Breathe Out (Silver Springs 1) El chico estrella
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El chico estrella

Cinco años, Silver Springs

—¿Papá va a venir a cenar?

Juego con los dedos de mis pies, estirando los calcetines de ositos hasta que casi se rompen.

Me gusta hacer eso cuando me duele la barriga.

Mamá está sentada en el sofá blanco de piel, ese que no me dejan pisar con zapatos.

A su lado hay un señor alto con barba negra que huele a un perfume distinto al de papá.

No sé quién es, pero no me gusta cómo mira mis juguetes tirados por el suelo.

—Nate, deja los calcetines —dice mamá, con esa voz rápida que usa cuando tiene prisa—. Escúchame. Papá no va a venir a cenar.

Levanto la vista. Mamá mueve la pierna derecha muy rápido, arriba y abajo.

—¿Está en el trabajo? —A veces papá se va a jugar partidos y tarda mucho en volver.

—No. No está trabajando.

Mamá suspira y mira al señor de la barba.

—Papá se ha ido a vivir a otro sitio.

—¿A casa de la abuela Dottie?

Me animo un poco. Si está con la abuela, puedo ir yo también. La abuela me hace sopa y me deja ver la tele en su cama.

—No, Nate, está en otra casa.

El señor de la barba le pone una mano en el hombro a mamá.

—Creo que no entiende lo que le estás diciendo, Charlotte. Tiene cinco años.

Mamá se suelta de su mano y me mira. No tiene los ojos dulces hoy. Los tiene rojos.

—Papá y yo ya no vamos a vivir en la misma casa, cariño. Él se ha portado mal. Ha hecho cosas que a los mayores no nos gustan, y ahora tiene que irse para curarse la cabeza.

Siento un pinchazo en el pecho. Es una sensación rara. Papá se ha portado mal.

—¿Es porque papá se durmió mientras yo jugaba con el polvito blanco? —pregunto con la voz pequeña—. Yo fui el que jugué. No te enfades con él.

—¡Dios santo! —Mamá se levanta y camina hacia la ventana—. No es por eso, Nate. Es complicado. Se llama divorcio, cariño. Papá está enfermo y nos hace daño a todos. Sobre todo a tu futuro.

No entiendo qué es el futuro, ni qué es el divorcio, pero suena a una palabra mala, como las que no me dejan decir.

—¿Y yo? —pregunto. Los ojos me pican—. ¿Yo me tengo que ir también?

—No, tú te quedas conmigo. Y con… —Señala al hombre de la barba—. Vamos a hacer algunos cambios. Vas a tener que ser un niño muy bueno y muy fuerte a partir de ahora, ¿vale? Nada de llorar. Los campeones no lloran por tonterías.

El hombre de la barba se agacha un poco, pero no llega al suelo donde estoy yo.

—Tu padre ha desaprovechado su talento, chico. Tú no vas a hacer eso. Tú vas a ser mejor. Vas a ser una estrella, ¿verdad?

No sé qué significa ser una estrella. Yo solo quiero que papá venga a jugar a los monstruos.

—Quiero ver a la abuela —susurro.

—La abuela vendrá luego —dice mamá, seca—. Ahora vete a tu cuarto. Tenemos que hablar de cosas de mayores.

Cojo mis peluches, el oso marrón y el coche rojo, y salgo corriendo.

No voy a mi cuarto. Me meto en el hueco que hay debajo de la escalera, donde guardan las aspiradoras.

Ahí está oscuro y huele a polvo, pero me siento seguro.

Abrazo al oso muy fuerte. Papá se ha ido porque se ha portado mal.

Mamá dice que tengo que ser un campeón y no llorar.

Me limpio los mocos con la manga del pijama.

Si soy muy bueno, a lo mejor papá vuelve.

Si meto muchas canastas con la pelota pequeña, a lo mejor mamá deja de mover la pierna y sonríe un poco más.

Me prometo a mí mismo, ahí en la oscuridad, que nunca más volveré a estropear nada. Que seré el niño más bueno del mundo para que nadie más se tenga que ir.