Breathe Out (Silver Springs 1) 7. El plan perfecto. Keyla Blake
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7. El plan perfecto. Keyla Blake

Keyla Blake

—Si antes de entrar a vuestra primera sesión de hoy os encontraseis a vosotros mismos con nueve años, ¿qué os diría ese niño y qué le responderíais?

Ellie, nuestra terapeuta, espera con una paciencia infinita a que respondamos a la pregunta más difícil que me han hecho en meses.

Es una mujer de unos cincuenta años, con los ojos de un azul acuoso y el pelo blanco recogido en una trenza gruesa que le cae sobre el hombro. Me recuerda un poco a Maggie.

Se sienta frente a nosotros en la hierba, cruza las piernas en posición de loto y nos observa con esa calma que solo tienen las personas que no preguntan para dar lecciones, sino para escuchar de verdad.

Estamos sentados en círculo en el exterior de Corazón Azul.

El césped todavía conserva el rocío frío de la mañana, que traspasa la tela de mi vestido, pero el sol empieza a calentar tímidamente.

Detrás de nosotros, el faro de Velvet Hollow se alza imponente, recortado contra un cielo grisáceo, como un gigante de piedra encargado de proteger el corazón de Silver Springs.

Observo a mis compañeros de reojo, intentando no cruzar miradas directas.

A mi lado, Avery lleva un top rosa y una coleta alta que se balancea con cada uno de sus gestos nerviosos.

Enfrente hay otros tres chicos cuyos nombres aún me bailan en la cabeza.

Hay un tal Noah, con un gorro de lana calado hasta las cejas, que se arranca pielecitas de los labios compulsivamente.

A su lado, un chico llamado Wess no deja de mirar su reloj, golpeando el suelo con el pie en un ritmo frenético, como si tuviera prisa por estar en cualquier otro lugar que no fuera este.

Y luego está Tessa, una chica silenciosa que clava la vista en el suelo, encogida sobre sí misma, como si quisiera desaparecer entre las briznas de hierba.

El silencio se alarga. Se oye el rugido del mar chocando contra los acantilados y, a lo lejos, el relincho de Cassiopeia, la yegua dramática. Siento un nudo en la garganta. Odio los silencios grupales. Siempre siento la presión de llenarlos, aunque sea lo último que quiero hacer.

Uno a uno, empiezan a hablar. No presto demasiada atención a sus palabras exactas, sino al tono de sus voces.

Escucho fragmentos de historias rotas, de miedos que suenan distintos al mío, pero que vibran en la misma frecuencia.

Wess habla con cinismo, Noah con rabia y Tessa con tristeza, el idioma universal del dolor.

—Te toca, Avery. —Ellie la anima a responder a la pregunta, sacándome de mis pensamientos.

—Esa niña me preguntaría si hemos conseguido ser perfectas al fin, si hemos logrado que nos quieran por lo que hacemos, no por lo que quieren que seamos.

—Se le quiebra la voz un segundo, pero recupera la compostura con rapidez—.

Yo le diría que no hace falta ser perfecta para que la quieran, pero…

, sinceramente, Ellie, no estoy todavía lista para darle ese consejo.

—Gracias por compartirlo, Avery. Eres muy valiente. Ya verás como consigues darle ese consejo tú misma, y, lo más importante, creértelo —dice Ellie con suavidad. Luego, sus ojos azules se posan en mí—. Trataremos el tema del perfeccionismo más adelante.

La chica rubia con la sonrisa más bonita del mundo asiente, complacida.

—Keyla, vamos contigo. —Se gira hacia mí, con una ternura serena en el rostro—. ¿Cómo sería vuestro encuentro?

El mundo se desdibuja a mi alrededor cuando percibo cómo todas las miradas se clavan en mí. Así es cómo me siento siempre que estoy expuesta, esperando a cometer algún error. Las manos me empiezan a sudar y el corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que temo que puedan oírlo desde fuera.

Di algo. Lo que sea.

Arranco un mechón de hierba y lo deshago entre los dedos, concentrándome en la textura fría y húmeda para no disociarme o no salir huyendo hacia la seguridad de mi habitación.

—Creo que… —Mi voz sale más ronca de lo que esperaba, así que carraspeo—. Creo que esa niña me preguntaría si alguien ha venido ya a salvarla.

Ellie no responde de inmediato. Inclina ligeramente la cabeza, como si sopesara mis palabras, dándoles el espacio que necesitan.

—Eso dice mucho del miedo desde el que habla —comenta—. De sentirse sola durante demasiado tiempo, aguardando un rescate. —Hace una pausa y se inclina un poco hacia mí—. ¿Y tú? ¿Qué crees que le responderías a la pequeña Keyla?

Cierro los ojos un instante. Visualizo a la Keyla de cinco años, pero no la recuerdo, así que solo puedo imaginármela.

Sí conozco a la Keyla de doce, que se escondía en los baños del colegio.

Todas ansiaban que la puerta se abriera y alguien dijera: «Ya está, se acabó.

Ya estás a salvo». Pero la puerta nunca se abrió.

—Que hay cosas que, por mucho que se anhelen, nunca llegan.

Un murmullo recorre el círculo. Wess deja de mover el pie.

—Puede sonar duro —admite la terapeuta—, pero no necesariamente desesperanzador.

Levanto la vista hacia ella, sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque a veces confiamos en que alguien venga a rescatarnos, y pedir ayuda es vital, sí, pero también hay momentos en los que nadie sabe lo que nos pasa. O en los que, aunque lo saben, no pueden hacerse cargo. En ese caso…, ¿qué le queda a esa niña?

—En esa situación le diría: «No ha venido nadie, pero siempre te he tenido a ti».

Ellie sonríe. Es una sonrisa que casi le llega a los ojos, casi maternal, pero sin esa pena condescendiente que tanto odio.

—Exacto, Keyla. El autocuidado empieza ahí. En ser tu propio refugio cuando los demás fallan. Gracias por tu sinceridad. Sé que no es fácil abrirse el primer día.

Da unas palmadas suaves para romper la tensión emocional que se ha creado en el grupo y se incorpora con agilidad.

—Bien. En las terapias grupales no pretendo que os desangréis contando vuestros problemas si no queréis. Pero sí quiero que hablemos del miedo. Todos sentimos miedo de la misma manera, aunque los motivos sean distintos. Lo que nos interesa es aprender que no estamos solos en esa emoción.

Empieza a caminar alrededor del círculo. Me siento rara, expuesta, como si me hubieran quitado una capa de piel, pero me niego a huir. Es mi último cartucho y no voy a desperdiciarlo.

—Para esta primera semana quiero proponeros una actividad diferente —anuncia, deteniéndose frente al faro—. Quiero que os dividáis en dos grupos. Keyla y Avery, vosotras iréis juntas. El resto, formad el segundo equipo.

Miro a Avery. Ella me guiña un ojo y me dedica una sonrisa cómplice que me relaja los hombros al instante. Siento un alivio inmenso; me ha tocado el lado bueno de la suerte.

—Quiero que penséis en lo que os ha traído hasta aquí —continúa Ellie—. Vuestra compañera será la que decida a qué reto os tendréis que enfrentar esta semana. Vosotras escogeréis el desafío de la otra. Algo que le dé miedo, que le resulte difícil o que haya estado evitando.

Avery arquea una ceja rubia, cruzándose de brazos.

—¿Cómo voy a hacer eso? ¿No podría elegir algo que resultase… peligroso?

—Es una buena pregunta, cielo. —Ellie sonríe con paciencia—.

Pero, como ya sabéis, aquí no hacemos tratamientos convencionales.

En Velvet Hollow vamos a experimentar con el miedo.

Vais a plantarle cara. A veces es más fácil ver el valor y la capacidad en los demás que en nosotros mismos.

—Ellie nos mira a las dos—. No vas a equivocarte, Avery, porque nunca le pondrías a Keyla un reto con el que sepas que va a sufrir de verdad.

Pero tal vez le pongas uno que ella jamás se atrevería a ponerse a sí misma.

—¿Y si me equivoco en mi elección? —pregunto en voz baja, sintiendo que la responsabilidad me pesa.

—Si a través de este ejercicio os veis reflejadas en el esfuerzo de la otra persona, encontraréis el valor para enfrentaros al vuestro. Tenéis un par de semanas. Podéis hacerlo dentro o fuera de los terrenos de Velvet Hollow.

—Gracias, Ellie —decimos casi al unísono, aunque con distintos niveles de entusiasmo.

—Eso es todo por hoy. Podéis iros. Pero recordad esto: sanar no siempre comienza hablando de lo que nos ha pasado. A veces el primer paso es un pequeño acto de valentía.

Mientras el grupo se disuelve y Wess sale disparado hacia la casa, Avery se gira hacia mí con una chispa de travesura brillando en su mirada olivácea.

—Bueno, compañera. Creo que vamos a divertirnos.

La miro, aún con el corazón acelerado por la sesión.

—O a morir en el intento.

—Me gusta tu optimismo —se ríe ella, pasándome un brazo por los hombros con naturalidad—. Venga, vamos a desayunar algo con azúcar antes de planear nuestra destrucción mutua.

Se abre una grieta nueva en mi certeza, y mientras caminamos de vuelta hacia la casa azul, me pregunto si podré ser capaz no solo de sobrevivir a este lugar, sino a lo que sea que esta chica rubia esté planeando para mí.