Breathe Out (Silver Springs 1) 9. Helado de pistacho. Nate Miller
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9. Helado de pistacho. Nate Miller

Nate Miller

EL CHICO ESTRELLA EN EL PUNTO DE MIRA: TODOS LOS OJOS ESTÁN EN NATE MILLER

Con el dorsal número nueve, Nate Miller, de veintiún años, vuelve a estar en el foco mediático.

La pasada temporada, a pesar de un arranque irregular, cerró con una media de veintisiete puntos por partido, consolidándose como una de las promesas más firmes de la NCAA.

Todo un logro, especialmente teniendo en cuenta que durante tres meses arrastró estadísticas discretas, intentando adaptarse a su nuevo rol como capitán.

Tras pasar las evaluaciones médicas de pretemporada sin contratiempos, los analistas coinciden en que su nombre podría figurar entre los elegidos en el próximo Draft.

Pero no está solo en el radar: su compañero de equipo, Axel Hayes, también aspira a lo más alto.

Con veintidós años y un perfil igualmente dominante, Hayes comparte posición, camiseta y ambición con Miller.

No es una batalla por el Draft, sino por el protagonismo.

Por ser la cara visible de un equipo que no permite medias tintas.

Nate, estudiante del Wilderhall College, lleva años destacando en la selección juvenil de su país, donde ha sido MVP y recibió el premio a Mejor Jugador en el último campeonato europeo sub-20. Un escolta con físico privilegiado, visión de juego y nervios de acero.

El entrenador de los Bears se muestra entusiasta pero cauto:

—Esta temporada es de las más prometedoras que he vivido.

Tengo un equipo con muchísimo talento, pero también con muchas personalidades fuertes.

Cuando en una colmena hay varias abejas reinas, hay que saber cuándo usar la miel y cuándo sacar el humo.

Confío en que llegaremos lejos. Llegaremos al March Madness, el campeonato de la primera división de baloncesto de la NCAA.

La presión está servida. Las expectativas también. Y, aunque Nate Miller no lo diga en voz alta, sabe que este año no puede permitirse fallar. Porque no solo se juega su futuro profesional, también el derecho a ser algo más que una imagen perfecta.

Tiro el periódico encima de la cama. Estoy hasta los cojones, joder. Son las nueve de la noche y acabo de llegar a casa. Mamá y Samuel han salido a cenar, así que estoy solo. Enciendo la televisión y solo me salen cosas de deporte.

Llevo despierto desde las seis de la mañana.

Prácticamente todos mis días son iguales.

Cuando suena la alarma, lo primero que hago es darme una ducha de agua fría para espabilar los músculos, hago unas respiraciones y voy directo a la cocina.

Me gusta tener el desayuno preparado y pesado la noche anterior para no perder el tiempo.

Supongo que para eso sirve tener dinero, para vivir lo más cómodamente posible, para comprar eficiencia.

No me interesan algunos lujos como las joyas, pero sí me gusta tener el control de mis hábitos y mi cuerpo.

Desayuno casi siempre lo mismo: gachas con avena y claras con mantequilla de cacahuetes y un batido de proteínas. O, si es día de carga, huevos con beicon desgrasado al horno, pan integral y una pieza de fruta.

Mientras desayuno, escucho un ruidito familiar.

Olivia, mi eriza, asoma el hocico por su casita de madera.

Se despierta a su ritmo, olfatea mis zapatillas y después se mete en la caja donde guardamos sus pelotas de goma.

No da mucha guerra, pero mi niña es más lista de lo que parece.

A veces pienso que es el único ser vivo en esta casa que me entiende de verdad y que no espera que meta treinta puntos por partido.

Le dejo un trozo de manzana y le acaricio las púas con cuidado antes de salir.

Mi rutina es sagrada. Suelo salir a correr a primera hora, me gusta hacerlo, ya que es de las pocas cosas que puedo hacer con libertad a lo largo del día.

Cuando necesito reconectar con el baloncesto suelo subir a una cancha más o menos oculta que hay en una montaña cercana, donde puedo hacer unos tiros en absoluto silencio: sin cámaras, sin ruido.

Solo el eco del balón y yo. Solía ir con papá cuando era pequeño, y ahora se ha quedado solo para mí.

Es el único sitio donde me siento tranquilo y que nunca he compartido con nadie. Mi refugio.

Al volver a casa, normalmente me doy la segunda ducha del día y me voy a entrenar. Tres horas y media a tope. Acabo reventado, pero luego me dirijo al comedor para atletas de la universidad. En ese sentido vivimos bien: podemos pedir chuletones de primera calidad si queremos.

Suelo comer con Wyatt y Aiden, aunque a veces también se une Lach, si no está pegado al culo de Hayes.

No sé cómo un amigo mío puede llevarse tan bien con ese cabronazo.

Aunque supongo que los veranos en la Iron Academy unen mucho.

Hayes tiene la personalidad de un gato callejero, va siempre a su bola y si te acercas demasiado te llevas algún arañazo, pero Lach parece ser el único que lo aguanta.

El béisbol le ha llevado a tener una vida muy solitaria durante su adolescencia.

Por las tardes lo más habitual es tener entreno individual o entrevistas, así que cuando llego a mi casa lo único que quiero hacer es morirme.

De normal, ceno mientras veo la televisión y, si me quedan fuerzas y me aburro, chateo con alguna tía.

Como hable más de dos días seguidos con la misma, me muero del aburrimiento.

La vida que llevo no es normal para un chico de veintiún años.

A veces, cuando estoy solo en mi habitación, desearía ser…

mundano. Un chico con preocupaciones básicas: suspender un examen, comer pizza grasienta con los colegas jugando al Fortnite hasta las tantas o tener una novia normal.

Una chica con la que pueda hablar sin preguntarme si está conmigo por quien soy o porque quiere salir en la foto del periódico. Una chica real, no una fan.

Llevo varios días sin coincidir con mamá.

Supongo que está muy ocupada llevando las «finanzas de la casa», que es su forma elegante de decir que no hace nada.

Samuel, su novio, es un buen tipo, aunque me pone de los nervios cuando intenta hacer de padre conmigo.

Porque yo ya tuve uno, y sé lo que es que desaparezca.

A veces me pregunto si esta mierda tiene sentido.

Ya sabes: estar solo, vivir todos los días con el piloto automático y entrenar hasta que me sangren los pies.

Los fines de semana cuando no hay partidos quedo con los chicos para hacer barbacoa o ir al Grey’s a cenar alguno de los platos de la señora Wanda, la dueña del bar, como si eso bastara para apagar el ruido.

No llevo la cuenta de las horas que habremos pasado a lo largo de nuestra vida en ese lugar, pero quiero a sus dueños como si fuesen mis abuelos.

Por las noches el tema es otro: me cuesta dormir.

No dejo de darle vueltas a lo mismo una y otra vez, lo que no es de extrañar, teniendo en cuenta que estoy rodeado de gente que no se toma esto en serio.

Una panda de inútiles que no entienden que el baloncesto no es solo correr detrás de una pelota, sino que es guerra, estrategia, y, sobre todo, carácter. Jugamos para ganar, no para lucirnos.

Quiero verlos transformarse, ver cómo sacan las garras. Quiero que nos peleemos por ganar, que dejemos sangre en la pista si hace falta, que hagamos del equipo lo que podría ser: una jodida máquina.

Y pensar que mi futuro depende también de ellos me pone enfermo. No es exactamente así —yo decido con mi juego—, pero si las jugadas no salen, si no me pasan el balón cuando toca, mis números bajan. Aunque, bueno…, la mayoría me lo pasa sin pensar. Me respetan o me temen, no sé qué es peor.

Ser capitán es eso: que crean en tus decisiones, que sigan tu ritmo y que sepan que, si fallan, no hay sitio para ellos.

Tenemos seis meses para demostrar que somos unas bestias, para que el resto de los equipos tiemblen cuando escuche nuestro nombre.

Para que nos recuerden porque haremos historia, joder.

A veces me pregunto cómo hace Wyatt para sobrellevar el estrés. Él manda en su equipo de hockey, y su liga está por encima de la mía. Lleva ya varios años en la NHL y, desde fuera, parece que le va de puta madre, aunque ha tenido épocas en la que se ha aislado bastante.

Su madre está enferma desde que él era pequeño, y aun así nunca ha dejado de tirar hacia delante.

No habla mucho del tema —casi nada, en realidad—, pero sé que carga con esa guerra a cuestas.

Por dentro, está lleno de cicatrices. Por fuera, es Wyatt Carter: una de las grandes promesas del hockey estadounidense.

Carismático, imparable, invencible. Tiene la personalidad más dura que conozco.

A veces lo miro y pienso que yo nunca sabría hacerlo así en su situación. Fingir tan bien. O tal vez todos fingimos, solo que a él se le da mejor.

Hablando del rey de Roma… Suena el teléfono y cuando miro la pantalla veo que es él.

—¿Qué pasa, tío? —respondo, dejándome caer de espaldas en la cama.

—¿Estás vivo? —Su voz suena como siempre: tranquila, con ese deje seco que no sabes si es ironía o preocupación real.

—Más o menos —murmuro, cerrando los ojos—. ¿Tú?

—Estás tan insoportable como siempre, así que sí, supongo que todo en orden.

Me río y agradezco que me haya llamado.

—¿Cómo va la pretemporada? ¿Habéis ganado?

—Claro. ¿Qué te crees, novato?

—Tienes suerte de que no te partan la cara cada vez que hablas —asegura Wyatt, y, aunque no lo tengo delante, estoy convencido de que sonríe.

—La suerte no tiene nada que ver, Miller. Es actitud.

Este es un silencio de los cómodos, pero él lo rompe antes que yo.

—He visto el artículo. Otra vez en el punto de mira, ¿eh?

Chasqueo la lengua. El maldito artículo.

—Esto no ha hecho más que empezar y ya me están tocando las narices. No sé cuánto tiempo voy a aguantar que me estén vigilando con lupa, pero te juro que un día le estampo la cámara en la cara a uno de esos periodistas.