo suficiente? —pregunto mientras contengo la rabia a duras penas.

—No pongas esas palabras en mi boca, Nathaniel. Solo digo que no puedes relajarte. A veces… tienes esa tendencia.

—No le metas presión ahora, Charlotte. Para eso está el entrenador.

—No es presión, pero quiero que se enfoque. A veces hay que exprimir para sacar, y los jugadores tienen unos años de trabajo muy intensos para después descansar. Es lo mínimo que le pido.

Me levanto. Una palabra más y voy a romper los putos platos contra la pared uno por uno.

—Mejor voy al baño.

—Deja que te caliente el plato mientras tanto —dice mamá, como si todo fuera normal.

Salgo del salón con el puño apretado y me encierro en el baño.

Abro el grifo de agua fría. Espero. Cuando sale totalmente helada, tapo el desagüe y dejo que se llene.

Luego meto la cabeza entera y cierro los ojos.

Esto es lo único que me calma desde hace años, lo único que me ancla y que consigue que se corte la emoción antes de que explote.

Si supiera la mierda que he tragado por esto, se callaría. Pero no le importa. Nunca le ha importado.

No le importa que haya renunciado a mi infancia, a mis fines de semana, a las fiestas de cumpleaños, a los amigos. Todo lo que le importa es que juegue. Que gane. Que brille. Para ella, yo no soy su hijo. Soy un proyecto que tiene que salir bien.

Por eso suelo cenar solo cuando está en casa. Por eso me hago el dormido cuando vuelve por la noche, porque no sabe hablarme de otra cosa si no es de estadísticas. No sabe preguntarme si soy feliz. Ni siquiera le importa si he conocido a alguien. Para ella soy Nate Miller: un producto.

Cuando papá se fue, tuve que hacerme cargo de muchos asuntos.

Con cinco años me preparaba el desayuno solo.

Con seis me vestía mientras mi madre estaba de viaje, con sus amigas o llorando.

Y con siete pasaba la mayor parte del tiempo con la abuela Dottie, de la que ella no quería saber nada, pero que era la única persona que de verdad me cuidaba.

Años después tuve una época de rebeldía porque incluso un niño se cansa de la soledad.

Dottie era la madre de mi padre, pero en muchos sentidos, también era la mía.

Charlotte no quería que siguiese viéndola, pero ella no se cansó de luchar por mí y me sacó de esa casa siempre que pudo.

Samuel se encargó de echarme una mano hasta que mamá cedió y empezó a dejar que pasásemos más tiempo juntos.

Por fin, los fines de semana eran lo que siempre había querido: tranquilos, con olor de las galletas horneadas de la abuela y compartidos con ella y Asia.

Asia llegó a mi vida cuando ambos teníamos nueve años. Yo, un niño que toda la vida había sido hijo único en una casa demasiado grande siempre había soñado con tener una hermana. Ella no era mi hermana de sangre, sino de esas que te elige la vida.

La abuela, que llevaba años colaborando con la iglesia del pueblo y donando generosamente a cualquier causa en la que creyera, apareció un viernes por la tarde con una niña tímida y delgadita cogida de la mano.

Tenía el pelo oscuro recogido en dos trenzas rebeldes y las cejas pobladas.

Unos ojos enormes asomaban por su rostro, como si el mundo entero entrase por su mirada.

Su madre biológica era india y su padre turco, así que tenía unos rasgos muy peculiares.

—Esta es Asia, cariño —dijo la abuela—. Va a pasar algunos fines de semana con nosotros.

Ese «algunos fines de semana» se convirtió en rutina, y luego en algo mucho más permanente.

Con el tiempo, Asia empezó a quedarse con más frecuencia.

Dottie, con esa determinación tan suya, empezó a mover cielo y tierra para conseguir su custodia.

Lo logró un año después, tras muchas visitas, abogados y reuniones que yo no entendía del todo, pero que intuía importantes.

El día que la custodia fue oficial fue uno de los más felices de mi vida. Y para Asia, lo supe enseguida, fue el inicio de algo parecido a un hogar.

Dottie nos vestía como a dos muñecos sacados de una revista de moda vintage, con jerséis de lana tejidos a mano y zapatos a juego. Veíamos películas de Disney hasta que nos quedábamos dormidos en el sofá, tapados con la misma manta.

Ellas venían a todos mis partidos y después nos íbamos juntos a comer helado al Bettie’s, siempre de pistacho; luego terminábamos con dolor de barriga.

Nadie cambiaba ese plan, era sagrado. Bettie nos conocía por nuestros nombres y a veces nos daba alguna galleta extra «porque sois los nietos de Dottie», decía.

Así fue como Asia se convirtió en mi hermana. No legalmente, pero sí en todo lo que importa. La única familia que sentía como verdaderamente mía eran ellas, las que estaban de verdad.

Ahora hablamos cada fin de semana, aunque nos cuesta coincidir. Entre mis partidos y su carrera es complicado. Está estudiando Medicina, ya que quiere ser médica deportiva, y no puedo evitar que se me hinche el pecho de orgullo cada vez que lo digo en voz alta.

Y aunque la vida nos lleve por caminos distintos, siempre hay una parte de mí que está con ellas, como cuando compartíamos cuchara para probar su salsa de manzana y miel. Como cuando, sin saberlo, los tres nos habíamos elegido.