8. Vuela, mariposa, vuela. Keyla Blake
Keyla Blake
—Vale, compañera. —Avery se acerca a mí con una sonrisa traviesa—. Espero que tu reto no implique tirarme por un acantilado. Aunque, bien mirado, sería una salida dramática espectacular.
—Ay, por Dios —respondo, escandalizada—. Nunca se me ocurriría hacer algo que te hiciese sentir incómoda.
—Pero de eso se trata, ¿no? —Ladea la cabeza, y el viento le mueve la coleta rubia—. De cruzar la línea de esa incomodidad.
—Supongo que sí.
—No parece fácil, pero lo haremos juntas. —Avery se frota los brazos con las manos, como si de repente hubiera bajado la temperatura diez grados, aunque el sol brilla con fuerza.
—Qué frío hace en este pueblo a veces, por el amor de Dios. Exijo calefacción en el exterior —bromea mientras se sube la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla.
Parece una chica transparente, una persona fácil de leer, todo lo contrario a mí.
—Creo que, para poder hacer bien el ejercicio, deberíamos contarnos algo que nos asuste. —Me mira con curiosidad.
—Sería una buena forma de empezar, pero me da un poco de cosa. No nos… Bueno…, yo…
—Sé que no nos conocemos —me corta con dulzura—, pero me has caído bien, Keyla. Tienes cara de ser buena persona, y eso me genera mucha ternura.
Me río, bajando la mirada.
—Eres demasiado optimista.
—Soy demasiado cabezota para que algo me quite esa cualidad —replica estirando las comisuras—. Venga, vamos a sentarnos para hablarlo. Mis piernas necesitan un descanso.
Se pone las manos en la cintura, adoptando una pose teatral antes de echarse a andar hacia un banco de madera blanca que hay a unos metros de nosotras. Desde allí, el horizonte se extiende como una línea mágica que junta cielo y mar. Un portal a otro mundo.
—Me da miedo no estar a la altura de lo que piensan de mí —empieza a hablar mientras se pone una chaqueta.
—¿Por qué tendrías que estarlo?
—Siento que en el momento en el que se den cuenta de que no soy la chica perfecta todos se sentirán decepcionados conmigo.
—Pero las expectativas de los demás no son nuestra responsabilidad.
—Ya, díselo a mi cerebro. —Se señala la sien con un dedo—. Es irracional, lo sé. Pero siento que tengo que estar siempre al cien por cien. Sonriendo, animando, validando a los demás para que ellos me validen a mí.
—Vaya, suena agotador.
—Lo es. Estoy un poco cansada de eso. Supongo que por eso estoy aquí.
—¿Te da miedo decir que no?
—Me aterra. Me da la sensación de que siempre tengo que ser amable con los demás.
Casi nunca me enfado. No sé cuáles son mis verdaderos gustos, lo que quiero hacer…
Siempre he hecho caso a lo que me pedían.
—Hace una mueca exagerada y se limpia una lágrima—.
Dios, qué intensidad. Perdona, a veces me pongo en modo telenovela.
Le doy un suave empujón de hombro.
—No te disculpes. Me gusta que seas sincera. Yo envidio esa facilidad para expresarte.
—Cielos, pues tengo un máster en eso.
—No podemos gustar a todo el mundo, ¿sabes? —digo, pensativa—. Es algo que yo también estoy poniendo en práctica.
Me siento una maldita hipócrita diciendo eso, pero si algo he aprendido de los libros es que comprendo mejor las vidas ajenas que la mía.
Nos quedamos en silencio unos segundos mirando cómo el sol cambia de lugar. Avery se ajusta la chaqueta de nuevo, tiritando levemente.
—Por cierto, a mí me has transmitido muchas cosas buenas. Y eso que soy una persona… bastante difícil.
—¿Tú, difícil? —Se sorprende—. Eres literalmente un conejito blanco, Keyla.
—Creo que es lo más extraño que me han dicho nunca. —Me echo a reír—. Pero, en serio, la gente me da miedo.
—Parece que Ellie tenía un poco de razón con lo que decía —dice pensativa—. Aunque son casos distintos, a las dos nos asustan las personas, en mayor o menor medida.
—Creo que yo tengo un poco de tu miedo, pero a gran escala. Igual por eso no tengo amigas.
—¡Anda ya! Pues ya tienes una. Y no admito devoluciones.
Un miedo se instala en mi garganta, dejando que el aire no pase con normalidad.
Se enterará de que te hicieron bullying y pensará que eres una pringada.
¿Cuándo le vas a contar que no tienes padres?
Nunca vas a tener amigas.
—Ahora en serio, ¿quieres decir que tienes una especie de ansiedad social o algo así?
—Sí, pero prefiero no hablar mucho de ello. —Trago saliva.
—Puedes confiar en mí, pero dejaré que te des cuenta con el paso del tiempo. —Levanta las manos, como si la fuese a arrestar la policía—. Sin presiones.
—Es que me pongo nerviosa, perdona.
—Supongo que a ti también te han decepcionado, ¿eh?
No me ha decepcionado una persona en concreto, sino el ser humano en general.
—Se me hace difícil encontrar paz en un mundo que parece que siempre me da la espalda.
—¿Por qué dices eso?
—Por nada. No tiene importancia.
—Claro que la tiene. Los sentimientos de las personas importan.
—Supongo que sí. —Me río con ironía—. Pero no los míos. Nunca he podido confiar en nadie, pero no quiero agobiarte con mis problemas. Es una tontería.
Avery asiente para sí misma.
—Si algo he aprendido de las dos amigas que conservo, Keyla, es que puedes apoyarte en los demás. No tienes que tragarte tus problemas tú sola. Espero que el mundo no haya llegado a convencerte de lo contrario.
—No quiero ser una carga para nadie.
—Pero si una persona te quiere, está ahí para ti. Supongo que solo no has dado con la compañía adecuada.
Como si pudiese leerme, Avery inspira despacio y deja de hurgar dentro de mí.
—Quizá entonces estaría bien que te ponga en una situación en la que haya más gente.
—No, por favor. Creo que podría desmayarme.
—¿Y si estuvieses sentada? —Piensa un momento, moviendo los dedos como si hubiera llegado a una conclusión brillante—. No habría ese problema. Mi abuela siempre dice: mientras no te desmayes de pie, solo parecerá que eres una borracha.
—Si estuviese sentada me daría vergüenza, pero al menos sabría que no me voy a morir de un golpe en la cabeza.
—Pues tengo una buena noticia y una mala: ¿cuál quieres primero?
—La mala.
—Pesimista.
—Se llama inteligencia: primero lo malo y así lo compenso con lo bueno.
—¡Ya tengo tu reto!
Por favor: no.
No estoy lista para prepararme para nada así.
Todavía no.
—¡¿Ya?! No estoy preparada.
—Nunca vas a estarlo, Keyla. La gente con ansiedad siempre encontramos una excusa perfecta para dejar lo que nos da miedo para cualquier otro día mejor que para el que tenemos programado.
—No se me ocurre ninguna buena noticia para que me des después.
Avery se echa a reír y, en ese instante, siento que estoy compartiendo tiempo con alguien que entiende lo que es estar mal.
—¿Ves esta sudadera? —Se gira para enseñarme las letras a su espalda—. Soy la líder de las animadoras del equipo de baloncesto de la ciudad.
—¡Avery! Eso es increíble.
—Lo es, me gusta mucho. —Mira hacia el mar—. Siempre me ha gustado bailar, pero por decisiones ajenas había dedicado más tiempo a otras cosas. Ahora, con veinte años, soy la jefa de las animadoras y también formo a otros equipos de cheerleaders .
—Me encantaría verte. Seguro que lo haces increíble.
—La cosa es que, para poder venir aquí —rodea el espacio con las manos—, me he tomado la licencia de trabajar menos, temporalmente. No quiero que me malinterpretes, tengo mucha ambición con el baile, pero necesito cuidar de mí.
—Y seguramente, cuando estés mejor, bailarás mejor todavía.
—El caso es que… el equipo que lidero necesita una nueva líder mientras me tomo unas minivacaciones. Aunque sigo yendo a entrenar, me suponen un esfuerzo los espectáculos de los partidos, por lo que estoy formando a varias chicas.
—Suena bien, ¿no?
—Lo cierto es que lo odio. No me gusta dejar a las chicas tiradas. Siento que… les estoy fallando, pero esto es lo que él querría para mí.
—¿Él? ¿A quién te refieres?
Avery pone cara de haber metido la pata, y le hago un gesto con las manos para que no siga. No quiero que se fuerce a contarme algo que no quiere.
—Verás…, este sábado hay partido de los Silver Bears, el equipo de baloncesto de la NCAA. Y creo que es una buena oportunidad para que te atrevas a salir de aquí.
A mi cabeza solo se vienen tres cosas: gente, ruido y poca facilidad para escapar.
Me empiezo a agobiar y ella lo percibe.
—No tienes que venir si no quieres. Podríamos hacer otro tipo de reto, pero será divertido y, sobre todo, habrá chicos muy guapos —dice, socarrona.
—Podría darme un ataque de pánico, no es la primera vez que me pasa. Yo…
—Mírame. —Se pone seria—. Hemos venido aquí por una buena razón, ¿no?
Asiento lentamente.
—Pues vamos a aprovecharla. —Una mariposa se posa sobre mi regazo—. ¿Lo que más miedo te daría sería desmayarte?
—Más bien que me vean hacerlo.
—Pues entonces creo que vas a estar en el lugar adecuado. Estaremos juntas en la zona VIP, debajo de todo. Y, al fin y al cabo, si pasa la situación que temes…, te llevas más aprendizaje.
Me mira con una luz que me cuesta negar.
Estoy segura de que voy a pasarlo mal.
No sé por qué voy a aceptar algo de lo que no soy capaz.
—Vale.
—¡Sí! —victorea, alzando los brazos como si hubiera ganado un campeonato—. Tengo un poder de convicción increíble.
—Aún no entiendo cómo me has convencido.
—Porque soy irresistible. —Me guiña un ojo—. Imagínate cómo domino a los hombres.
—O porque me das miedo.
—Lo importante es que vas a hacerlo, y hay alguna posibilidad de que salga mal, pero muchísimas más de que salga bien.
Su sonrisa tiene algo contagioso, al igual que su confianza.
A veces, una persona solo necesita un empujón para dar sus primeros pasos.
Y mientras la mariposa se aleja hacia el mar, me pregunto si yo también podré volar así de ligera algún día.